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Un mar que brilla de madrugada, un círculo de luz en el bosque y una carretera bajo la aurora: las noches de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

La noche cambia el tamaño de las cosas. Lo que a mediodía parecía un problema pequeño, a las tres de la madrugada se vuelve enorme. El silencio de la casa se oye más. Los ruidos de la calle suenan distintos, más lejanos o más cercanos de lo que son. Y la cabeza, sin las distracciones del día, se pone a dar vueltas sobre sí misma como un perro que no encuentra postura. Quien ha pasado noches en vela sabe que la oscuridad tiene su propio clima interior.
En Planeta Gayfolk la noche ocupa mucho espacio. Lo ha construido Mike Sain't Louis, que firma como «el primer cantautor IA» y es, para ser exactos, letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En sus vídeos hay mares que se encienden de madrugada, bosques con círculos de luz, festivales bajo cielos violetas, carreteras vacías bajo auroras verdes. Esta nota pasa la noche en esos paisajes, siguiendo la canción que mejor la conoce: «La noche no es para mí».
Esperar la noche
«La noche no es para mí» empieza con una confusión. El narrador ha perdido la brújula moral, anda perdido entre lo correcto y lo equivocado, y pasa el día entero de un lado para otro, buscando algún motivo que le dé sentido a las horas. Y mientras tanto, espera. «Esperando la noche», dice, y añade enseguida una comparación inquietante: como quien espera su final.

Es una forma muy precisa de describir algo que mucha gente conoce. El día se hace largo, gris, sin estímulos, y la noche aparece en el horizonte como una promesa: allí pasará algo, allí se romperá el aburrimiento, allí habrá compañía. La letra lo resume en dos palabras que caen como piedras al final de la estrofa: «Aburrimiento y soledad».
Pero cuando la noche por fin llega, no cumple lo prometido. El estribillo lo dice con una sencillez desarmante, repitiendo una y otra vez la misma frase: «La noche no es para mí». No es una queja contra la noche. Es una constatación, casi una confesión. Ese territorio que se esperaba con tantas ganas resulta ser un lugar donde uno no encaja.
Pasadas las dos
La segunda estrofa pone hora al desasosiego: «El reloj pasa ya de las 2:00». Es una franja con carácter. Los bares bajan la persiana, el último autobús nocturno ya ha pasado, las aceras se vacían. Quien sigue en pie a esas horas suele estar celebrando algo o huyendo de algo, y a menudo las dos cosas se confunden.
Lo que la letra cuenta a continuación es sutil: el entorno parece transformarse, aunque nada haya cambiado de verdad. La oscuridad no modifica los objetos, modifica la mirada. El mismo portal, el mismo cuarto, el mismo rostro conocido adquieren otro aire bajo la luz escasa de la madrugada. A veces eso tiene encanto de película; otras, da miedo.
Después el texto se oscurece todavía más. Habla de tinieblas que invaden la cabeza, de algo que ya no se aguanta, de la necesidad urgente de encontrar a alguien para no quedarse solo hasta el amanecer. Es el retrato de una noche que se estira sin fin, de esas en que cualquier compañía parece mejor que el propio pensamiento.
Un mar que se enciende
El vídeo de «La noche no es para mí», publicado el 26 de noviembre de 2024, tiene uno de los planos nocturnos más bellos de todo el universo de Mike. Una playa oscura, de arena casi negra, y unas olas que rompen contra la orilla iluminadas desde dentro, con la espuma convertida en un resplandor turquesa. El cielo es apenas una franja de azul muy oscuro. No hay luna, no hay farolas. La única luz es la del propio mar.

El fenómeno existe en la naturaleza. Se llama bioluminiscencia y lo producen microorganismos marinos que emiten luz cuando el agua se agita. En algunas costas del mundo, en noches concretas, las olas se encienden así, y quien camina por la orilla ve cómo sus propios pasos dejan huellas luminosas en la arena mojada. Es uno de esos espectáculos que parecen inventados y que, sin embargo, son reales.
En el contexto de la canción, ese mar luminoso tiene algo de consuelo inesperado. En mitad de una noche que no es para el protagonista, la naturaleza ofrece una belleza que no pide nada a cambio. No hay que estar de fiesta para verla, ni acompañado, ni contento. Basta con estar ahí.
Un círculo de luz en el bosque
Otro plano muestra un bosque de noche, oscuro, con ramas que se recortan contra el cielo. Y en el suelo, en mitad de la negrura, un círculo perfecto de luz azulada, como si alguien hubiera dibujado un corro de piedras luminosas entre los árboles. No hay nadie dentro. Solo el círculo, brillando en silencio.
Me recuerda a esos corros de setas que en muchas tradiciones europeas se llamaban «círculos de hadas», y que según las leyendas marcaban los lugares donde los seres mágicos bailaban de noche. Quien entraba en uno podía quedar atrapado en el baile durante años sin darse cuenta. La imagen del vídeo tiene ese aire de lugar prohibido, de puerta a otro mundo que se abre solo en la oscuridad.
Es también una imagen de soledad. Un espacio iluminado, listo para la fiesta, pero vacío. Como una pista de baile antes de que llegue nadie, o después de que todos se hayan ido.
Láseres sobre un cielo violeta
Más adelante, el vídeo se traslada a un festival al aire libre. El cielo es de un violeta profundo, salpicado de estrellas, y lo cruzan haces de láser que dibujan líneas de neón de un extremo a otro. Abajo, muy pequeña, se distingue una carpa iluminada. Todo es inmenso, cósmico, y a la vez lejano.
Luego llegan las multitudes: carpas rosas en forma de pico, como tiendas de circo, rodeadas de gente que se mueve en la penumbra; una nube de luz fucsia que se levanta sobre cientos de cabezas; un escenario lleno de focos morados. La noche se convierte en celebración colectiva, en ese tipo de fiesta que promete que nadie estará solo.
Pero la canción sigue diciendo lo mismo. En mitad de todo eso, la noche no es para el narrador. Se puede estar rodeado de miles de personas y sentirse completamente fuera. Las luces, los láseres, la música alta no siempre llenan el vacío; a veces lo hacen más evidente.
La noche de los que no duermen
El insomnio afecta a muchísima gente. Según distintos estudios, una parte importante de la población adulta tiene problemas para dormir de forma habitual, y en personas con depresión o ansiedad el porcentaje se dispara. Hay quien no consigue conciliar el sueño, quien se despierta a mitad de la noche y ya no vuelve a dormirse, quien duerme muchas horas pero nunca descansa.
Las madrugadas en vela tienen algo de mundo paralelo. Mientras el resto duerme, uno está despierto con sus pensamientos, y esos pensamientos tienden a oscurecerse. Los psicólogos hablan de la rumiación, ese ciclo de ideas negativas que se repiten una y otra vez sin llegar a ninguna parte. De día, las obligaciones lo interrumpen. De noche, no hay nada que lo detenga.
Por eso la noche puede ser tan peligrosa para quien está mal. No es casualidad que muchas crisis ocurran de madrugada, cuando el cansancio, la soledad y la oscuridad se suman. La canción de Mike describe ese momento con una honestidad que no busca adornos.
Auroras sobre la carretera
En otro vídeo del planeta, el de «The Northern Lights», la noche cambia de color. Sobre una llanura helada, el cielo se llena de cortinas verdes y violetas que ondulan lentamente. Una carretera recta se pierde hacia el horizonte bajo esa luz, sin un solo coche, con el asfalto reflejando los destellos del cielo. Y en algunos planos, una figura de espaldas extiende los brazos hacia la aurora, como si quisiera abrazarla.

Es otra noche, muy distinta de la de los festivales. Aquí no hay música alta ni multitudes. Hay silencio, frío, inmensidad. Las auroras boreales se producen cuando partículas del sol chocan con la atmósfera terrestre cerca de los polos, y verlas en persona es una experiencia que muchos describen como casi espiritual. El cielo entero parece respirar.
Me gusta poner las dos canciones juntas. En «La noche no es para mí», la oscuridad es un territorio hostil donde se busca compañía con desesperación. En «The Northern Lights», la oscuridad es el único lugar donde puede verse algo extraordinario. Las auroras solo existen de noche. Sin oscuridad, no habría luces del norte.
Brazos abiertos al cielo
La figura que extiende los brazos bajo la aurora aparece de espaldas, recortada en negro contra el verde del cielo. No sabemos quién es ni qué siente. Pero el gesto es universal: abrir los brazos es exponerse, recibir, dejar de protegerse. Es lo contrario de encogerse, de taparse, de esconderse bajo la manta a esperar que pase la noche.
En algunos planos de «The Northern Lights» hay más de una figura: siluetas que saltan sobre la nieve, que giran, que levantan las manos hacia las cortinas de luz. Ninguna mira a cámara. Todas están vueltas hacia el cielo, como si lo único importante en ese momento fuera lo que ocurre allí arriba. Es una noche sin espejos, sin miradas ajenas, sin juicio. Solo cuerpos pequeños bajo una luz inmensa.
Para alguien con fobia social, esa imagen tiene algo de alivio. Nadie te observa. Todos miran hacia otro lado, hacia algo mucho más grande que cualquiera de ellos. La noche, en ese caso, no es un lugar donde exponerse, sino un lugar donde por fin se puede desaparecer un poco sin dejar de estar.
Quizá esa sea la respuesta que un vídeo le da al otro. Cuando la noche no es para ti, cuando la oscuridad pesa demasiado, todavía existe la posibilidad de mirar hacia arriba. No para que desaparezca el miedo, sino para descubrir que en esa misma oscuridad puede haber algo luminoso.
El reloj de la madrugada
Hay una hora de la noche que mucha gente conoce bien aunque nunca la nombre: esa en la que uno se despierta de repente, mira el móvil, ve las cuatro y pico, y sabe que ya no va a volver a dormirse. La casa está en silencio, la calle también, y el cerebro se pone a funcionar a toda velocidad, repasando conversaciones, preocupaciones, errores.

Los antiguos monjes dividían la noche en horas de oración, y algunas de ellas caían precisamente en esa franja de madrugada. Se levantaban a rezar en la oscuridad, cuando el resto del mundo dormía. Había algo de vigilia compartida en eso: aunque cada uno estuviera en su celda, todos estaban despiertos a la vez.
Quien hoy se desvela casi nunca tiene esa sensación de compañía. Por eso es tan importante saber que hay alguien al otro lado del teléfono incluso a esas horas.
Turnos de noche
Mientras unos no pueden dormir, otros trabajan. La noche está llena de gente despierta por obligación: panaderos que amasan antes del alba, enfermeras que recorren pasillos de hospital en penumbra, taxistas que dan vueltas por avenidas vacías, vigilantes de seguridad, limpiadores de oficinas, conductores de camiones que cruzan el país de madrugada. Una ciudad entera funciona mientras la otra mitad descansa.
Quien ha trabajado de noche sabe que es un mundo aparte. Se come a horas raras, se duerme con la persiana bajada a mediodía, se pierde el contacto con amigos que hacen vida de día. Hay una camaradería especial entre los trabajadores nocturnos, un reconocimiento mutuo entre quienes comparten esas horas que el resto ignora.
Me gusta pensar en ellos cuando escucho «La noche no es para mí». Para el narrador de la canción, la noche es un territorio donde no encaja. Para otros, es simplemente su jornada. La misma oscuridad, vivida de maneras completamente distintas.
Tomar el fresco
En los pueblos de España existía, y en muchos sitios sigue existiendo, una costumbre de las noches de verano: sacar las sillas a la puerta de casa y sentarse a tomar el fresco. Después de cenar, cuando el calor del día empezaba a ceder, los vecinos se reunían en la calle a charlar, a mirar pasar a la gente, a comentar las novedades del pueblo. Los niños jugaban, los mayores contaban historias, y la noche se llenaba de murmullos y risas.
Era una forma de compañía nocturna muy distinta de la de los festivales. No había música alta ni luces de colores. Había conversación, sillas de enea, el olor del jazmín o de la tierra recién regada. Nadie estaba solo a esas horas porque la calle entera funcionaba como un salón compartido.
Esa costumbre se ha ido perdiendo en las ciudades, sustituida por la televisión, el aire acondicionado y las pantallas. Y con ella se ha perdido también una de las formas más sencillas de no pasar la noche solo.
Luciérnagas y estrellas
La noche natural, lejos de las ciudades, tiene sus propias luces. En algunos rincones del campo, en verano, todavía pueden verse luciérnagas: pequeños insectos que emiten destellos verdosos para encontrarse entre ellos. Y si el cielo está despejado y no hay contaminación lumínica, aparecen miles de estrellas, la franja blanquecina de la Vía Láctea, algún satélite que cruza despacio.
La mayoría de la gente que vive en ciudades ya no ve casi nada de eso. Las farolas, los carteles y las ventanas iluminadas borran el cielo. Se calcula que una gran parte de la población mundial vive bajo cielos tan iluminados que nunca ha visto la Vía Láctea a simple vista.
Los vídeos de Mike recuperan algo de esa noche perdida. El mar que se enciende, el círculo de luz en el bosque, las auroras sobre la carretera: son luces que no vienen de ninguna farola, sino de la propia oscuridad. Quizá por eso resultan tan hipnóticas.
Pequeños rituales para la madrugada
Los especialistas en sueño suelen recomendar algunas costumbres sencillas para quien tiene problemas para dormir: mantener horarios regulares, evitar pantallas en la última hora del día, no tomar café por la tarde, reservar la cama solo para dormir, levantarse si después de un rato largo no llega el sueño y hacer algo tranquilo con poca luz hasta que vuelva el cansancio.
No son soluciones mágicas, y cuando el insomnio va unido a una depresión o a una ansiedad intensa, casi nunca bastan. Pero ayudan a construir una relación algo menos hostil con la noche. A convertirla, poco a poco, en un espacio de descanso en lugar de un campo de batalla.
Si las noches malas se repiten durante semanas, merece la pena hablarlo con el médico de cabecera. Dormir mal no es una debilidad ni un capricho, y tiene tratamiento.
Una luz encendida en el edificio de enfrente
Quien se desvela en una ciudad conoce un pequeño consuelo: asomarse y ver que, en el bloque de enfrente, también hay una ventana iluminada. Alguien más está despierto. No sabes quién es ni por qué, si estudia, si trabaja, si da el biberón a un bebé o si mira el techo igual que tú. Pero esa luz solitaria en mitad de la fachada oscura tiene algo de compañía muda.
Es una forma mínima de no estar solo. No hay conversación, no hay contacto, solo la constatación de que la madrugada la comparten más personas de las que parece. Y a veces eso basta para que la noche se haga un poco más llevadera.
La canción de Mike busca precisamente eso, aunque con más urgencia: alguien con quien pasar la noche. No necesariamente una pareja ni una aventura. Simplemente otra presencia. Y quizá la respuesta, en muchas noches difíciles, esté más cerca de esa ventana encendida que de los grandes festivales: una llamada corta, un mensaje a deshoras, una persona que conteste aunque sea con sueño.
Cuando la noche pesa demasiado
Mike ha pasado muchas noches así. Durante cerca de veinte años vivió dos relaciones, una detrás de otra, con hombres narcisistas, y cuando por fin pudo contar lo que había pasado, descubrió que ellos se habían adelantado a ponerle en contra a una parte de su entorno. Aquello le llevó al borde del suicidio. Hoy recibe acompañamiento profesional y tiene diagnosticados estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y trastorno de la personalidad por evitación. Escribir sobre la noche, en lugar de pasarla a solas con ella, es una de sus maneras de no dejar que le gane.
Si estás leyendo esto a deshoras y la oscuridad te aprieta, no aguardes al amanecer para pedir apoyo. Escribe a alguien, aunque sea tarde. Y si los pensamientos van hacia hacerte daño o dejar de vivir, en España existe el 024: atienden también a las tres o a las cinco de la mañana, sin coste y sin que tengas que dar tu nombre. Si el peligro es inmediato, el 112.
Otras noches del planeta
La noche aparece en muchas otras canciones de Mike. En «Dark Corners», alguien baila en los rincones oscuros de una pista con su sombra como única pareja, fingiendo una sonrisa para no sentir. En «Before the Bells», la noche es el rato de calma anterior a que las campanas recuerden cómo sonar, un espacio de quietud y respiración.
Son noches distintas, pero todas comparten algo: en Planeta Gayfolk, la oscuridad nunca es solo un decorado. Es un estado de ánimo, un lugar emocional donde pasan cosas que de día no se atreverían a pasar.
Para escucharlas y descargarlas
«La noche no es para mí» está incluida en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». Las canciones citadas suenan completas en sus fichas, y hay muchas más en canciones. Se descargan gratis tanto en la tienda como en mikesaintlouis.com/descargas. «La noche no es para mí» está además en Spotify, y su vídeo se ve entero en su página. Para la prensa, los datos están en prensa.
Hasta que amanezca
Vuelvo a la playa del principio. Las olas siguen rompiendo en la oscuridad, encendiéndose de turquesa cada vez que tocan la orilla. No hay nadie mirando. O quizá sí: quizá alguien que no podía dormir ha bajado a caminar por la arena, con las manos en los bolsillos, y se ha topado con esto.
La noche no es para él, dice la canción. Pero esa noche, al menos durante unos minutos, el mar ha brillado para alguien. Y cuando por fin amanezca, cuando el cielo empiece a clarear por el este y las olas vuelvan a ser solo agua gris, quedará el recuerdo de haber visto algo que solo la oscuridad podía mostrar.
Preguntas frecuentes
¿Qué noches aparecen en los vídeos de Mike Sain't Louis?
En «La noche no es para mí» hay olas que se iluminan de turquesa en una playa oscura, un círculo de luz en mitad de un bosque, un cielo violeta cruzado por láseres y festivales con carpas rosas llenas de gente. En «The Northern Lights» la noche se llena de auroras verdes sobre carreteras vacías y siluetas con los brazos abiertos.
¿De qué habla «La noche no es para mí»?
De alguien que pasa el día esperando la noche y, cuando llega, comprueba que no le sienta bien: el reloj pasa de las dos, todo parece distinto aunque en el fondo siga igual, la confusión crece y se busca con desesperación compañía para no estar solo. El estribillo repite que la noche no es para él.
¿Cuándo se publicó su vídeo?
El 26 de noviembre de 2024. Dura cuatro minutos y cinco segundos y la canción pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk».
¿Dónde se pueden escuchar o descargar?
Las dos canciones tienen ficha en gayfolkplanet.com para oírlas completas. Se descargan sin coste en la tienda de la web y en mikesaintlouis.com/descargas, y están en Spotify.
¿Qué hago si de madrugada me vienen pensamientos oscuros?
No los pases solo: escribe a alguien, despierta a quien convivas contigo si hace falta. En España, el 024 contesta también de madrugada, gratis y sin pedirte el nombre, a quien piensa en el suicidio. Si hay peligro inmediato, el 112.