Arte y mirada
El fuego de Planeta Gayfolk: una fundición bajo la luna, un fénix sobre la llanura y una hoguera que calienta
Por Mike Sain't Louis ·

Hay una cosa que no supe de mí hasta que me puse a mirar mis videoclips uno detrás de otro: que pongo fuego en casi todos. No lo decido antes. Aparece. Una hoguera aquí, una explosión allá, un pájaro de llamas, una calle que arde por los lados. Cuando monto un vídeo y la canción llega a su parte más intensa, algo en mí busca una llama, igual que la mano busca el interruptor a oscuras.
Esta nota recorre esos fuegos. No pretende explicarlos, porque el fuego se explica mal. Prefiero describirlos, uno por uno, y escuchar lo que me dicen ahora, cuando ya no estoy en el incendio, sino un poco más lejos, mirándolo con algo parecido a la calma.
La fragua
El fuego más mío de todos está en «Al fuego», una canción del disco «El día de la liberación». La letra es un ajuste de cuentas con alguien a quien le importabas un carajo, y termina con una decisión rotunda: lo que quedaba, todo al fuego. Para el videoclip no quise una chimenea ni una hoguera de playa. Quise una fragua.
Una fundición antigua, de paredes de ladrillo ennegrecido, con hornos abiertos que escupen llamas naranjas y nubes de humo que suben hasta el techo. Hay yunques, herramientas colgadas, vigas de hierro. Y por en medio camina una mujer con un vestido plateado, largo, que refleja el fuego como si estuviera hecho de agua.
Elegí una fragua porque es el único sitio donde el fuego no sirve para destruir, sino para dar forma. El herrero mete el hierro en el horno, lo deja ablandarse y luego lo golpea hasta que se convierte en otra cosa. Una herradura, una reja, una llave. Lo que entra duro y torcido sale con una forma nueva. Así quería mirar la rabia de esa canción: no como un incendio que lo arrasa todo, sino como el calor que permite rehacer algo.
Un niño dormido sobre el yunque
En esa misma fundición hay una imagen que es, para mí, la más tierna de todo el vídeo. Un niño pequeño, con camisa verde y chaleco amarillo, se ha quedado dormido con la cabeza apoyada en un yunque. Al fondo, una luna llena. Alrededor, líneas de luz blanca que flotan como cintas.
El yunque es el sitio donde se golpea. Donde el hierro recibe cada martillazo. Y ese niño duerme encima, tranquilo, con la mejilla contra el metal. Me conmueve porque es justo lo que pasa cuando uno ha recibido demasiados golpes: acaba encontrando descanso en el sitio menos pensado. Se duerme donde le pegaron, porque ahí ya no queda nada que temer.
Hay otro plano del mismo niño, sentado junto al yunque, con los ojos cerrados y la luz de la luna en la cara. Y un tercero, distinto, de un chaval de pelo oscuro que mira la luna de perfil mientras una llama pequeña le baila al lado, como una mascota. No le quema. Le acompaña.
La luna en la fundición
Lo raro de la fragua de «Al fuego» es que tiene luna. Un sitio cerrado, de techos altos, lleno de humo, y aun así la luna llena se cuela en muchos planos, enorme y blanca. En uno de ellos, la mujer plateada está subida a una media luna con cara, de las de los cuentos, colocada sobre una escalera de madera, mientras a su lado saltan chispas de un horno.
No es realista y no lo pretende. Es lo que yo imagino que hay dentro de alguien cuando está quemando lo que le hizo daño: mucho fuego y, a la vez, una luz fría que mira. La rabia y la lucidez juntas. Las dos hacen falta. La rabia sola quema sin dirección. La lucidez sola se queda mirando sin hacer nada.
Un círculo de luz
Hay un momento en que la mujer está de pie en el centro de un círculo blanco pintado en el suelo, con una corona de rayos de luz sobre la cabeza, y los hornos al fondo, rojos. En otro, una figura de pelo blanco, con un traje de reflejos metálicos y un aro rojo encima, extiende el brazo hacia un niño que la mira de espaldas, entre tubos de luz que se cruzan en el suelo.

Me gusta pensar que esa mujer es una especie de guardiana de la fragua. No es la que quema, es la que vigila que el fuego haga lo que tiene que hacer y no más. Hay fuegos que se descontrolan y fuegos que alguien cuida. En mi vida he conocido los dos, y he tardado mucho en aprender a ser yo quien cuida el mío.
El jinete del desierto
«Al fuego» tiene una segunda geografía: un desierto. Un jinete en un caballo negro cruza una llanura de arena clara, con montañas al fondo y la luna llena encima. En otro plano, un caballo con el jinete encima parece flotar sobre un mar violeta, entre rayos. En otro, la arena es blanca como la nieve y el caballo trota sobre ella con la luna al lado.
Es el contrapunto de la fragua. Allí todo es calor, humo y paredes. Aquí todo es frío, espacio y silencio. Creo que ese jinete es lo que viene después de quemar: irse. Cruzar el desierto solo, sin mirar atrás, con la luna como única compañía. Es una imagen de western, pero sin pistolas. Solo alguien que se marcha a lomos de un caballo y no necesita explicarle a nadie adónde va.
El fénix
Si hay un fuego famoso en mis videoclips es el de «Tattoo de fénix». Ahí el pájaro mitológico aparece de muchas maneras: dorado y enorme, con las alas abiertas y las plumas convertidas en llamas suaves; rojo y de plumas largas, flotando de noche sobre una hoguera; rozando una llanura oscura con chispas en las puntas de las alas. Al final, en lo alto de un acantilado, unos malabaristas hacen girar antorchas.
El fénix es el animal que arde y vuelve. Todo el mundo conoce la historia. Pero lo que me interesa del vídeo es que el pájaro nunca aparece hecho cenizas. Siempre está ardiendo, en pleno vuelo. No hay muerte ni resurrección, solo el momento del fuego. Como si el renacer no fuera algo que pasa después, sino algo que pasa mientras ardes.
Eso es lo que yo he vivido. No hubo un día en que me levanté nuevo. Hubo meses de arder y seguir volando, de seguir haciendo canciones con el cuerpo en llamas. El fénix de «Tattoo de fénix» baila en un club, sobre una pista, porque esa canción va de salir de un desengaño bailando. Y a veces bailar es la única forma de que el fuego no te consuma.
Un pozo de fuego en el mar
En «Un invitado VIP cortando cebolla» el fuego aparece donde no debería: en mitad del mar. Un círculo de espuma blanca se abre en el agua verde y, dentro, arde una bola de fuego naranja, con vapor rosa que sube hacia el cielo del amanecer. Más tarde, un ángel de alas negras sale corriendo de entre las llamas.
Es una imagen imposible. El agua apaga el fuego, todo el mundo lo sabe. Y sin embargo ahí está, ardiendo en el centro del océano. Para mí es el dolor que no se apaga aunque lo rodees de todo lo que debería apagarlo. Amigos, distracciones, trabajo, tiempo. El agujero sigue ardiendo en medio. No porque seas débil, sino porque hay heridas que tienen su propio oxígeno.
El ángel que sale corriendo me da esperanza. Sale del fuego. Tiene las alas negras, quizá chamuscadas, pero corre. No se queda dentro.
La guagua y el volcán
En «Como a mi chihuahua» el fuego es de tierra. Un volcán que no para, con ríos de lava que bajan hacia el mar desde un cráter cubierto de nubes. Una guagua verde envuelta en llamas. Y en paralelo, un señor muy elegante que pasea a cuatro chihuahuas por calles encaladas sin enterarse de nada.

Ese contraste me hace reír y me hace pensar a la vez. Es exactamente lo que se siente cuando tu vida está en erupción y el resto del mundo sigue paseando al perro. No es que a los demás no les importe. Es que no lo ven. El volcán está en tu tele, no en la suya.
Con los años he aprendido a no enfadarme por eso. Cada uno tiene su volcán y sus perritos. A veces te toca arder y a veces te toca pasear. Lo importante es saber en cuál de los dos momentos estás.
La calle de las llamaradas
En «Manual de escape de un narci» hay una calle estrecha de casco antiguo, de piedra, en la que salen chorros de fuego horizontales desde las paredes, como si las fachadas tuvieran lanzallamas escondidos. Tres hombres la recorren corriendo por el centro, sin quemarse.
Es mi imagen favorita de huida. No se trata de apagar el fuego, que no está en tus manos, sino de atravesarlo sin pararte. Las llamas salen de los dos lados y tú sigues por el medio. Te calientas, te asustas, pero no te quemas, porque no te quedas.
Cuando por fin me fui de lo que me hacía daño, fue un poco así. Una calle larga con llamaradas a los lados: reproches, mensajes, gente que te juzga, recuerdos que saltan cuando menos lo esperas. Y uno que corre por el centro, sin girar la cabeza.
Una seta sobre la carretera
«Otro bombardeo» es el vídeo más incendiario de todos. Empieza con una nube de fuego en forma de seta sobre un horizonte naranja y sigue con toreros entre explosiones, lava que entra en el mar, un avión en llamas y un monstruo enorme que asoma del agua escupiendo fuego en un paseo marítimo.
Aquí el fuego es catástrofe pura, de película. Y la exageración es a propósito. Cuando te llegan los golpes de uno en uno, cada uno parece el fin del mundo. Ponerlos todos juntos, con efectos de cine de sábado por la tarde, es una forma de quitarles poder. Si va a haber bombardeo, que por lo menos tenga monstruo.
El fuego del final
En «El impostor» el fuego llega al final y lo invade todo. Dos hombres de traje oscuro gritan delante de una pared de llamas. Una bola de fuego estalla entre ellos en una calle de noche. Una llamarada le tapa la cara a uno mientras la mano del otro se acerca. Y luego, de repente, los dos se ríen a carcajadas.
Esa risa después del fuego es una de las cosas más verdaderas que he puesto en un vídeo. Hay un punto, después de mucho arder, en que el dolor se vuelve absurdo y te da la risa. No porque ya no duela, sino porque has sobrevivido a algo que creías que te mataría. Y esa risa es el primer calor que no quema.
El humo
Casi todos estos fuegos llevan humo, y el humo merece su propio rato. En la fundición de «Al fuego» sube en nubes gordas, blancas y anaranjadas, que tapan los hornos y convierten a la mujer plateada en una aparición. En «Otro bombardeo» hay un humo naranja que se arrastra por la playa mientras la criatura de cabeza de reptil asoma del agua. En «Un invitado VIP cortando cebolla», el vapor rosa sube del pozo de fuego en el mar como si alguien hubiera puesto a hervir el océano.

El humo es lo que queda en el aire cuando algo ha ardido. No quema, pero no deja ver. Y eso también lo conozco. Después de lo peor hubo una temporada larga en la que ya no había llamas, pero todo estaba nublado: no distinguía bien a la gente, no sabía quién era de fiar, no veía el camino. Era un humo espeso que se me metía en la ropa y en el pelo.
Lo bueno del humo es que se va. Tarda, pero se va. Abres una ventana, sale un poco de viento, y un día te das cuenta de que vuelves a ver el fondo de la habitación. En la fundición del vídeo, cuando el humo se aparta, aparece siempre algo: una figura, un yunque, una luna. Nunca está vacío lo que había detrás.
Lo que no eché al fuego
La letra de «Al fuego» habla de tirarlo todo, y en su momento lo sentí así. Pero con el tiempo he descubierto que no todo se quema. Hay cosas que metí en el horno y salieron enteras. La costumbre de escribir cada noche. El cariño por los animales que duermen conmigo. Las ganas de reírme de mí mismo. La música, sobre todo.
Esas cosas eran de hierro, no de papel. Se calentaron, se pusieron al rojo, cambiaron un poco de forma, pero siguen aquí. Y ahora, cuando miro la fragua del videoclip, ya no pienso solo en lo que ardió. Pienso en lo que sobrevivió al horno y salió convertido en herramienta.
El fuego que quema y el que calienta
Si junto todos estos fuegos, veo dos familias. Una es el fuego que destruye: la guagua, el volcán, la seta, el pozo en el mar, la calle de llamaradas. Es el fuego de lo que me pasó, de lo que no elegí, de lo que vino de fuera.
La otra es el fuego que transforma: la fragua de «Al fuego», el fénix que vuela ardiendo, las antorchas que giran en el acantilado, la llama pequeña que acompaña al niño de la luna. Es el fuego que alguien cuida. El que se usa para algo.
Durante muchos años solo conocí el primero. Me quemaba y no sabía qué hacer con las cenizas. Las canciones fueron mi fragua. Cogí lo que dolía, lo metí al horno, lo golpeé verso a verso y salió otra cosa. No mejor ni peor. Distinta. Con una forma que podía enseñar a los demás.
Lo que ardió de verdad
Mis canciones salen de lo que he vivido, así que lo digo sin rodeos, con cuidado y sin dar ningún nombre. Durante veinte años estuve atado a dos parejas narcisistas, primero una y luego la otra. El día que se supo cómo eran, buena parte de mi entorno se puso de su parte y a mí me tocó quedarme solo en mitad del humo. Escribir fue la manera que encontré de dejar por escrito lo que había ocurrido.
Llegó un momento en que no veía cómo salir de aquel incendio. Puedo nombrarlo hoy porque estoy fuera, al otro lado de la calle de las llamaradas. Me acompañan un psiquiatra y un psicólogo, y sé ponerle nombre a lo que arrastro: ansiedad, fobia social, depresión mayor grave y estrés postraumático. Con su ayuda aprendo, día a día, a acercarme al fuego para entrar en calor y no para abrasarme.
Si ahora mismo algo te arde por dentro y no encuentras la puerta, no lo dejes para mañana. En España tienes el 024, la línea gratuita de atención a la conducta suicida, disponible las veinticuatro horas; sirve igual si la llamada es por un amigo o un familiar. Cuando el peligro es inmediato, llama al 112. También puedes marcar el 717 003 717 del Teléfono de la Esperanza, y los menores de edad pueden hablar con la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Fuera de España, la web findahelpline.com reúne los teléfonos de cada país.
Las chispas
Antes de la hoguera, una palabra para las chispas, que son el fuego más pequeño y el que más me gusta filmar. En «Manual de escape de un narci» hay un claro entre árboles con una luz blanca muy fuerte y chispas relucientes flotando alrededor de dos hombres que se empujan casi jugando; parecen nieve, o confeti. En «Un invitado VIP cortando cebolla», un hombre de perfil, convertido en silueta negra, se recorta contra unos fuegos artificiales rosas y blancos que estallan justo detrás de su cabeza, y él ni se gira. En la fragua de «Al fuego», al lado de la media luna, saltan chispas de un horno como si alguien estuviera afilando una espada fuera de plano.

La chispa es lo que se escapa del fuego grande. Un trocito que sale volando, brilla un segundo y se apaga sin hacer daño. Me recuerda a los días buenos que tuve en mitad de los peores años: una tarde de risa, una canción que salió entera, un mensaje cariñoso de alguien inesperado. No apagaban el incendio, pero salían de él, y eran luz. Si he llegado hasta aquí es, en parte, por haber ido juntando esas chispas.
La fogata de la explanada
Cierro los ojos y veo, en algún rincón de Planeta Gayfolk, una explanada de arena junto al mar con una fogata que nunca se apaga. Nadie salta por encima ni quema muñecos en ella. Está ahí para que la gente se siente alrededor con una manta. A un lado tiene la fundición de «Al fuego», con su yunque y su crío dormido; al otro, el acantilado de las antorchas. De vez en cuando la sobrevuela un fénix que no se consume.
El que llega tiritando se acerca. El que trae algo que quemar lo tira a las brasas y nadie le pide explicaciones. Cuando la llama baja, alguien empieza a contar una historia y otro se ríe, igual que los dos hombres de «El impostor» cuando el fuego ya ha pasado de largo.
Ya sé que suena a cuento. Pero cada vez que meto una llama en un videoclip siento que le estoy echando un tronco a esa fogata.
Para escucharlas con fuego
Para recorrer estos fuegos con los cascos puestos, mi orden sería este: primero «Otro bombardeo», que es el incendio de fuera; sigue con «Como a mi chihuahua» y «Un invitado VIP cortando cebolla», que son el fuego que no se apaga; pasa por «Manual de escape de un narci», que es atravesarlo; luego «El impostor», que es reírse cuando acaba, y «Tattoo de fénix», que es volar ardiendo. Deja «Al fuego» para el final, que es la fragua donde todo cambia de forma.
Puedes oírlas y bajártelas todas gratis, sin darte de alta ni pagar nada, desde la tienda del planeta. «Al fuego» está también en Spotify, y el vídeo de la fundición bajo la luna se ve entero en su ficha de vídeo. Las letras publicadas las tienes reunidas en letras.
Quién firma
Detrás de estas líneas está Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical de Madrid. Mías son las letras y la arquitectura de cada tema; la música y la interpretación vocal están hechas con IA. He escrito esto de madrugada con una vela encendida junto al teclado, el fuego más modesto de mi casa y, seguramente, el que mejor me sienta. Para artículos, entrevistas o imágenes, todo el material está en prensa.
Preguntas frecuentes
¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis aparece fuego?
En muchos. Entre ellos, «Al fuego», «Tattoo de fénix», «Un invitado VIP cortando cebolla», «Como a mi chihuahua», «Manual de escape de un narci», «Otro bombardeo» y «El impostor».
¿De qué trata «Al fuego»?
De darse cuenta tarde de que a alguien le importabas muy poco y de quemar lo que quedaba de esa historia. El estribillo termina tirándolo todo al fuego.
¿Dónde transcurre el videoclip de «Al fuego»?
En una fundición antigua con hornos encendidos y yunques, y en un desierto bajo la luna llena por el que cruza un jinete.
¿Por qué tanto fuego en sus vídeos?
Porque el fuego sirve para contar dos cosas a la vez: lo que destruye y lo que transforma. En Planeta Gayfolk casi nunca quema a quien lo atraviesa.
¿Se pueden descargar estas canciones?
Sí, todas se descargan gratis en la tienda de gayfolkplanet.com, sin registro.