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El Turco que jugaba al ajedrez: Kempelen, el pato de Vaucanson y el Ajedrecista de Torres Quevedo, leídos con «Hipnótico robótico»

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Fotograma del videoclip de «Hipnótico robótico»: un grupo de hombres trajeados en una sala de control circular llena de pantallas verdes

En la primavera de 1770, en un salón del palacio de Schönbrunn, en Viena, un funcionario de la corte abrió las puertas de un armario de madera delante de la emperatriz María Teresa. Dentro se veían ruedas, cilindros y engranajes. Encima del mueble, sentado ante un tablero, había un muñeco de tamaño humano vestido con túnica y turbante, con una pipa larga en la mano. El funcionario cerró las puertas, dio cuerda al mecanismo y anunció que la máquina estaba lista para enfrentarse a cualquiera. El muñeco movió el brazo, cogió una pieza y empezó a jugar al ajedrez. Y ganó.

Aquel muñeco se llamó el Turco, y durante más de ochenta años fue la máquina más famosa del mundo. También fue uno de los grandes engaños de la historia de la técnica. Esta entrada cuenta su historia y la de sus parientes: un pato que fingía hacer la digestión, un niño de madera que escribe con pluma, un reloj con un pastor que todavía se conserva en el Palacio Real de Madrid y, al final del camino, una máquina madrileña que ganaba al ajedrez sin nadie escondido dentro.

El punto de partida es «Hipnótico robótico», un single del tercer disco de la trilogía GAYFOLK. Su letra no está publicada todavía, así que no la vamos a citar ni a imaginar. Lo que sí tenemos es su título, que junta dos palabras que llevan siglos persiguiéndose, y un videoclip lleno de naves industriales, cuerpos que se mueven al unísono, una sala de control con pantallas verdes y un chico atado con cintas negras bajo la lluvia. Hipnosis y máquina. Fascinación y mecanismo. Es exactamente la mezcla que convirtió al Turco en una estrella.

Una apuesta en la corte

La historia empieza con una función de magia. En 1769, un ilusionista francés llamado François Pelletier actuó ante la emperatriz en Schönbrunn. Entre el público estaba Wolfgang von Kempelen, un funcionario nacido en Pressburgo, la actual Bratislava, que trabajaba para la administración de la corona húngara y tenía fama de ingenioso. El espectáculo no le impresionó demasiado, y se atrevió a decírselo a la emperatriz: él podía construir algo mucho más asombroso en menos de un año.

Cumplió. Unos seis meses después regresó al palacio con su invento. La puesta en escena estaba pensada al milímetro. Antes de cada partida, Kempelen abría una a una las puertas y los cajones del armario, y en ocasiones colocaba una vela detrás para que el público viera la luz atravesar el mecanismo. Luego levantaba la túnica del muñeco para mostrar más engranajes. Solo entonces invitaba a alguien a sentarse frente a él.

Lo que el público no sabía es que el armario estaba diseñado para engañar a la vista. Los engranajes ocupaban menos espacio del que parecía, y un asiento corredero permitía a un jugador de ajedrez desplazarse de un compartimento a otro mientras se abrían las puertas. Una vez cerrado todo, el jugador escondido seguía la partida gracias a unos imanes. Cada pieza del tablero superior tenía un imán, y bajo cada casilla colgaba una pequeña pieza metálica que se movía cuando alguien levantaba o dejaba una figura. Con una réplica del tablero sobre las rodillas y un mecanismo de palancas que guiaba el brazo del muñeco, el jugador oculto podía mover las piezas a la vista de todos. Una vela le daba luz dentro de aquel escondite estrecho.

Ochenta y cuatro años de gira

El Turco no se quedó en Viena. Kempelen lo llevó de gira por Europa durante la década de 1780 y lo presentó en París, en Londres y en varias ciudades alemanas. Allí se enfrentó, según las crónicas, a Benjamin Franklin, que entonces vivía en Francia como representante de los Estados Unidos. Kempelen, que tenía otros intereses, acabó cansándose de su criatura. Mientras el muñeco viajaba, él trabajaba en otra máquina que intentaba imitar el habla humana con fuelles y lengüetas, un proyecto científico serio que le llevó años.

Cuando Kempelen murió en 1804, su hijo vendió el Turco a Johann Nepomuk Mälzel, un mecánico y músico bávaro conocido por haber patentado un modelo de metrónomo. Mälzel entendió que el muñeco era sobre todo un espectáculo, y lo mejoró como tal. En 1809, durante la ocupación francesa de Viena, el Turco jugó en Schönbrunn contra Napoleón. Las versiones de la partida no coinciden, pero varias cuentan que el emperador intentó hacer movimientos ilegales y que el muñeco, cansado de que le hicieran trampas, barrió las piezas del tablero con el brazo.

En 1826 Mälzel llevó el Turco a Nueva York. Fue un acontecimiento. Los periódicos de medio país hablaron de él, y la gira recorrió Boston, Filadelfia, Baltimore y Richmond. En Baltimore, según contó la prensa local, dos muchachos aseguraron haber visto salir del mueble al jugador que lo manejaba en aquella época, un ajedrecista de origen alsaciano llamado William Schlumberger.

Poe saca la lupa

En abril de 1836, la revista Southern Literary Messenger, de Richmond, publicó un largo ensayo titulado «Maelzel's Chess-Player». Lo firmaba un escritor joven que todavía no era famoso: Edgar Allan Poe. Poe había visto el Turco y estaba convencido de que dentro había una persona. Su razonamiento era curioso. Una máquina de verdad, decía, jugaría siempre de forma perfecta, sin dudas ni errores. Como el Turco a veces perdía, tenía que haber alguien dentro.

Fotogramas del videoclip oficial de «Hipnótico robótico», de Mike Sain't Louis

Hoy sabemos que Poe acertó en la conclusión, pero muchas de sus explicaciones sobre el funcionamiento del mueble eran incorrectas, y buena parte de sus datos los había tomado de un libro anterior de David Brewster sobre la magia natural. Aun así, el ensayo es fascinante. En él asoma ya el Poe de los relatos de detectives, que unos años más tarde inventaría a Auguste Dupin: alguien que observa los detalles, desconfía de las apariencias y deduce la verdad que se esconde detrás de un truco.

Mälzel murió en 1838 en alta mar, cuando volvía de una gira por Cuba. El Turco se subastó en Filadelfia y lo compró un médico, John Kearsley Mitchell, que lo restauró y lo mostró en reuniones privadas antes de depositarlo en un museo de la ciudad conocido como Museo Chino. Allí acumuló polvo durante años. La noche del 5 de julio de 1854, un incendio que empezó en un teatro cercano saltó al edificio y lo destruyó. El hijo del médico, Silas Weir Mitchell, que con el tiempo sería un neurólogo célebre, intentó entrar a salvarlo. Llegó tarde. Años después escribió que, entre el crujido de la madera, le pareció oír al muñeco repetir por última vez su palabra favorita: «¡Échec!», jaque.

El secreto completo se publicó en 1857, cuando el muñeco ya era ceniza. Durante ochenta y cuatro años, el truco funcionó.

Por qué nos dejamos hipnotizar

Lo interesante del Turco no es tanto el engaño como las ganas de creérselo. El público de Kempelen no era ingenuo. Eran nobles, científicos, militares y diplomáticos que conocían los relojes y los mecanismos de su época. Muchos sospechaban que había truco. Pero la puesta en escena era tan buena, el muñeco tan elegante y la idea tan seductora que preferían quedarse con la duda. Querían que fuera verdad.

Ese es el punto donde el título de «Hipnótico robótico» da en el clavo. La fascinación por las máquinas que parecen vivas tiene algo de hipnosis colectiva. Uno mira el mecanismo, se deja llevar por el ritmo y deja de preguntar quién mueve los hilos. El diario ya exploró en lo que «Hipnótico robótico» no dice cómo una canción puede funcionar sin enseñar todas sus cartas. Esta entrada se queda con otra pregunta: qué hay detrás de las máquinas que nos encantan.

El pato que no digería

Antes del Turco hubo un pato. A finales de la década de 1730, un joven mecánico de Grenoble llamado Jacques de Vaucanson se convirtió en la sensación de París con tres figuras. La primera era un flautista de tamaño humano que tocaba de verdad la flauta travesera: soplaba aire a través del instrumento y tapaba los agujeros con unos dedos articulados, y era capaz de interpretar doce melodías. Vaucanson presentó una memoria sobre su funcionamiento a la Academia de Ciencias en 1738. La segunda figura tocaba a la vez un tamboril y un pequeño flautín. Y la tercera, la más famosa, era un pato.

Collage con un detalle de la carátula de «Hipnótico robótico» y las carátulas de «Stars cibernéticas», «Madrid», «Madrid to Benidorm»

El pato de Vaucanson estiraba el cuello para coger grano de la mano de quien se lo ofrecía, se lo tragaba, bebía agua, chapoteaba con el pico, movía las alas, que según su autor tenían todos los huesos de un ala real, y al cabo de un rato expulsaba por detrás algo que parecía grano digerido. Vaucanson aseguraba que dentro había un pequeño laboratorio que disolvía el alimento. El público hacía cola para verlo, y el pato se convirtió en la estrella de las tres figuras.

La digestión, sin embargo, era un truco. En 1844 el ilusionista francés Jean-Eugène Robert-Houdin, que examinó el pato para repararlo, contó que no había ningún laboratorio. El grano se quedaba en un depósito y los excrementos eran migas de pan teñidas de verde, cargadas de antemano en otro compartimento. Robert-Houdin, que era un experto en engaños, lo admiró como lo que era: un truco digno de un buen espectáculo de magia. Ninguno de los tres autómatas de Vaucanson se conserva. Tras muchos cambios de dueño, desaparecieron.

Lo curioso es que Vaucanson no fue un simple charlatán. Era un mecánico de enorme talento, y en 1741 lo nombraron inspector de las manufacturas de seda de Francia, donde diseñó un telar automático que anticipaba ideas que después perfeccionaría Joseph-Marie Jacquard con sus tarjetas perforadas. El mismo hombre que fingió la digestión de un pato puso una piedra en el camino que llevaría a la informática.

Un niño que escribe en Neuchâtel

Si el pato era un truco, los autómatas de la familia Jaquet-Droz eran otra cosa. Pierre Jaquet-Droz, relojero de La Chaux-de-Fonds, en las montañas suizas del Jura, trabajó con su hijo Henri-Louis y con su colaborador Jean-Frédéric Leschot en tres figuras que se presentaron en 1774 y que hoy siguen funcionando. Se llaman el Escritor, el Dibujante y la Música.

El Escritor es un niño sentado ante un pequeño escritorio. Moja la pluma en el tintero, la sacude para que no gotee y escribe en una hoja, siguiendo la línea con los ojos. Dentro de su cuerpo hay una pila de levas y un disco que se puede programar letra a letra, de modo que es capaz de escribir cualquier texto de hasta cuarenta signos repartidos en cuatro líneas. Es, en cierto modo, una máquina programable más de siglo y medio antes de los primeros ordenadores.

El Dibujante, otro niño, traza retratos y pequeñas escenas, y de vez en cuando sopla sobre el papel para limpiar el polvo del lápiz. La Música es una joven que toca un pequeño órgano apretando las teclas con los dedos. Mientras toca, su pecho sube y baja como si respirara, mueve la cabeza, sigue las manos con la mirada y, al terminar cada pieza, hace una reverencia. Las tres figuras se conservan en el Museo de Arte e Historia de Neuchâtel, que las pone en marcha ante el público una vez al mes.

Aquí no había nadie escondido. Todo el movimiento salía de muelles, levas y ruedas dentadas fabricados con la paciencia de un relojero. Pero el efecto en el público era parecido al del Turco: la sensación de estar mirando a alguien que no es del todo nadie. Una niña que respira sin pulmones. Un niño que escribe sin saber leer.

Un pastor en el Palacio Real

Los Jaquet-Droz tienen además una historia madrileña. En la primavera de 1758, por consejo del gobernador del principado de Neuchâtel, Pierre Jaquet-Droz salió de La Chaux-de-Fonds con su suegro, Abram-Louis Sandoz, y un joven ayudante, Jacques Gevril, rumbo a la corte de Fernando VI, un rey muy aficionado a los relojes. Llevaban seis piezas cuidadosamente embaladas en un carro preparado para el viaje. Sandoz, que fue anotando todo en un diario, cuenta que tardaron cuarenta y nueve días en llegar.

En Madrid les esperaba una larga espera. La reina, Bárbara de Braganza, estaba enferma, y murió el 27 de agosto de aquel año. El rey, hundido por la pérdida, se retiró al castillo de Villaviciosa de Odón. Fue allí donde, el 4 de septiembre de 1758, recibió por fin a los relojeros suizos. Le gustaron tanto sus piezas que se quedó con cinco por un precio de dos mil pistolas.

La más espectacular de todas sigue en el Palacio Real y forma parte de las colecciones de Patrimonio Nacional. Se conoce como el reloj del Pastor. Sobre una caja de marquetería dorada con incrustaciones de concha y nácar hay un pastor que toca un caramillo moviendo los dedos, un perro que ladra y mueve la cabeza y la cola, y una oveja que abre y cierra la boca como si balara. Debajo se columpian dos amorcillos, y la esfera muestra, entre otras cosas, las fases de la luna, la salida y la puesta del sol y los signos del zodiaco. Pocos edificios de Madrid guardan una máquina tan juguetona.

Muñecas que enamoran

En el siglo XIX los autómatas salieron de los salones y entraron en la literatura. En 1816 el escritor alemán E. T. A. Hoffmann publicó «El hombre de arena», un relato inquietante en el que un estudiante, Nathanael, se enamora perdidamente de Olimpia, la hija de un profesor. Olimpia es bellísima, baila con un ritmo perfecto y escucha sin interrumpir. Solo dice «¡Ah, ah!». Nathanael cree haber encontrado a su alma gemela. Cuando por fin entiende que es una muñeca mecánica, enloquece.

Collage con un detalle de la carátula de «Hipnótico robótico» y las carátulas de «Los Javis», «A Cuchillo», «El calcetín»

El relato es una pequeña obra maestra del miedo y del deseo, y desde 1919, cuando Sigmund Freud lo analizó en su ensayo sobre lo siniestro, se ha leído como un estudio de lo que pasa cuando proyectamos en alguien todo lo que queremos ver. En 1870 la historia se suavizó en un ballet, «Coppélia», con música de Léo Delibes, en el que la muñeca ya no da miedo y todo acaba en boda.

Olimpia es la versión romántica del Turco. Ya no hay un ajedrecista escondido dentro, sino un enamorado que pone dentro de la muñeca lo que necesita encontrar. La hipnosis no la produce la máquina. La produce el que mira.

En el planeta GAYFOLK esta idea tiene mucho recorrido. La trilogía está llena de cuerpos que brillan, trajes con luces y personajes que parecen salidos de una película de ciencia ficción. El diario lo ha estudiado en su repaso a la estética retrofuturista del proyecto y en la órbita de «Stars cibernéticas», otra canción en la que el espacio y la tecnología sirven para hablar de deseo. Y hay un aviso que las historias de autómatas repiten una y otra vez: cuando alguien parece demasiado perfecto, demasiado atento y demasiado sincronizado con lo que deseamos, conviene preguntarse quién mueve los hilos.

La máquina que pensaba de verdad

Volvamos al ajedrez, porque la historia tiene un final feliz y madrileño. Leonardo Torres Quevedo nació en 1852 en Santa Cruz de Iguña, un pueblo del valle cántabro de Iguña, y fue uno de los ingenieros más imaginativos de su tiempo. Diseñó máquinas de calcular, un sistema para controlar aparatos a distancia por ondas de radio al que llamó Telekino y un transbordador aéreo que todavía hoy cruza sobre el remolino del río Niágara, en el lado canadiense.

Hacia 1912 construyó en Madrid una máquina que jugaba al ajedrez. No una partida entera: solo un final concreto, el de rey y torre contra rey. La máquina llevaba las blancas. La persona movía el rey negro como quisiera, y el aparato, mediante contactos eléctricos y un complejo sistema de ejes y tambores, calculaba su respuesta y movía sus piezas. Hiciera lo que hiciera el rival, siempre ganaba. Si la persona hacía una jugada ilegal, una luz se lo advertía, y a la tercera la máquina dejaba de jugar. Torres Quevedo lo presentó en París en 1914.

En 1920 construyó un segundo modelo, más elegante, en el que unos electroimanes situados bajo el tablero arrastraban las piezas, de modo que parecían moverse solas. Según cuenta la reconstrucción que publicó El País en 2019, al dar mate un gramófono anunciaba el final de la partida.

Torres Quevedo sabía perfectamente con quién lo iban a comparar. Por eso, en sus escritos, insistió en que su Ajedrecista no tenía nada que ver con los muñecos de feria que habían fingido jugar en épocas anteriores, como el Turco, a los que consideraba un fraude. Él quería una máquina que observara las jugadas de un contrincante libre y respondiera de manera adecuada. En 1914 publicó un ensayo, «Ensayos sobre automática», en el que proponía una nueva ciencia, la automática, y defendía que los autómatas debían tener discernimiento, es decir, adaptar su conducta a lo que pasaba a su alrededor.

Ese mismo año de 1912 en el que construyó su primer Ajedrecista había nacido en Londres Alan Turing. Mientras Turing aprendía a hablar, en un laboratorio de Madrid una máquina daba jaque mate sin que nadie la ayudara.

Un museo casi secreto

Los dos prototipos del Ajedrecista se conservan en el Museo Torres Quevedo, en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid, en la Ciudad Universitaria. Es un museo pequeño, poco conocido, que se visita con cita previa. En 2019 se abrió al mundo gracias a una exposición virtual de Google Arts & Culture que permite ver las máquinas desde casa. Para quien vive en Madrid o la visita, es una de esas joyas escondidas que merecen una mañana: a unos pasos del metro de Ciudad Universitaria hay un aparato de hace más de un siglo que ya hacía lo que el Turco solo fingía.

Ficha de la canción «Hipnótico robótico» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

El diario ha recorrido la ciudad muchas veces, por ejemplo en el planeta según Madrid. Este museo merece un sitio en ese mapa.

Del Turco al Turco

La historia del Turco tiene un epílogo con ironía. En mayo de 1997, en Nueva York, el ordenador Deep Blue, de IBM, ganó por primera vez un encuentro a seis partidas al campeón del mundo, Garri Kaspárov. Habían pasado ciento setenta y un años desde que el muñeco de Mälzel desembarcó en esa misma ciudad. Esta vez no había nadie dentro.

Pocos años después, en 2005, Amazon lanzó un servicio de microtareas en internet al que llamó Mechanical Turk. La idea era repartir entre miles de personas trabajos pequeños que los ordenadores todavía no sabían hacer bien, como clasificar fotos o transcribir textos. El nombre no era casual. Igual que en el Turco de Kempelen, detrás de una apariencia automática había personas trabajando, invisibles para quien recibe el resultado.

Dos siglos y medio después de aquella tarde en Schönbrunn, la pregunta sigue siendo la misma. Cuando una máquina nos deslumbra, ¿qué parte es mecanismo y qué parte es alguien escondido? ¿Quién hace el trabajo y quién se lleva el aplauso?

Bailar como una máquina

El videoclip de «Hipnótico robótico» juega con estas imágenes sin explicarlas. Hay grupos de bailarines que se mueven a la vez en una nave industrial, como piezas de un mismo engranaje. Hay un hombre dentro de una caja de cristal sobre un mar de luz, que recuerda un poco a esas vitrinas en las que acabaron los autómatas de museo. Hay una sala de control circular con hombres trajeados ante pantallas verdes, que podría ser el interior del armario del Turco si el Turco hubiera nacido en una película de ciencia ficción. Hay llamaradas detrás de quienes bailan, un pasillo de jaulas y un chico de pie sobre un pedestal rodeado de cables de neón rosa.

Lo que el clip enseña, sobre todo, es un cuerpo que se deja llevar por el ritmo. Y ahí aparece la diferencia más bonita entre una máquina y una persona. El Escritor de Jaquet-Droz siempre escribe lo mismo hasta que alguien le cambia el disco. El Ajedrecista de Torres Quevedo siempre gana. El cuerpo que baila puede equivocarse, cambiar de idea, salirse del paso, reírse de sí mismo. La música electrónica lleva décadas jugando con esa frontera, con ritmos de máquina para cuerpos que no lo son. En la pista, sentirse un poco robot es una forma de libertad, siempre que sea uno quien elige cuándo parar.

Notas para escucharla

«Hipnótico robótico» forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK, que el diario repasa en su guía del álbum de la liberación. Comparte constelación con «Stars cibernéticas», y se puede escuchar en Spotify. La información sobre su autor, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, está en la página de prensa.

Una propuesta para escucharla: busca en internet un vídeo del Escritor de Jaquet-Droz mojando la pluma en el tintero, o la visita virtual al Museo Torres Quevedo. Míralos un par de minutos en silencio. Luego pon la canción, sube el volumen y muévete como quieras, a destiempo si hace falta. Ninguna máquina, ni la más lista, sabe hacer eso.

Preguntas frecuentes

¿Qué era el Turco ajedrecista?

Era una figura vestida con turbante y túnica sentada sobre un armario de madera, presentada por Wolfgang von Kempelen en el palacio de Schönbrunn en 1770. Parecía jugar al ajedrez por sí sola y ganó la mayoría de sus partidas durante 84 años de exhibiciones, pero dentro del mueble se escondía un jugador humano que movía las piezas con un sistema de palancas e imanes.

¿Qué pasó con el Turco?

Tras la muerte de Kempelen en 1804 lo compró Johann Nepomuk Mälzel, que lo llevó por Europa y Estados Unidos. Después de la muerte de Mälzel en 1838 pasó a manos del médico John Kearsley Mitchell, que lo depositó en el Museo Chino de Filadelfia. Allí ardió en el incendio del 5 de julio de 1854.

¿Qué hacía el pato de Vaucanson?

Era un pato mecánico de tamaño natural presentado por Jacques de Vaucanson a finales de la década de 1730. Movía el cuello, bebía, picoteaba grano y parecía expulsarlo digerido. En 1844 el ilusionista Jean-Eugène Robert-Houdin sostuvo que la digestión era un truco y que los excrementos estaban preparados de antemano.

¿Qué es El Ajedrecista de Torres Quevedo?

Es una máquina electromecánica construida por el ingeniero Leonardo Torres Quevedo hacia 1912 y presentada en París en 1914. Juega el final de rey y torre contra rey: la máquina lleva las blancas, la persona mueve el rey negro y el aparato siempre acaba dando mate. Un segundo modelo, de 1920, movía las piezas con electroimanes. Ambos prototipos se conservan en el Museo Torres Quevedo de la Escuela de Ingenieros de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid.

¿De qué trata «Hipnótico robótico»?

Es un single de Mike Sain't Louis incluido en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. Su letra todavía no está publicada, así que este post no cita versos. Su videoclip, con bailarines en naves industriales, una sala de control con pantallas verdes y cables de neón rosa, sirve aquí como punto de partida para hablar de máquinas que fascinan.

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