Planeta Gayfolk

Arte y mirada

Dos viejos en la orilla, dos astronautas bajo un corazón y un túnel de neón: los abrazos de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «La noche no es para mí»: dos hombres tatuados, frente con frente, a punto de abrazarse dentro de un túnel de arcos de neón turquesa y rosa

Hay planetas donde la gente se saluda con dos besos y otros donde se da la mano. En Planeta Gayfolk la costumbre es más complicada. Aquí los abrazos llegan tarde, o a medias, o con miedo. A veces se quedan en el gesto de acercarse. A veces se imaginan para dentro de cuarenta años, en una playa, con el pelo blanco. A veces se cambian por algo más modesto y más seguro: caminar al lado de alguien sin tocarse, bajo una lluvia de color rosa.

Lo que viene ahora no es un análisis. Es un recorrido por los abrazos que asoman en cuatro clips firmados por Mike Sain't Louis, autor conocido como «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En ninguno de esos vídeos el abrazo es el tema. Pero en todos hay dos cuerpos que se buscan, y lo que pasa en el hueco que queda entre ellos dice mucho de lo que cuentan las canciones.

La orilla en blanco y negro

El videoclip de «Envejecer» transcurre sin color, en una playa con sombrillas de paja y tumbonas vacías. Se abre con un chico joven, barba recortada, camiseta oscura, que mira a cámara con una sonrisa que dura un segundo y luego se le desmonta. Esconde el rostro entre las palmas. Se agacha. Termina doblado sobre la arena, con la frente casi en el suelo, como quien se esconde de algo que no puede ver.

Fotogramas en blanco y negro del videoclip de «Envejecer»: una pareja de mayores se ríe en la orilla, un chico encogido junto a las sombrillas, dos mujeres de blanco de la mano por la arena y el chico sonriendo ante unos edificios junto al mar

Mientras tanto, en la orilla, los mayores se ríen. Dos hombres de pelo blanco, uno frente al otro, se dan la mano junto al agua y la mantienen así un buen rato, sin soltarse. Una mujer con blusa de encaje se ríe a carcajadas con un señor de camisa clara. Otra pareja de hombres se mira con el mar detrás, casi a contraluz. Más tarde dos mujeres jóvenes con vestidos blancos caminan de la mano por la arena mojada, de espaldas, hacia unas rocas.

Ese montaje es una pequeña crueldad, y está hecho a propósito. El chico está solo en su plano. Los demás están de dos en dos. Lo que él mira, o lo que el vídeo pone a su lado, es precisamente lo que acaba de perder: la posibilidad de llegar a viejo con alguien. La letra se lo pregunta a la persona que se fue, con una frase larga, casi sin respiración:

¿Por qué me preguntabas si me imaginaba los dos viejitos cogidos de la mano?

Es un abrazo hipotético. Alguien lo propuso como promesa y luego lo usó como anestesia mientras engañaba. Por eso duele tanto: no se ha roto un abrazo, se ha roto un futuro entero de abrazos. Y el chico de la playa no llora por lo que tuvo, sino por lo que le dijeron que iba a tener.

Palabras sueltas, como brazos que no se cierran

Hay algo en la manera en que está escrita «Envejecer» que también tiene que ver con los abrazos. La letra publicada no avanza en frases, sino en palabras sueltas, una por línea, como si a quien escribe le costara juntar dos seguidas. «Por», «Qué», «Lo», «Preguntabas». Cada palabra aislada en su renglón, con mucho aire alrededor.

Leída así, la canción parece un cuerpo que intenta abrazar y no termina de cerrar los brazos. Las palabras se acercan unas a otras, pero no llegan a tocarse. Solo de vez en cuando aparece una frase entera, larga, del tirón, y es precisamente la de los viejitos cogidos de la mano, como si esa imagen fuera la única que todavía se puede decir completa. Lo demás sale a trompicones, con vocales estiradas hasta el infinito, «Nuuuuuuuunca más», «tristeeeeeeeeeeee», que en la página parecen gemidos.

Es una forma de escribir el duelo que no busca ser bonita. Se parece más a la respiración de alguien que acaba de llorar que a un poema. Y tiene sentido que la canción del abrazo perdido esté escrita así, desmontada, con huecos entre las palabras. El hueco es lo que queda cuando el otro se va.

El abrazo que se imagina

Hay una línea al final de «Envejecer» que lo condensa todo:

Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, junto al verso «Estaba tan seguro que juntos íbamos a envejecer»

Estaba tan seguro que juntos íbamos a envejecer

Lo curioso es que el vídeo no castiga esa ilusión. No se burla de los viejos de la orilla ni los convierte en mentira. Al contrario: los mayores del clip son, probablemente, la gente más feliz de toda la videografía de Mike. Se ríen con la boca abierta, se tocan los brazos, se cogen de la mano sin vergüenza. El sueño era bueno. El problema era con quién se soñaba.

Esa distinción importa mucho en cualquier recuperación. Cuando alguien te engaña usando tus deseos, es fácil acabar odiando los deseos mismos. Decir que ya no quieres envejecer con nadie, que el amor es un timo, que las parejas de la orilla son un decorado. El vídeo de «Envejecer» hace lo contrario: deja a los viejos ahí, intactos, riéndose, como prueba de que lo que uno quería existe. Solo que no estaba en esa casa.

Al final del clip el chico vuelve a aparecer en otra playa, con edificios altos al fondo, y por primera vez se ríe. No con una sonrisa forzada, sino con una carcajada que le cierra los ojos. Sigue solo en el plano. Pero ya no está doblado.

Lluvia rosa y dos chaquetas acolchadas

El videoclip de «El segundo exacto» es todo lo contrario en color. Aquí llueve, y la lluvia es rosa: cae en cortinas relucientes sobre una carretera al atardecer, sobre un hombre de abrigo negro que mira el horizonte con relámpagos violetas, sobre un hombre tatuado de barba espesa que llora con los ojos cerrados delante de un planeta rosa gigante.

Y en mitad de esa tormenta aparecen dos amigos. Llevan chaquetas acolchadas, una verde y otra negra, y caminan juntos por el arcén mojado, con las luces de los coches desenfocadas detrás. Se ríen. Uno le dice algo al otro y el otro se gira para contestarle. No se abrazan. No se cogen de la mano. Simplemente caminan al mismo paso, hombro con hombro, bajo la lluvia.

Es, quizá, el abrazo más importante de todo este recorrido, y no es un abrazo. Es la compañía. La canción es dura: habla de alguien que comparte lo que hace y no recibe nada, ni un comentario, ni una palabra de ánimo. Lo dice sin adornos:

Nadie me apoya, ni amigos ni familiares,

Y el vídeo responde a ese verso con dos personas que caminan juntas. No las convierte en salvadores. No resuelve nada. Pero las pone ahí, una y otra vez, entre los planos del hombre que llora, como un recordatorio de lo que también existe. Hay soledades que no se arreglan con un abrazo de película, sino con alguien que camina al lado mientras llueve.

Dos astronautas y un corazón

En el mismo clip hay una escena que parece de otro planeta, y lo es. Dos hombres con trajes de astronauta de color rosa, cascos en el cuello, posan uno junto al otro en un campo de rosas, con un corazón enorme flotando en el cielo, cohetes despegando y planetas con anillos al fondo. A su alrededor, pequeños robots blancos con casco miran la escena como si fueran público.

Luego los mismos astronautas caminan de espaldas, con mochilas, hacia un planeta rosa gigante que ocupa medio horizonte. Se mantienen juntos, a la misma distancia, como si llevaran un cable invisible que los une.

Es una imagen exagerada, casi de póster infantil, y precisamente por eso funciona. El abrazo, en este planeta, necesita trajes especiales. Necesita protección. Dos personas que se han hecho daño en otras relaciones no se lanzan a los brazos de nadie sin casco. Pero pueden caminar juntas hacia algo luminoso, con el traje puesto, hasta que un día se atrevan a quitárselo. El corazón está ahí arriba, enorme y suave, esperando.

El túnel de neón

«La noche no es para mí» es una canción sobre la búsqueda nocturna. Alguien sale porque no aguanta su casa, porque el día ha sido largo y vacío, y recorre bares y discotecas con la sensación de que la noche no le pertenece. La letra lo describe con una sinceridad casi incómoda:

Aburrimiento y soledad

Y, un poco más adelante, explica qué busca de verdad:

Con quién pasar la noche

El videoclip acompaña ese recorrido con barras de neón, humo de colores, una barra de bar donde un hombre con chaqueta estampada bebe solo, una multitud en un festival bajo setas gigantes que brillan. Pero hay una escena que se repite y que se queda en la memoria: dos hombres sin camiseta, con los brazos y el pecho llenos de tatuajes, frente con frente dentro de un túnel de arcos de luz turquesa y rosa. Están tan cerca que casi se rozan la nariz. Uno tiene la mano en el costado del otro.

No sabemos si es un abrazo que empieza o uno que termina. No sabemos si van a besarse o a despedirse. La canción no lo aclara y el vídeo tampoco. Ese abrazo suspendido en un túnel es la imagen exacta de la búsqueda nocturna: alguien que encuentra, por un momento, el contacto que buscaba, y no sabe si va a durar más allá de la siguiente canción.

Para quien ha salido de relaciones donde el cariño se daba y se quitaba como un premio, esa duda es conocida. El cuerpo quiere el abrazo. La memoria desconfía. Y en medio está el túnel, iluminado, precioso, con salida por los dos lados.

Brazos abiertos en la terraza

Para encontrar un abrazo sin miedo hay que irse al tercer disco. «Madrid to Benidorm» es una canción de orgullo, de carretera y de verano, y su videoclip está lleno de terrazas sobre el mar, calas turquesa y parejas mayores que brindan con un vaso de sangría en la mano. El texto lo resume con una frase de pancarta:

Ficha de «Envejecer», del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», con su carátula en blanco y negro de dos hombres mayores que caminan de la mano por la playa

With open arms, we're breaking through,

Aquí los brazos ya no se cruzan para protegerse. Se abren. Y no se abren hacia una persona concreta, sino hacia todo un país, de ciudad en ciudad. Es el abrazo colectivo, el del Orgullo, el de la gente que se reconoce en la calle aunque no se conozca. Un poco más abajo, la canción insiste:

We stand united, side by side,

Side by side. Lado a lado. Es lo mismo que hacían los dos amigos de la lluvia rosa y los dos astronautas del campo de rosas, pero en versión multitudinaria y a pleno sol. Entre el primer disco y el tercero, el planeta ha pasado del chico doblado en la arena a una terraza llena de gente que brinda.

El abrazo que falta y el que vuelve

Mike Sain't Louis ha hablado abiertamente de lo que hay detrás de muchas de estas canciones. Pasó dos décadas en dos parejas con personas narcisistas, y cuando a esas personas se les cayó la máscara se encargaron de que parte de su círculo se pusiera de su lado y le diera la espalda a él. Desde entonces convive con varios diagnósticos (fobia social, ansiedad, depresión mayor y estrés postraumático) y está en tratamiento, con seguimiento psiquiátrico y terapia psicológica. No hay nombres en las letras ni en los vídeos. Lo que sí hay es un mapa muy claro de lo que le pasa al cuerpo después de algo así.

Uno de los efectos menos comentados del abuso emocional es lo que le hace al contacto físico. Cuando los abrazos se han usado para manipular, para pedir perdón sin cambiar nada o para comprar silencio, el cuerpo aprende a ponerse rígido. La fobia social añade otra capa: el miedo a ser mirado, a no saber dónde poner las manos, a que el otro note lo que uno siente. Por eso tantos abrazos de Planeta Gayfolk se quedan a medio camino. No es frialdad. Es un cuerpo que está volviendo a aprender.

Y por eso el orden de estos vídeos dibuja algo parecido a una recuperación. Primero el abrazo que se rompe antes de existir, en la playa en blanco y negro. Luego la compañía sin contacto, bajo la lluvia rosa. Después el abrazo protegido, con traje de astronauta. Más tarde el abrazo dudoso, encendido y frágil, en el túnel de neón. Por último, los brazos abiertos en una terraza llena de gente. No es un camino recto, y hay días en que se vuelve al principio. Pero el cuerpo va recordando.

Abrazarse a uno mismo

Hay un abrazo que atraviesa todos estos vídeos y que casi nunca se nombra: el que uno se da a sí mismo. El chico de «Envejecer» se esconde la cara entre las manos y se encoge sobre la arena, y en ese gesto hay algo de protección, como un niño que se tapa para que no lo vean. El hombre tatuado de «El segundo exacto» llora bajo la lluvia rosa con los hombros hundidos, recogido sobre su propio pecho. Incluso en «La noche no es para mí», entre el humo de colores, un chico sin camiseta se encoge con los brazos pegados al cuerpo mientras el vapor fucsia lo envuelve.

No son abrazos alegres. Son los que se dan cuando no hay nadie más. Pero también son el principio de todo lo demás. Quien ha salido de una relación que le hacía daño suele tener que empezar por ahí: por tratarse con un poco de ternura, por dejar de culparse, por sostenerse durante las noches malas. La terapia, en muchos casos, consiste en aprender ese abrazo que nadie te enseñó.

En Planeta Gayfolk ese gesto no se ridiculiza ni se esconde. La cámara lo mira con respeto, sin prisa, y luego pasa a otra cosa. Es como si el montaje dijera que está bien encogerse un rato, siempre que después uno se levante. Y en casi todos estos vídeos, efectivamente, quien se abrazaba solo acaba de pie, caminando o riéndose.

Dos guitarras en una plaza

El videoclip de «Envejecer» guarda una última sorpresa en sus segundos finales. Después de la playa, del llanto y de la risa, aparece una plaza europea con edificios de piedra, y en ella dos músicos con guitarra acústica, uno al lado del otro, tocando juntos. Ya no hay arena ni sombrillas: el escenario ha cambiado, y con él el ánimo.

Es otro modo de estar cerca de alguien. Dos personas que se acompañan con las manos ocupadas en las cuerdas, mirando al frente, siguiendo el mismo ritmo. No se tocan y, sin embargo, están más juntas que muchas parejas. Después de todo lo que cuenta la canción, el vídeo se despide con esa complicidad sencilla, la de la música compartida, que es también la que ofrecen estas canciones a quien las escucha.

Si te falta ese abrazo

Algunas de estas canciones hablan de una soledad muy honda, de esas que se notan en el pecho. Si te reconoces en el chico de la playa, si sientes que nadie te apoya o si alguna vez has pensado que no merece la pena seguir, no tienes por qué cargar con eso en silencio. Buscar a alguien de confianza, o a un profesional, y ponerlo en palabras cambia mucho las cosas. En España existe el 024, un teléfono pensado para quien tiene ideas de quitarse la vida o está preocupado por alguien: no cuesta nada, nadie sabrá que has llamado y contesta a cualquier hora. Si hay peligro inmediato, el 112. A veces el primer abrazo que uno recupera es el de una persona al otro lado del teléfono.

Una gramática de los cuerpos

Si uno mira estos cuatro vídeos seguidos, aparece una manera muy concreta de colocar a las personas en el encuadre. Casi nunca hay grupos grandes que se abrazan: hay parejas, de dos en dos, separadas por un palmo de aire. Ese palmo es el verdadero protagonista. En «Envejecer» lo ocupan las manos entrelazadas de los viejos. En «El segundo exacto», la lluvia. En «La noche no es para mí», el neón. En «Madrid to Benidorm», el mar que se ve detrás de la mesa.

Luego está la luz. El abrazo perdido es en blanco y negro. La compañía, en rosa chillón. El abrazo dudoso, en turquesa y fucsia de discoteca. El abrazo colectivo, en el azul limpio de una cala a mediodía. Cada etapa tiene su color, como si el planeta necesitara cambiar de iluminación para cada forma de acercarse.

Por último, cuenta la edad. Los únicos que se tocan sin miedo en todo el recorrido son los mayores: los viejos de la orilla en «Envejecer» y las parejas de la terraza del clip de Benidorm. Los jóvenes dudan, lloran, caminan al lado. Es una idea bonita y un poco triste a la vez: que el abrazo sin miedo es algo que se gana con los años, después de haber pasado por todo lo demás.

Para recorrerlos en orden

Quien quiera hacer este recorrido con los ojos puede seguir el mismo orden de este texto. Empezar con «Envejecer», en silencio y con poca luz, sin quitarlo hasta que el chico suelta por fin la carcajada. Seguir con «El segundo exacto», que dura poco y llena la pantalla de rosa. Después, «La noche no es para mí», para bajar al túnel de neón. Y cerrar con «Madrid to Benidorm», que abre las ventanas y saca a todo el mundo a la terraza.

Collage con la carátula de «Envejecer» y las de «El segundo exacto», «La noche no es para mí» y «Madrid to Benidorm», junto a la pregunta de los dos viejitos cogidos de la mano

«Envejecer», «El segundo exacto» y «La noche no es para mí» vienen de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco con el que empezó la trilogía y el que más abrazos pendientes guarda. La última llega dos discos después, cuando el planeta ya se atreve a abrir los brazos al sol.

Escucharlas y llevárselas

Las cuatro canciones se pueden escuchar gratis en su ficha de gayfolkplanet.com y descargar sin coste en la tienda de la web, sin registrarse ni pagar nada. Están también en las plataformas habituales; «Envejecer», por ejemplo, se puede poner en Spotify. Si escribes en un medio o en un blog, el material gráfico y los datos para contactar están en prensa.

Dos manos en la orilla

Me quedo, al terminar, con la de los dos hombres de pelo blanco en la playa de «Envejecer», dándose la mano junto al agua y sin soltarla. No es el abrazo más espectacular, ni el más luminoso, ni el más moderno. Es el más paciente. Dos personas que han llegado hasta ahí, con todo lo que eso supone, y que siguen buscándose la mano.

El chico que lloraba en la arena los tiene delante todo el rato. Al principio los mira como quien mira lo que le han robado. Al final, cuando se ríe en la otra playa, quizá los mira de otra manera: como lo que todavía puede llegar. En Planeta Gayfolk los abrazos tardan, pero no desaparecen. Se quedan esperando en la orilla, igual que esas dos manos, hasta que uno se siente preparado para volver a acercarse.

Preguntas frecuentes

¿Qué videoclips recorre este texto?

Cuatro: «Envejecer», «El segundo exacto» y «La noche no es para mí», los tres del primer disco de la trilogía, y «Madrid to Benidorm», del tercero. En todos hay dos cuerpos que se buscan, se rozan o caminan juntos.

¿Es una crítica musical?

No. Es una lectura lírica de una imagen que se repite en el universo de Mike Sain't Louis, el abrazo, con algunos versos citados exactamente como están publicados y la descripción de lo que se ve en cada vídeo.

¿«Envejecer» es una canción de amor?

Es una canción de desamor. Pregunta a alguien por qué hablaba de envejecer juntos mientras engañaba. El videoclip, en blanco y negro, enfrenta a un chico que llora en la playa con parejas de mayores que se ríen en la orilla.

¿Se pueden descargar estas canciones?

Sí, gratis. Las cuatro se escuchan en su ficha de gayfolkplanet.com y se bajan desde la tienda de la web sin dar ningún dato. También están en Spotify y en las demás plataformas.

¿Dónde pedir ayuda si me siento muy solo?

Hablar con alguien de confianza o con un profesional es un buen primer paso. En España, el 024 atiende gratis y a cualquier hora a quien esté pasando un mal momento, y para emergencias está el 112.

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