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Ámsterdam queer: del código de Napoleón al café 't Mandje, el COC de 1946 y Willem Arondeus

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Fotograma del videoclip de «Amsterdam», de Mike Sain't Louis, con un chico de chaqueta de cuero en una calle mojada junto a un canal y una nube rosa, en la portada de «Ámsterdam antes de la postal»

Ámsterdam tiene fama de ciudad libre, y se la ha ganado. Fue allí donde, a medianoche del 1 de abril de 2001, se celebraron las primeras bodas legales entre personas del mismo sexo del mundo. Es allí donde tres triángulos de granito rosa bajan hasta el agua de un canal. Y es allí donde, cada verano, el Orgullo navega en barcos en lugar de caminar por la calle. Pero esa libertad no cayó del cielo ni fue siempre igual. Tiene detrás más de dos siglos de idas y venidas, con códigos que liberan, artículos que castigan, bares que resisten y personas que se jugaron la vida.

El planeta tiene una canción que se llama, sencillamente, «Amsterdam». Pertenece al segundo álbum de la trilogía, y su letra todavía no se ha publicado, así que aquí no se citará ni se imaginará. Lo que sí tenemos es su videoclip, con calles mojadas por la lluvia, farolas reflejadas en el asfalto, letreros de neón y una nube rosa flotando sobre los canales. El fotograma de la portada de este artículo sale de ahí: un chico con chaqueta de cuero, una bicicleta apoyada en una barandilla y la ciudad de noche. A partir de esa imagen, vamos a pasear por la historia queer que hay debajo de la postal.

Una bienvenida a la ciudad

Ámsterdam no aparece solo en un título. El segundo álbum incluye «Vas a escuchar un disco muy raro», una especie de anuncio de megafonía que da la bienvenida al oyente a la ciudad de Ámsterdam. Es como si el disco entero fuera un vuelo que aterriza en los canales y el oyente tuviera que abrocharse el cinturón antes de bajar.

No parece casual que el planeta elija esa ciudad para recibir a quien escucha. Para mucha gente LGTBI de España, Ámsterdam fue durante años el primer destino donde se podía ir de la mano sin mirar alrededor. Un sitio que se visitaba con la sensación de estar entrando en el futuro. El diario lo recordó en su bitácora de Amsterdam.

Pero cualquier ciudad que se convierte en símbolo corre el riesgo de quedarse en eso, en un símbolo. Este artículo quiere mirar lo que hay detrás.

1811: un código que llegó de París

La primera fecha es sorprendentemente temprana. En 1811, los Países Bajos estaban anexionados al Imperio francés de Napoleón y adoptaron su código penal. Ese código no castigaba las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, siempre que fueran entre adultos y en privado. De un día para otro, lo que había sido un delito castigado incluso con la muerte en los siglos anteriores dejó de estar en el código.

Conviene no idealizarlo. Que algo no fuera delito no significa que estuviera bien visto. La policía siguió vigilando, la Iglesia siguió condenando y la vida de los hombres que amaban a hombres y de las mujeres que amaban a mujeres siguió siendo discreta, o directamente secreta. Pero el marco legal de los Países Bajos quedó, durante un siglo, más abierto que el de buena parte de Europa.

Es curioso pensar que una decisión tomada en París para todo un imperio acabara marcando la historia de una ciudad de canales. Las leyes viajan, igual que las personas. A veces viajan para mal, como la sección 377 británica que se exportó a medio mundo, y a veces para bien.

1911: el artículo 248 bis

Un siglo después, el péndulo volvió. En 1911, un gobierno de mayoría confesional aprobó una reforma de la moral pública que incluía un nuevo artículo, el 248 bis. Castigaba con cárcel a cualquier adulto que tuviera relaciones con una persona del mismo sexo menor de 21 años. Para las relaciones entre hombre y mujer, la edad de consentimiento era de 16.

Fotogramas del videoclip oficial de «Amsterdam», de Mike Sain't Louis

La diferencia era descarada. El artículo no prohibía la homosexualidad en general, pero la ponía bajo sospecha: daba a entender que las personas homosexuales eran un peligro para los jóvenes y justificaba una vigilancia policial constante. Durante sus sesenta años de vigencia, miles de hombres fueron investigados y varios miles condenados.

Su existencia provocó también la primera reacción organizada. En 1912, el jurista Jacob Schorer fundó en La Haya el Comité Científico Humanitario neerlandés, inspirado en el que Magnus Hirschfeld había creado en Berlín. Su objetivo era informar, publicar folletos y pedir la derogación del artículo. Fue una presencia solitaria durante décadas, pero dejó sembrada la idea de que el cambio pasaba por organizarse.

Bet van Beeren y el bar del Zeedijk

Mientras los juristas discutían, la vida seguía en los bares. En 1927, una mujer llamada Bet van Beeren abrió un café en el Zeedijk, una de las calles más antiguas y canallas de Ámsterdam, cerca del puerto. Se llamaba 't Mandje, que significa «la cestita».

Bet era lesbiana, iba en moto, llevaba el pelo corto y no tenía ninguna intención de pedir perdón por nada. Su bar se convirtió en un refugio para marineros, prostitutas, artistas, gais y lesbianas, todos mezclados en un local pequeñísimo, lleno de corbatas colgadas del techo que los clientes dejaban como recuerdo. Era un sitio donde se bebía, se bailaba y, sobre todo, donde nadie tenía que fingir.

Bet murió en 1967, y su hermana mantuvo el café abierto unos años más, con la decoración intacta. Después de un largo cierre, 't Mandje volvió a abrir en 2008 y hoy sigue funcionando, con fotos de su fundadora en las paredes. Es uno de los bares abiertos a gais y lesbianas más antiguos de Europa.

En el planeta, los bares tienen mucho protagonismo, desde el garrafón hasta los licores de etiqueta antigua. Pero pocos tienen una historia como la de la cestita del Zeedijk: un local que existió porque una mujer decidió que en su barra no se le preguntaba a nadie con quién se acostaba.

1940: la ocupación

En mayo de 1940, Alemania invadió los Países Bajos. Pocos meses después, las autoridades de ocupación introdujeron una norma inspirada en el párrafo 175 alemán, que castigaba las relaciones sexuales entre hombres. El país que llevaba más de un siglo sin perseguir la homosexualidad adulta pasó a hacerlo bajo una bandera extranjera.

Justo antes de la invasión, un pequeño grupo de hombres gais había empezado a publicar una revista, «Levensrecht», que significa algo así como «derecho a la vida». Salieron muy pocos números. Cuando llegaron las tropas, los editores destruyeron las listas de suscriptores para que nadie pudiera usarlas. Es un gesto pequeño y enorme a la vez: entendieron que un listado de nombres podía convertirse en una condena.

Ese miedo a las listas es una constante en la historia queer. Los registros, los ficheros policiales, las fichas de peligrosidad. En España, el franquismo también hizo listas, y el planeta recuerda ese tiempo en canciones como «Franco ha muerto». Cuando la identidad se convierte en dato, el dato se convierte en arma.

Willem Arondeus y el registro en llamas

Y aquí entra uno de los personajes más impresionantes de esta historia. Willem Arondeus era un pintor y escritor nacido en 1894, abiertamente gay en una época en que casi nadie lo era. Durante la ocupación se unió a la resistencia y falsificó documentos de identidad para ayudar a personas perseguidas, sobre todo judías, a esconderse.

Collage con un detalle de la carátula de «Amsterdam» y las carátulas de «Vas a escuchar un disco muy raro», «The Great Depression», «Paris restera gris»

El problema era que los documentos falsos podían comprobarse contra el registro civil de la ciudad, donde estaban los datos de todos los habitantes. Así que un grupo de la resistencia decidió destruirlo. La noche del 27 de marzo de 1943, disfrazados de policías, entraron en el edificio del registro de Ámsterdam, redujeron a los guardias y le prendieron fuego. Miles de fichas ardieron.

En el grupo había otras personas gais y lesbianas, entre ellas la violonchelista y directora de orquesta Frieda Belinfante, que logró escapar y pasó meses escondida disfrazada de hombre antes de huir a Suiza. Arondeus no tuvo esa suerte. Lo detuvieron poco después y fue fusilado el 1 de julio de 1943 en las dunas de Overveen.

Según el testimonio que recogieron sus compañeros, antes de morir pidió que se dijera al mundo que los homosexuales no eran cobardes. La frase se ha repetido muchas veces desde entonces. Hoy hay una placa en su memoria y su historia se cuenta en los recorridos por la ciudad. Es difícil encontrar una respuesta más contundente a quien decía que los hombres como él eran débiles.

Frieda Belinfante, la música que se disfrazó

Merece la pena detenerse un momento en la otra protagonista de aquella noche. Frieda Belinfante nació en Ámsterdam en 1904, en una familia de músicos, y se convirtió en violonchelista de prestigio. En los años treinta fundó y dirigió su propia orquesta de cámara, algo insólito para una mujer en la Europa de la época. Era lesbiana y no lo escondía entre sus amistades.

Cuando llegó la ocupación, se negó a afiliarse a la cámara cultural que exigían los nazis para seguir trabajando y se unió a la resistencia. Colaboró en la falsificación de documentos y participó en la preparación del asalto al registro. Tras la detención de varios compañeros, pasó meses escondida, vestida y peinada como un hombre, con un disfraz tan convincente que, según contó años después, ni su propia madre la reconoció por la calle. Finalmente cruzó a pie hasta Suiza.

Después de la guerra emigró a Estados Unidos y siguió dirigiendo orquestas en California. Su historia se contó en un documental neerlandés a finales de los noventa, cuando ella ya había muerto. Es otra cara de la misma noche: la de quien sobrevivió gracias a un disfraz, igual que el Shakespeare Club sobrevivió gracias a un nombre falso.

1946: un club con nombre de dramaturgo

Terminada la guerra, los mismos hombres que habían editado «Levensrecht» decidieron volver a organizarse. En 1946 fundaron en Ámsterdam una asociación con un nombre deliberadamente inocente: el Shakespeare Club. Era un camuflaje. Un club de lectura que no despertaba sospechas, donde en realidad se reunían hombres y mujeres homosexuales para hablar, apoyarse y planear cómo cambiar las cosas.

Su impulsor más conocido fue Niek Engelschman, que firmaba con el seudónimo de Bob Angelo. En 1949, el club cambió de nombre y pasó a llamarse COC, unas siglas que, en neerlandés, hablaban de un centro de cultura y ocio. Otra vez un nombre que no decía lo que era.

El COC organizó bailes, publicó revistas, abrió locales y, poco a poco, empezó a hablar con políticos, médicos y periodistas. Hoy es la organización LGTBI más antigua del mundo que sigue en activo. Si se piensa en lo que significa, impresiona: cuando en España ni siquiera se podía pronunciar la palabra, en Ámsterdam ya había un club con local, estatutos y fiestas de los sábados.

El camuflaje como estrategia

Hay algo muy camp en esa historia de nombres falsos. Un club de lectura que no lee a Shakespeare. Unas siglas que hablan de ocio y cultura para que nadie pregunte. Una revista que se llama «derecho a la vida» cuando la vida está en juego. El camuflaje fue durante décadas la única forma de existir en público.

El diario del planeta tiene un texto entero sobre el camp explicado, y una de sus ideas es que la ironía y el disfraz nacieron, en buena parte, como herramientas de supervivencia. Decir una cosa para que se entienda otra. Ponerse una máscara para poder quitarse la de verdad en un sitio seguro.

En el planeta hay mucho de eso: canciones con títulos inocentes que esconden historias serias, y canciones con títulos escandalosos que esconden ternura. El camuflaje sigue siendo un lenguaje, aunque ya no haga falta para sobrevivir.

1971: el fin del artículo

El artículo 248 bis resistió hasta 1971. Para entonces, el país había cambiado mucho. Los años sesenta trajeron en los Países Bajos una revolución de costumbres especialmente rápida: la secularización, la contracultura, los movimientos estudiantiles y una prensa cada vez más dispuesta a hablar de sexualidad sin eufemismos.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Amsterdam», de Mike Sain't Louis

Médicos, psicólogos y juristas empezaron a declarar públicamente que la homosexualidad no era una enfermedad ni un peligro. Las propias iglesias, o parte de ellas, se abrieron a debatir. Y el COC salió del armario institucional: dejó de esconderse detrás de siglas y empezó a pedir abiertamente la igualdad.

Cuando el parlamento derogó el artículo, los Países Bajos volvieron, en cierto modo, a 1811. Pero con una diferencia enorme: esta vez el cambio no venía impuesto desde París, sino reclamado desde dentro. Ya no era una tolerancia concedida, sino un derecho conquistado.

Del monumento a las bodas

Lo que vino después es más conocido, y el diario ya lo contó en otras entradas. En 1987 se inauguró el Homomonument, junto a la iglesia de Westerkerk, muy cerca de la casa de Ana Frank. En 1996 empezó el desfile de barcos del Orgullo por los canales. Y en 2001, el alcalde de la ciudad casó a las cuatro primeras parejas del mundo con un matrimonio legal en igualdad de condiciones.

Lo que este artículo quiere subrayar es que todo eso descansa sobre una base que casi nadie recuerda: el bar de Bet, el club de Shakespeare, la revista destruida, el registro en llamas. Las bodas de 2001 son la foto final de una película muy larga.

En España pasa algo parecido. El matrimonio igualitario de 2005 es la foto conocida, pero detrás están los colectivos de los setenta, las primeras manifestaciones y la gente que sobrevivió a la Ley de Peligrosidad Social.

La trampa de la tolerancia

Los Países Bajos tienen una palabra muy suya: «gedogen». Se traduce más o menos como «tolerar», y describe una forma de gobernar en la que algo que formalmente no está permitido se deja hacer sin perseguirlo. Se aplica a muchos temas, y durante buena parte del siglo XX también se aplicó, en la práctica, a la vida gay: no te molestamos, pero no hagas ruido.

La tolerancia es mejor que la persecución, sin duda. Pero tiene un límite: el que tolera sigue siendo el que decide. Tolerar no es lo mismo que aceptar, y aceptar no es lo mismo que celebrar. Mucha gente LGTBI de todo el mundo conoce esa frontera. La familia que «lo tolera» pero no quiere ver a tu pareja en Navidad. El trabajo donde «nadie tiene problema» pero nadie te pregunta por tu fin de semana.

Ámsterdam también tiene sus sombras. En los últimos años, organizaciones neerlandesas han alertado de agresiones a parejas del mismo sexo en la calle y de que mucha gente sigue evitando darse la mano en ciertos barrios. La fama de ciudad libre no protege a nadie por sí sola. Hay que seguir defendiéndola, igual que en Madrid, en París o en cualquier otro sitio.

Ciudades del planeta

Ámsterdam no es la única ciudad europea que asoma en las canciones del planeta. Está París, gris y lejana, en «Paris restera gris». Está el Louvre. Está Barcelona, vista con ojos de madrileño. Y está, por supuesto, Madrid, que es la casa.

Ficha de la canción «Amsterdam» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Cada una de esas ciudades tiene su propia historia queer. La de París entre guerras, la de Berlín de Weimar o la de la Barcelona de los setenta se han contado en otras entradas. La de Ámsterdam, con su mezcla de liberación temprana, retroceso, resistencia y conquista, es quizá la que mejor demuestra que la historia no avanza en línea recta.

Hay también un parentesco con otra canción del planeta, «The Great Depression», que mira a los años treinta, cuando en otros lugares del mundo se vivía una efervescencia queer que luego fue barrida. Las ventanas de libertad se abren y se cierran. Lo importante es recordar quién las mantuvo abiertas.

Un archivo en la biblioteca

Ámsterdam guarda su memoria. En la biblioteca pública central de la ciudad funciona un gran archivo dedicado al patrimonio LGTBI, con libros, revistas, carteles, fotografías y documentos de colectivos de todo el mundo. Allí se conservan, entre muchas otras cosas, materiales del COC y testimonios de las épocas más difíciles.

Un archivo así es una forma de responder a la quema de listas. Si durante siglos los registros sirvieron para perseguir, ahora sirven para recordar. Los mismos papeles que podían condenar a alguien son hoy la prueba de que existió, amó y luchó.

Para cualquier persona LGTBI joven, saber que hay archivos así es un consuelo. No eres el primero. No estás solo. Antes que tú hubo una mujer en moto con un bar en el puerto, un pintor que prendió fuego a un registro y un grupo de amigos que se inventó un club de lectura para poder verse.

La lluvia y la nube rosa

Volvamos al videoclip. Las imágenes de «Amsterdam» muestran una ciudad empapada, de noche, con las luces reflejadas en los charcos y una nube rosa que flota sobre los tejados como si alguien hubiera dejado escapar un globo gigante. Hay un chico que camina solo, se detiene, se agacha en mitad de la calle. No sabemos qué le pasa, y la letra, de momento, no nos lo cuenta.

Lo que sí transmite la imagen es una mezcla de belleza y soledad que encaja bien con la historia de la ciudad. Ámsterdam es preciosa y libre, pero también puede ser un sitio donde uno camina solo bajo la lluvia. La libertad no elimina la tristeza. Solo te deja vivirla sin esconderte.

El diario del planeta habla a menudo del orgullo de cada día, ese que no necesita desfile ni barco. Quizá el chico del videoclip esté justo ahí: en un día cualquiera, sin carrozas, en una ciudad que le permite ser quien es aunque esa noche esté triste.

Lo que deja el paseo

Si alguna vez vas a Ámsterdam, además del Homomonument y del Orgullo de los canales, hay otros lugares que merecen una parada. El Zeedijk, donde sigue la cestita de Bet. Las calles del centro donde estuvo el registro civil incendiado. Los canales donde el COC organizaba sus primeros bailes. Y la biblioteca, con su archivo. Son sitios menos fotogénicos, pero cuentan la parte de la historia que no sale en las postales.

Y si no vas, siempre se puede pasear por la ciudad desde casa, con el segundo álbum de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», sonando de fondo. El disco incluye una bienvenida a Ámsterdam y está lleno de destinos reales e imaginarios. Es una forma de viajar sin billete, que es la especialidad del planeta.

La página de prensa recoge las fechas de la trilogía y los datos de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. «Amsterdam» está en Spotify. La historia del COC puede consultarse en su página oficial, y la del café de Bet van Beeren, en la web del propio café 't Mandje.

Preguntas frecuentes

¿Desde cuándo es legal la homosexualidad en los Países Bajos?

Las relaciones entre personas del mismo sexo dejaron de ser delito en 1811, cuando el territorio, anexionado entonces a Francia, adoptó el código penal napoleónico. Sin embargo, en 1911 se aprobó el artículo 248 bis, que castigaba las relaciones con menores de 21 años del mismo sexo, y no se derogó hasta 1971.

¿Qué es el COC?

Es la organización LGTBI más antigua del mundo que sigue en activo. Nació en Ámsterdam en 1946 con el nombre de Shakespeare Club, para disimular su objetivo, y en 1949 pasó a llamarse COC.

¿Quién fue Willem Arondeus?

Un artista y escritor neerlandés abiertamente gay que participó en la resistencia contra la ocupación nazi. En marzo de 1943 formó parte del grupo que incendió el registro civil de Ámsterdam para destruir los datos usados para perseguir a la población judía. Fue fusilado en julio de ese año.

¿Qué es el café 't Mandje?

Uno de los bares más antiguos de Europa abiertos a gais y lesbianas. Lo abrió en 1927 Bet van Beeren en el Zeedijk de Ámsterdam, y hoy sigue funcionando.

¿Qué tiene que ver la canción «Amsterdam» con esta historia?

La letra de «Amsterdam» todavía no está publicada, así que este artículo no la cita. Su portada y su videoclip, con calles mojadas, luces de neón y una nube rosa, sirven de punto de partida para pasear por la historia queer de la ciudad.

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