La copla no era antigua: era vanguardia enterrada
Se enseñó a odiar la copla dos veces. Una, cuando el franquismo la instrumentalizó como banda sonora de un régimen. Otra, cuando la Transición decidió que la modernidad democrática debía sonar a nueva ola británica y arrinconó a las tonadilleras como si fueran vergüenza colectiva. Entre ambas operaciones, se enterró viva la música popular más sofisticada del siglo XX español.
Cualquier escucha atenta, sin ideología previa, encuentra lo contrario de lo que se contaba. Encuentra letras extraordinariamente elaboradas, con juegos de metáforas dobles y triples. Encuentra personajes queer camuflados en versos que hoy resultan transparentes. Encuentra historias de mujeres solas que se hacen cargo de su vida con una autonomía radical para su época. Encuentra homenajes cifrados a amantes prohibidos.
La copla era, en su propio contexto, vanguardia sentimental. Discutía temas que la novela de la época no se atrevía a nombrar y lo hacía en formato popular, accesible a todo el mundo. Esa combinación de sofisticación y accesibilidad es exactamente lo que el pop de calidad ha buscado siempre.
El proyecto no propone volver a la copla como quien vuelve a un museo. Propone escucharla con oído contemporáneo, reconocer su modernidad interna y dejar que atraviese las canciones actuales sin necesidad de disfrazarse. No hace falta versionarla: basta con dejarla operar.
Cuando esa operación ocurre, la copla deja de parecer una música de abuela y se revela como lo que siempre fue: una tradición queer, compleja, moderna, escrita en clave para quien supiera leer entre líneas.
El planeta entero le debe algo a esa tradición enterrada. Este diario es también una manera de pagar esa deuda.