Escribir letras que no mienten
La honestidad, dentro de una letra, no consiste en contar la biografía del autor. Casi al revés. Consiste en no meter ni una sola palabra que no se pudiera sostener fuera de la canción, en una conversación cualquiera, mirando a la persona a la que la letra alude.
Ese filtro es implacable y muy útil. Elimina las metáforas grandilocuentes que suenan bien pero no significan nada. Elimina los adjetivos hinchados que llenan sílabas. Elimina los pronunciamientos generacionales que ninguna persona real firmaría en primera persona.
Lo que queda, después del filtro, suele ser una letra más corta, más áspera, con menos brillo aparente. Con más verdad. Y con una intimidad que ninguna producción cara puede fabricar por encima.
El truco práctico consiste en subrayar cada frase con dos colores. Un color para las frases que suenan a canción. Otro para las que suenan a persona. Cuando las frases que suenan a canción no soportan el filtro anterior, se van. Las que suenan a persona, aunque sean torpes, se quedan.
Se pierde algo en el camino. Se pierde el aplauso fácil del oyente que quería una gran frase para pegar en la biografía de Instagram. Se gana algo que dura más: la sensación de estar oyendo a alguien y no a un producto.
La honestidad, entendida así, no es un valor moral abstracto. Es una técnica concreta. Una técnica que se puede entrenar cada semana, letra a letra, hasta que se convierte en oficio.