Qué es el gayfolk, dicho por primera vez
El gayfolk no es un género con BPM concretos. No responde a una fórmula de producción. No se compra en Beatport. Es, ante todo, un modo de escuchar. Un lugar desde el que se miran la copla, la ranchera, el bolero, el fado, la habanera, el pasodoble y toda la música popular hispanohablante y se pregunta qué habrían dicho si les hubieran dejado hablar en primera persona.
Buena parte de ese folclore ya era queer sin poder confesarlo. Lo cantaban maricas encerradas en armarios enormes, lo bailaban travestis clandestinas en cabarets de barrio, lo componían tipos casados que amaban a otros tipos y firmaban con doble sentido para que nadie los echara del gremio. El armario, en la música popular española del siglo XX, no era la excepción: era el estudio de grabación.
El gayfolk consiste en sacar ese hilo del armario y tirar sin miedo. No inventar nada. No añadir purpurina donde había austeridad. Reconocer lo que ya estaba, ponerle nombre y apellidos, y devolverle la firma que la historia le robó.
También es una operación de traducción. Toma la copla, la trae al presente sin disfrazarla de otra cosa, y descubre que el desamor de una tonadillera de 1954 se parece mucho al desamor de un chico de Grindr en 2026. No hay que actualizar la canción: hay que dejar que respire.
El resultado no es un género nuevo. Es un tono. Un ángulo de escucha. Un permiso. Y una lectura que puede aplicarse hacia atrás, sobre toda la música que la crítica seria trató como menor porque las personas equivocadas la amaban.
El gayfolk, en el fondo, es la manera que tiene este proyecto de decir que el pop español nunca fue heterosexual del todo. Solo hacía como si lo fuera.