Planeta Gayfolk

Canción a canción

Láseres sobre la azotea, dos chaquetas bordadas y un amanecer junto al mar: el videoclip de «Barcelona» escena a escena

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Fotograma de «Barcelona»: una bailarina de camiseta blanca y pantalón oscuro en mitad de una calzada de noche, entre estelas de luz roja y azul, con unas torres altas iluminadas al fondo

Hay ciudades que se conocen de día, con mapa y con guía, y otras que solo se entienden de noche, cuando ya han cerrado los museos y lo único abierto es la música. La Barcelona de mi canción es de las segundas. No tiene catedral visitada ni paseo con helado. Tiene láseres, azoteas, un mar que se oye detrás de la pista y dos personas que se buscan entre la gente.

El videoclip de «Barcelona» dura cuatro minutos y cinco segundos, y lo monté como se recuerda una noche larga: a trozos, sin orden de reloj, con caras que aparecen y desaparecen y lugares que se mezclan. En esta nota lo recorro plano a plano, en el orden en que salen las imágenes, contando qué hay en cada una y por qué la puse ahí.

El cartel del principio

El vídeo arranca con dos chicos frente a frente, muy cerca, con la cara iluminada por rayos de colores que cruzan el plano en diagonal. Encima, en letras rosas enormes, el nombre de la ciudad. Arriba, más pequeño, el mío.

Me gusta empezar así porque el título lo dice todo. No hay introducción, no hay paisaje de postal. Lo primero que se ve es una pareja y una luz, y la ciudad aparece escrita, como un rótulo de discoteca. Desde el primer segundo queda claro que esto no va de monumentos, sino de lo que pasa entre dos personas cuando la ciudad les sirve de decorado.

Un beso entre la multitud

En el segundo plano, los mismos dos chicos se abrazan y se besan en mitad de una pista abarrotada. A su alrededor, la gente baila con los brazos en alto, y por detrás, a lo lejos, se adivinan las luces de los edificios. Los rayos rosas y morados salen de arriba como si alguien los hubiera colgado del cielo.

Es un beso que no se esconde. No está en un portal ni en un rincón oscuro: está en el centro, rodeado de desconocidos que ni se giran a mirar. Eso, para mí, es una de las cosas más bonitas que puede ofrecer una ciudad grande. La posibilidad de besarte con quien quieras en medio de la gente y que a nadie le importe lo más mínimo.

Humo rosa junto al campanario

Después el montaje sale a la calle. Hay una plaza de noche con una torre de iglesia a la izquierda, puntiaguda y oscura contra el cielo azul. En el centro, una columna de humo rosa sube iluminada desde el suelo, y alrededor varias figuras bailan, pequeñas, como si la plaza entera fuera una pista improvisada.

Me hace gracia el contraste entre la torre y el humo. La piedra lleva siglos ahí, quieta, y el humo dura lo que dura una canción. Pero en el plano los dos comparten la misma luz. La ciudad vieja y la fiesta de esta noche se tocan, y ninguna de las dos parece molestar a la otra.

La bola de espejos

Uno de los planos que más me gustan llega enseguida. Es una nave enorme, con balcones de hierro alrededor, como un mercado antiguo o una fábrica reconvertida, y en el centro, colgada del techo, una bola de espejos gigantesca. Abajo, una masa de gente que baila. La luz rebota en la bola y salpica todo de puntos plateados.

La bola de espejos es el objeto más gay que conozco. Lleva décadas colgada en las discotecas, y su gracia es que no brilla por sí misma: refleja lo que tiene alrededor y lo devuelve multiplicado. En una canción sobre una noche compartida, me pareció la imagen perfecta. Cada persona de la pista se lleva un trozo de luz, y nadie se lleva toda.

El chico de las tiras de neón

En una calle estrecha de noche, entre fachadas con balcones y farolas encendidas, aparece un chico con una chaqueta cubierta de tiras de luz verde y blanca, como un traje de neón. Lleva en la mano un tubo luminoso y lo mueve mientras camina, y alrededor sube un humo amarillo.

Es un personaje de fiesta en estado puro, alguien que ha convertido su ropa en una lámpara. No sabemos de dónde viene ni a dónde va. Lo que sí sabemos es que no quiere pasar desapercibido. Me gusta pensar que es el primero en llegar a la pista y el último en irse, el que se encarga de que la noche no se apague.

Dos bailarines sobre el suelo mojado

Un poco más adelante, el vídeo se sube a una terraza junto al agua. El suelo está mojado y refleja la luz, y detrás se ven los edificios de la costa encendidos. Dos bailarines giran con estelas de luz naranja y azul que les salen de las manos, como si dibujaran en el aire.

Fotogramas del videoclip de «Barcelona»: en grande, una bola de espejos colgada sobre una nave con balcones llena de gente que baila bajo focos morados; al lado, una figura de pelo rojizo que gira con cintas de luz azul y naranja junto al mar, y una mujer con vestido claro y los brazos abiertos en una azotea al atardecer

Este plano me lleva directamente a un verso de la letra: «steps in the sand», pasos en la arena. En el vídeo no hay arena todavía, pero sí ese movimiento de cuerpos que se buscan al ritmo. La luz que dejan detrás es la huella del baile, lo que queda en el aire un segundo después de que la mano ya se haya movido.

Dos chaquetas bordadas

Luego llega una pareja que vuelve varias veces a lo largo del clip. Dos chicos jóvenes, uno con chaqueta azul oscuro llena de bordados de flores y otro con una chaqueta azul celeste de lentejuelas, los dos con camisa blanca y corbata negra. Están de pie en una calle al anochecer, con luces de colores borrosas detrás, mirando a cámara con una mezcla de seriedad y de nervios.

Parecen vestidos para una boda o para una gala. Esa elegancia en mitad de la noche me encanta, porque tiene algo de exageración. Nadie necesita tanto bordado para ir a bailar. Pero hay noches que piden ponerse lo mejor del armario, y esta es una de ellas. Las chaquetas dicen que la cita importa, que no es una salida cualquiera.

Láseres verdes sobre la pista

En otro plano, la pista es solo una mancha de cabezas vistas desde atrás, y encima, desde el escenario, salen rayos verdes que atraviesan el humo. No se distingue a nadie. Es la multitud como paisaje, el momento en que la música sube y todos se convierten en un solo cuerpo.

Me gustan estos planos sin protagonistas porque descansan la vista. Después de tanta cara de cerca, el montaje se aleja y enseña lo que hay alrededor de la pareja: cientos de personas viviendo su propia noche. La canción es de dos, pero la pista es de todos.

Las manos en V

Hay un chico que sale dos veces, con purpurina en las mejillas y una camiseta de tirantes de lentejuelas, levantando las dos manos con los dedos en forma de V. Detrás de él, la gente baila y las luces cambian de color. Sonríe con toda la cara.

Es el gesto de la victoria, pero también el de la paz, y en una pista de baile significa las dos cosas a la vez. Esa alegría tan abierta, sin pose, es lo que quería que se viera. En mis canciones hay mucho dolor, y precisamente por eso me importa enseñar también estos momentos de felicidad sin explicación, cuando uno está bien solo porque suena algo que le gusta.

Dos chaquetas de oro bajo las torres

El plano siguiente sube el tono. Dos chicos con chaquetas negras cubiertas de bordados dorados se abrazan muy juntos, uno con la mano en el pecho del otro. Detrás, la ciudad de noche con unas torres altas iluminadas en morado. La luz les cae de lado y hace brillar el oro.

Las chaquetas recuerdan a un traje de luces, pero aquí no hay plaza ni nada que se le parezca. Es pura ropa de fiesta, ceremoniosa y exagerada, y la uso como en otros vídeos míos: para que el cariño entre dos hombres tenga la misma solemnidad que cualquier pareja de cuadro antiguo. El gesto de la mano en el pecho es muy pequeño. Pero dice mucho.

Una ciudad vista desde arriba

Entre planos de baile, el montaje mete un panorama de la ciudad de noche, azul y morado, con siluetas de gente en primer término mirando las luces. Se ven torres, cúpulas, tejados. Es una pausa, como cuando sales a la terraza de un local a coger aire y te encuentras de golpe con toda la ciudad delante.

Es una sensación muy reconocible. Llevas horas dentro, con la música a tope, y de repente sales y el ruido se queda atrás y la ciudad está ahí, enorme, tranquila, indiferente a todo lo que acabas de vivir. Es un momento muy bonito y un poco melancólico, y me pareció que la canción lo necesitaba.

Cintas de luz junto al mar

Hay una figura que aparece varias veces y que se ha convertido en una de mis favoritas. Es alguien de pelo rojizo que gira sobre sí mismo con unas cintas de luz en las manos, y las cintas forman círculos azules y naranjas a su alrededor. Detrás, el mar al anochecer, gris y tranquilo.

Foto real de Mike Sain't Louis con gorra azul y camiseta oscura con las letras «Bcn» en rojo, junto a un brocal de piedra con un planeta rosa al fondo, con el verso «Magnetic rhythm, under moonlit skies» de «Barcelona»

Las cintas de luz son un truco de fotografía: se deja el obturador abierto y lo que se mueve deja rastro. En el vídeo lo uso como imagen del baile mismo. Bailar es eso, dibujar en el aire algo que desaparece enseguida. Y que pase junto al mar le da un aire de ritual, como si la figura le hablara al agua con las manos.

Un salón con ventanales

En un salón grande con ventanales del suelo al techo, por los que entra la luz azul de la noche, un bailarín se mueve solo con una estela naranja que le sigue los brazos. El suelo está marcado con líneas de neón blanco, como una pista de atletismo.

Es un espacio vacío, sin público, y por eso parece un ensayo. Me gusta mucho que el vídeo tenga estos momentos de soledad en medio de tanta multitud. No todo el baile es para que lo vean. A veces uno baila solo, en un cuarto grande, para recordar cómo se mueve su propio cuerpo.

Una bandera bajo los arcos

En otro plano, un espacio de piedra con arcos antiguos, casi una cripta o una nave de iglesia, está lleno de humo y de gente que baila. Al fondo, colgada entre los arcos, una bandera arcoíris iluminada.

Este es el plano más claramente queer del vídeo, y lo puse sin subrayarlo. La bandera está ahí, al fondo, como estaría en cualquier fiesta de nuestra gente. No hace falta un discurso. Una nave de piedra antigua llena de gente bailando bajo nuestros colores ya es, en sí misma, una forma de decir que también estos lugares son nuestros.

Dos trajes negros en la azotea

Me encanta un plano de dos hombres con traje negro de pie, muy rectos, en una azotea de noche. Detrás, la ciudad se extiende iluminada hasta el horizonte, y desde arriba caen rayos morados que se cruzan sobre sus cabezas. No bailan. Solo están ahí, juntos, mirando hacia nosotros.

Es la pausa antes del baile, o el descanso después. Hay algo cinematográfico en esa postura, como el cartel de una película de espías. Pero lo que me interesa es la quietud. En una canción que no para de moverse, estos dos chicos quietos en la azotea son el punto de calma, el momento en que la pareja se queda simplemente de pie, uno al lado del otro, y no necesita nada más.

La bailarina del estudio blanco

Hay también una chica rubia que baila en un estudio de paredes claras, con focos rosas que le dan en la cara y le dibujan sombras en el cuello. Lleva una camiseta corta y se mueve con los brazos abiertos, como si nadara.

Es otro de esos momentos de baile solitario, pero más luminoso. Frente al salón de los ventanales, que es nocturno y azul, este estudio es casi de día, rosa y blanco. Me gustaba alternar las dos luces para que la noche del vídeo no fuera siempre igual de oscura. Las noches largas también tienen sus horas claras.

Un abrazo con estelas de luz

Los dos chicos de las chaquetas bordadas vuelven a aparecer, ahora abrazados en una calle, rodeados de estelas de luz que pasan a su alrededor como coches a toda velocidad. En otro plano, todavía más cerca, se miran a pocos centímetros con un círculo de luz azul detrás de la cabeza.

Es el centro emocional de la canción. La letra dice «Perdidos en la mirada», y estos planos son eso: dos personas que se han olvidado de todo lo que tienen alrededor. La ciudad sigue pasando, las luces corren, la música suena, pero ellos están quietos dentro del abrazo. Me gusta pensar que las estelas son el tiempo, que sigue corriendo para los demás y se ha parado para ellos.

Dos barbas y mucho oro

En un plano más luminoso, dos hombres con barba y chaquetas negras bordadas en oro se ríen juntos, con rayos de luz blanca detrás. Uno lleva pajarita y el otro un pañuelo. Se nota que están a gusto, que se conocen.

Collage con cuatro fotogramas de «Barcelona» (dos chicos con chaquetas bordadas en una calle de noche, los mismos dos abrazados entre luces, una bailarina que gira con un anillo de luz en una calle antigua y un paseo junto al mar al amanecer) y una foto real de Mike con camiseta de tirantes

Me gusta que en el vídeo no haya un solo tipo de pareja. Hay chicos muy jóvenes, hay hombres con barba, hay trajes negros y chaquetas de lentejuelas. La ciudad de noche junta a gente muy distinta, y eso es justo lo que tiene de bueno. Nadie es el modelo de nadie.

La azotea al atardecer

Uno de los planos más abiertos es una azotea con el borde iluminado por un neón rojo, y encima una mujer con un vestido blanco largo, los brazos abiertos de par en par. Detrás, la ciudad al atardecer, con el cielo entre naranja y azul oscuro. El plano vuelve más adelante, casi idéntico.

Es una imagen de liberación, y conecta con otra frase de la letra, «nos liberamos». La mujer no baila exactamente: se abre. Los brazos extendidos son el gesto de quien ya no tiene que protegerse de nada. Y que pase en una azotea, en lo más alto, con toda la ciudad a sus pies, le da una dimensión casi de himno.

Láseres sobre la arena

Por fin llega la arena. En una playa de noche, una mujer con un vestido largo baila sola, y detrás de ella salen rayos de luz rosa y blanca en abanico, como un amanecer artificial. En otro plano, la misma luz pero más blanca, y ella con los brazos en alto.

Aquí la letra y el vídeo se encuentran del todo: «steps in the sand». Los láseres sobre la arena son mi forma de llevar la discoteca a la orilla, de hacer que la pista termine donde empieza el mar. Es algo que se hace en muchas ciudades costeras: bajar a la playa cuando cierra el último local, con los zapatos en la mano, a ver salir el sol.

Un giro en la calle estrecha

En una calle estrecha de casco antiguo, con una torre al fondo, una bailarina gira con un anillo de luz blanca a la altura de la cintura. El anillo es tan intenso que casi le borra la mitad del cuerpo.

Este plano me parece el resumen de todo el vídeo. La calle antigua, de piedra, con siglos encima, y la bailarina de esta noche girando dentro de un círculo de luz. Es la ciudad de siempre y la fiesta de hoy, superpuestas. Cuando se termine la canción, la calle seguirá ahí y la luz se habrá ido. Pero durante unos segundos, la calle ha sido una pista.

La bailarina frente a las torres

El fotograma que elegí para la cabecera es de los últimos minutos. Una bailarina con camiseta blanca y pantalón oscuro está de pie en mitad de una calzada, con los brazos ligeramente separados del cuerpo, como si acabara de terminar un paso. A su alrededor pasan estelas rojas y azules, y al fondo se levantan unas torres altas y caladas, iluminadas desde abajo, que recuerdan mucho a las de la Sagrada Familia.

Es lo más parecido a una postal que tiene el vídeo, y aun así no es una postal. La bailarina está en la carretera, donde no debería estar, y las torres quedan detrás, desenfocadas, como si la ciudad le cediera el primer plano. Me gusta que el monumento más famoso de Barcelona salga así, de fondo, mientras alguien baila delante sin mirarlo.

El paseo al amanecer

Casi al final, una mujer joven con camiseta blanca baila en un paseo junto al mar al amanecer, con el sol muy bajo detrás y un poco de humo blanco alrededor. Hay gente sentada en la barandilla. Es la primera luz del día, la que te encuentra todavía en la calle cuando has decidido no irte a dormir.

Ese amanecer es el final natural de la canción. Toda la letra transcurre «late at night», y el vídeo termina justo cuando la noche se acaba. No hay tristeza en ese plano, sino cansancio feliz. Es la hora en que la ciudad empieza a despertarse y tú todavía llevas encima la purpurina de la fiesta.

Una pista llena y unos brazos en alto

Antes del cierre, el montaje vuelve a la multitud: un mar de manos levantadas en una luz roja intensa, y después un grupo de chicos jóvenes con camisetas blancas que bailan en una nave, mirándose y riéndose. Por último, una silueta sola con los brazos en alto en una neblina rosa y amarilla.

Ficha de «Barcelona» con su carátula: disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Es la despedida de la pista. Primero todos, luego un grupo, luego uno solo. Es como si la cámara se fuera alejando de la fiesta poco a poco hasta quedarse con una única persona que no quiere que se termine. Esa persona podría ser cualquiera de los que han salido en el vídeo. O cualquiera de los que lo están viendo.

El cartel final

El vídeo termina con un cartel: tres chicos con traje oscuro, muy juntos, bajo un planeta rosa enorme, y el nombre de Gayfolk en letras grandes. Es la manera de recordar que esta noche en Barcelona, aunque se parezca mucho a una ciudad real, ocurre también en mi planeta.

Me gusta cerrar así porque devuelve la canción a su sitio. «Barcelona» está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, y ese título ya dice mucho: es un disco de lugares a los que uno querría ir, de ciudades soñadas, de viajes que a veces solo ocurren en la cabeza. Barcelona es una de esas ciudades.

La letra en dos idiomas

La canción está escrita casi entera en inglés, con frases en español metidas entre comillas. Empieza con «Late night, city lights», y en el estribillo aparecen las frases que más me importan: «acércate a mí», «nos liberamos», «juntos tú y yo». Quería que sonara a pista internacional, de esas donde se mezcla gente de muchos sitios y cada uno trae sus palabras.

El español entra en los momentos más íntimos. El inglés describe la noche, las luces, el ritmo; el español dice lo que siente quien baila. Es una mezcla que me sale natural, porque así es como se habla en muchas pistas de baile de Barcelona, con turistas y vecinos mezclados, cada uno con su acento.

Cómo encaja con otras canciones

«Barcelona» dialoga con otras canciones mías de ciudades y de costa. «Madrid to Benidorm» es su prima mayor, la de la pareja que se va al mar. «Sunshine» comparte con ella la fiesta nocturna con fuego y descapotable. Y «Flow We Glow» tiene la misma idea de orilla que se enciende cuando cae la noche.

Si las pones seguidas, sale un mapa de mi planeta hecho de playas, azoteas y carreteras. Ninguna de esas canciones es un reportaje de un lugar. Todas cuentan el lugar como lo recuerda alguien que lo ha vivido con el cuerpo, bailando o viajando o simplemente sentado frente al agua.

Lo que me queda de la ciudad

De una ciudad así, lo que se queda en la memoria rara vez son los monumentos. Se quedan las noches: la charla en la puerta de un local, el paseo hasta la playa, el amanecer con los pies descalzos. El vídeo intenta devolver esa clase de recuerdo tal como se guarda: desordenado, luminoso, lleno de gente y, a la vez, muy íntimo.

Es una de mis canciones más alegres. No hay en ella ningún drama, ningún ex, ninguna herida. Solo dos personas que se encuentran en la pista y deciden no soltarse hasta que salga el sol. Después de tantas canciones sobre lo que duele, me hacía falta una así.

Para ver, escuchar y bajarla

El vídeo completo está en la página del videoclip, y la canción suena en Spotify. Si prefieres tenerla en tu móvil sin depender de nada, se baja gratis y sin cuenta desde la tienda, igual que el resto de mis temas. La letra entera, con su inglés y su español, está en letras.

Un consejo para verla: ponla de noche, con el volumen alto y las luces apagadas. Si tienes una ventana desde la que se vea la ciudad, mejor todavía.

Quién está detrás

Detrás de esta Barcelona estoy yo, Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA». Escribo las letras, compongo y produzco; la música y la interpretación vocal están hechas con IA, y los clips los monto yo. Si estás preparando un artículo sobre mi trabajo, en prensa encontrarás fotos y datos.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo se estrenó el videoclip de «Barcelona»?

Se publicó el 25 de mayo de 2025, por la tarde en la costa del Pacífico, que en Madrid ya era la madrugada del 26. Dura cuatro minutos y cinco segundos.

¿Dónde ocurre el vídeo?

En una ciudad de noche que se parece mucho a Barcelona: calles estrechas, azoteas, un paseo junto al mar, una nave con balcones y unas torres altas iluminadas. No es un reportaje de la ciudad, sino la ciudad tal como la recuerda alguien que ha salido a bailar.

¿En qué idioma está la canción?

Sobre todo en inglés, con frases en español metidas entre comillas: «acércate a mí», «nos liberamos», «juntos tú y yo». Es una mezcla que suena a pista de baile internacional.

¿En qué disco está?

En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK.

¿Dónde se descarga?

Gratis, sin registro y sin pagar nada, en la tienda de gayfolkplanet.com. También está en Spotify.

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