Camp no es ironía: es respeto llevado al extremo
El malentendido más extendido sobre el camp es reducirlo a ironía. Se piensa que hacer camp equivale a citar entre comillas, con distancia y superioridad, materiales considerados menores. Ese resumen es cómodo y falso. Camp no es ironía. Camp es lo contrario: es tomarse profundamente en serio algo que oficialmente no lo merece.
Cuando el proyecto versiona una canción en clave camp, no se ríe del original. Se pone del lado de las personas que amaron ese original sin pedir permiso a nadie. Recupera el gesto de haberlo defendido en tiempos en que defenderlo era arriesgado. Y le devuelve la dignidad estética que la crítica seria le había negado.
Ese cambio de posición transforma la operación entera. Ya no se trata de un guiño posmoderno. Se trata de un rescate histórico. La versión camp no baja el nivel del original: lo eleva, porque le devuelve el estatuto de obra digna de atención.
El camp tiene además un componente político casi siempre olvidado. Fue, durante décadas, el idioma con el que ciertas subculturas queer se comunicaban sin ser detectadas. Amar sin ironía una balada olvidada, un tema eurovisivo mediocre, una canción de anuncio de detergente, era una manera de decir cosas que no se podían decir directamente.
Rescatar ese código hoy, cuando la mayoría de los públicos han olvidado cómo funcionaba, es también una operación de memoria. No se rescata solo la canción: se rescata la comunidad que la sostuvo cuando estaba sola.
Una buena versión camp, dentro de este planeta, debe cumplir una condición mínima. Al terminar de escucharla, el original debe parecer más grande, no más pequeño. Si el original queda humillado, la versión ha fallado. Si el original queda enaltecido, la operación ha funcionado.