Cultura
Cómo se bautiza un planeta: de Georgium Sidus a Gayfolk, la astronomía de los nombres y el título del primer disco
Por Mike Sain't Louis ·

La noche del 13 de marzo de 1781, en el jardín de su casa de Bath, un músico alemán aficionado a la astronomía apuntó su telescopio casero hacia la constelación de Géminis y vio algo que no debería estar ahí. Un punto que no titilaba como las estrellas. Un pequeño disco.
Pensó que era un cometa.
No lo era. William Herschel, que se ganaba la vida como organista y profesor de música, acababa de ver el primer planeta encontrado desde la Antigüedad. Hasta esa noche, el sistema solar tenía seis mundos conocidos, los mismos que veían a simple vista los babilonios. De golpe tuvo siete. Y alguien tenía que ponerle nombre.
Ahí empieza una historia que tiene mucho que ver con un título de disco. El primero de la trilogía de Mike Sain't Louis se llama «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», con forma de titular de periódico, y la canción que le da nombre termina anunciándolo como quien da una noticia:
Descubierto un nuevo planeta llamado GayFolk
Esta entrada del diario no va del disco ni de sus canciones una por una. Va de una pregunta más pequeña y más rara: cómo se bautiza un planeta. Quién decide el nombre, qué normas hay, qué peleas ha provocado, y qué pasa cuando quien encuentra el planeta y quien lo bautiza son la misma persona.
La estrella de Jorge
Herschel tardó un tiempo en convencerse, y en convencer a los demás, de que aquel punto era un planeta. Cuando por fin quedó claro, hizo lo que haría cualquier músico que necesita un mecenas: se lo dedicó al rey.
Propuso llamarlo «Georgium Sidus», que en latín quiere decir la estrella de Jorge, en honor de Jorge III de Inglaterra. El rey se lo agradeció con una pensión anual que le permitió dejar la música y dedicarse por completo a mirar el cielo. Para Herschel, el nombre fue un buen negocio.
Para el resto de Europa, fue un despropósito. Los astrónomos franceses no tenían ningún interés en ver un planeta dedicado a un rey británico, y durante años lo llamaron simplemente «Herschel», por su descubridor. En Alemania, Johann Bode propuso otra solución: seguir la tradición. Si los planetas conocidos llevaban nombres de dioses romanos y griegos, el nuevo debía llamarse Urano, el dios del cielo, padre de Saturno en la mitología. Tenía su lógica: Júpiter era hijo de Saturno, Saturno hijo de Urano. El nuevo planeta, más lejano, sería el abuelo.
Tardó décadas, pero la propuesta de Bode ganó. A mediados del siglo XIX, incluso las publicaciones británicas habían abandonado la estrella de Jorge. Hoy nadie se acuerda de ella, salvo en las curiosidades de los libros de divulgación.
La moraleja es sencilla y la dice la propia historia: no basta con descubrir un planeta. Hay que conseguir que el nombre se quede.
Los dioses de los días de la semana
Antes de Herschel, los nombres de los planetas no los había decidido nadie en concreto. Venían de muy lejos.
Los babilonios ya asociaban cada uno de los puntos errantes del cielo con un dios. Los griegos tradujeron esas asociaciones a su propio panteón, y los romanos a los suyos. Así llegaron hasta nosotros Mercurio, el mensajero rápido, que da la vuelta al Sol antes que ninguno; Venus, la diosa del amor, para el punto que más luce en el cielo al anochecer; Marte, el dios de la guerra, para el planeta rojo; Júpiter, el rey de los dioses, para el gigante; Saturno, el dios viejo, para el más lento.
Esos nombres están tan metidos en el idioma que se usan cada día sin pensar. En castellano, lunes viene de la Luna, martes de Marte, miércoles de Mercurio, jueves de Júpiter y viernes de Venus. Cada semana es un pequeño recorrido por el sistema solar de los antiguos.
En el planeta de Mike también hay dioses, aunque de otra manera. Ya hay en este diario un repaso a la mitología griega en el planeta, con su Zeus de bolsillo. Pero el nombre Gayfolk no sigue la tradición clásica. No es un dios. Es una palabra inventada, mitad inglés, mitad etiqueta de género musical. Gay más folk. Lo que se sale de la norma desde el nombre.
Neptuno y la pelea de los cálculos
Si Urano fue un hallazgo por casualidad, Neptuno fue un hallazgo con lápiz y papel.

Durante la primera mitad del siglo XIX, los astrónomos notaron que Urano no se movía exactamente como debía. Se adelantaba, se retrasaba, como si algo invisible tirara de él. Dos matemáticos, por separado, se propusieron calcular dónde tendría que estar ese algo. En Inglaterra, John Couch Adams. En Francia, Urbain Le Verrier.
Le Verrier envió sus cálculos al Observatorio de Berlín. La noche del 23 de septiembre de 1846, Johann Galle, con la ayuda de su estudiante Heinrich d'Arrest, apuntó el telescopio adonde indicaba el francés y encontró el planeta a muy poca distancia del punto previsto. Fue uno de los grandes triunfos de la física: un mundo encontrado primero en una hoja de cálculos y solo después en el cielo.
Lo que vino después fue menos elegante. Ingleses y franceses discutieron durante años sobre a quién correspondía el mérito, y la cuestión del nombre se mezcló con la del orgullo nacional. Hubo propuestas de todo tipo, incluida la de llamarlo con el apellido de Le Verrier. Al final se impuso, otra vez, la tradición: Neptuno, el dios del mar, por el color azul del planeta.
Es curioso que el planeta más lejano de los ocho actuales lleve nombre de dios del agua. Un mundo frío y remoto, bautizado por lo que se parecía a algo de aquí.
Los nombres de los planetas casi siempre funcionan así. Se les da el nombre de algo conocido para que lo desconocido sea un poco menos extraño.
Vulcano, el planeta que nunca estuvo
Le Verrier, crecido por su éxito con Neptuno, quiso repetir la jugada. Esta vez el problema estaba en el otro extremo del sistema solar. Mercurio, el planeta más cercano al Sol, tampoco se movía del todo como mandaban las leyes de Newton: el punto de su órbita más cercano al Sol se desplazaba un poquito más de lo previsto, siglo tras siglo.
La solución parecía obvia. Si con Urano había funcionado, también funcionaría ahora: tenía que haber otro planeta, todavía más cerca del Sol, escondido en su resplandor, tirando de Mercurio. Le Verrier hizo los cálculos y el planeta recibió nombre antes de que nadie lo viera. Se llamó Vulcano, como el dios romano de la fragua, por lo cerca que estaría del fuego.
Durante décadas, astrónomos de medio mundo lo buscaron en los eclipses, cuando la Luna tapa el Sol y se pueden ver objetos muy próximos a él. Hubo quien aseguró haberlo visto. Nadie lo confirmó. Vulcano tenía nombre, tenía órbita calculada y tenía hasta defensores apasionados. Lo único que no tenía era existencia.
El misterio de Mercurio lo resolvió en 1915 Albert Einstein, con la relatividad general. No hacía falta ningún planeta escondido: era el propio espacio, curvado por la masa enorme del Sol, el que desviaba la órbita. Vulcano desapareció de los libros sin haber estado nunca en el cielo.
Es la historia contraria a la de Gayfolk. Vulcano fue un planeta que la ciencia nombró, buscó y tuvo que borrar. Gayfolk es un planeta que no busca ningún telescopio y que, sin embargo, se sostiene a base de nombrarlo. Uno existía en los cálculos y no en el cielo. El otro existe en las canciones y no necesita cielo.
Los dos demuestran lo mismo: un nombre puede llegar antes que la cosa. A veces la cosa nunca llega. A veces, en cambio, el nombre la va construyendo.
La niña que bautizó a Plutón
La historia más bonita de todas es la de Plutón.

El 18 de febrero de 1930, Clyde Tombaugh, un joven de Kansas que trabajaba en el Observatorio Lowell de Flagstaff, en Arizona, comparando placas fotográficas del cielo tomadas en noches distintas, vio un puntito que se había movido. Era el planeta que el observatorio llevaba años buscando. La noticia dio la vuelta al mundo, y con ella la pregunta de siempre: ¿cómo se va a llamar?
En Oxford, un abuelo le leyó la noticia del periódico a su nieta durante el desayuno. La niña se llamaba Venetia Burney y tenía once años. Le gustaba la mitología. Sugirió que el nuevo planeta se llamara Plutón, como el dios romano del inframundo, porque estaba lejos, a oscuras y hacía mucho frío. El abuelo pasó la idea a un astrónomo conocido, y este la mandó a Estados Unidos.
En el observatorio gustó por dos motivos. Uno, que encajaba con la tradición. Otro, que las dos primeras letras, P y L, coincidían con las iniciales de Percival Lowell, el fundador del observatorio, que había muerto años antes convencido de que ese planeta existía.
Así que el último planeta del sistema solar clásico lo bautizó una niña, a partir de una noticia leída en la mesa del desayuno.
Bueno, último hasta 2006.
Fuera de la lista
El 24 de agosto de 2006, en su asamblea general de Praga, la Unión Astronómica Internacional aprobó por primera vez una definición formal de planeta. Para serlo, un cuerpo tiene que cumplir tres condiciones: girar alrededor del Sol, tener masa suficiente para que su propia gravedad lo haya redondeado y haber limpiado de otros objetos la zona de su órbita.
Plutón cumple las dos primeras. La tercera, no: comparte su región con muchísimos cuerpos helados del cinturón de Kuiper. Así que pasó a una categoría nueva, la de planeta enano. De un día para otro, el sistema solar volvió a tener ocho planetas, y millones de libros de texto se quedaron desfasados.
La reacción fue sorprendentemente emocional. Hubo protestas, camisetas, campañas para «salvar a Plutón», gente que se lo tomó como algo personal. Un objeto helado a miles de millones de kilómetros, que casi nadie ha visto nunca con sus propios ojos, se convirtió en el símbolo del que se queda fuera de la lista porque alguien cambia las normas.
Hay algo de eso en el Planeta Gayfolk. Un mundo que nace para quienes no cabían en la clasificación de otros. La canción que lo anuncia lo describe por lo que no tiene, por lo que deja fuera:
No hay grinder ni aplicaciones, tampoco hay complejos,
Y lo define con un verso que funciona casi como un criterio de pertenencia, una de esas condiciones que pone la Unión Astronómica, pero al revés:
Y las personas allí no son simples objetos.
En la astronomía, para ser planeta hay que haber despejado la órbita de objetos. En Gayfolk, para pertenecer, basta con no tratar a nadie como uno.
Una letra minúscula
Durante siglos, descubrir un planeta fue algo que pasaba muy de vez en cuando. Herschel en 1781, Galle en 1846, Tombaugh en 1930. Tres en un siglo y medio. Luego, en los años noventa, todo cambió.
En 1992, los astrónomos Aleksander Wolszczan y Dale Frail confirmaron los primeros planetas fuera del sistema solar, girando nada menos que alrededor de un púlsar, el cadáver giratorio de una estrella que había estallado. En 1995, Michel Mayor y Didier Queloz, desde el Observatorio de Ginebra, anunciaron el primero alrededor de una estrella parecida al Sol. Recibieron por ello el Premio Nobel de Física en 2019.
Ese planeta se llama 51 Pegasi b.
El nombre explica la norma que se sigue con los planetas de otras estrellas. Primero va el nombre o el número de catálogo de la estrella, en este caso la 51 de la constelación de Pegaso. Después, una letra minúscula. La «a» se reserva, en la práctica, para la propia estrella, así que el primer planeta encontrado es la «b», el segundo la «c», y así sucesivamente, en el orden en que se encuentran, no en el orden en que están colocados.
Con los años, los métodos se multiplicaron. El de velocidad radial, el que usaron Mayor y Queloz, mide el pequeño bamboleo que un planeta provoca en su estrella al tirar de ella. El de tránsito, que usó a gran escala el telescopio espacial Kepler, mide la diminuta bajada de luz que se produce cuando un planeta pasa por delante de su estrella, como una mosca delante de una farola. Hoy se cuentan ya más de cinco mil exoplanetas confirmados.
Cinco mil mundos. Casi todos con nombre de código: una estrella, un número, una letra.
Ponerle nombre a una letra
A muchos astrónomos y aficionados les pareció una pena que tantos planetas tuvieran nombres de matrícula. Por eso, a partir de 2015, la Unión Astronómica Internacional organizó concursos públicos, llamados NameExoWorlds, para que personas de todo el mundo propusieran nombres propios para algunos de ellos.

El primero de todos, 51 Pegasi b, recibió así el nombre de Dimidium, que en latín quiere decir «mitad», porque el planeta tiene más o menos la mitad de la masa de Júpiter. Un nombre técnico y poético a la vez. La estrella fría y el mundo nuevo, por fin, con algo que se puede decir sin consultar un catálogo.
Las normas para estos nombres son curiosas. En general, la Unión Astronómica pide que sean pronunciables, que no sean ofensivos y que no tengan carácter comercial. Y desaconseja los nombres de mascotas. Para los asteroides, que son muchísimos y tienen su propio procedimiento, se aplican reglas parecidas, y quien los encuentra puede proponer el nombre. Gracias a eso hay asteroides que homenajean a científicos, a ciudades, a escritores y también a músicos. Uno de ellos, el 17473, se llama Freddiemercury desde 2016. Hay un icono queer dando vueltas alrededor del Sol, entre Marte y Júpiter, con su propia órbita registrada.
No hay, que se sepa, ningún asteroide llamado Gayfolk. Pero el procedimiento ya está inventado.
El descubridor que bautiza
En la historia de los planetas, quien encuentra y quien bautiza casi nunca son la misma persona. Herschel propuso un nombre que no se quedó. Le Verrier no consiguió que el suyo se usara. Tombaugh encontró a Plutón, pero el nombre lo puso una niña de Oxford.
En el Planeta Gayfolk pasa lo contrario. El que lo anuncia es también el que lo nombra, el que lo describe y el que escribe sus leyes. El título del disco funciona como nota de prensa del hallazgo, y la canción como el acta del descubrimiento.
Eso tiene una ventaja que Herschel habría envidiado: no hay que esperar a que una academia lo apruebe. Y tiene un riesgo que ningún astrónomo tiene: un planeta inventado solo existe mientras alguien lo siga nombrando. Por eso el nombre se repite tanto. En la portada del disco, en el estribillo, en el nombre de esta web, en el título del segundo álbum, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», que convierte el planeta en un destino al que aún no se puede llegar.
En el tercero, «El día de la liberación», el nombre ya no hace falta repetirlo. El planeta se da por existente. Es lo que pasa con todos los nombres que se quedan: llega un momento en que nadie se acuerda de cuándo empezaron.
Lo que se ve desde lejos
Cuando se encuentra un exoplaneta, casi nunca se ve. Lo que se ve es su efecto: una estrella que tiembla un poco, una luz que baja durante unas horas cada tantos días. El planeta se deduce por lo que le hace a su entorno.

Con el Planeta Gayfolk pasa algo parecido. Nadie puede viajar a él. Lo que se ve son sus efectos: canciones, personajes, ciudades, una manera de hablar. En este diario hay un mapa de las ciudades del planeta, de Madrid a Benidorm, que son lugares reales vistos desde ese otro mundo. El planeta funciona como un filtro, una forma de mirar lo de aquí desde muy lejos.
Algunas canciones lo llevan al terreno de lo cósmico de forma explícita. En «Soy marica sideral», del segundo disco, el adjetivo que normalmente se usa para las estrellas se aplica a una manera de estar en el mundo:
Soy silencio con tacones,
soy marica sideral.
Sideral viene del latín «sidus», astro, la misma palabra que usó Herschel para su estrella de Jorge. Doscientos y pico años después, el término que sirvió para dedicarle un planeta a un rey sirve para describir a alguien que se planta con tacones y no pide permiso. Las palabras también tienen órbitas raras.
Y en «Stars cibernéticas», del tercer disco, el cielo se llena de otro tipo de estrellas, más de pantalla que de telescopio. El planeta tiene, como cualquier sistema solar, sus lunas y sus satélites.
La tradición del titular
Hay otro detalle en el título del primer disco que conecta con esta historia. «Descubierto un nuevo planeta» es exactamente la forma en que los periódicos dan las noticias astronómicas. Sin artículo, en participio, con la información esencial al principio. Así se anunció en su día el hallazgo de Plutón, que llegó a Oxford a través de un periódico. Así se anunció 51 Pegasi b. Así se siguen anunciando, cada pocas semanas, los planetas que encuentran los telescopios espaciales.
Usar esa fórmula para un disco tiene algo de broma y algo de declaración. De broma, porque convierte un proyecto musical de Madrid en una noticia de ciencia. De declaración, porque dice que ese mundo estaba ahí, aunque nadie lo hubiera visto todavía. Los planetas no empiezan a existir cuando se descubren. Llevan ahí miles de millones de años. Lo único nuevo es que alguien los ha visto.
El título del disco dice eso mismo de un lugar donde las personas no son objetos: que no se ha inventado, que se ha encontrado. Que siempre estuvo ahí, esperando a que alguien apuntara el telescopio en la dirección correcta.
Cómo escucharlo
La canción «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» está en Spotify y da nombre al primer disco de la trilogía. Quien quiera ver el planeta en imágenes puede ir al videoclip de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», donde aparecen, entre otras cosas, dos astronautas abrazados sobre un suelo rosa mientras unas figuras extraterrestres los miran sin entender nada. Los datos de los discos, del sello propio con el que publica Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y de sus fechas están en la página de prensa.
Se acabaron las preocupaciones
Herschel no consiguió que su planeta se llamara como él quería. Le Verrier tampoco. Venetia Burney, sin proponérselo, sí. Murió en 2009, a los noventa años, y llegó a ver cómo su planeta dejaba de serlo y se convertía en planeta enano.
Los nombres de los mundos tienen eso: sobreviven a quienes los ponen, y a veces a la propia categoría para la que se pusieron. Plutón sigue siendo Plutón aunque ya no sea planeta. La estrella de Jorge desapareció aunque el planeta siga ahí.
Gayfolk, de momento, es un planeta con una sola población, una trilogía de discos y una regla de oro. No figura en ningún catálogo. No tiene letra minúscula al final. No orbita ninguna estrella con número. Pero tiene nombre, y el nombre lo repite su descubridor cada vez que publica una canción.
La canción termina con una frase que podría ir en el cartel de llegada de cualquier planeta nuevo:
Se acabaron las preocupaciones.
En astronomía eso nunca es verdad. Siempre hay otro cálculo, otra órbita rara, otra discusión sobre las normas. En Gayfolk, al menos durante lo que dura la canción, sí lo es.
Preguntas frecuentes
¿Por qué el primer disco de Mike Sain't Louis se llama «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»?
El título imita un titular de prensa sobre un hallazgo astronómico. La canción que da nombre al disco describe ese planeta por lo que no tiene: «No hay grinder ni aplicaciones, tampoco hay complejos», y lo define con un verso: «Y las personas allí no son simples objetos».
¿Quién puso nombre a Urano?
William Herschel, que lo localizó en 1781, propuso llamarlo «Georgium Sidus», la estrella de Jorge, en honor del rey Jorge III. Fuera de Gran Bretaña el nombre no gustó, y acabó imponiéndose «Urano», la propuesta del astrónomo alemán Johann Bode, que seguía la costumbre de usar nombres de la mitología clásica.
¿Quién bautizó a Plutón?
Venetia Burney, una niña de once años de Oxford, sugirió el nombre poco después de que Clyde Tombaugh lo localizara en 1930 desde el Observatorio Lowell. En 2006, la Unión Astronómica Internacional lo reclasificó como planeta enano.
¿Cómo se nombran los planetas de otras estrellas?
Por norma, con el nombre de su estrella seguido de una letra minúscula, empezando por la «b» y siguiendo el orden del hallazgo. Así, el primer planeta confirmado alrededor de una estrella parecida al Sol, en 1995, se llama 51 Pegasi b. Algunos han recibido además un nombre propio en concursos públicos de la Unión Astronómica Internacional.
¿Qué canciones hablan del Planeta Gayfolk?
Además de la canción que da título al primer disco, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» da nombre al segundo, y temas como «Soy marica sideral» llevan ese universo al terreno de lo cósmico. Las letras y la música son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño.