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Madrid como planeta y como laboratorio

Madrid como planetay como laboratorioDIARIO · PLANETA GAYFOLK

Madrid entra en la vida como una escala. Se llega pensando en cinco años y se queda uno diez. Sin épica, sin decisión formal, casi por descuido. En algún momento resulta imposible sostener la idea de que la ciudad es una etapa: la ciudad ya ocurrió por dentro.

Lo que Madrid ofrece es un dato brutal disfrazado de trivialidad: siempre hay alguien haciendo algo. A las tres de la tarde de un martes, en el salón de una casa de Lavapiés, alguien está ensayando una obra. A las diez de la noche, en un bar diminuto de Antón Martín, alguien lee poesía a veinte personas. A las cuatro de la mañana, en un after de Bravo Murillo, alguien pincha un tema que todavía no ha salido. Nada de eso aparece en las revistas y todo eso sostiene la ciudad.

Esa densidad no llega gratis. Madrid empuja constantemente a la caricatura. Si el proyecto es queer y viene del sur, la ciudad lo animará a repetir esa doble condición hasta que se convierta en marca. Resistir esa pulsión —hablar de lo que ocurre, no de la etiqueta— es un trabajo diario.

También es una ciudad que no protege. No hay red. No hay lobby. No hay familia si no se construye una. Esa falta de red obliga a construir infraestructura desde cero: comunidad, colaboradores, público, sala, mailing. La ciudad no lo da hecho, pero no lo impide.

Y hay algo mitológico en Madrid que ninguna otra capital española tiene: aquí conviven Almodóvar, Rocío Jurado, Chueca, la Movida, el Rastro, el Retiro, la Gran Vía y las verbenas de barrio dentro de un mismo mapa mental. Ese mapa alimenta al proyecto sin necesidad de citarlo.

Madrid, para este planeta, funciona como puerto y como laboratorio. Se sale de aquí, se vuelve aquí, se experimenta aquí. Y aquí se aprende, sobre todo, que no hace falta permiso.

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