Planeta Gayfolk

Arte y mirada

El agua de Planeta Gayfolk: una orilla de noche, una montaña de espuma, un mar que arde y una pecera con nubes

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Fotograma de «Madrid to Benidorm»: una cala de agua turquesa vista desde lo alto, con barcas fondeadas y palmeras en la orilla

En Planeta Gayfolk casi nunca llueve, pero el agua está en todas partes. Llega de noche a una playa donde alguien deja un espejo en la arena. Sube en blanco y negro como una montaña de espuma. Arde en mitad del océano. Se vuelve turquesa debajo de una terraza con dos copas. Y, cuando no hay mar a mano, se mete en una pecera y finge ser cielo.

Este texto no explica nada. Es un paseo por esas orillas, de un videoclip a otro, mirando lo que hace el agua en cada uno. Son cinco canciones de Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Tres vienen del primer disco de la trilogía y dos del tercero. Ninguna habla del mar como tema principal. Y, sin embargo, en las cinco el mar acaba diciendo algo que la letra no dice.

Primera orilla: la playa de noche y el espejo en la arena

Empieza de espaldas. Un hombre sin camiseta, con la espalda tatuada, mira al mar de noche. Al fondo, las luces de una ciudad de costa se reflejan temblando en el agua. Las olas rompen blancas contra unas rocas a la izquierda. Es el arranque del videoclip de «El espejo de enfrente», y es también la primera lección del agua en este planeta: el mar no devuelve la cara. Devuelve luces, espuma y oscuridad, pero no el reflejo exacto de nadie.

Por eso funciona tan bien lo que viene después. En la arena, a la luz de una luna redonda, aparece un espejo de mano, también redondo, apoyado como si alguien lo hubiera olvidado. El hombre se lleva las manos a la cabeza. El espejo sí devuelve una cara, y esa cara pesa. La letra lo dice con una imagen nocturna:

La luna esconde mi pálida sombra,

Hay dos lunas en ese plano, la del cielo y la del espejo, y entre las dos el mar, que no juzga. Más adelante el mismo hombre, con una chaqueta fucsia bordada, se cubre la cara al atardecer frente a un rompeolas; luego camina de espaldas por la orilla con la chaqueta encendida contra el azul; después, de noche, con una chaqueta blanca, se apoya en la barandilla de un paseo marítimo donde las farolas se deshacen en círculos de luz desenfocada.

El agua, en este clip, es el único espejo amable. Todos los demás reflejos (el de mano, el de cuerpo entero, el de los ojos de otros) muerden. El mar no. El mar se limita a estar ahí, inmenso, a la misma distancia de todos. Quien se ha odiado alguna vez delante de un espejo sabe lo que se agradece una superficie que no te enseña tu cara.

La letra busca otra cosa, también:

Buscando un respiro, un lugar para escapar

Y el vídeo responde con una playa. No con una huida lejana, sino con un sitio donde se puede respirar hondo, de pie, con los pies en la arena fría. Es el primer oficio del agua en Planeta Gayfolk: dar aire.

Segunda orilla: la espuma en blanco y negro

«Bareback» cambia el tono por completo. El videoclip está rodado casi entero en blanco y negro y empieza con dos hombres de pie, quietos, uno al lado del otro, sobre un fondo de montañas. Detrás de ellos, de repente, la tierra suelta espuma. Sube en chorros, en columnas, en cascadas que caen hacia arriba. Se acumula en una montaña blanca en mitad de una playa. Cubre a los dos hombres hasta los hombros y luego hasta la barbilla.

Fotogramas de «El espejo de enfrente»: un hombre tatuado se agarra la cabeza en una playa de noche junto a un espejo redondo, otro plano con el espejo frente al mar, una chaqueta blanca en el paseo marítimo y una chaqueta fucsia en la orilla

Aquí el agua no calma. Aquí el agua estalla. Hay un volcán al fondo, oscuro, con su cono perfecto, y delante de él la espuma salpica como si fuera la lava de otro planeta, una lava blanca y fría. Es difícil no verlo como una rabia que, en lugar de quemar, burbujea. La canción es de despecho, de las que ajustan cuentas en una noche de copas que no llegan, y la espuma es esa rabia vuelta espectáculo.

Lo bonito es cómo termina. La espuma, que al principio daba un poco de miedo, se vuelve juego. Los hombres levantan los brazos dentro de ella. Se ríen. Al final aparecen más, cuatro o cinco, con los brazos abiertos en mitad de la blancura, como niños en una fiesta de espuma de verano en un pueblo de costa. El enfado no ha desaparecido, pero ha cambiado de forma. Se ha vuelto algo con lo que se puede jugar.

En medio de todo ese gris hay un único plano en color: una mujer que sonríe en una habitación iluminada de rojo, con cortinas y una vela encendida. Es un golpe de calor en mitad del agua fría, y basta para que el blanco y negro, después, parezca todavía más espumoso. El segundo oficio del agua en el planeta es este: convertir el enfado en algo que salpica y que, al final, hace reír.

Tercera orilla: el mar que arde

Si la espuma de «Bareback» es una rabia que juega, el agua de «Un invitado VIP cortando cebolla» es una pena que quema. El clip alterna dos mundos. Uno es una sauna de madera, llena de vapor rosa, donde un hombre musculoso camina de espaldas entre nubes de color. El otro es el mar abierto, un mar enorme, gris verdoso, sin costa a la vista.

En ese mar sucede la imagen más extraña de todo este paseo. Primero, en la superficie, aparece una pequeña nube rosa, como si alguien hubiera echado un tinte al agua. Luego la nube se abre y deja ver, debajo, un círculo de fuego naranja. Es un pozo de llamas en mitad del océano. El agua no lo apaga. Lo rodea, lo enmarca, lo deja arder.

Más adelante el mar entero se vuelve rojo, como un atardecer líquido, con olas que parecen brasas. Y en otra escena, de noche, el hombre está metido en el agua hasta el pecho, con luces de colores reflejándose a su alrededor, y junta las manos delante de la cara, como quien reza o como quien llora sin querer que lo vean. El título ya avisa: nadie llora, alguien está cortando cebolla.

Ese es el tercer oficio del agua en Planeta Gayfolk: guardar el fuego. Hay penas que no se apagan con nada, y el clip no finge lo contrario. Lo que hace es ponerlas en mitad del mar, donde se ven arder sin que el incendio se extienda. Al final, un ángel de alas negras sale corriendo de entre las llamas. Del agua que arde también se sale.

Cuarta orilla: la cala turquesa

Después de tanta noche, el sol. «Madrid to Benidorm», del tercer disco, es el clip más luminoso de este paseo. Hay planos aéreos de calas de agua turquesa tan clara que se ven las rocas del fondo, barcas fondeadas, palmeras inclinadas sobre la arena, sombrillas de paja en un paseo y montañas rojizas cerrando una bahía.

Y hay, sobre todo, una pareja mayor. Un hombre con gafas de sol y camisa de rayas, una mujer con pañuelo de colores en la cabeza, sentados en una terraza frente al mar, con dos vasos sobre la mesa. Se miran, se ríen, brindan. Detrás de ellos el agua brilla y unos veleros pasan despacio. No ocurre nada más. No hace falta.

Es el cuarto oficio del agua: hacer de fondo para el amor que dura. El mar de Benidorm, en este clip, no es un sitio para llorar ni para estallar. Es un sitio para quedarse sentado mucho rato con alguien. La canción sale de Madrid y llega a la costa, y en ese trayecto el agua pasa de ser una pena a ser una costumbre feliz.

Incluso aquí, sin embargo, el planeta deja entrar una sombra. En un plano, un volcán humea al fondo mientras una ola enorme rompe contra unas rocas negras. Es un recordatorio breve, de dos segundos: el mismo mar que acuna a la pareja de la terraza es el que golpea la costa en otro sitio. Luego vuelve el turquesa, vuelve la terraza, vuelven las risas.

Quinta orilla: un vaso de agua con nubes

La última orilla cabe encima de una mesa. En «María María», del tercer disco, la letra nombra la playa desde el primer verso, pero las cámaras se quedan en interiores de colores y nunca llegan a la costa. Lo que hay, en un momento muy breve, es un recipiente de cristal redondo, iluminado de verde por debajo, con una línea de luz rosa atravesando el plano. Dentro, flotando, unas bolas blancas y esponjosas. Detrás, en la pared, la sombra de alguien que pasa.

Mike Sain't Louis con gorra y camiseta de tirantes bajo un foco rosa, junto al verso «La luna esconde mi pálida sombra,» de «El espejo de enfrente»

Es la orilla más pequeña de todo el planeta y, a su manera, la más honesta. Hay días en que el mar queda demasiado lejos, o en que salir a buscarlo cuesta más de lo que uno puede pagar. Para esos días existe este cristal: un poco de agua, unas nubes de juguete, una luz. Nadie se baña en él. Se mira, y ya.

El quinto oficio del agua es este: quedarse cerca cuando no se puede ir a ella. Después de la playa nocturna, la espuma, el incendio y la cala, el paseo termina en un objeto que se podría tener en cualquier mesilla. Es un final humilde y muy de Planeta Gayfolk, donde lo cósmico y lo doméstico se dan la mano sin pedir permiso.

El agua y los cuerpos

Conviene mirar también cómo están los cuerpos frente al agua en cada clip, porque dicen tanto como el mar.

En la playa de «El espejo de enfrente», el cuerpo está desnudo de cintura para arriba y lleno de tatuajes, como un mapa. Se encoge, se tapa la cara, se agarra el pelo. Pero, cada vez que el plano se abre, ese cuerpo pequeño queda frente a una inmensidad azul que no le exige nada. Al atardecer, la chaqueta fucsia es lo único que brilla entre la arena y los edificios altos de la costa. De noche, la chaqueta blanca se apoya en una barandilla y las luces del paseo le dibujan un halo. El cuerpo sufre, pero nunca está solo del todo: el mar le hace compañía.

En «Bareback», los cuerpos son casi estatuas. Dos hombres de pie, camisa y pantalón, quietos, mirando a cámara, mientras el mundo a su alrededor se convierte en espuma. En un plano aparecen con traje sobre la arena de una playa, uno con gafas oscuras, como si esperaran a alguien que no llega. La quietud de ellos contra el caos blanco es lo que da gracia al vídeo. Al final, cuando por fin se mueven, lo hacen para abrir los brazos.

En «Un invitado VIP cortando cebolla», el cuerpo es músculo y vapor. Camina de espaldas entre nubes rosas, se gira despacio bajo luces azules, aparece con la piel mojada en una piscina de noche. Hay también una sala oscura con plantas de luz azul, como corales encendidos fuera del agua. Es un cuerpo que se exhibe y a la vez se esconde, que se ofrece a la cámara y se tapa la cara con las manos. El agua lo cubre hasta el pecho, como si quisiera abrazarlo sin ahogarlo.

En «Madrid to Benidorm», los cuerpos son mayores y están sentados. Gafas de sol, camisa de rayas, un pañuelo de colores, dos vasos, una mesa redonda. Nadie se levanta. Nadie corre hacia la orilla. Están exactamente donde quieren estar, y el mar se queda detrás como un decorado de lujo que no hace falta tocar.

Y en «María María», por último, los cuerpos se tumban. En camas, en alfombras, en cojines. Son los cuerpos del descanso, los que ya no tienen que demostrar nada.

Del cuerpo encogido al cuerpo tumbado: también esa es una marea.

Los colores de cada orilla

Cada una de las cinco orillas tiene su color, y vistas juntas forman una paleta que se reconoce como del planeta.

Collage con la carátula de «El espejo de enfrente», un hombre de espaldas ante el mar de noche, y las de «Madrid to Benidorm», «Un invitado VIP cortando cebolla» y «Bareback»

La playa de noche es azul marino y plata, con un punto de fucsia que entra cuando aparece la chaqueta. Es el color de las horas en que no se duerme.

La espuma de «Bareback» es blanco y gris, sin matices, con un único golpe de rojo cuando aparece la mujer sonriente en su habitación de cortinas. Es el color del enfado que no sabe todavía qué forma tomar.

El mar de «Un invitado VIP cortando cebolla» es verde grisáceo cuando está en calma, naranja cuando arde y rojo cuando se pone el sol encima. La sauna, en cambio, es rosa y madera. Es el color de una pena que tiene fiebre.

Las calas de «Madrid to Benidorm» son turquesa, arena y rojo de montaña, con el blanco de los veleros. Es el color de las vacaciones que por fin llegan.

Y el cristal de «María María» es verde con una raya rosa. Es el color de una lámpara que alguien deja encendida para no estar a oscuras.

Lo que el agua aprende de una canción a otra

Vistas seguidas, estas cinco orillas cuentan una pequeña historia que ninguna de las canciones cuenta sola. Primero el agua es un espejo que no hiere, en una playa de noche donde alguien no soporta su reflejo. Luego es espuma que estalla, una rabia que acaba siendo juego. Después es fuego rodeado de mar, una pena que arde sin quemarlo todo. Más tarde es una cala turquesa donde dos personas mayores brindan. Y al final es una pecera con nubes, una playa portátil para quien no sale de casa.

Es casi un orden de mareas. La marea alta de la noche y el dolor, la marea que sube con rabia, la que se lleva el fuego mar adentro, y después la bajamar tranquila, la que deja ver el fondo, la que permite sentarse en la orilla. No es casualidad que las tres primeras canciones pertenezcan a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco, y las dos últimas a «El día de la liberación», el tercero. Entre un volumen y otro el agua se ha calmado.

Mike ha contado que pasó veinte años en dos relaciones con parejas narcisistas, que cuando esas personas fueron desenmascaradas pusieron a su entorno en su contra, y que las canciones fueron su manera de contar su versión. Ha hablado también de los diagnósticos con los que vive (estrés postraumático, depresión mayor, fobia social, ansiedad) y de que hoy sigue tratamiento psiquiátrico y psicológico. Nada de eso aparece con nombres en estos vídeos, y está bien que no aparezca. Pero, si se mira el agua de una canción a la siguiente, se ve un proceso: de no poder mirarse a poder sentarse frente al mar. La recuperación no es una línea recta, y las mareas tampoco. Vuelve la noche, vuelve el oleaje. Pero cada vez se conoce mejor la orilla.

Si el espejo de enfrente pesa

«El espejo de enfrente» habla de darse asco al mirarse, y no todo el mundo puede verlo con la distancia de un paseo lírico. Si te reconoces en esa playa de noche, si llevas tiempo castigándote al verte o sientes que ya no puedes más, contarlo a alguien de confianza o a un profesional ayuda. En España, el 024 atiende gratis, a cualquier hora, a quien está pasando por un momento así, y en una emergencia está el 112. Pedir ayuda también es una forma de buscar ese respiro que pide la letra.

Ficha de «El espejo de enfrente», del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», con su carátula de la espalda tatuada frente a la costa iluminada

La estética del agua en el planeta

Hay una gramática del agua en los videoclips de Planeta Gayfolk que se repite y se reconoce. Los colores, para empezar: el azul eléctrico de la noche, el fucsia de las chaquetas y del vapor, el turquesa de las calas, el blanco puro de la espuma, el naranja de las lámparas y del fuego. El agua casi nunca es solo agua; siempre lleva luz encima, reflejos de neón, farolas desenfocadas, lunas dobles.

Después están los cuerpos. En estos clips la gente no nada. Está de pie en la orilla, metida hasta el pecho, enterrada en espuma, sentada frente al mar, tumbada junto a una pecera. El agua se mira, se toca, se habita, pero no se atraviesa. Es un lugar donde quedarse, no un camino.

Y, por último, la escala. El planeta pasa sin aviso del océano inmenso a la pecera de mesa, de la montaña de espuma a la gota de agua pegada en una mejilla. Esa manera de jugar con los tamaños es muy suya, y forma parte de la estética de Planeta Gayfolk: coger algo enorme y hacerlo doméstico, coger algo pequeño y hacerlo cósmico.

Una ruta para verlos

Si alguien quiere hacer este paseo con los ojos y no solo leyéndolo, conviene hacerlo de noche y en orden. Empezar por el videoclip de «El espejo de enfrente», con la luz apagada, y quedarse en la playa hasta que aparezca el espejo en la arena. Seguir con el de «Bareback», dejando que el blanco y negro limpie la vista, y esperar a la última escena, cuando todos levantan los brazos en la espuma.

Luego, «Un invitado VIP cortando cebolla», para ver el mar arder en silencio. Después, la luz: «Madrid to Benidorm», con la pareja de la terraza y los veleros. Y cerrar con «María María», que dura dos minutos y deja el agua dentro de un cristal sobre una mesa, para irse a dormir.

Cinco vídeos, menos de veinte minutos en total. Es más o menos lo que se tarda en ir andando por un paseo marítimo de un extremo a otro, con el mar a un lado y las luces al otro.

Para escucharlas

Las cinco canciones se pueden escuchar y descargar gratis en gayfolkplanet.com, desde la ficha de cada una o desde la tienda, sin registro. También están en Spotify; «El espejo de enfrente», por ejemplo, está aquí. Quien escriba sobre el proyecto encontrará fotos, datos y discos en la página de prensa.

Una última ola

Hay una manera de recordar este paseo con una sola imagen. No es la del mar en llamas, ni la de la espuma, ni la de las calas turquesa. Es la del espejo redondo apoyado en la arena, de noche, con la luna encima. Un objeto hecho para mirarse, dejado junto al agua, que no lo necesita para reflejar el cielo.

En Planeta Gayfolk el agua hace muchos oficios: espejo, rabia, fuego, postal, pecera. Pero en todos ellos hace lo mismo al final. Espera. Sube y baja, vuelve y se va, y siempre deja una orilla donde sentarse cuando uno ya no puede más con su reflejo. Esa orilla está en las canciones. Basta con darle al botón y quedarse un rato mirando cómo rompen las olas.

Preguntas frecuentes

¿De qué videoclips habla este texto?

De cinco: «El espejo de enfrente», «Bareback» y «Un invitado VIP cortando cebolla», del primer disco de la trilogía, y «Madrid to Benidorm» y «María María», del tercero. Todos tienen agua en algún plano, y en cada uno el agua hace algo distinto.

¿Es un análisis de las letras?

No del todo. Es un paseo lírico por las imágenes de esos clips, con un par de versos citados tal y como están publicados. Para leer cada canción entera están sus fichas y sus páginas de letra.

¿Por qué el agua?

Porque aparece una y otra vez en los videoclips del planeta: playas de noche, espuma, olas, piscinas, calas, una pecera. Es una de las imágenes que más se repiten en el universo visual de Mike Sain't Louis.

¿Dónde se pueden escuchar estas canciones?

Todas se pueden escuchar y descargar gratis en gayfolkplanet.com, desde la ficha de cada una o desde la tienda, y también están en Spotify y en el resto de plataformas.

¿Hay ayuda si una de estas canciones me toca demasiado?

Sí. Si estás mal o te cuesta mirarte, hablarlo con alguien de confianza o con un profesional ayuda. En España, el 024 atiende gratis y a cualquier hora a quien lo necesite, y en una emergencia está el 112.

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