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Bajo la ciudad: la Cloaca Máxima, el Gran Hedor de Londres y las cloacas de París, leídos con «La alcantarilla»

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Fotograma del videoclip de «La alcantarilla»: un túnel de alcantarilla iluminado, con agua en el suelo, una rata y máscaras blancas flotando

En el verano de 1858 Londres apestaba. Hacía un calor inusual, y el Támesis, que llevaba décadas recibiendo las aguas residuales de más de dos millones de personas, fermentaba al sol. El olor llegaba a todas partes, también a las salas del Parlamento, construido a orillas del río. Los diputados colgaron en las ventanas cortinas empapadas en cloruro de cal para intentar soportarlo, y se habló de trasladar las sesiones a otra ciudad. La prensa lo bautizó como el Gran Hedor.

En pocas semanas, los mismos políticos que llevaban años aplazando el problema aprobaron la ley que permitió construir una de las mayores obras de ingeniería del siglo XIX: el alcantarillado moderno de Londres. Lo que no habían conseguido las epidemias lo consiguió la nariz de los parlamentarios.

Este texto baja a ese mundo de abajo, el de las alcantarillas, con «La alcantarilla» como linterna. La letra de este single del segundo disco de la trilogía GAYFOLK aún no se ha publicado, así que aquí no hay versos citados ni inventados. Pero su videoclip es un recorrido muy concreto: túneles abovedados con agua en el suelo, una rata de cresta punk, máscaras blancas que flotan como restos de una fiesta y, de repente, una pista de baile con bola de espejos. La ciudad de arriba y la de abajo, conectadas por un sumidero.

Antes de Roma

Roma no inventó la alcantarilla. Mucho antes, hacia el año 2500 antes de Cristo, las ciudades de la civilización del valle del Indo, como Mohenjo-Daro, en el actual Pakistán, ya tenían calles con desagües de ladrillo cubiertos que recogían el agua de las casas. Muchas viviendas contaban con su propio cuarto de baño conectado a esos canales. Los arqueólogos que las excavaron en el siglo XX se quedaron asombrados por el orden de aquellas ciudades planificadas.

En Creta, en el palacio minoico de Cnosos, se encontraron tuberías de barro cocido encajadas unas en otras y conducciones para llevar el agua de lluvia y las aguas sucias lejos de las estancias. La idea básica, que el agua limpia entre por un lado y la sucia salga por otro, es tan antigua como las ciudades. Lo que cambia a lo largo de la historia es la voluntad de mantenerla.

La diosa de la cloaca

La historia empieza en Roma. Según la tradición, en el siglo VI antes de Cristo, los reyes etruscos de la ciudad mandaron canalizar el arroyo que atravesaba los terrenos pantanosos entre las colinas, donde más tarde se construiría el Foro. Aquel canal, que con el tiempo se cubrió con bóvedas de piedra, recibió el nombre de Cloaca Máxima, la cloaca más grande.

Al principio servía sobre todo para drenar el agua de lluvia y secar el terreno. Con los siglos fue recogiendo también el agua de las termas, de las fuentes y de las letrinas públicas, y la llevaba al Tíber. Todavía hoy se puede ver su desembocadura en la orilla del río, cerca del antiguo puente que los romanos llaman Ponte Rotto, el puente roto. Partes de su recorrido siguen funcionando después de más de dos mil quinientos años.

Los romanos, que tenían divinidades para casi todo, también tenían una para la cloaca. Se llamaba Cloacina y se la identificó con Venus, la diosa del amor. En el Foro había un pequeño santuario redondo dedicado a Venus Cloacina, justo donde la cloaca entraba en la plaza. Que la diosa del deseo y la de la purificación compartieran altar dice mucho de una cultura que entendía el cuerpo, con todas sus funciones, como parte de la vida pública.

Los romanos construyeron redes de saneamiento en muchas de sus ciudades, también en Hispania. Pero tras la caída del imperio buena parte de ese saber se perdió. Durante siglos, en muchas ciudades europeas, los desechos se tiraban a la calle, a pozos negros o a los ríos. En Madrid, como en otros lugares, era famoso el grito de «¡Agua va!» antes de vaciar el orinal por la ventana.

Un mapa contra el cólera

En el siglo XIX las ciudades europeas crecieron a un ritmo nunca visto. La revolución industrial llenó los barrios de gente que vivía hacinada y sin agua corriente. Y llegó una enfermedad nueva y aterradora: el cólera, que mataba en cuestión de horas.

Fotogramas del videoclip oficial de «La alcantarilla», de Mike Sain't Louis

Durante décadas, la mayoría de los médicos creyó que el cólera se transmitía por el aire, por los miasmas, los malos olores que salían de la basura y de los pantanos. Un médico londinense, John Snow, tenía otra idea: pensaba que la enfermedad se transmitía a través del agua contaminada.

En agosto de 1854 estalló un brote brutal en el Soho. En pocos días murieron cientos de personas en unas pocas calles. Snow fue casa por casa preguntando dónde se abastecían de agua los vecinos y marcó en un mapa del barrio la dirección de cada fallecido. Los puntos se concentraban alrededor de una fuente pública con bomba de mano en Broad Street. Algunos casos aparentemente extraños confirmaban la teoría: una cervecería cercana apenas tuvo enfermos porque sus trabajadores bebían cerveza, y una viuda que vivía lejos murió después de que le llevaran agua de esa fuente porque le gustaba su sabor.

El 8 de septiembre, las autoridades del distrito aceptaron retirar la palanca de la bomba. El brote ya estaba remitiendo, y la idea de Snow tardó todavía años en imponerse. Pero aquel mapa se considera hoy uno de los momentos fundacionales de la epidemiología. Después se supo que la fuente estaba contaminada por un pozo negro situado a menos de un metro de distancia.

El ingeniero que salvó Londres

Con ese telón de fondo llegó el verano de 1858. El ingeniero jefe de la Junta Metropolitana de Obras de Londres, Joseph Bazalgette, llevaba tiempo preparando un plan. Cuando el Gran Hedor obligó al Parlamento a actuar, el plan ya estaba en la mesa.

La idea era sencilla de explicar y enorme de construir. Hasta entonces, las alcantarillas de Londres desembocaban directamente en el Támesis, en pleno centro. Bazalgette propuso construir grandes colectores paralelos al río, en ambas orillas, que interceptaran todas esas salidas y llevaran las aguas residuales hacia el este, lejos de la ciudad, para verterlas aguas abajo. Como Londres es bastante llano, hacían falta estaciones de bombeo para levantar el agua en ciertos puntos y que siguiera corriendo por gravedad.

El resultado fueron unos ciento treinta kilómetros de grandes colectores de ladrillo y unos mil ochocientos kilómetros de alcantarillas de calle. Se usaron cientos de millones de ladrillos y un cemento nuevo, el cemento Portland, que se endurecía bajo el agua. Bazalgette tuvo además una intuición famosa: calculó el diámetro de las tuberías según la población de su tiempo y luego lo dobló, pensando que la ciudad seguiría creciendo. Gracias a esa previsión, su red siguió funcionando durante más de un siglo y medio.

Una parte de la obra se hizo a la vista de todos. Para meter los colectores junto al río se ganó terreno al Támesis con muelles de piedra, los Embankments. El más conocido, el Victoria Embankment, se inauguró en 1870. Bajo sus paseos arbolados corren a la vez el gran colector, una línea de metro y otras conducciones. Encima, los londinenses pasean sin pensar en lo que tienen bajo los pies.

Catedrales del agua sucia

Las estaciones de bombeo de Bazalgette son otra sorpresa. En lugar de construir naves industriales sin gracia, los victorianos levantaron auténticos palacios. La de Crossness, en la orilla sur, fue inaugurada en abril de 1865 por el príncipe de Gales, que puso en marcha sus máquinas de vapor. En su interior hay columnas y barandillas de hierro fundido pintadas en rojos, verdes y dorados, con motivos vegetales y una ornamentación tan exuberante que se la conoce como la catedral de las marismas.

Hoy, restaurada por voluntarios, se puede visitar en determinados días. Hay algo profundamente camp en ese gesto victoriano: rodear de flores de hierro y pintura dorada una máquina que bombea aguas residuales. Tratar con lujo lo que todo el mundo prefiere esconder.

El sistema se completó en 1875. Las epidemias de cólera en las zonas cubiertas por la red prácticamente desaparecieron. Bazalgette fue nombrado caballero, y en el Victoria Embankment hay un monumento en su honor con una inscripción latina que dice: «Flumini vincula posuit», puso cadenas al río.

París y sus visitas en barca

Al otro lado del canal, París emprendió su propia transformación. Durante el Segundo Imperio, el prefecto Georges-Eugène Haussmann rehízo la ciudad con grandes bulevares, parques y nuevas redes de agua. El ingeniero encargado del subsuelo, nombrado en 1854, fue Eugène Belgrand. Bajo cada nueva avenida se construyeron galerías visitables, lo bastante altas para que un trabajador pudiera caminar por ellas, que llevaban a la vez las aguas residuales, las tuberías de agua potable y, más tarde, otros cables y conductos.

Collage con un detalle de la carátula de «La alcantarilla» y las carátulas de «Paris Restera Gris», «Madrid», «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»

Los parisinos se enorgullecieron tanto de su ciudad subterránea que la convirtieron en atracción turística. En 1867, el año de la Exposición Universal, empezaron las visitas públicas. Los visitantes, a menudo elegantemente vestidos, recorrían las galerías en vagonetas o en barcas iluminadas con lámparas. Hoy esa tradición continúa en el Museo de las Alcantarillas de París, que tiene su entrada junto al puente del Alma. Tras tres años de obras reabrió en octubre de 2021 con un recorrido renovado por galerías reales en funcionamiento.

Y París tiene, además, la alcantarilla más famosa de la literatura. En 1862 Victor Hugo publicó «Los miserables», y en una de sus escenas más recordadas Jean Valjean huye por las cloacas de la ciudad cargando a hombros a Marius, herido en las barricadas. Hugo dedicó varios capítulos a describir aquel laberinto, al que llamó el intestino de Leviatán, y lo convirtió en una metáfora de la ciudad entera: todo lo que París esconde acaba bajando ahí. El diario ya ha paseado por la capital francesa en París y el Louvre y con «París restera gris»; esta es su versión subterránea.

Un río puesto en pie

En Madrid, la gran revolución del agua llegó en 1858, el mismo año del Gran Hedor. Hasta entonces la ciudad se abastecía de los viajes de agua, galerías subterráneas que recogían agua del subsuelo y la llevaban a fuentes públicas, donde los aguadores llenaban sus cántaros para repartirla por las casas. El sistema era antiguo e insuficiente para una capital que crecía.

La solución fue traer agua del río Lozoya, en la sierra, mediante un canal de decenas de kilómetros. La obra se llamó Canal de Isabel II, en honor a la reina. El 24 de junio de 1858 el agua llegó por fin a la ciudad, y se celebró con una fuente provisional en la calle Ancha de San Bernardo. El surtidor lanzó un chorro de más de treinta metros de altura, y aquella imagen dio origen a una expresión que todavía usa la empresa pública que gestiona el agua de la región: un río puesto en pie.

Con el agua corriente llegó también la necesidad de evacuarla, y la red de alcantarillado de la ciudad fue creciendo y modernizándose durante el siglo siguiente. Hoy Madrid tiene miles de kilómetros de alcantarillas y algunos de los mayores tanques de tormentas del mundo, enormes depósitos subterráneos que almacenan el agua de las lluvias fuertes para que no desborde la red. El diario ha recorrido la ciudad en superficie en Madrid y Chueca en las canciones; por debajo hay otra ciudad igual de grande.

Palabras que vienen de abajo

El vocabulario del subsuelo también tiene su historia. La palabra cloaca llega directamente del latín, y la etimología clásica la relaciona con un verbo antiguo que significaba limpiar o purgar. Alcantarilla, en cambio, tiene un origen inesperado. Según el diccionario de la Real Academia, procede de alcántara, que significa puente y viene del árabe hispánico. Una alcantarilla era, al principio, un puentecillo, la pequeña obra de fábrica que permite que un camino pase por encima de una acequia o de un arroyo. Con el tiempo, el nombre pasó del puente al conducto que corre por debajo.

Collage con un detalle de la carátula de «La alcantarilla» y las carátulas de «Me He Tomado una Pastilla Gay», «La Lengua Equivocada», «Gaslighting»

El árabe dejó en este terreno otras huellas. Albañal, el canal por donde salen las aguas sucias, procede también del árabe hispánico, igual que aljibe, el depósito subterráneo para recoger el agua de lluvia, o acequia, el canal de riego. Sumidero viene del verbo sumir, hundir. Y pocero, el trabajador que limpia pozos y alcantarillas, es una de esas palabras de oficio que hoy suenan casi a otra época, aunque los poceros sigan bajando cada día a las galerías de cualquier ciudad.

Es curioso que una lengua tenga tantas palabras para algo de lo que se habla tan poco. Quizá porque, durante siglos, gestionar el agua fue una cuestión de supervivencia para cualquier pueblo que viviera en tierras secas, como buena parte de la península ibérica.

Monstruos de grasa

Las alcantarillas modernas tienen sus propios monstruos, y no son cocodrilos. En septiembre de 2017 los trabajadores de la compañía de aguas de Londres encontraron en una alcantarilla victoriana del barrio de Whitechapel una masa sólida de más de doscientos cincuenta metros de largo y unas ciento treinta toneladas de peso. Estaba formada sobre todo por grasa de cocina solidificada, toallitas húmedas, pañales y otros productos que nunca deberían haber ido por el desagüe. La prensa lo llamó fatberg, iceberg de grasa.

Tardaron semanas en deshacerlo con mangueras a presión y palas. Un trozo, una vez seco y estabilizado, se expuso en el Museo de Londres, donde se convirtió en una pieza sorprendentemente popular. La lección es sencilla y muy actual: el aceite de la sartén no va por el fregadero, y las toallitas, aunque digan que se deshacen, no van al váter.

Es casi una parábola. La ciudad de abajo devuelve lo que la ciudad de arriba quiere olvidar. Todo lo que se tira sin pensar acaba formando algo que alguien tendrá que limpiar.

El cocodrilo de Harlem

Ninguna leyenda urbana sobre alcantarillas es tan famosa como la de los cocodrilos de Nueva York. Según el relato, que circula desde hace décadas, algunos turistas traían crías de caimán de Florida como mascotas y, cuando crecían, las tiraban por el váter. Los animales habrían sobrevivido en las cloacas, alimentándose de ratas y volviéndose albinos por falta de luz.

La versión de la colonia de caimanes ciegos es pura fantasía: el clima neoyorquino y las aguas residuales no permitirían que sobrevivieran. Pero la leyenda tiene un pequeño origen real. En febrero de 1935 el periódico The New York Times contó que unos muchachos del este de Harlem habían sacado un caimán de más de dos metros de una boca de alcantarilla mientras retiraban nieve. Los propios jóvenes lo mataron a golpes de pala. A partir de ahí, la imaginación hizo el resto, y el cocodrilo de las alcantarillas pasó a novelas, películas y cómics.

La leyenda sobrevive porque dice algo sobre cómo vemos el subsuelo: un lugar donde lo que tiramos puede volver transformado en monstruo. Es la versión fantástica de los icebergs de grasa.

La ciudad de abajo como refugio

Las alcantarillas han sido también, en la ficción y en la vida real, lugares de refugio. Hugo las convirtió en la ruta de escape de Valjean. En el cine aparecen como escondite de rebeldes, de criaturas incomprendidas y de personajes que no encajan en el mundo de arriba. Bajar al subsuelo es a menudo una manera de esconderse, pero también de encontrar a otros como uno.

Ficha de la canción «La alcantarilla» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En la historia LGTBI esta imagen tiene un eco muy concreto. Durante buena parte del siglo XX, muchas personas del colectivo tuvieron que vivir su vida afectiva en espacios ocultos: sótanos, locales sin letrero, puertas traseras. Se les empujaba hacia abajo, hacia lo escondido. Y precisamente ahí, lejos de la mirada de la superficie, se construyeron redes de amistad, de cuidado y de fiesta.

El videoclip de «La alcantarilla» parece jugar con esa idea. Del túnel húmedo con máscaras flotando se pasa, sin transición, a una pista de baile con bola de espejos y gente que se mueve a la vez. El sumidero es el lugar adonde va a parar lo que se tira, pero también puede ser la puerta a una fiesta. Esa lectura conecta con el disco al que pertenece la canción, que sueña con un lugar donde no haya que dar explicaciones, como cuenta el diario en un planeta donde no explicarse.

Un elogio de lo invisible

Hay una idea que recorre toda esta historia, de la Cloaca Máxima a los tanques de tormentas de Madrid: lo más importante de una ciudad a menudo no se ve. Nadie hace fotos a una alcantarilla que funciona. Pero sin ellas no habría bulevares, ni terrazas, ni ciudades de millones de habitantes. Las alcantarillas han salvado probablemente más vidas que muchos medicamentos.

Detrás de ellas hay oficios poco reconocidos: poceros, fontaneros, ingenieros, operarios que bajan cada día a las galerías con botas altas y detectores de gases. En muchas ciudades son quienes primero detectan los problemas de salud pública, porque las aguas residuales permiten, por ejemplo, seguir la circulación de virus en una población. Durante la pandemia de covid, el análisis de las aguas residuales se convirtió en una herramienta de vigilancia en muchos países, también en España.

Por eso tiene gracia que una canción pop se llame «La alcantarilla». Es un título que baja la mirada hacia donde nadie quiere mirar. El diario ya se asomó a ese subsuelo en su despacho sideral sobre «La alcantarilla». Aquí la propuesta es reconocer que debajo de cada ciudad hay una historia de ingenio, de asco superado y de cuidado colectivo.

Lo que todavía falta

Sería un error pensar que esta historia está terminada. Según los datos de Naciones Unidas, miles de millones de personas en el mundo todavía no tienen acceso a un saneamiento gestionado de forma segura, y cientos de millones no tienen ni siquiera un retrete. Las enfermedades transmitidas por el agua contaminada, las mismas contra las que luchaban Snow y Bazalgette, siguen matando cada año a muchísimas personas, sobre todo niños pequeños. Por eso la ONU declaró en 2013 el 19 de noviembre como Día Mundial del Retrete, un nombre que hace sonreír pero que señala un problema muy serio.

También en las ciudades ricas el sistema tiene retos. Muchas redes antiguas, como la de Bazalgette, se diseñaron para recoger a la vez el agua de lluvia y las aguas residuales. Cuando llueve mucho, se desbordan y vierten parte de esa mezcla a los ríos. Londres lleva años construyendo un nuevo supercolector bajo el Támesis para resolverlo. Y el cambio climático, con lluvias más intensas, obliga a repensar estas infraestructuras. Las ciudades de abajo, como las de arriba, nunca se terminan del todo.

Notas para escucharla

«La alcantarilla» pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segundo capítulo de la trilogía, que tiene sus propias notas de escucha en el diario. Suena en Spotify, y los datos sobre Mike Sain't Louis, autor de la letra, compositor y productor madrileño del proyecto, se encuentran en el apartado de prensa.

Para ponerla, un plan sencillo: la próxima vez que pases junto a una tapa de alcantarilla en Madrid, fíjate en ella. Muchas llevan grabado el escudo de la ciudad o el nombre del Canal. Piensa en los kilómetros de túneles que hay debajo, en Bazalgette doblando el diámetro de sus tuberías, en Snow con su mapa y en los visitantes de 1867 paseando en barca bajo París. Luego pon la canción y deja que el túnel desemboque en la pista de baile.

Preguntas frecuentes

¿Qué fue el Gran Hedor de Londres?

Fue el episodio del verano de 1858 en el que el calor convirtió el Támesis, que recibía las aguas residuales de la ciudad, en una fuente de olores insoportables. El Parlamento, situado junto al río, no pudo seguir ignorando el problema y aprobó en pocas semanas la financiación del gran sistema de alcantarillado diseñado por el ingeniero Joseph Bazalgette.

¿Qué hizo Joseph Bazalgette?

Fue el ingeniero jefe de la Junta Metropolitana de Obras de Londres. Diseñó una red de unos 1.800 kilómetros de alcantarillas de calle que desaguaban en unos 130 kilómetros de grandes colectores de ladrillo, que llevaban las aguas residuales hacia el este, lejos del centro. Incluía estaciones de bombeo como la de Crossness, inaugurada en 1865, y los muelles del Támesis, como el Victoria Embankment, abierto en 1870. El sistema se completó en 1875.

¿Qué descubrió John Snow en 1854?

Durante un brote de cólera en el barrio londinense del Soho, el médico John Snow anotó en un mapa dónde vivían los fallecidos y comprobó que se concentraban alrededor de una fuente pública de Broad Street. Convenció a las autoridades para que retiraran la palanca de la bomba. Su trabajo es uno de los momentos fundacionales de la epidemiología, aunque la idea de que el cólera se transmitía por el agua tardó años en aceptarse.

¿Se pueden visitar las alcantarillas de París?

Sí. El Museo de las Alcantarillas de París, situado bajo el puente del Alma, permite recorrer galerías reales. Reabrió en octubre de 2021 tras tres años de obras. Las visitas públicas a las alcantarillas parisinas empezaron en 1867, el año de la Exposición Universal.

¿De qué trata «La alcantarilla»?

Es un single de Mike Sain't Louis incluido en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. Su letra no está publicada todavía, así que este post no cita versos. Su videoclip combina túneles de alcantarilla con agua, una rata de cresta punk, máscaras blancas que flotan y una pista de baile con bola de espejos.

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