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Un pájaro de tinta en el pecho, unas alas de fuego sobre la pista y un fénix ante el sol: los tatuajes de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Tattoo de fénix»: un torso con camiseta blanca de tirantes y un gran dibujo de ave con las alas abiertas en el pecho, con los brazos cubiertos de tatuajes

Un tatuaje es una frase que no se puede borrar con facilidad. Se escribe con agujas, tinta y algo de dolor, y queda ahí, debajo de la primera capa de la piel, acompañando a quien lo lleva durante años o durante toda la vida. Por eso casi nadie se tatúa por casualidad. Detrás de cada dibujo suele haber un recuerdo, una promesa, una persona, una etapa superada o una que se quiere recordar. La piel se convierte en un diario que cualquiera puede leer, aunque solo su dueño conozca la historia completa.

En Planeta Gayfolk también hay piel escrita. Su creador, Mike Sain't Louis, se presenta como «el primer cantautor IA», lo que en su caso quiere decir letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En su universo hay brazos llenos de tinta, pechos con pájaros de alas abiertas y un fénix que, de tanto arder en la piel, acaba saliéndose de ella. Todo eso vive sobre todo en una canción: «Tattoo de fénix». De ella parte este recorrido.

Un ave tatuada en el pecho

La primera línea de «Tattoo de fénix» lo dice sin rodeos: «Un ave fenix llevo tatuado en el pecho». Ahí está todo. El pájaro, el lugar exacto donde vive, la decisión de llevarlo. Y enseguida la letra explica el contexto: alguien que vuela entre ritmos de música electrónica, en un club al que ha ido con el despecho a cuestas.

Retrato en blanco y negro de Mike Sain't Louis con la camisa abierta y un gran tatuaje en el pecho, ante un escenario con un foco rosa y un planeta con anillos, junto al verso «Un ave fenix llevo tatuado en el pecho» de «Tattoo de fénix»

El pecho no es un sitio cualquiera para un tatuaje. Es la zona del corazón, de la respiración, la que se cubre con las manos cuando algo duele. Tatuarse ahí un ave fénix es colocar el símbolo del renacimiento justo encima del lugar donde se sintió la herida. Como un vendaje permanente, o como un recordatorio de que lo que ardió puede volver a levantarse.

El estribillo insiste en esa imagen: «Tattoo de fénix, en mi pecho ardiendo,». El dibujo no está quieto. Quema. Se mueve con el baile, con el sudor, con la música que sube. Y luego, en otra línea, se convierte directamente en «fuego en movimiento». La tinta deja de ser tinta y pasa a ser llama.

Tinta entre los tirantes

El vídeo de «Tattoo de fénix», que llegó a YouTube el 26 de diciembre de 2024, dedica muchos planos a la piel. La cámara se acerca a un torso vestido con una camiseta blanca de tirantes, de esas de rejilla, que deja asomar un gran dibujo en el pecho: un ave con las alas abiertas, las plumas en tonos oscuros, y en algunos planos un sol de colores cálidos detrás. Los brazos, a ambos lados, están cubiertos de tatuajes que se funden unos con otros.

Fotograma del videoclip de «Tattoo de fénix»: un torso con camiseta blanca de tirantes de rejilla que deja ver un gran dibujo de ave con las alas abiertas en el pecho y los brazos cubiertos de tatuajes, junto a tres miniaturas del mismo pecho tatuado bajo distintas luces

La cámara nunca sube hasta la cara. Se queda en el pecho, en los hombros, en los antebrazos. Es una decisión de encuadre muy elocuente: lo importante aquí no es quién lleva el tatuaje, sino el tatuaje mismo. La piel convertida en pantalla, en cartel, en página. El dibujo habla por la persona.

En algunos planos la luz del club cambia y el ave parece otra: más azul, más dorada, más sombría. La tinta es la misma, pero cada foco la revela de una manera distinta. Es algo que saben bien quienes llevan tatuajes: un dibujo nunca se ve igual a la luz del sol que bajo una lámpara, ni en verano que en invierno, ni con la piel morena que con la piel pálida.

Un club para el despecho

La segunda línea de la canción sitúa la escena: «vuelo entre beats, en el club despecho». Es una expresión curiosa, casi un nombre propio, como si existiera un local llamado así, al que se va cuando a uno le han roto el corazón. Y en cierto modo existe. Todo el mundo conoce ese club: el sitio al que se sale la noche después de una ruptura, con la idea de bailar hasta que el cuerpo olvide.

La letra describe ese impulso con un ritmo muy de pista. «Sigo el impulso, no hay quien me frene,», dice, y luego: «Sube el volumen, la vibra se mantiene.». No hay reflexión, no hay análisis, no hay lágrimas. Hay movimiento. El despecho se procesa con los pies, con la cadera, con los brazos en alto.

Y en mitad de ese baile, el tatuaje. El fénix del pecho, visible bajo la camiseta de tirantes, recordando a quien lo lleva y a quien lo mira que esta no es la primera vez que algo arde. Que ya hubo otras noches así, y que de todas se salió.

Alas sobre el escenario

Uno de los planos más espectaculares del vídeo es un gran escenario de festival visto desde el fondo de la sala. Hay una estructura metálica enorme cargada de focos que lanzan haces de luz blanca y azul hacia el público, miles de personas apretadas frente a la tarima, y en lo alto, sobre todo eso, un fénix de fuego con las alas abiertas que domina la escena.

Es la versión multiplicada del tatuaje. Lo que empezó como un dibujo pequeño en la piel de una persona se ha convertido en un emblema gigantesco que preside una fiesta masiva. Como si el renacimiento de uno se contagiara al resto, como si toda esa multitud bailara bajo las mismas alas.

Hay algo de eso en la música de club. Cada persona que baila en una sala llena lleva su propia historia, sus propias heridas, sus propios fénix escondidos bajo la ropa. Pero durante unas horas, todos comparten el mismo ritmo y la misma luz.

Cinco mil años de piel escrita

Los tatuajes son casi tan antiguos como la humanidad. El hombre de hielo encontrado en los Alpes en 1991, conocido como Ötzi, que vivió hace unos 5.300 años, tenía más de sesenta pequeñas marcas tatuadas en el cuerpo, sobre todo líneas y cruces en las articulaciones. Probablemente tenían una función terapéutica, como una forma primitiva de aliviar dolores. También se han encontrado tatuajes en momias egipcias, en restos de culturas siberianas y en pueblos de América del Sur.

La palabra que usamos viene de muy lejos. Procede del polinesio «tatau», que los marineros europeos escucharon en Tahití en el siglo XVIII durante los viajes del capitán Cook. Muchos de aquellos navegantes volvieron a casa con la piel decorada, y durante mucho tiempo el tatuaje quedó asociado en Europa a la vida en el mar: anclas, sirenas, golondrinas, nombres de amores que esperaban en algún puerto.

Marcas de estigma, marcas de orgullo

Durante buena parte del siglo XX, en España y en otros países, tatuarse estaba mal visto. Se asociaba a marineros, legionarios, presos, gente de los márgenes. En las cárceles los tatuajes se hacían con agujas improvisadas y tinta casera, y funcionaban como un código: un dibujo podía indicar a qué grupo pertenecías, cuánto tiempo llevabas dentro o qué habías hecho.

Hoy la situación es casi la contraria. Los estudios de tatuaje abren en cualquier barrio, hay convenciones multitudinarias, y llevar tinta en la piel ya no dice casi nada sobre la clase social o la profesión de alguien. Pero esa historia de estigma no ha desaparecido del todo, y quizá por eso el tatuaje conserva algo de gesto rebelde: decidir qué se escribe en el propio cuerpo, sin pedir permiso a nadie.

Para muchas personas LGTBI, además, tatuarse ha sido una forma de reivindicar un cuerpo que durante años se vivió con vergüenza. Un triángulo, un arcoíris, una fecha, un nombre. Pequeñas banderas que se llevan siempre puestas.

El fénix que se escapa de la piel

En el vídeo de «Tattoo de fénix» llega un momento en que el pájaro del pecho cobra vida. Unas alas enormes de fuego dorado se despliegan delante del torso tatuado, como si el dibujo hubiera roto la piel para salir volando. Y a partir de ahí el fénix aparece por todas partes: suspendido sobre la pista de baile, con el público levantando las manos debajo; encima de un escenario gigantesco, entre focos que barren el aire; ardiendo sobre un club lleno de gente.

Fotograma del videoclip de «Tattoo de fénix»: unas alas enormes de fuego dorado que se despliegan delante de un dibujo tatuado, junto a tres miniaturas de un fénix ardiendo sobre la pista, un ave roja ante un sol gigante entre dos siluetas y un fénix sobre un escenario de festival

Es la transformación que la letra anuncia: de tinta a fuego en movimiento. El tatuaje deja de ser un recuerdo quieto y se convierte en algo que actúa, que vuela, que ilumina toda la sala. Y lo hace precisamente en el lugar donde el protagonista había ido a olvidar el despecho: la pista.

Me gusta esa lectura. El fénix no aparece en un templo ni en un paisaje solemne, sino en una discoteca, entre luces de colores y música alta. El renacimiento, en Planeta Gayfolk, también puede ocurrir bailando.

Un pájaro ante el sol

Uno de los planos más bonitos del vídeo muestra al fénix rojo con las alas desplegadas frente a un sol enorme, de un naranja casi blanco, que ocupa medio cielo. Abajo, a los lados, se recortan dos siluetas negras de hombres que lo miran, inmóviles, a contraluz. No se les ve la cara; solo sus contornos oscuros contra el resplandor.

La imagen tiene algo de estampa antigua, de grabado mitológico. Y no es casual. Según la tradición clásica, el fénix vivía cientos de años, y cuando sentía que se acercaba su final construía un nido de ramas aromáticas, se dejaba consumir por el fuego y renacía de sus propias cenizas. Algunas versiones situaban ese ciclo en Egipto, en la ciudad del sol, Heliópolis. Por eso el fénix y el sol han ido siempre juntos.

Los dos hombres a contraluz son testigos del renacimiento. No intervienen, solo miran. Y esa mirada también importa: a veces renacer necesita que alguien esté ahí para verlo.

Lo que duele un tatuaje

Quien se ha tatuado sabe que duele. Depende de la zona, de la piel, del tamaño del dibujo y de la resistencia de cada uno, pero duele. Las agujas perforan la piel miles de veces por minuto para depositar la tinta en la dermis, la capa que está justo debajo de la superficie. Las zonas con más hueso y menos grasa, como las costillas o el esternón, suelen ser de las más dolorosas.

El pecho, donde vive el fénix de la canción, es una de esas zonas sensibles. Elegirlo implica aceptar un dolor intenso durante horas. Y luego viene la curación: varias semanas de cuidados, cremas, picor, costras que no se deben arrancar. Un tatuaje es también un pequeño proceso de cicatrización.

Hay algo muy coherente en tatuarse un fénix precisamente en un lugar que duele. El símbolo del renacimiento grabado a base de heridas pequeñas que luego sanan. La piel aprende, una vez más, a cerrarse.

Cicatrices que se convierten en dibujo

Muchas personas usan los tatuajes para cubrir cicatrices. Las de una operación, las de un accidente, las de una época de autolesiones. En lugar de esconder la marca, la transforman: la convierten en una flor, en una rama, en un pájaro. Lo que era recuerdo de un dolor pasa a ser una imagen elegida.

Es uno de los usos más poderosos del tatuaje. No borra lo que pasó, pero cambia la forma de mirarlo. Cada vez que la persona se ve en el espejo, ya no encuentra solo la herida, sino algo que decidió poner encima.

El fénix de la canción funciona de un modo parecido, aunque no tape ninguna cicatriz visible. Está ahí para cubrir otra herida, la del despecho, la de algo que ardió por dentro. Y en lugar de ocultarla, la convierte en fuego que baila.

Mike también lleva tinta

En las fotos con las que Mike acompaña su universo se ven tatuajes: brazos cubiertos de dibujos, un emblema grande en el pecho asomando por una camisa abierta o por una camiseta de tirantes. No hace falta saber qué significa cada uno para entender que esa piel también ha ido acumulando historia.

Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes de camuflaje y tatuajes en los brazos, en un callejón nocturno de piedra con un espejo dorado, junto al verso «Tattoo de fénix, en mi pecho ardiendo,» de «Tattoo de fénix»

Y la historia de Mike tiene mucho de fénix. Durante casi dos décadas estuvo atrapado en dos relaciones consecutivas con hombres narcisistas. Cuando por fin se atrevió a contar lo que había vivido, ellos ya habían maniobrado para que parte de su círculo dejara de creerle y se alejara. Llegó a estar muy cerca de quitarse la vida. Hoy le acompaña un equipo profesional que le ha diagnosticado estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y trastorno de la personalidad por evitación. Escribir canciones como «Tattoo de fénix» forma parte de su forma de volver a levantarse desde las cenizas.

Si tú también estás en las cenizas, no tienes que renacer solo. Cuéntale a alguien lo que te pasa: una amiga, un compañero, tu médica. Y si alguna vez piensas en hacerte daño o en dejar de vivir, en España puedes llamar al 024, una línea gratuita y confidencial que atiende a cualquier hora del día o de la noche. Si la urgencia es inmediata, el 112.

Otros fénix del planeta

El fénix vuela por más rincones del universo de Mike. En «Me rindo», una canción sobre quedarse temblando después de entregarse por completo, su vídeo termina con un ave de fuego. En «Soy marica sideral», un himno de orgullo tranquilo, también hay sitio para el pájaro que renace. Y en «Al fuego», el fuego se convierte en protagonista absoluto.

Es casi una firma. Mike vuelve una y otra vez a esa imagen porque resume algo central de su repertorio: la posibilidad de levantarse después de que todo se haya quemado. Sus canciones hablan mucho de heridas, de rupturas, de narcisismo, de soledad. Pero casi siempre dejan una rendija abierta, un pájaro que asoma entre las brasas.

Elegir el dibujo

Antes de tatuarse, casi todo el mundo pasa semanas o meses pensando qué dibujo elegir. Se miran catálogos, se buscan referencias, se habla con el tatuador, se hacen bocetos. Y muchas veces el dibujo final acaba siendo algo muy distinto de la idea inicial, porque en el proceso uno va entendiendo qué quiere contar realmente.

El fénix es uno de los diseños más pedidos en los estudios. Se entiende: es bonito, tiene movimiento, admite muchos colores, y su significado es universal. Cualquiera que haya pasado por una mala época puede identificarse con él. Pero precisamente por eso cada fénix es distinto. Unos se tatúan con las alas abiertas hacia arriba, otros con la cabeza girada, otros saliendo de las llamas o envolviendo el brazo. Cada persona le da su propia forma a su renacimiento.

Golondrinas, anclas y corazones

Los tatuajes clásicos, los que hoy se llaman de estilo tradicional, tienen un repertorio de símbolos con significados muy concretos. La golondrina, según la tradición marinera, se tatuaba al completar cierto número de millas navegadas, y se decía que si el marinero moría en el mar, las golondrinas llevarían su alma a tierra. El ancla hablaba de estabilidad, de volver siempre a puerto. El corazón con un nombre escrito en una cinta era la promesa de un amor que esperaba en casa.

Había también dagas, rosas, calaveras, barcos con las velas desplegadas, sirenas de pelo largo. Cada dibujo era una pequeña historia que cualquiera en el puerto sabía leer. La piel funcionaba como un currículum de viajes, de amores, de peligros superados.

El fénix pertenece a otra familia de símbolos, más mitológica que marinera, pero cumple la misma función: contar en una imagen algo que costaría muchas palabras explicar. Quien ve un fénix tatuado entiende al instante que esa persona ha pasado por algo, y que ha vuelto.

La tinta y el tiempo

Los tatuajes envejecen con quien los lleva. Con los años, la tinta se difumina un poco, los contornos pierden nitidez, los colores se apagan, sobre todo si se exponen mucho al sol. La piel cambia, se estira, se arruga, y el dibujo cambia con ella. Un fénix tatuado a los veinticinco años no se verá igual a los sesenta.

Hay quien vive eso con pena y quien lo vive con ternura. Un tatuaje viejo es la prueba de que se ha vivido mucho tiempo con él. Es como una fotografía antigua que se ha ido amarilleando: menos perfecta, pero más cargada de historia.

También es posible borrarlos, con láser y bastantes sesiones, aunque casi nunca desaparecen del todo. Suele quedar una sombra, un rastro. Incluso lo que uno decide quitarse deja huella. Quizá por eso la mayoría de la gente prefiere conservarlos, incluso los que ya no representan a la persona que son hoy. Forman parte del camino.

Tatuajes compartidos

Existe una costumbre muy extendida: tatuarse lo mismo que otra persona. Dos amigas que se graban la misma frase, unos hermanos que eligen el mismo símbolo, una pandilla que se hace un pequeño dibujo idéntico al volver de unas vacaciones. Son tatuajes que funcionan como un pacto, una forma de decir que esa relación es lo bastante importante como para llevarla en la piel.

Las parejas también lo hacen, aunque los tatuadores suelen advertir con humor de los riesgos. Pocas cosas hay más difíciles de explicar que un nombre de expareja en el antebrazo. Por eso muchos estudios recomiendan elegir símbolos en lugar de nombres, algo que pueda seguir teniendo sentido aunque la historia cambie.

El fénix tiene esa ventaja. No pertenece a nadie más que a quien lo lleva. No depende de que otra persona se quede o se vaya. Habla de la propia capacidad de levantarse, y eso no caduca con ninguna ruptura. Es, en cierto modo, el tatuaje perfecto para alguien que ha salido de una relación que le hizo daño: un recordatorio de que su fuerza es suya.

Para escucharla y bajarla

«Tattoo de fénix» forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco con el que empezó la trilogía. Desde su ficha se puede escuchar entera, y el resto de temas espera en la lista de canciones. Quien quiera llevársela gratis tiene la tienda de gayfolkplanet.com y la sección de descargas de mikesaintlouis.com. Está también en Spotify, y el vídeo completo se ve en su página del planeta. La información para medios está en prensa.

La tinta que se queda

Vuelvo al torso del principio, a la camiseta blanca de tirantes, al pájaro de alas abiertas que asoma en el pecho. La música del club suena fuerte, las luces cambian de color, y la tinta parece moverse con cada respiración.

Ese dibujo seguirá ahí cuando se apaguen los focos. Cuando termine la noche, cuando pase el despecho, cuando el protagonista vuelva a casa con los pies cansados. Seguirá ahí dentro de diez años, quizá algo más desvaído, con los bordes un poco borrosos. Y cada vez que lo vea en el espejo, recordará que hubo una época en que todo ardió, y que de aquellas cenizas salió algo con alas.

Preguntas frecuentes

¿Qué tatuajes aparecen en los vídeos de Mike Sain't Louis?

El más visible está en «Tattoo de fénix»: un torso con camiseta blanca de tirantes que deja ver un gran dibujo de ave con las alas abiertas en el pecho y los brazos llenos de tinta. Ese pájaro acaba saliendo de la piel y convirtiéndose en un fénix de fuego sobre la pista de baile y ante un sol enorme.

¿De qué trata «Tattoo de fénix»?

Es un tema de club sobre alguien que lleva un ave fénix tatuada en el pecho y baila con el despecho a cuestas. El fénix, el pájaro mitológico que renace de sus cenizas, funciona como símbolo de volver a levantarse después de una caída.

¿Cuándo se publicó el vídeo?

El 26 de diciembre de 2024. Dura algo más de cinco minutos y la canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk».

¿Dónde puedo escucharla o descargarla?

Suena entera en su ficha de gayfolkplanet.com, se puede bajar gratis desde la tienda de la web y desde mikesaintlouis.com/descargas, y también está en Spotify.

¿Y si hago daño a mi cuerpo cuando estoy mal?

Merece la pena contárselo a alguien de confianza o a un profesional, sin vergüenza. Si además aparecen ideas de suicidio, en España el 024 atiende de forma gratuita a cualquier hora; si hay un peligro inmediato, llama al 112.

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