TikTok sin traicionar el proyecto
TikTok se ha convertido en la plataforma más importante para que un artista nuevo aparezca. También en la que peor sienta cuando se convierte en obligación diaria. El proyecto ha tenido que encontrar una relación con ella que no termine dinamitando el resto.
La primera regla es sencilla y difícil de sostener: solo se publica cuando hay algo real que mostrar. Una canción nueva, un fragmento de estudio, una nota escrita, un ensayo visual, una versión inesperada. Nunca por obligación de calendario. Cuando no hay nada honesto que compartir, no se comparte nada.
La segunda regla es que TikTok no dicta la estética. La plataforma premia cierto tono acelerado, cierta cara al frente, cierto énfasis dramático. El proyecto renuncia a la mayor parte de esos códigos. El coste es alcance; el beneficio es coherencia. A diez años, la coherencia siempre paga más.
Existe también una decisión política menor. Los comentarios negativos se leen después de comer, nunca con el primer café. Los halagos, igual. Ninguna respuesta emocional al feed pertenece a la primera hora del día. Esa frontera trivial protege más que cualquier detox de fin de semana.
TikTok, en este planeta, ocupa el mismo lugar que ocuparía un póster en una farola en los años ochenta. Sirve para avisar de que existe un concierto, un single, un lugar al que ir. No es el lugar. Es el cartel.
Confundir el cartel con el concierto es el error que ha destrozado a artistas más grandes que este. El proyecto intenta no cometerlo. Algunos días lo consigue.