IA en el proyecto: dónde entra y dónde no
La inteligencia artificial entra en el proyecto como entra la fontanería en una casa: en las cañerías, sin protagonismo, resolviendo tareas concretas que no necesitan autoría. Transcribir entrevistas. Resumir mails. Buscar rimas cuando el cerebro se atasca en una sinonimia. Organizar el calendario de publicaciones. Revisar la ortografía de las letras. Ninguna de esas tareas cambia el contenido artístico.
La IA no entra, en cambio, en el núcleo autoral. No compone melodías. No escribe letras enteras. No canta coros sintéticos. No ilustra portadas. No sustituye la voz. Ninguna de esas fronteras es puritanismo: son decisiones estéticas y económicas conscientes.
La razón estética es sencilla. Si la voz o la letra proviene de una máquina, se pierde la firma que hace singular al proyecto. Se pierde el error humano. Se pierde la textura biográfica. Se pierde, sobre todo, la razón por la que alguien elegiría este catálogo en lugar de cualquier otro generado en masa.
La razón económica es igual de sencilla. Si el trabajo autoral se sustituye por generación automática, ese trabajo deja de tener valor de mercado. El artista humano compite con un coste marginal cercano a cero, y compite mal. La única defensa a medio plazo es hacer explícito que en este planeta la mano humana está en cada superficie.
Existe un debate legítimo sobre si esta frontera aguantará una década más. La probabilidad de que se mueva es alta. El proyecto se compromete a ir haciendo pública cada movimiento, si ocurre, en lugar de disimularlo. La transparencia es parte del contrato con quien escucha.
Mientras exista un mercado que valora la música hecha por personas, el proyecto quiere estar en ese lado del mercado. Y lo dice con nombre y apellidos, sin retórica, para que quien escucha sepa exactamente qué está escuchando.