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«CROQUETAS EN EL CRUCERO»: el naufragio camp de unas vacaciones soñadas

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Portada de «CROQUETAS EN EL CRUCERO», de Mike Sain't Louis

Hay un tipo de desastre que solo existe en vacaciones. El de todos los días tiene excusa: el trabajo, el metro, el casero. Pero el desastre vacacional lo has pagado tú, por adelantado y con ilusión. Por eso duele más y, curiosamente, por eso hace más gracia. «CROQUETAS EN EL CRUCERO» va de eso: de subirse a un barco esperando una película de Almodóvar con presupuesto italiano y acabar en una verbena flotante donde lo más exótico es el queso malo.

La fantasía y el buffet

La canción arranca con una promesa muy clara. Mediterráneo, playas, sol y, si se tercia, algún italiano. Es la postal que todos tenemos en la cabeza cuando pensamos en un crucero, aunque no hayamos pisado uno en la vida. Y en el segundo verso ya se cae todo. El buffet es croquetas. Solo croquetas. Y queso que no merece ese nombre.

Me gusta empezar así porque la comida de buffet es un termómetro buenísimo de la decepción. Nadie llora por una croqueta, pero una croqueta repetida tres veces al día te dice exactamente en qué clase de viaje te has metido. Es el detalle pequeño que desmonta la gran fantasía. En el camp español eso funciona de maravilla: la tragedia nunca llega con violines, llega en bandeja de acero inoxidable.

Luego está la piscina, con dos chonis montando un escándalo para decidir cuál de sus novios es más macho. Esa escena me parece el corazón cómico de la canción. Mientras el narrador busca algo de aventura, alrededor el barco se ha convertido en un plató de telerrealidad sin cámaras. Y él, que venía con la falda de cuero preparada, se queda mirando como quien mira llover.

Del ligue por app a la misa

El estribillo es una cadena de expectativas rotas. Apuntarse por la app con un portero, querer una noche desmadrada con falda de cuero y terminar en misa con un reggaetonero. Ese «y acabé en misa con un reggaetonero» resume bastante bien mi manera de entender el humor: el plan más golfo posible y el desenlace más inesperado, contados sin pestañear.

No hay moraleja ahí. Es simplemente que la vida, cuando le pides orgía, a veces te da homilía. Y lo único que puedes hacer es tomar nota y escribir una canción.

Las chonis vuelven con un cotilleo que mejor no repito aquí. Es una pulla gamberra, de las de patio de vecinas, que pone en duda tanta presunción de marido. Me interesa porque da la vuelta a la jerarquía de la piscina. Las que alardeaban de novio macho resulta que, según un pajarito, tienen su propia vida secreta cuando beben. El chisme como venganza camp, la lengua afilada como arma de quien está fuera del grupo. Eso es muy nuestro, muy de la cultura marica de siempre, de reírse primero para que no se rían de ti.

Evacuación en bata

Hay un momento en que la canción decide que ya no basta con ser un mal viaje y se convierte en una catástrofe de opereta. El capitán guiña un ojo, ofrece copa y queso, y en ese instante suena la alarma de evacuación. Todo el mundo corre en bata y sin depilar. Para mí esa imagen es el clímax: el glamour del capitán seductor contra la realidad de un pasillo lleno de gente en albornoz con las piernas como Dios las trajo.

Después llega la pregunta que más me divierte de toda la letra, la de si aquello era un crucero o un tanatorio de alta mar. Y la respuesta no es respuesta, es una sardina en el minibar. Me encanta ese tipo de lógica absurda, la que no explica nada pero lo dice todo.

La música, hecha con herramientas de IA como el resto del proyecto, tenía que acompañar ese tono de fiesta que se tuerce. Un ritmo alegre, casi de orquesta de verano, que no se entera de que la letra va de naufragio emocional. Ese contraste es intencionado. Si la canción sonara triste, sería una queja. Sonando a verbena, es una carcajada compartida.

Lo que me llevo del barco

El último estribillo cambia un poco. Ahora el narrador acaba liado con un cura y su jardinero, pide champán y le ponen calimocho. Y la última línea lo deja claro: croquetas y queso malo, todo muy flojo. No hay drama final ni redención. Hay una reseña de una estrella cantada con toda la dignidad posible.

Creo que esta canción habla, en el fondo, de cómo nos venden el ocio. Nos prometen libertad, sexo, lujo y Mediterráneo, y lo que encontramos es lo de siempre con otro decorado. Pero no lo digo con amargura. Lo digo con la sonrisa de quien sabe que el mejor recuerdo de un viaje suele ser el que salió fatal, porque es el único que te apetece contar.

Si queréis subir a bordo, la letra entera de «CROQUETAS EN EL CRUCERO» está esperando en el muelle, y podéis descargar gratis la canción en la sección de descargas. Las croquetas, eso sí, corren de vuestra cuenta.

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