Chueca hoy: lo que aún late y lo que se apagó
Se dice que Chueca ya no es lo que era. Se dice tanto que ha dejado de significar nada concreto. Y sin embargo, cuando se camina por la calle Pelayo a las cuatro de la tarde de un jueves, todavía se nota que este barrio no es un barrio cualquiera de Madrid.
Lo que se fue es real. Se fueron los sex shops de escaparate cerrado, las tiendas de discos que también funcionaban como salas de conversación, los cafés donde se leían periódicos enteros, la librería especializada que no vendía casi nada y sostenía a toda una comunidad, la sensación de barrio pequeño en pleno centro de la capital.
Se fueron también algunos gestos que hoy costaría explicar. La posibilidad de entrar a un bar cualquiera y ligar sin filtro digital previo. La costumbre de conocer, de vista, a media manzana. La certeza de que el barrio estaba habitado por personas que vivían allí, no por turistas de fin de semana.
Lo que queda es más terco de lo que parece. Quedan las terrazas de Pelayo cruzándose los sábados. Quedan los conciertos improvisados en salas pequeñas. Queda Berkana como archivo vivo. Queda la memoria del Orgullo cuando aún era una manifestación política. Y quedan las personas mayores que siguen viviendo en pisos antiguos y bajan al mercado como siempre.
La lucha real ya no es contra los cambios estéticos. Es contra los pisos turísticos que vacían el barrio de vecinos permanentes. Sin vecinos permanentes, Chueca se convierte en decorado. Con vecinos permanentes, sigue siendo territorio.
El proyecto respira este barrio, aunque casi no se le mencione. Está en los recorridos, en los amigos, en los descubrimientos, en las noches largas. Y en la conciencia, siempre presente, de que estos lugares no se defienden solos.