Por qué se llama Planeta Gayfolk
Planeta Gayfolk no es un título comercial ni una etiqueta encontrada en una lluvia de ideas. Es un lugar. Un territorio imaginario con clima propio, con vocabulario propio y con reglas que el proyecto va descubriendo canción a canción.
La palabra gayfolk carga con dos cosas a la vez. Está el folk como folclore popular, esa música que nunca cupo en los libros oficiales porque estaba en las verbenas del pueblo, en los bares de Chueca a las seis de la mañana, en las abuelas que cantaban copla sin haber pisado un conservatorio. Y está lo gay como disidencia, como manera de mirar oblicua, como personaje que casi siempre ha tenido que hablar en clave.
Cruzar las dos palabras produce un adjetivo raro. Se convierte en sustantivo. Se convierte en país. Ya no describe una música: describe un lugar donde esa música tiene sentido sin pedir permiso a la industria.
Planeta añade escala. Un planeta no es un single ni un disco: es una cartografía. Admite continentes distintos, climas contradictorios, poblaciones que no siempre se conocen entre sí. Permite que una balada devastadora conviva con un himno de purpurina sin que el conjunto se rompa.
La consecuencia práctica es que todo lo que rodea al proyecto —los videoclips, los títulos, esta web, el diario, incluso los silencios entre lanzamientos— pertenece al mismo planeta. Nada es material accesorio. Cada pieza añade una habitación más al edificio.
Por eso el proyecto no se explica en un párrafo. Se recorre. Un planeta no se resume: se habita.