Arte y mirada
Las jaulas de Planeta Gayfolk: una celda alquilada, un títere en una jaula dorada y una sirena en mitad del mar
Por Mike Sain't Louis ·

Una jaula de verdad casi nunca parece una jaula desde dentro. Tiene cortinas, tiene una mesa, tiene a alguien que te dice que fuera hace mucho frío y que aquí estás mejor. Los barrotes se ven desde lejos, cuando ya has salido y te das la vuelta. Mientras estás dentro, lo que ves es un hogar.
En mis videoclips hay muchas jaulas, y casi todas tienen ese doble fondo. Hay celdas de cárcel donde un guitarrista toca rodeado de altavoces. Hay jaulas de pájaro donde se encierra a un títere de madera. Hay un corazón detrás de unas rejas y una sirena metida en un cilindro de hierro en mitad del mar. Esta nota las recorre una a una, empezando por la canción que mejor las explica.
Una celda alquilada
La jaula principal de esta nota está en «Tu mendigo». La canción cuenta una relación en la que alguien te abre la puerta de su casa y te la presenta como un refugio, y poco a poco descubres que no lo es. La letra lo dice en dos versos que a mí me siguen pareciendo de los mejores que he escrito: «y dijiste que era mi refugio», y justo después, «pero era una celda alquilada».
Lo de alquilada es lo importante. No es una cárcel de piedra ni un calabozo. Es un sitio prestado, que nunca fue tuyo, donde te dejan quedarte mientras seas útil. Te abren «con llave prestada», te ofrecen un rincón, y a cambio tienes que estar agradecido. Esa es la jaula más difícil de ver, porque viene envuelta en hospitalidad.
El guitarrista entre barrotes
El videoclip lleva esa imagen al extremo. Casi todo ocurre en una cárcel, con pasillos de celdas y barrotes de hierro, alternando un blanco y negro muy duro con una luz roja intensa. El protagonista es un guitarrista. Lo vemos de muchas maneras: sentado en el suelo de la celda con la guitarra en el regazo, de pie contra la pared con el chaleco bordado, tumbado en un banco, agarrado a los barrotes.
Me gustaba que el preso fuera un músico. La guitarra es lo único suyo que tiene dentro de esa celda, lo único que nadie le ha quitado. Y aun así, en casi todos los planos, alguien está encima de él: un hombre de negro que lo empuja, que le pone la mano en la cara, que lo tira al suelo. El vídeo no esconde que en esa relación hay golpes, aunque yo preferí que se intuyeran más que verse. En algún plano queda una mancha roja en el suelo junto a la guitarra, y con eso basta.
Los altavoces que apuntan
Hay un detalle en «Tu mendigo» que a mucha gente le pasa desapercibido. En varias escenas, el guitarrista está rodeado de altavoces negros y megáfonos que le apuntan directamente a la cabeza, muy cerca, como si alguien le gritara a través de ellos. En otras, un hombre con una cámara de vídeo lo graba de cerca mientras él grita o llora.
Es el ruido de la jaula. Quien vive con alguien que controla no solo está encerrado: está siendo observado y juzgado todo el tiempo. Los altavoces son los reproches de fuera y de dentro, la crítica constante, lo que te repiten hasta que te lo crees. Y la cámara es la sensación de que cada gesto tuyo será usado después, contado de otra manera, enseñado a otros. Un verso lo condensa: «Y yo, sonriendo por compromiso».
El preso de la camiseta gris
Antes incluso de que aparezca la guitarra, «Tu mendigo» enseña a otro preso. Es un hombre joven con camiseta gris, sentado en un taburete al fondo de una celda en blanco y negro, con las manos entre las rodillas y una lámpara de estudio encendida a un lado. Mira a cámara a través de los barrotes, sin moverse.
Ese plano me parece el retrato del principio de todo. Todavía no hay golpes ni gritos. Solo un hombre sentado, esperando, en un sitio que parece un cuarto cualquiera si no fuera por las rejas. La lámpara de estudio le da un aire de sesión de fotos, como si alguien quisiera que saliera bien en la imagen. Así empiezan muchas jaulas: con alguien que te coloca, te ilumina y te pide que te quedes quieto.
Compañeros de celda
En los planos en blanco y negro hay un detalle que me gusta mucho. El guitarrista no está siempre solo. Detrás de él, al otro lado de los barrotes, aparece otro preso que se asoma, que apoya los brazos en el hierro, que lo mira mientras toca. En uno de esos planos, el guitarrista tiene la cara pintada con lágrimas negras, como un payaso triste, y el compañero se inclina hacia él desde la celda de al lado.

Esa compañía es pequeña pero importante. Dentro de las jaulas también hay gente que te entiende, aunque esté tan encerrada como tú. La canción «El descarte del narcisista» lo dice de otra manera, con un grito de solidaridad hacia otra víctima. Aquí no hay grito, solo un hombre que se asoma a los barrotes de al lado. A veces eso basta para no rendirse.
El pasillo de las celdas
Hay un plano abierto de «Tu mendigo» que enseña la cárcel entera: un pasillo largo de celdas a los dos lados, con luz fluorescente blanca, literas de metal y tres hombres de negro hablando al fondo. Es un sitio frío, ordenado, sin una sola cosa personal.
Me gustaba que, después de tanto primer plano, el vídeo dejara ver el tamaño del encierro. No es una celda, son muchas. Es todo un sistema, con sus pasillos, sus horarios y sus guardianes. Así se siente una relación de control cuando se mira con distancia: no un mal momento, sino una estructura entera, montada para que no salgas.
Sin testigos
Uno de los versos que más me duele de esa canción es «llorando sin testigos». En el vídeo hay muchos planos de llanto, pero casi nunca hay nadie que lo vea. El guitarrista llora en una celda vacía, o delante de una cámara que no le consuela, o rodeado de gente que mira hacia otro lado.
Esa es otra de las cosas de las jaulas invisibles. Desde fuera nadie ve lo que pasa dentro, y cuando por fin lo cuentas, te dicen que no puede ser, que esa persona es encantadora, que algo habrás hecho tú. Llorar sin testigos es eso: tener todas las lágrimas y ninguna prueba.
Rojo y blanco y negro
«Tu mendigo» alterna dos maneras de mirar la misma cárcel. Hay planos en un blanco y negro muy contrastado, casi de fotografía antigua de prisión, donde los barrotes dibujan rayas sobre la cara del guitarrista. Y hay planos bañados en rojo, con paredes de ladrillo encendidas como un horno y focos de estudio apuntando a la celda.
El blanco y negro es la tristeza, el tiempo detenido, los días que se parecen todos. El rojo es la alarma, el peligro, la rabia que va creciendo por dentro. El montaje salta de uno a otro sin aviso, y creo que así se vive un encierro de verdad: largas horas grises interrumpidas por estallidos de miedo o de furia, sin que nunca sepas cuál de los dos viene después.
El monstruo del callejón
«Tu mendigo» empieza y termina fuera de la cárcel. En el primer plano, con el título en letras rojas enormes, una criatura negra con cuernos curvados levanta los brazos en un callejón lleno de humo y cajas de cartón. Más adelante aparece otra con alas de murciélago, avanzando por un pasillo de cemento, y al final la misma figura con cuernos camina por un callejón mojado, entre contenedores de basura.
Me gusta que el monstruo esté fuera de la celda. Es el que tiene la llave, el que puede entrar y salir. El preso está dentro, quieto; el carcelero se pasea por la ciudad. Y en esas imágenes del callejón hay algo que me interesa mucho: el monstruo, cuando está solo, ya no parece tan grande. Es una figura ridícula entre contenedores. Fuera de la jaula, sin nadie a quien encerrar, pierde casi todo su poder.
El que mira hacia arriba
Hay un plano de «Tu mendigo» que para mí es la clave del vídeo. El guitarrista, descalzo, con el chaleco negro bordado abierto, está sentado en el suelo de la celda con la espalda apoyada en la pared. A su lado, la guitarra en el suelo. Y él levanta un brazo y señala hacia arriba, hacia algo que nosotros no vemos.

En otro plano, ese mismo guitarrista se agarra a los barrotes con los dos brazos estirados por encima de la cabeza, como si quisiera trepar. Esos dos gestos, señalar y estirarse, son la primera grieta de la jaula. Todavía no ha salido, pero ya mira hacia fuera. Y la canción acompaña ese giro: la letra termina con alguien que por fin dice que no es el saco de boxeo de nadie, «y mucho menos tu mendigo».
Un títere en una jaula de pájaro
La segunda jaula de esta nota está en «Another Narcissist», un vídeo que cuenta casi todo con títeres de madera. El protagonista es un muñeco de cara pintada y traje de chaqueta, y a su alrededor se mueven varios diablos con cuernos, unos de traje negro, otros de rojo, que lo manejan con hilos.
Y en muchas escenas, el títere está encerrado en jaulas de pájaro. Una jaula alta de hierro en un balcón sobre una ciudad blanca, con el diablo rojo de pie al lado. Una jaula dorada, redonda, con barrotes muy finos, frente al mar. Una jaula oscura en una terraza al atardecer, en la que una figura negra con cuernos mete la mano, como quien va a sacar al pájaro para enseñarlo. Ese último es el plano que abre esta página.
Jaulas de pájaro para una persona
Lo que me fascina de esas jaulas es que son de pájaro. No son celdas, no son mazmorras. Son objetos decorativos, de los que se ponen en un salón o en un balcón para que los vean las visitas. Son bonitas. Tienen cúpula, adornos, barrotes dorados.
Y eso es exactamente lo que hace un narcisista con su pareja: la encierra, pero en una jaula vistosa, para lucirla. El títere está guapo dentro, con su traje y su pelo peinado. Desde fuera, quien pase por el balcón verá un muñeco elegante en una jaula preciosa. No verá los hilos. No verá al diablo que sostiene la cruceta desde arriba.
Los hilos que siguen
Hay un plano de «Another Narcissist» que me pone la piel de gallina. El títere está fuera de la jaula, en un teatro con telón rojo, y llora con lágrimas pintadas. Por encima de su cabeza se ven las manos enormes de alguien que todavía sostiene los hilos.
Es lo que pasa cuando sales de una relación así y descubres que los hilos no se han cortado solos. Ya no estás en la jaula, pero sigues moviéndote como te enseñaron: pidiendo perdón por todo, anticipando enfados, pidiendo permiso. El diablo ya no está, y sus manos siguen ahí, encima de ti, durante mucho tiempo.
La jaula que se lleva puesta
En «Another Narcissist» hay escenas en las que el títere no está dentro de ninguna jaula. Camina por una playa con edificios altos al fondo, o se queda de pie en la arena con su traje azul celeste, y a su lado, siempre muy cerca, va uno de los diablos. No hay barrotes, pero el títere no da un paso sin que el otro esté pegado a él.
Esa es la jaula que se lleva puesta. Ya no hace falta encerrar a nadie cuando el miedo hace el trabajo. Puedes ir a la playa, pasear, sonreír para la foto, y sin embargo cada movimiento lo decide otro. Me parece una de las imágenes más tristes de ese vídeo, precisamente porque no tiene nada de dramático: un muñeco y un diablo dando un paseo junto al mar.
Un corazón detrás de las rejas
La tercera jaula es breve y está al principio de «No Contact». El vídeo arranca con un corazón anatómico, rojo oscuro y lleno de grietas, encerrado detrás de unas rejas grises. Unos segundos después, en otra jaula, esta vez redonda como las de pájaro, flota un corazón blanco que brilla en la oscuridad, rodeado de mariposas pálidas.

Son los dos estados del mismo corazón. El primero es el que sale de la relación, roto, sucio, todavía sangrando. El segundo es el que empieza a curarse, iluminado, con las mariposas alrededor como si fueran a abrir la puerta. Me gusta mucho que la canción que habla de cortar el contacto empiece justo así, dentro de una jaula. Hay que verse encerrado para poder decidir salir.
La puerta que se cierra desde dentro
«No Contact» tiene una frase que es casi lo contrario de «Tu mendigo»: «Cierro puertas». En «Tu mendigo», otro te abría la puerta con llave prestada. En «No Contact», eres tú quien la cierra, desde dentro, y por una vez la puerta te protege en lugar de encerrarte.
Esa diferencia lo cambia todo. Una jaula y una casa pueden tener exactamente las mismas paredes. Lo que las distingue es quién tiene la llave. Cuando la llave es tuya, el cuarto es un refugio de verdad. La canción lo celebra al final con un verso que me hace bailar cada vez: «Hoy mi vida vuelve a mí».
Una sirena en mitad del mar
La cuarta jaula es la más extraña de todas y está en «Can't Wait». En mitad de un mar azul y tranquilo, sobre una plataforma redonda, hay una jaula de barrotes azules en forma de cilindro, con techo de cúpula, y dentro una sirena con una cola verde que reluce, sentada, mirando hacia fuera. Desde la cubierta de un barco, una mujer con un vestido largo de color lila la señala con el brazo extendido.
Es una imagen de cuento, pero muy inquietante. La sirena está rodeada de su mundo, el agua, y no puede tocarlo. La jaula está en mitad del mar, como si alguien la hubiera puesto ahí a propósito para que lo viera todo sin poder irse. Y la mujer del barco la señala, como quien enseña una atracción turística. Nadie parece pensar en abrirla.
Un oso bajo una cúpula
Unos segundos después, en ese mismo vídeo, aparece otra forma de encierro, más tierna. En un centro comercial casi vacío, de suelos pulidos y techos curvos, hay una enorme cúpula de cristal y, dentro, un oso de peluche gigante sentado, rodeado de globos de color melocotón que flotan a su alrededor.
No es una jaula de barrotes, pero funciona igual. El oso está protegido, limpio, perfecto, y también aislado. Es un objeto para mirar, no para abrazar. Me recuerda a esas personas a las que se mantiene en una vitrina, admiradas por todos, sin que nadie pueda acercarse de verdad. A veces la cúpula de cristal es la jaula más cruel, porque desde dentro se ve todo y nadie oye nada.
Barrotes de colores
Si se ponen juntas todas las jaulas de mis vídeos, salen de muchos materiales. Hierro negro y gris en las celdas de «Tu mendigo». Hierro trabajado y latón dorado en las jaulas de pájaro de «Another Narcissist». Rejas oscuras para el corazón roto de «No Contact» y una jaula de bronce envejecido para el corazón blanco. Barrotes azules como el mar para la sirena de «Can't Wait». Cristal para el oso.
Me gusta esa variedad porque dice algo que creo que es cierto: no hay un solo tipo de jaula. Las hay feas y las hay bonitas, las hay que se ven y las que no. Algunas son de hierro y otras son de cristal, de cariño, de miedo, de costumbre. Y cada una pide una forma distinta de salir.
Jaulas sin candado
Hay algo que se repite en todos estos vídeos y que no planifiqué conscientemente. Casi nunca se ve un candado. Las celdas de «Tu mendigo» tienen barrotes, pero no se ve ninguna llave girando. Las jaulas de pájaro de «Another Narcissist» tienen puerta, y la puerta parece entornada. La sirena podría, tal vez, empujar los barrotes.

Me di cuenta al montar esta nota, y me pareció muy revelador. En las relaciones que encierran, el candado casi nunca está a la vista. No es una puerta cerrada con llave; es la idea de que fuera no hay nada, de que nadie te va a creer, de que sin esa persona no eres nadie. El candado está en la cabeza. Por eso cuesta tanto salir, aunque la puerta esté abierta.
De la jaula a la pista
Si hay algo que une todas estas jaulas, es lo que viene después. En «No Contact», la jaula del principio deja paso a una pista de baile, a un supermercado lleno de reinas, a un salón de espejos que estalla. En «Can't Wait», la sirena enjaulada convive en el mismo vídeo con ángeles, coches de colores y gente que salta en mitad de la niebla. Ninguna de esas canciones se queda dentro.
Me gusta pensar que en mi planeta las jaulas son siempre un capítulo y nunca el libro entero. Están ahí porque existieron, porque hay que nombrarlas para poder dejarlas atrás. Pero detrás de cada barrote hay un vídeo que sigue, una canción que acelera, un estribillo que te saca de la celda y te pone a bailar con la luz encendida.
Lo que me encerró a mí
Estas jaulas no salen de la nada. Durante cerca de veinte años viví con dos parejas narcisistas, la segunda detrás de la primera, y en las dos sentí lo que cuenta «Tu mendigo»: que me ofrecían un refugio y me encerraban en él. Cuando todo salió a la luz, mucha de la gente que me rodeaba se puso de su lado y me quedé fuera de todo.
Hubo una época en la que no veía la puerta, y el suicidio llegó a rondarme muy de cerca. Hoy sigo un tratamiento psiquiátrico y otro psicológico, con varios diagnósticos encima: un trastorno de estrés postraumático, una depresión mayor de las graves, ansiedad, fobia social y evitación en la personalidad. Escribir estas canciones y montar estos vídeos es una de las formas en que voy saliendo, barrote a barrote.
Si estás en una jaula ahora, aunque no la veas del todo, pide ayuda. En España puedes llamar al 024 a cualquier hora, gratis, si piensas en el suicidio o te preocupa alguien. Si la situación es de peligro inmediato, el número es el 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717, y la Fundación ANAR, para menores de edad, en el 900 20 20 10. En findahelpline.com se encuentra la línea de cada país.
Para recorrer las jaulas
Las cuatro canciones de esta nota se pueden escuchar y ver en la web. Te propongo empezar por el vídeo de «Tu mendigo», aquí, que es el más duro, y seguir con el teatro de títeres de «Another Narcissist», en su página. Después, «Can't Wait», con su sirena y su oso. Y termina con «No Contact», que abre la última jaula y te saca a bailar.
Tres de ellas viven en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía. «Tu mendigo» también suena en Spotify, y todo mi catálogo se baja gratis y sin registro desde la tienda. Las letras completas están en letras.
Quién abre las jaulas
Estas jaulas las he imaginado y montado yo, Mike Sain't Louis, a quien llaman «el primer cantautor IA». Las letras, la composición y la producción son mías; la música y la interpretación vocal salen hechas con IA. Para cualquier reportaje, hay fotos y datos en prensa.
Preguntas frecuentes
¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis salen jaulas?
En varios. Los más claros son «Tu mendigo», que transcurre casi entero entre barrotes, «Another Narcissist», con títeres encerrados en jaulas de pájaro, «No Contact», que empieza con un corazón enjaulado, y «Can't Wait», donde aparece una sirena dentro de una jaula en el mar.
¿Qué significa la «celda alquilada» de «Tu mendigo»?
Es un sitio que te venden como refugio y resulta ser una prisión. La letra dice que te abrieron la puerta con llave prestada y te dijeron que era tu refugio. No era tuyo, y tampoco era libre.
¿Por qué tantas jaulas?
Porque muchas de mis canciones hablan de relaciones que encierran sin que se note: alguien que controla, que decide por ti, que te hace creer que fuera hace más frío. La jaula es la imagen más directa de eso.
¿Hay salida en esos vídeos?
Sí. En casi todos hay un momento en que alguien mira hacia arriba, se pone de pie o la jaula queda vacía. En «No Contact», la canción entera es la salida.
¿Se pueden bajar estas canciones?
Sí, todas, gratis y sin crear cuenta, desde la tienda de gayfolkplanet.com.