Planeta Gayfolk

Copla y raíces

«LA TARARA» con neones: una canción de corro que vuelve con tacones

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Portada de «LA TARARA», de Mike Sain't Louis

Casi nadie recuerda la primera vez que oyó La Tarara. Simplemente está ahí, como el olor de ciertas cocinas o el ruido de un patio de colegio. Es una de esas canciones populares que pasan de boca en boca sin firma y que se cantan en corro antes de saber leer. Por eso me daba tanto respeto tocarla, y por eso también tenía tantas ganas.

Una canción que no es de nadie

Las canciones tradicionales tienen algo que me fascina: no pertenecen a nadie y por eso pertenecen a todo el mundo. Cada generación las canta un poco distinto, les cambia una palabra, les mete otro ritmo. No existe una versión auténtica fija. Existe una cadena larga de gente que la ha hecho suya.

Mi versión de LA TARARA quiere ser un eslabón más de esa cadena. No es un simple cover, como digo en la presentación. Es una relectura pop y queer, con neones, tacones y azoteas futuristas, sintetizadores donde antes había palmas. Me gusta pensar que la tradición aguanta esto perfectamente. Ha sobrevivido a muchísimas versiones. No se va a romper por un poco de purpurina.

En el Planeta Gayfolk repito mucho una idea: aquí no se copia, se reinventa. Con La Tarara eso es casi literal. El personaje de la canción, esa chica que baila y se adorna a su manera, siempre me ha parecido un poco libre, un poco excesivo, alguien que se sale de lo que se espera. No hace falta forzar mucho para leerla en clave queer.

Infancia y resistencia

Hay una frase de la presentación que resume lo que buscaba: «La infancia convertida en resistencia». Muchas personas LGTBI tenemos una relación complicada con la infancia. Fue el lugar de las primeras canciones, de los primeros bailes en el salón, de los disfraces. Y también el lugar donde aprendimos qué cosas convenía esconder.

Volver a una canción infantil desde la edad adulta, y cantarla con descaro, tiene algo de recuperar ese territorio. Es decirle a aquel niño que bailaba en el salón que no hacía nada malo, que lo que le gustaba era bonito y que todavía se puede bailar. No sé si es terapia, pero se le parece.

La tradición, para mí, no es un museo donde no se puede tocar nada. Es una casa familiar. Puedes cambiar los muebles de sitio, pintar una pared de rosa y seguir sabiendo dónde está todo. Lo que no acepto es que me digan que no puedo entrar.

Para Marisol y para las que bailaron

La versión está dedicada a Marisol. Lo que yo veo en ella, y lo que celebro aquí, es una idea de libertad. No voy a contar su vida ni a hablar por ella, porque no me corresponde. Me basta con decir que su figura forma parte de la memoria pop de este país y que para mí representa esa mezcla de brillo, infancia y ganas de volar que quería en la canción.

La dedicatoria sigue: a las que bailaron cuando no se podía y a las que seguimos bailando aunque aún moleste. Esa segunda parte es importante. Bailar sigue molestando a alguien, y lo digo con humor pero sin ingenuidad. Que un hombre se suba a unos tacones para cantar La Tarara todavía le parece un problema a más gente de la que creemos. A mí me parece una fiesta.

Sintetizadores en el corro

La producción, hecha con herramientas de IA a partir de mis decisiones y mi texto, me permitió llevar una melodía de patio a un escenario de pista sin perder lo que la hace reconocible. Ese equilibrio era lo más difícil: que suene nueva y que, a la vez, cualquiera pueda cantarla a los dos segundos de empezar. Para mí la IA aquí funciona como un instrumento más, uno que me deja probar decorados hasta encontrar el que encaja con la idea.

Me gusta imaginar que alguien la pone en una fiesta y que de repente se forma un corro, como en el colegio, pero con brillos y a las tantas. Si eso pasa, la canción ha cumplido.

La presentación de «LA TARARA» está en la web, y la descarga es gratis en la sección de descargas. Bailadla como queráis.

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