Lo que este proyecto le debe a la generación queer que vino antes
Cantar hoy como marica en español, en primera persona, sin metáforas obligatorias, sin miedo a que retiren la canción de la radio, es una posibilidad relativamente reciente. No siempre fue así. Y no fue así, precisamente, porque otras personas pagaron el precio antes.
Nombrar a esas personas por nombre y apellido no es un ejercicio de homenaje. Es un deber elemental de continuidad. La memoria queer se pierde fácilmente porque no siempre encuentra hijos biológicos que la transmitan. Le corresponde a cada generación reactivar la anterior.
Están, entre otros, Nacho Vegas cantando desde los márgenes desde hace décadas. La Bien Querida escribiendo románticas ambiguas que ampliaron el vocabulario. Rodrigo Cuevas sacando la copla del armario en el escenario. Christina Rosenvinge abriendo caminos que hoy parecen naturales y en su momento eran valientes. Miguel Bosé en su primera época, mucho antes de que otras cosas complicaran su figura pública.
Detrás de todos, más lejos en el tiempo, están Vainica Doble, Cecilia, Aute, Nacha Guevara, Chavela Vargas cantando en Madrid como cantaba, Miguel Poveda ampliando el flamenco. Y detrás, todavía, la lista larga de tonadilleras que sostuvieron un imaginario queer en clave durante décadas de dictadura.
Este proyecto llegó a un lugar donde ya no se apedrea por firmar como firma. Ese lugar no lo construyó una sola persona: se lo dejaron hecho, ladrillo a ladrillo, quienes vinieron antes. Lo mínimo es reconocerlo cuando toca.
Reconocerlo, además, es una forma de responsabilidad hacia quienes vengan detrás. Si este planeta consigue existir un poco más de tiempo, otros proyectos podrán empezar desde un lugar todavía más ancho. La deuda no se paga hacia atrás: se paga hacia adelante.