Por qué no hay una lista de discos favoritos
La primera versión de esta nota era una lista. Diez discos preferidos, con un párrafo explicando cada uno. La lista se borró entera. No servía. Reducía a titular lo que en realidad funciona como paisaje.
Un proyecto que quiere construir un mundo no tiene favoritos: tiene capas. Debajo de cada canción hay decenas de referencias operando a la vez, la mayoría inconscientes. Algunas son musicales. Otras son cinematográficas, literarias, coreográficas, arquitectónicas. Todas mezcladas, todas activas, ninguna reducible a un puesto en un ranking.
El formato lista pertenece a otra economía cultural. La del suplemento dominical, la del gusto como identidad exhibida, la del top ten como carta de presentación. Es una economía perfectamente respetable y ajena a este proyecto. Aquí las influencias no se exhiben: se metabolizan.
Almodóvar aparece en un plano de un videoclip sin que haya sido citado. Rocío Jurado aparece en una manera de sostener una vocal larga sin nombrarla. La copla aparece en un giro melódico que ni siquiera se pensó como copla. Sufjan Stevens aparece en un arreglo de arpegio. Chavela aparece en un silencio. Nada de eso encaja en una lista porque nunca estuvo separado de lo demás.
Preguntar por los favoritos es una manera educada de pedir que el proyecto se resuma. Y este proyecto no se resume. Se recorre. Quien quiera saber qué escucha el planeta debe escuchar el planeta entero. Ahí están, filtradas, todas las respuestas.
Hacer una lista sería empobrecer el mapa. Y empobrecer el mapa es lo único imperdonable en un proyecto que se llama planeta.