Camp español
«¡Eso Es Lefa!»: un entierro camp contra el miedo a ser olvidado
Por Mike Sain't Louis ·

Nadie hablará de mí cuando haya muerto. Así arranca la canción, y así sigue durante un buen rato, sin metáforas que la disimulen. Es una frase que casi todo el mundo ha pensado alguna vez a las tantas, mirando al techo. La diferencia es que normalmente se queda ahí, en el techo. Yo la convertí en estribillo.
El censo honesto del entierro
Lo que viene después es una cuenta. Dos amigos contados, la familia de sangre, la madre, el padre, el buenazo de la última pareja, algún vecino cotilla. No es una lista trágica, es casi un recuento de mesa electoral. Me interesa ese tono porque desactiva el melodrama. Cuando uno se pone a hacer números de verdad, el miedo a desaparecer se vuelve muy concreto y, curiosamente, un poco menos aterrador.
Mucha gente LGTBI ha crecido con la sensación de vivir en los márgenes de las historias de los demás. En las bodas, en las comidas familiares, en las fotos de grupo. Esa sensación de ser un personaje secundario se arrastra y a veces aparece en forma de pregunta: ¿quién se va a acordar de mí? La canción no la contesta con un discurso de autoestima. La contesta con una carcajada.
Del réquiem al disparate
Porque a mitad de camino la letra se va al otro extremo. Aparece un personaje que, en lugar de preparar el discurso para el funeral, anda de cruising entre los matorrales, y lo que debería ser una lágrima se convierte en otra cosa. No voy a describirlo con más detalle, porque la letra ya lo hace con todo el descaro necesario. Basta con decir que la escena acaba con una vecina gritando delante del féretro la frase que da título a la canción.
Ese grito es puro camp español. Tiene algo de sainete, de patio de vecinos que lo comenta todo, de comedia de enredo en un tanatorio. Es el tipo de humor que convierte lo sagrado en ridículo sin pedir permiso. Y lo ridículo, aquí, cumple una función. Si el miedo a ser olvidado es solemne, la manera de desarmarlo es meterle en medio la cosa menos solemne que se te ocurra.
También hay una pulla escondida. El personaje de los matorrales es el de los ojos falsos, el que finge pena. La canción sugiere que, de los pocos que vayan al entierro, alguno irá más por cumplir que por cariño. Y en vez de indignarse, se ríe. Es una manera muy nuestra de enfrentarse a la hipocresía: retratarla en su momento más bajo y dejar que el público decida si llorar o partirse.
Repetir hasta que deje de doler
La estructura es casi obsesiva. El grito se repite tantas veces que pierde su sentido literal y se convierte en sonido, en cántico de grada, en algo que se puede corear en una pista de baile. Y entre medias vuelve la frase del principio, cada vez más rodeada de jaleo.
Esa alternancia es, para mí, el centro de la canción. Por un lado la angustia, por otro la burla. La angustia no desaparece, pero ya no está sola. La música, hecha con herramientas de IA como todo lo que publico en Gayfolk, deja que las dos cosas se peleen sin que ninguna gane del todo.
Habrá quien lea el título y no pase de ahí. Lo entiendo. Es una canción explícita y provocadora, y lo es a propósito. Pero quien la escucha entera descubre que debajo de la provocación hay una pregunta muy seria sobre la memoria, el afecto y la soledad. El escándalo es el envoltorio. Dentro hay un miedo antiguo que no se arregla en una tarde.
Una lápida con purpurina
No sabría decir qué quiero que ponga en mi epitafio. Pero sí sé qué tipo de despedida me parecería más honesta: una en la que alguien se ría a destiempo, en la que pase algo absurdo y en la que, al menos durante un minuto, nadie mire el reloj. Esta canción imagina algo así, llevado al extremo.
Y quizá esa sea la respuesta a la frase del principio. Puede que nadie hable de nosotros cuando hayamos muerto. Pero si dejamos una historia lo bastante disparatada, alguien la contará en una sobremesa.
La letra de «¡Eso Es Lefa!» está ahí para quien quiera comprobar que no exagero. Y la canción se descarga gratis en la sección de descargas, sin censura y sin velatorio.