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Camp español

«LA VECINA COTILLA»: elogio del visillo y del vecino de enfrente

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Portada de «LA VECINA COTILLA», de Mike Sain't Louis

Confieso una cosa que la canción ya confiesa por mí: me he convertido en la vecina cotilla. Ese personaje eterno de la comedia española, la que vigila detrás del visillo y sabe a qué hora sale cada uno, resulta que vive dentro de mí. Solo que yo no vigilo por chismorreo. Vigilo porque el de enfrente está tremendo.

El visillo como institución

La vecina cotilla es un arquetipo que todos conocemos. Ha salido en mil series, en sainetes, en chistes de ascensor. Suele ser señora, suele tener una bata de flores y suele enterarse de todo antes que nadie. Me hacía mucha gracia apropiarme de ella, ponerla en la voz de un hombre gay y darle otra motivación. Ya no le interesa quién discute ni quién debe el alquiler. Le interesa un vecino concreto, sus shorts cortitos y su manera de asomarse a la ventana.

Esto es camp en estado puro: coger un personaje que el humor popular usaba para burlarse de las mujeres mayores y convertirlo en un espejo cariñoso del deseo propio. Me río de mí, pero con ternura. Y me río de lo que nos pasa a todos cuando alguien nos gusta demasiado y no hacemos nada al respecto salvo mirar.

Deseo de andar por casa

La letra es directa, sin vergüenza. El vecino hace deporte, se pone el pijama, va tatuado. El protagonista no necesita películas para adultos porque tiene la función en directo justo enfrente. Lo digo así porque así es la canción: el deseo aquí no se esconde ni pide perdón. Es un deseo doméstico, de sofá y persiana, más divertido que dramático.

Me interesa mucho ese tono. En la cultura LGTBI hemos tenido que esconder durante tanto tiempo lo que nos gustaba que reírnos de nuestras ganas a plena luz tiene algo de pequeña conquista. No hay culpa, no hay conflicto moral, no hay castigo final. Hay un tío que gusta mucho y una canción que se pone para imaginar que bailamos despacito. Esa es toda la trama, y me parece suficiente.

También hay mucha autocrítica en clave de broma. El estribillo insiste en que estas cosas solo las haría una chiquilla. El protagonista se ve a sí mismo y no da crédito: un adulto pegado a la ventana como un adolescente con su primer flechazo. Ya no sale de casa por si se lo pierde. Esa exageración es parte del chiste, pero también retrata algo real del enamoramiento, que nos vuelve un poco tontos y bastante transparentes.

Las diez en el reloj de pared

Y de pronto, en mitad de tanta guasa, la canción cambia de luz. Hay un tramo donde el protagonista está sentado escuchando el din don de un reloj de pared, un reloj que le regaló el padre de su ex. Espera, como un niño pequeño, a que den las diez para volver a ver al vecino.

Ese detalle me parece el corazón escondido de la canción. Un objeto heredado de una historia anterior marca las horas de la nueva obsesión. El pasado sigue colgado en la pared, haciendo tictac, mientras el presente se asoma a la ventana de enfrente. Nadie lo explica ni lo subraya, pero ahí está: la soledad que hay detrás de tanto cotilleo. Uno no mira tanto por la ventana cuando está muy acompañado.

No quiero ponerme melancólico con una canción que es, sobre todo, una fiesta. Pero me gusta que tenga ese pliegue. Las mejores comedias tienen siempre un momento en que la risa se para un segundo y ves al personaje de verdad. Luego vuelve el estribillo y seguimos bailando.

La cotilla sale ganando

Al final, la vecina cotilla sale bastante bien parada. Es curiosa, es apasionada, se emociona con poco y no tiene miedo de admitir lo que quiere, aunque solo se lo admita a sí misma y a quien escuche la canción. Hay peores formas de vivir.

Si alguna vez te has descubierto mirando más de la cuenta hacia el balcón de enfrente, ya sabes que no estás sola. Bienvenida al club, que tiene muchas socias y un único requisito: «Tengo un vecino que no veas cómo está».

La letra completa, con visillo incluido, la tienes en «La vecina cotilla». Y si quieres ponerla mientras miras por la ventana, puedes descargarla gratis en la sección de descargas.

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