Letras
Humo de colores en una avenida vacía, un canguro con la cola pintada y un aspersor en el césped: los arcoíris de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Nadie ha tocado nunca un arcoíris. No se puede. Si caminas hacia él, se aleja; si te paras, se queda quieto; si te mueves a la izquierda, se mueve contigo. No está en ningún sitio concreto del cielo, sino en el ángulo exacto entre el sol que tienes a la espalda, las gotas de agua que flotan delante y tus propios ojos. Dos personas que miran el mismo arcoíris desde dos puntos distintos de la calle, en realidad, están viendo dos arcoíris diferentes, cada uno hecho con sus propias gotas. Es la imagen más compartida del mundo y, al mismo tiempo, la más personal.
En los vídeos de este planeta hay muchos arcoíris, y casi ninguno sale por casualidad. Mike Sain't Louis es «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En sus vídeos, los colores del arco aparecen al fondo de una avenida con semáforos, en la estela de un canguro que salta, en el chorro de un aspersor que riega un jardín en verano. Aquí los repaso de uno en uno, arrancando por el tema donde el arco tiene más que decir: «Tan cateto».
Una pareja que pasea
«Tan cateto» cuenta una escena muy sencilla, de las que pasan todos los días en cualquier ciudad. Dos chicos van por la calle cogidos de la mano. No hacen nada más. No gritan, no montan un espectáculo, no buscan llamar la atención. Caminan juntos, como camina cualquier pareja un domingo por la tarde. Y alrededor hay alguien a quien eso le parece insoportable.

La letra se dirige a esa persona en segunda persona, con una calma que tiene algo de cansancio antiguo. Empieza enumerando lo que le molesta. Le molesta «que vayamos de la mano». Le molesta que el novio del narrador sea africano. Le molesta que unos niños vean un beso. Le molesta, al final, su propia cara, la del que habla, hasta el punto de querer verle «preso». Cada verso suma un motivo más absurdo que el anterior, y el efecto es casi cómico: la lista de agravios crece y crece, pero los agravios no son nada. Son dos manos juntas, una piel de otro color, un beso.
Frente a esa lista, la canción levanta un muro muy corto y muy firme: «No voy a aceptar consejos de ningún espectador». Me gusta mucho esa palabra, espectador. Coloca al que juzga en su sitio exacto. No es parte de la historia. No es el protagonista ni el guionista. Está sentado en la grada, mirando una vida que no es la suya, y opinando sobre ella como si hubiera pagado entrada.
La avenida del humo
El vídeo traduce esa escena a un paisaje urbano muy reconocible. Hay avenidas anchas con edificios de piedra, balcones de hierro, cúpulas en las esquinas, farolas negras y semáforos colgados sobre el asfalto. Podría ser cualquier gran ciudad del sur de Europa a primera hora, cuando todavía no hay tráfico. Lo que la convierte en Planeta Gayfolk es lo que ocurre al fondo.

Allí donde las dos aceras parecen juntarse, en el punto de fuga de la calle, brota una nube espesa de humo de colores. Rosa, naranja, verde, azul, amarillo, todo mezclado, rodando a ras de suelo como si alguien hubiera abierto cien botes de bengalas a la vez. En algunos planos el humo cubre la calzada entera y se refleja en el asfalto mojado, de modo que las líneas blancas de la carretera parecen hundirse en un charco de pintura. En otros, sube por las fachadas hasta los primeros pisos y deja los balcones flotando sobre una niebla de feria.
Y encima, cruzando el cielo de una acera a otra, aparece el arco. A veces nítido, con sus bandas bien separadas; a veces borroso, casi deshecho entre las nubes. Pero siempre ahí, encima de la avenida, sobre los tejados, como una pancarta que nadie ha colgado y que nadie puede descolgar.
Lo que no se puede bajar del cielo
Ahí está, creo, la idea más bonita del vídeo. A la persona que protesta por dos manos juntas se le pueden quitar muchas cosas: la razón, el micrófono, la paciencia de quien le escucha. Pero el arcoíris no se le puede quitar a nadie, porque no pertenece a nadie. No se puede arrancar como una bandera de un balcón. No se puede tapar con una sábana. No se puede prohibir por ordenanza municipal. Aparece cuando coinciden la luz y el agua, y se va cuando quiere.
En «Tan cateto», el arco sobre la avenida funciona exactamente así. Los que miran mal pueden cruzarse de brazos, fruncir el ceño, señalar con el dedo. El cielo, en cambio, ya ha tomado partido, y lo ha hecho con todos sus colores. Es una forma muy delicada de decir que la diversidad no es una moda ni una provocación, sino algo que forma parte del paisaje, tan natural como una tormenta de primavera.
El dedo del juez
Uno de los versos más duros de la canción habla de ese gesto que todo el mundo conoce: el de señalar. El narrador se siente apuntado «con el dedo de juez acusador». No hace falta decir más. Cualquiera que haya caminado por la calle siendo diferente sabe lo que es notar una mirada fija, un codazo entre dos personas, un comentario dicho lo bastante alto para que se oiga. No llega a ser una agresión, pero tampoco es inocente. Es un tribunal improvisado en mitad de la acera.

El estribillo responde a ese tribunal con una pregunta que casi no espera respuesta: «Pero ¿cómo puede ser usted tan cateto?». El tratamiento de usted es un detalle precioso. No hay insulto a gritos ni rabia desatada. Hay una distancia educada, irónica, la de alguien que se ha cansado de discutir y prefiere mirar al otro con cierta lástima. Y enseguida remata: «No le voy a dar más explicaciones». Se acabó. No habrá más defensas, más argumentos, más pruebas de que uno tiene derecho a existir.
Esa negativa a explicarse es, para mí, el centro emocional de la canción. Durante mucho tiempo, a la gente LGTBI se le ha exigido que justifique cada cosa: por qué es así, desde cuándo, si está segura, si no será una fase. «Tan cateto» corta esa conversación de raíz. Hay cosas que no necesitan explicación. Se viven y punto.
Tapar los ojos
Hay un verso que pinta con muy poco una imagen tremenda. Al espectador le molesta que sus hijos vean un beso, y entonces «les tapas los ojos como un buen dictador». La comparación es exagerada a propósito, y funciona por eso. Taparle los ojos a alguien es decidir por él qué puede ver y qué no. Es una forma pequeña, doméstica, de censura.
Lo curioso es que el arcoíris del vídeo es imposible de tapar. Puedes cubrir los ojos de alguien en la acera, pero el arco sigue sobre los tejados, y en cuanto aparta la mano lo ve. Los colores ya estaban ahí antes del gesto y seguirán ahí cuando acabe. La canción parece decir que la censura, por mucho empeño que ponga, siempre llega tarde: el cielo ya se ha pintado.
Seis franjas en un balcón
En varios planos de «Tan cateto» se ven también banderas de colores colgadas de las fachadas o sostenidas en alto. Son el arcoíris convertido en tela, en algo que sí se puede llevar en la mano. La bandera de seis franjas nació a finales de los años setenta en San Francisco y, desde entonces, ha viajado por todo el planeta hasta convertirse en el símbolo más reconocible del orgullo LGTBI.
Lo interesante es la conversación que el vídeo plantea entre las dos versiones: el arco de luz que nadie puede tocar y la bandera de tela que alguien decide colgar. La primera es naturaleza; la segunda, decisión. Una aparece sola; la otra hay que sacarla al balcón, sabiendo que habrá vecinos que la miren mal. En «Tan cateto» conviven las dos, y juntas cuentan algo importante: lo que somos es tan natural como un arcoíris, pero decirlo en público sigue siendo un acto de valentía.
Un canguro con la cola pintada
El segundo arcoíris de esta nota salta. Literalmente. En el videoclip de «Canguros», estrenado en marzo de 2025, hay un canguro que cruza la pantalla dejando detrás una estela de pintura de muchos colores: magenta, turquesa, violeta, azul eléctrico. Es como si el animal llevara la cola mojada en una paleta y fuera dibujando el aire a cada brinco. El fondo es claro, de papel crudo, y la estela destaca sobre él como un trazo de acuarela recién hecho.
La canción, que también está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», habla de rumores. Todo empieza por «Dicen que...»: que hay un límite en el mundo, que hay un faro en la bahía, que existen sirenas y sirenos. Y en el estribillo llega la imagen más absurda y más tierna: «Y dicen que en la luna hay canguros / Saltando entre galaxias». Es un cuento para mayores, una canción sobre una despedida que no se quiere hacer, envuelta en leyendas de marineros.
El canguro de colores encaja con esa lógica de lo imposible. Nadie ha visto un canguro en la Luna, igual que nadie ha tocado un arcoíris. Pero el vídeo los junta, y la mezcla tiene sentido: los dos son cosas que solo existen mientras alguien las mira con ganas de creer.
Siluetas sobre el atardecer
Más adelante, en el mismo vídeo de «Canguros», el animal se convierte en una silueta negra que atraviesa franjas horizontales de color. Primero sobre una superficie que parece un cielo de atardecer extendido en el suelo, con bandas de naranja, rosa, amarillo y azul. Después contra un fondo de nebulosa, entre estrellas y nubes de gas rosado, saltando por el espacio como si las galaxias fueran charcos.

Esas franjas de color son otro arcoíris, aunque no tenga forma de arco. Es el arcoíris tumbado, desplegado como una alfombra, por donde el canguro avanza a saltos. En otro plano, un grupo de figuras diminutas gira en círculo en mitad del cosmos, iluminadas por un haz de luz blanca que parte la imagen en dos, y los colores de la nebulosa se abren alrededor como un abanico.
Lo que me gusta de estas imágenes es que el arcoíris deja de ser un adorno del cielo para convertirse en un camino. No hay que mirarlo desde abajo: se puede recorrer. Y quien lo recorre es un animal que no anda, salta, que avanza a golpes de impulso, cayendo y volviendo a subir.
El arco del aspersor
El tercer arcoíris es el más pequeño y, quizá, el más cercano. Está en el videoclip de «Me gusta el verano», uno de los vídeos más luminosos de Mike, lleno de playas, paseos marítimos, patines y helados. En uno de sus planos no hay nadie: solo un jardín con césped recién cortado, árboles altos al fondo y el chorro de un aspersor que riega en abanico. Y en mitad del agua pulverizada, el sol de la tarde dibuja un arco perfecto, con todas sus bandas.
Es el arcoíris que cualquiera ha visto alguna vez en el patio de su casa, en el parque del barrio, al regar las macetas con la manguera. No hace falta esperar a una tormenta ni subir a una montaña. Basta con agua, luz y el ángulo correcto. Hay algo profundamente esperanzador en eso: la belleza más famosa del cielo se puede fabricar en un jardín cualquiera, con lo que hay a mano.
En el vídeo, ese arco doméstico aparece junto a escenas de parejas de todo tipo que se miran, se besan y se ríen al sol. El verano de Planeta Gayfolk es un verano sin espectadores que juzguen, donde nadie tiene que tapar los ojos de nadie. Si «Tan cateto» es la avenida donde hay que defenderse, «Me gusta el verano» es el jardín donde por fin se descansa.
Después de la lluvia
Los arcoíris salen cuando la tormenta empieza a irse. Ese es su momento: el cielo todavía oscuro por un lado, el sol asomando por el otro, el aire lleno de gotas. Por eso, en tantas culturas, el arco se ha leído como una señal de que lo peor ya ha pasado.
Mike conoce bien esa espera. Pasó cerca de dos décadas atrapado en dos relaciones con hombres narcisistas. El día que se atrevió a contarlo, esas mismas parejas consiguieron poner en su contra a una parte de la gente que tenía alrededor. Hubo un momento en que estuvo a punto de suicidarse. Ahora lo atiende un equipo de especialistas, y tiene nombre para lo que le pasa: estrés postraumático, una depresión mayor de carácter grave, fobia social, ansiedad y un trastorno de la personalidad por evitación. Componer y escribir letras es una de las cosas que le sostienen cada mañana.
No es una historia con final de película, y no hace falta fingir que lo sea. Pero hay días en que la tormenta afloja un poco, y en esos días aparece algo de color. Si tú estás ahora mismo debajo de la nube, no tienes que esperar solo a que escampe. Díselo a una amiga, a tu hermano, a quien te lleve la salud en el centro médico. Si estás en España y te ronda la idea del suicidio, o te preocupa alguien de tu entorno, marca el 024: no cuesta nada, nadie sabrá que has llamado y hay alguien al otro lado de día y de noche. Ante un peligro que no puede esperar, el número es el 112.
Siete colores que no son siete
Se suele decir que el arcoíris tiene siete colores, y lo aprendimos así en el colegio, con una regla mnemotécnica y una lámina pegada en la pared. Pero no es verdad del todo. El arco es un degradado continuo, sin fronteras: entre el rojo y el naranja hay cientos de tonos intermedios, y entre el azul y el violeta, otros tantos. El número siete se eligió por costumbre, casi por superstición, para que cuadrara con las notas de la escala musical y los días de la semana.
Me gusta pensar en eso cuando miro los arcoíris de Planeta Gayfolk. La realidad no viene dividida en casillas. Las personas tampoco. Hay tantas maneras de querer, de vestirse, de vivir el cuerpo y de formar una familia como tonos caben entre dos franjas del arco. Las etiquetas sirven para entendernos, para encontrarnos, para pedir derechos, y son valiosas por eso. Pero el color de verdad es un continuo, y nadie tiene por qué encajar exactamente en una de las siete rayas que nos enseñaron a contar.
El humo de «Tan cateto» lo cuenta muy bien sin decirlo. No sale en franjas ordenadas. Sale mezclado, revuelto, con el rosa metiéndose en el verde y el naranja disolviéndose en el azul. Es un arcoíris desordenado, a ras de suelo, que nadie ha peinado. Y precisamente por eso parece tan vivo.
Un arco por fuera y otro por dentro
A veces, cuando la luz es muy intensa, aparece un segundo arco por encima del primero, más tenue y con los colores al revés: el rojo abajo y el violeta arriba. Entre los dos queda una franja de cielo más oscura que el resto, como si la luz se hubiera retirado de ese hueco para alimentar a los dos arcos.
Me parece una imagen muy precisa de lo que cuenta «Tan cateto». Hay un arco de fuera, el que se ve: la pareja de la mano, la bandera en el balcón, el beso en mitad de la calle. Y hay otro de dentro, más débil, invertido, que casi nadie nota: el esfuerzo de seguir caminando mientras te señalan, la decisión de no bajar la mano cuando notas las miradas. Entre los dos queda esa franja oscura, que es el cansancio. La canción no la esconde. La nombra en el estribillo, con ese «No le voy a dar más explicaciones» que suena a alguien que ya ha dado demasiadas.
Un estribillo para llevar en el bolsillo
El estribillo de «Tan cateto» tiene algo de fórmula portátil, de esas que se repiten por dentro al salir de casa. Se repite varias veces, casi igual, alternando dos palabras: cateto y paleto. Las dos significan lo mismo, alguien de miras estrechas, y la canción juega con ellas como quien da vueltas a una piedra en la mano. Y entre una y otra deja caer una observación compasiva: «Ya sé que su mente tiene limitaciones».
Ese verso es interesante porque no busca humillar. Constata. Hay personas que no pueden ver más allá de su propia calle, y la canción decide no perder el tiempo intentando ampliarles la vista a la fuerza. Es una forma de autocuidado: elegir dónde se gasta la energía. En lugar de pelear con cada espectador, uno sigue andando hacia el humo de colores del fondo de la avenida.
Colores con sentido
Los arcoíris encajan de maravilla con el lenguaje visual del planeta, que juega casi siempre con colores saturados sobre fondos limpios: rosas eléctricos, turquesas, naranjas de atardecer, azules de neón. Pero en estos vídeos el color nunca es solo decoración. Cuando aparece todo el espectro a la vez, suele significar algo: que en ese lugar cabe todo el mundo, que nadie sobra, que hay sitio para cada tono.
Por eso los arcos de Planeta Gayfolk tienden a aparecer en espacios abiertos y compartidos: una avenida, un jardín, el espacio exterior. Nunca en un cuarto cerrado. El arcoíris, en este universo, es algo que pertenece a la calle, a lo público, a lo que se ve desde cualquier ventana. Y eso, en una canción sobre el derecho a ir de la mano por la acera, es toda una declaración.
Dónde escucharlas y descargarlas
Los tres temas de este paseo por los colores suenan completos en sus fichas, y si quieres seguir buceando, el listado entero vive en canciones. Bajarlos es gratis: puedes hacerlo en la tienda de esta web o en mikesaintlouis.com/descargas, sin cuentas ni formularios. «Tan cateto» y «Canguros» pertenecen a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», y la primera se puede escuchar también en Spotify. Los vídeos completos están en sus páginas: el de «Tan cateto» y el de «Canguros». Si escribes sobre música y quieres material, tienes información en prensa.
Donde se juntan las aceras
Vuelvo a la avenida del principio. La pareja sigue de la mano, los vecinos siguen con los brazos cruzados en la acera, y al fondo, donde se juntan las líneas del asfalto, el humo de colores no deja de brotar. Nadie sabe muy bien de dónde sale. Tampoco importa.
Lo que la canción propone es muy sencillo: caminar hacia ese humo sin pedir permiso. No para provocar, no para convencer a nadie, sino porque es hacia allí adonde uno quiere ir. Los espectadores se quedarán atrás, con sus consejos y sus dedos señalando. El arco seguirá en el cielo, y cada uno de los que van caminando verá el suyo, hecho con sus propias gotas, distinto del de al lado y, aun así, el mismo.
Preguntas frecuentes
¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis aparecen arcoíris?
Sobre todo en «Tan cateto», donde una avenida de edificios antiguos se llena de humo de colores y un arco de luz cruza el cielo sobre la calle. También en «Canguros», con un canguro que deja una estela de pintura de muchos tonos, y en «Me gusta el verano», donde el agua de un aspersor dibuja un arco sobre el césped.
¿De qué trata «Tan cateto»?
De una pareja de chicos que pasea de la mano y se encuentra con gente que la señala, la juzga y quiere darle lecciones. La respuesta de la canción es una pregunta incrédula y una negativa tranquila a seguir justificándose. Pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».
¿Cuándo se publicó el vídeo de «Tan cateto»?
Llegó a YouTube a mediados de abril de 2025, el día 17, y dura tres minutos y medio. Combina calles con humo de colores y arcoíris en el cielo con un grupo de vecinos que observa a la pareja con cara de pocos amigos.
¿Puedo descargar estas canciones sin pagar?
Sí. En gayfolkplanet.com cada canción tiene su ficha para escucharla entera, y la tienda de la web permite bajarla gratis. La página de descargas de mikesaintlouis.com ofrece lo mismo, y todas están también en Spotify.
¿Dónde pido ayuda si el rechazo me está hundiendo?
Habla con alguien de confianza o con un profesional. En España puedes llamar al 024, gratuito, confidencial y disponible las veinticuatro horas; ante un peligro inmediato, al 112.