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«El abismo en mi cabeza» verso a verso: una noche que grita un nombre, frascos con fechas y un laberinto sin puertas

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Fotograma de «El abismo en mi cabeza» en blanco y negro: un pasadizo estrecho de piedra con vigas de madera y, al fondo, una puerta pequeña iluminada

Hay canciones que se escriben para bailar y otras que se escriben para no ahogarse. «El abismo en mi cabeza» pertenece claramente al segundo grupo. Es una letra corta, de tres estrofas y un estribillo que aparece tres veces, y no tiene ni un respiro de humor, cosa rara en el catálogo de Mike Sain't Louis, donde casi siempre hay un chiste esperando a la vuelta de la esquina. Aquí no. Aquí todo es noche.

Mike firma la letra, la composición y la producción, y se presenta como «el primer cantautor IA», con música e interpretación vocal hechas con IA. Lo que sigue es una lectura lenta, una línea detrás de otra, apoyada en lo que enseña su videoclip en blanco y negro. No pretende explicar la canción entera, porque las letras así no se explican: se acompañan.

Antes de leer

El tema forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. Es un disco de salidas, de portazos y de alivios, y precisamente por eso llama la atención que contenga una canción tan cerrada. Es como si, en mitad de la celebración, alguien recordara de dónde se venía.

Ficha de «El abismo en mi cabeza», del disco «El día de la liberación», con su carátula: un hombre con la mano en la frente y lágrimas oscuras en la mejilla, con alas negras y una maraña de trazos de tinta alrededor de la cabeza

El videoclip salió el 5 de diciembre de 2025 y dura tres minutos y cuatro segundos. Todo es en blanco y negro. Arranca con el título en letras blancas sobre una estantería llena de frascos de cristal, y sigue con varias parejas de hombres, casi siempre uno de blanco y otro de negro, que discuten, se gritan, se ríen y se abrazan en sitios enormes y vacíos: un salón de mármol con lámparas de araña, un patio de butacas, una nave con máquinas, un invernadero de hierro y cristal, un ascensor. Entre medias, primeros planos de un lavabo, de una bañera y de un pasadizo de piedra. Es un vídeo que parece una conversación de alguien consigo mismo, repartida entre muchos cuerpos.

Una letra sin nadie más

Antes de entrar en los versos, un detalle que se nota en cuanto se lee la letra completa: no aparece ninguna otra persona. No hay un tú, no hay un él, no hay una pareja, ni un amigo, ni un enemigo. En un catálogo lleno de canciones dirigidas a alguien, esta habla sola. Los únicos personajes son la noche, las sombras, las paredes, el sol que se olvida y el propio abismo.

Eso la hace distinta de casi todo lo demás que ha escrito Mike. Sus canciones sobre narcisistas tienen siempre un destinatario, alguien a quien se le dicen las verdades a la cara. Aquí el conflicto es interior y el único interlocutor es la cabeza de quien habla. Es una canción de después, de cuando la otra persona ya no está y lo que queda es el eco de lo que hizo.

Primera estrofa: la noche llama

La canción empieza con un sujeto que no es una persona: la noche. Y lo que hace la noche es gritar. «La noche vuelve a gritar mi nombre». Ese «vuelve» es lo primero que pesa. No es la primera vez. Hay noches que llegan como una visita conocida y molesta, que se sabe el camino, que no necesita llamar al timbre. Quien ha pasado épocas malas reconoce enseguida esa sensación de que la oscuridad tiene una agenda y uno está apuntado en ella.

El segundo verso concreta qué tipo de grito es: «Un insulto sordo que nadie responde». Hay dos ideas metidas en pocas palabras. La primera, que es un insulto, es decir, que no es neutral, que la noche no llama por el nombre para saludar sino para hacer daño. La segunda, que es sordo. No se oye desde fuera. Nadie contesta porque nadie más lo ha oído. Es la descripción más exacta que conozco de esa parte de uno mismo que desprecia: arma un escándalo por dentro y no deja ni un eco fuera.

Luego viene el movimiento. «Camino entre sombras» que bailan, dice la letra, y que bailan al compás de algo. Me gusta mucho esa imagen, porque mezcla el miedo con la fiesta. Las sombras no acechan, bailan. Como si dentro de la cabeza hubiera una pista donde todo el mundo se divierte menos quien la cruza. Y el compás que siguen es un silencio frío, atrapado dentro de quien habla, sin salida hacia fuera. El silencio que no se puede decir es justo lo que marca el ritmo.

En el vídeo, esa primera estrofa coincide con las primeras parejas. En un escenario cruzado por cuerdas que caen desde el techo, dos hombres de esmoquin, uno blanco y otro negro, forcejean. Después, un chico con camiseta oscura está de pie sobre una cama, en una habitación con cortinas y paredes desconchadas, mirando al suelo. Y en un salón de mármol, otro de camiseta blanca levanta un brazo mientras el de negro junta las manos como quien pide calma. Es la noche repartida en varias escenas: el forcejeo, la habitación, el salón donde alguien intenta hablar.

El estribillo: un laberinto con risa

Y entonces llega el estribillo, que es lo que más se queda.

Fotogramas en blanco y negro del videoclip de «El abismo en mi cabeza»: una mesa llena de frascos de cristal con fechas escritas en las etiquetas y humo blanco al fondo, junto a dos hombres de esmoquin en un salón de mármol, dos en un patio de butacas y una mesa de laboratorio con más frascos

El abismo en mi cabeza

La primera línea da título a la canción y deja claro dónde está el problema. No en el mundo, no en otra persona, sino dentro. Un abismo es un hueco sin fondo, algo que no se puede medir. Ponerlo en la cabeza es reconocer que lo que asusta no tiene tamaño.

La segunda línea es cruel de una manera casi infantil: el abismo «se ríe» de la torpeza de quien lo lleva dentro. No basta con que exista el hueco. Encima se burla. Es la parte de la depresión que menos se cuenta, la que convierte cada error pequeño en una prueba de que todo está mal. Se cae una taza y la cabeza se ríe. Se olvida una cita y la cabeza se ríe. Esa risa es lo que hace que el abismo no sea solo tristeza, sino también humillación.

La tercera línea cambia de imagen sin avisar: ya no es un abismo, es «un laberinto sin puertas». Y un laberinto sin puertas es una contradicción terrible, porque los laberintos se construyen para tener salida, aunque sea difícil de encontrar. Uno sin puertas es una trampa. Se camina por pasillos que no llevan a nada.

La cuarta remata con el sol. Ese laberinto está en un lugar «donde el sol nunca se acuerda». No dice que no haya sol. Dice que el sol se olvida. Hay luz en algún sitio, el mundo sigue teniendo días buenos, pero no pasan por aquí. Es una manera muy delicada de describir la sensación de que la alegría existe, pero para otros.

En el vídeo, el estribillo suele caer sobre las imágenes de los frascos. Una mesa larga llena de botes de cristal con tapa, cada uno con una etiqueta escrita a mano. Se leen fechas y palabras sueltas en inglés: un mes, «last Tuesday», «tonight». Unas manos cogen uno y lo levantan. De algunos sale humo blanco que lo cubre todo. Son días guardados en frascos, como se guardan las mermeladas o las muestras de un laboratorio. Y la cabeza los conserva todos, los buenos y sobre todo los malos, con su fecha bien a la vista.

Segunda estrofa: paredes y espejos

La segunda estrofa entra en el laberinto. «Las paredes susurran secretos huecos». Hay un juego precioso entre el susurro y el hueco. Las paredes hablan bajito, como en las casas viejas donde todo cruje, y lo que cuentan no tiene nada dentro. Son secretos vacíos. Es exactamente lo que hace la ansiedad: susurra mucho y no dice nada que sirva, pero lo dice con tono de confidencia, como si fuera importantísimo.

El segundo verso es de los mejores de la canción: los días se rompen como «viejos espejos». No se acaban, se rompen. Y no como cualquier cristal, sino como los espejos antiguos, los que tienen el azogue gastado y ya devuelven una imagen manchada. Un día roto es un día en el que uno no se reconoce. La superstición dice que romper un espejo trae siete años de mala suerte. La letra sugiere algo peor: que cada día que se rompe es otro espejo, y que los trozos se van acumulando.

El tercero abre el plano: la vida entera se siente como un truco que no se acaba. Un truco de magia que no termina nunca, en el que uno siempre está mirando la mano equivocada. Y el cuarto lleva la imagen al juego: «Un juego que pierdo», dice, y lo pierde «antes de empezar a vivir». Es la frase que más duele de toda la letra, porque no habla de una derrota concreta, sino de la sensación de que la partida estaba perdida desde la casilla de salida.

En el vídeo, este tramo es el de las discusiones más largas. Dos hombres trajeados en un patio de butacas vacío, uno de pie con la mano en la frente, el otro señalando algo. Dos en un pasillo entre máquinas antiguas, una especie de nave de imprenta, uno con chaleco y otro con camisa blanca que se encoge de hombros. Dos sentados en las butacas, cruzados de piernas, uno con traje de cuadros. Y en un invernadero de hierro, dos más se miran de frente mientras uno le clava el índice en el pecho al otro. Son discusiones sin sonido, en las que siempre parece que uno acusa y el otro se defiende. Igual que una cabeza que se pasa la noche juzgándose.

Tercera estrofa: el aire y la sombra

La última estrofa es la más dura, y hay que leerla con cuidado.

Empieza con un deseo frustrado: querer gritar y no poder, porque el aire ahoga. Es lo contrario del primer verso. Al principio, la noche gritaba el nombre. Ahora, quien quiere gritar es la persona, y no le sale. La noche puede gritar; ella no. Es la imagen de alguien que no consigue pedir ayuda, que tiene el grito dentro y el aire en contra.

El segundo verso es el más oscuro de toda la canción. La sombra, que en la primera estrofa bailaba, ahora se marcha y deja a quien habla en el peor lugar posible. No voy a adornarlo ni a darle vueltas. Es el punto de la letra en el que se toca el fondo, y conviene decirlo con claridad: si alguien que lee esto se siente ahí, en ese verso, no está obligado a quedarse a solas con ello. En España, el 024 es una línea gratuita y confidencial que atiende a cualquier hora a quien está pensando en hacerse daño, y ante un peligro inmediato está el 112. También sirve contárselo a una persona de confianza hoy, aunque cueste encontrar las palabras.

Después de ese verso, la canción no se recupera. «No hay mapa», dice, ni norte, ni estrella fugaz a la que pedir un deseo. Es la ausencia completa de orientación. Los marineros se guiaban por las estrellas; los caminantes, por un mapa; los que se pierden, por el norte. Aquí no hay nada de eso. Y el último verso deja lo único que sí hay: un peso que no se puede soltar.

El vídeo acompaña este final con sus imágenes más íntimas. Un chico de pelo corto está metido en una bañera hasta el cuello, con las manos abiertas apoyadas en la superficie del agua, mirando a cámara muy serio. Un hombre agarra con las dos manos el borde de un lavabo blanco y baja la cabeza hacia el desagüe. Y, sobre todo, un pasadizo estrecho de piedra, con vigas de madera en el techo, que se alarga hacia una puerta pequeña e iluminada al fondo.

El pasadizo del fondo

Me detengo en ese pasadizo porque creo que es la imagen más importante del vídeo, y que discute con la letra. La canción dice que el laberinto no tiene puertas. El vídeo, en cambio, enseña un túnel que termina en una puerta con luz. Pequeña, lejana, pero una puerta.

Mike Sain't Louis con gorra azul marino y camiseta oscura de ribetes rojos con las letras «Bcn», en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, junto a los versos «Es un laberinto sin puertas» y «Donde el sol nunca se acuerda»

No sé si fue una decisión deliberada o un hallazgo del montaje, pero el efecto es claro. Mientras la letra dice que no hay salida, la imagen muestra que sí la hay, aunque quede lejos y aunque haya que recorrer un pasillo largo y frío para llegar. Es la diferencia entre lo que se siente en el peor momento y lo que es verdad. En el peor momento, el laberinto no tiene puertas. Visto desde fuera, sí las tiene.

Tres veces el mismo estribillo

El estribillo aparece tres veces y no cambia ni una coma. Podría parecer pereza, pero en una canción así la repetición es parte del sentido. Las noches malas se parecen mucho entre sí. Se piensa lo mismo, se teme lo mismo, se llega a las mismas conclusiones a la misma hora. Que el estribillo vuelva idéntico después de cada estrofa es una forma de decir que, avance lo que avance la letra, la cabeza termina siempre en el mismo sitio.

Lo curioso es que las estrofas sí avanzan. La primera es el comienzo de la noche, cuando llega el grito. La segunda es el interior del laberinto, con sus paredes y sus espejos. La tercera es el final, cuando falta el aire. Hay una progresión clara, casi narrativa. Y sin embargo, después de cada paso, vuelve el mismo estribillo, como una puerta giratoria que devuelve al punto de partida. Así funciona la rumiación: uno cree que está pensando hacia delante y en realidad da vueltas.

Por qué en blanco y negro

El vídeo podría haber sido de cualquier color, y en el catálogo de Mike abundan los rosas, los violetas, los neones. Este, no. Todo es gris. Las paredes de mármol, el esmoquin blanco, el esmoquin negro, el humo, el agua, la piedra. No hay un solo toque de color en tres minutos.

Tiene sentido. Una de las cosas que más se repiten cuando alguien describe una depresión es que el mundo pierde el color. No en sentido literal, claro, sino en el de las ganas: las cosas que antes gustaban dejan de tener gracia, los sitios bonitos dejan de parecerlo. El blanco y negro del vídeo es esa misma pérdida trasladada a la imagen. Y hace que el sol del estribillo, el que nunca se acuerda, sea todavía más ausente, porque aquí ni siquiera hay un cielo azul que recordar.

También le da al vídeo un aire de película antigua, de cine clásico de salones y trajes de etiqueta. Esos hombres de esmoquin parecen sacados de una gala a la que nadie ha ido. Los salones están vacíos, el patio de butacas no tiene público, el invernadero no tiene plantas. Es una fiesta elegante sin invitados, que es otra forma de describir la soledad.

Las parejas de blanco y negro

Hay otra lectura del vídeo que me parece interesante. Casi todas las parejas que aparecen están formadas por un hombre vestido de claro y otro vestido de oscuro. Discuten, se gritan, a veces se ríen juntos, y en uno de los planos se abrazan.

Es fácil verlos como dos partes de la misma persona: la que intenta seguir adelante y la que la arrastra hacia el abismo. La que levanta el brazo en el salón de mármol y la que junta las manos. La que señala y la que se encoge de hombros. Lo bonito es que no siempre gana el mismo. En algunos planos parece que el de negro domina, en otros es el de blanco quien habla más alto. Y hay un momento en el que uno le susurra algo al oído al otro y el otro se ríe a carcajadas, como si por fin le hubiera contado algo gracioso.

Ese abrazo y esa carcajada son, para mí, la parte del vídeo que la letra no dice. La canción se queda en la noche. El vídeo deja ver que, incluso con el abismo dentro, hay momentos en que las dos partes se entienden.

La canción en la historia de Mike

«El abismo en mi cabeza» no se escribió en el vacío. Mike ha contado que pasó cerca de veinte años con dos parejas narcisistas, una detrás de otra, y que cuando salió a la luz lo que había pasado, ambas lograron que parte de su entorno le diera la espalda. Componer fue su forma de dejar constancia de su versión. Llegó a estar muy cerca de quitarse la vida. Hoy sigue un tratamiento de psiquiatría y de psicología, con diagnósticos de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y trastorno de la personalidad por evitación, y lo explica abiertamente para que se hable más del abuso narcisista.

Leída desde ahí, la letra es un parte de guerra escrito desde dentro de la trinchera. No hay moraleja ni promesa de que todo se va a arreglar. Hay una descripción honesta de cómo se ve el mundo en las peores noches. Y eso, para quien está pasando por algo parecido, puede ser más útil que cualquier frase de ánimo: saber que alguien ha estado en el mismo laberinto y ha encontrado palabras para describirlo.

El hecho de que la canción esté en el disco de la liberación tampoco es casual. Ese disco cuenta cómo se sale. Y para contar cómo se sale, hay que contar primero dónde se estaba.

Con quién conversa

Dentro del planeta, esta canción tiene vecinas muy claras. «Ruido en mi mente» describe otra cabeza llena de cosas que no callan, con un reloj parado y una luna que se burla. «El espejo de enfrente» habla también de no reconocerse, como los días rotos de la segunda estrofa. Y «Entre cuatro paredes» es el encierro contado con otro tono, más de habitación que de abismo.

Collage con la carátula de «El abismo en mi cabeza» y las de «Entre cuatro paredes», «Ruido en mi mente» y «El espejo de enfrente», con los versos «Las paredes susurran secretos huecos» y «Los días se rompen como viejos espejos»

Escuchadas juntas forman una especie de tríptico de la mente en sus peores horas. Pero en el mismo catálogo están también las canciones que vienen después, las de la fiesta y la salida. Lo bueno de tener todo el planeta a mano es que se puede elegir el orden.

Lo que se ve si se mira dos veces

En un segundo visionado aparecen detalles que se escapan al principio. Los frascos de cristal están en tres sitios distintos: en una estantería del título, en una mesa oscura donde sale humo de todos a la vez y en una mesa de laboratorio bajo fluorescentes. Las etiquetas se repiten, como si fueran los mismos días guardados una y otra vez. El blanco del humo es lo único que tiene movimiento propio en esas escenas: sube, se extiende y lo tapa todo.

También se repite el agua. Primero en el lavabo, luego en la bañera, después otra vez en el lavabo. Es un agua quieta, sin corriente, que no limpia nada. Contrasta con el pasadizo de piedra, seco y oscuro, que es el único lugar del vídeo por el que se puede avanzar.

Escucharla y llevársela

La canción se puede oír completa en su ficha de la web y descargarse sin pagar desde la tienda, sin cuenta y sin trucos. Para quien use plataformas, está en Spotify y en el resto. En la página de canciones aparece junto a todo el catálogo de la trilogía, y los medios encontrarán imágenes y contacto en prensa.

Una puerta pequeña

Termino donde termina el vídeo, en el pasadizo. La letra acaba con un peso que no se puede soltar, y es verdad que hay noches así. Pero el último lugar que enseña la cámara no es una habitación cerrada, sino un camino de piedra con una puerta encendida al fondo. Lejos, sí. Estrecha, también. Pero encendida.

A veces, escribir una canción como esta es la forma de empezar a recorrer ese pasillo. Y escucharla, para quien está dentro de su propio laberinto, puede ser la prueba de que ese laberinto lo han pisado otros, y de que alguno ha conseguido llegar a la puerta.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «El abismo en mi cabeza»?

De una noche mala vista desde dentro: alguien que se siente insultado por su propia cabeza, atrapado en un laberinto sin salida y cargando un peso que no consigue dejar. Es una de las letras de Mike Sain't Louis que hablan de forma más directa de la depresión.

¿Cómo es el videoclip?

Está rodado en blanco y negro y dura tres minutos y cuatro segundos. Se publicó el 5 de diciembre de 2025. Muestra parejas de hombres que discuten en salones con columnas, un patio de butacas, una nave industrial y un ascensor, además de mesas llenas de frascos de cristal etiquetados con fechas, un lavabo y un pasadizo de piedra.

¿En qué disco está?

En «El día de la liberación», el tercero de los discos de Planeta Gayfolk, que reúne canciones sobre salir de relaciones dañinas y sobre lo que queda después.

¿Dónde se escucha y se descarga?

Se escucha entera en su ficha de gayfolkplanet.com y se descarga gratis desde la tienda de la web, sin registro. También está en Spotify y en las demás plataformas.

¿Qué hago si me siento como dice la canción?

Contárselo a alguien de confianza o a un profesional es un primer paso real. En España el 024 atiende de forma gratuita y confidencial a cualquier hora, y ante un peligro inmediato está el 112.

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