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«ESE CHULITO»: mariposas, autoescuela y un control en la carretera

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Portada de «ESE CHULITO», de Mike Sain't Louis

Las mariposas en el estómago tienen muy buena prensa. Las pintan en las tazas, las bordan en las camisetas y aparecen en cualquier canción de amor como si fueran un síntoma elegante. En «ESE CHULITO» quise ponerlas en su sitio, que no siempre es tan romántico. Porque esa sensación de tripa revuelta, de no dormir, de estar mareado por una sonrisa, se parece muchísimo a otras que no tienen nada de bonito.

Nervios de examen práctico

La letra compara el enamoramiento con dos momentos muy poco poéticos. El primero, examinarse del carnet de conducir. Cualquiera que haya pasado por eso sabe de qué hablo: las manos sudando sobre el volante, el examinador callado en el asiento de al lado, la sensación de que un despiste en una rotonda puede arruinarte la semana. Si eso no son mariposas, que venga alguien y me lo explique.

El segundo es todavía mejor. Vas en el coche con la radio puesta, música de la que suena en todas las gasolineras, y tu amiga del asiento de al lado, con una calma que da miedo, te avisa de que hay un control de la Guardia Civil más adelante. Y además ella lleva algo escondido donde buenamente puede. El verso que lo remata es de los que más me gusta cantar: «Qué putada». Dos palabras que resumen ese instante en el que el estómago se te sube a la garganta.

Me hace gracia que el amor se mida así, con la vara de los sustos cotidianos. No es el primer beso ni una puesta de sol. Es el último sobresalto parecido que recuerdas, y resulta que fue con un guardia civil haciendo señas con la linterna. Creo que es una forma bastante honesta de contarlo. Cuando alguien te gusta de verdad, el cuerpo no distingue entre deseo y pánico. Reacciona igual.

El chulito como personaje

Luego está él. El chulito no tiene nombre, no tiene biografía, no sabemos ni a qué se dedica. Es un arquetipo que todos conocemos: el que sonríe de lado, el que sabe que te gusta y no lo pone fácil, el que te hace mirar el móvil más veces de las razonables. La canción lo llama también bebecito, con esa mezcla de ternura y burla que tienen los apodos cuando estás colado y te da un poco de vergüenza estarlo.

No es una canción que juzgue al chulito ni que se juzgue a sí misma por caer. Al contrario. El narrador lo dice sin rodeos: se ha enamorado, lo desea, y en el puente anuncia que empieza el perreo y que piensa llevárselo a casa. Hay algo liberador en un enamoramiento que no se esconde detrás de la poesía y que admite que también tiene ganas.

En el pop español siempre ha habido sitio para este tipo de canción descarada, de verbena y de pista de baile, y me gustaba la idea de llevarla a un terreno abiertamente gay sin cambiarle el tono. El mismo desparpajo, la misma alegría un poco chabacana, pero con un chico mirando a otro chico.

Repetir hasta que suene a himno

La estructura es casi obsesiva. El recuerdo del examen, el coche y el control vuelve una y otra vez, y al final la frase del control se repite como un mantra hasta que deja de ser una anécdota y se convierte en coro. Me gustan las canciones que se agarran a una idea absurda y no la sueltan. Al principio te ríes, a la tercera vez la cantas, a la quinta ya forma parte de ti.

El estiramiento de las vocales en el estribillo, con el chulito cantado sílaba a sílaba, también tiene su intención. Es la manera de cantar de quien está borracho de alguien. No articula, arrastra. Y la música, que construí con herramientas de IA a partir de esa idea de fiesta de pueblo con bajo de discoteca, sigue el mismo juego entre lo cutre y lo irresistible.

En el fondo, «ESE CHULITO» es una canción sobre el ridículo que hacemos cuando nos gusta alguien, y sobre lo poco que importa. Mariposas, nervios, sustos de carretera. Todo vale si al final hay baile.

Si quieres reírte con la letra de «ESE CHULITO» o contar cuántas veces aparece la Guardia Civil, la tienes completa. Y si te apetece llevártela para el coche, está para descargar gratis en la sección de descargas.

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