Arte y mirada
Los animales de Planeta Gayfolk: un panda en la feria, canguros de colores y medusas sobre la multitud
Por Mike Sain't Louis ·

Nunca he tenido intención de llenar mis videoclips de animales. Simplemente pasa. Estoy montando una escena seria, con un traje, una mirada y una luz bonita, y de repente me parece que le falta algo, y ese algo casi siempre tiene patas, alas o tentáculos. Un canguro. Un panda. Una medusa del tamaño de una carpa de circo. Con los años se ha ido formando un zoo que nadie ha encargado y que ahora, mirándolo desde fuera, me parece uno de los habitantes más fieles de Planeta Gayfolk.
Esta nota es el retrato de familia de ese zoo. No los ordeno por especie ni por tamaño, sino por cómo me hacen sentir, que es lo único que de verdad sé de ellos.
Canguros entre las nubes
Empiezo por los que más saltan. «Canguros» es una canción de despedida, del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», llena de cosas que «dicen»: que hay un límite en el mundo, que hay un faro en la bahía, que existen «sirenas y sirenos». Y la más rara de todas: que en la luna hay canguros, saltando entre galaxias.
El videoclip se tomó esa frase en serio. Hay un canguro que cruza la pantalla de perfil, en pleno salto, dejando detrás una estela de pintura rosa, azul y violeta, como un cometa con cola de rotulador. Hay un mar de nubes blancas bajo un cielo de estrellas, con canguros de pie que miran hacia arriba mientras un hombre de esmoquin flota encima con los brazos abiertos. Hay una espiral de galaxia azul con canguros que llevan banderas arcoíris, como si fueran a una manifestación espacial.
Me gustan los canguros porque son el animal del salto. No caminan: se impulsan. Y eso es exactamente lo que hace falta después de una despedida. No vale con dar un paso detrás de otro; hay que tomar carrerilla, encoger las patas y saltar hacia donde no sabes si hay suelo. Los canguros de la canción lo hacen entre galaxias, que es lo más lejos que se puede saltar.
Las sirenas de la luna
Ese mismo vídeo guarda un plano que me parece de los más bonitos que he montado. Sobre la superficie gris de la luna, con la Tierra azul colgada en el cielo negro, flotan cinco sirenas. Tienen colas de colores, verde, rosa, violeta, y alas transparentes como de libélula. Una de ellas está tumbada en el polvo lunar, las otras nadan en el vacío como si fuera agua.
Las sirenas no son animales del todo, ya lo sé. Pero en Planeta Gayfolk todo lo que tiene cola y escamas entra en el zoo. Y estas tienen algo especial: están donde no hay mar. Nadan en el espacio, sin agua, sin peces, sin nada que las sostenga. Para mí son la imagen de quien sigue adelante aunque le hayan quitado el elemento en el que sabía moverse. Una sirena en la luna es alguien que ha perdido su océano y ha decidido nadar igual.
Un panda perdido en la feria
Al clip de «Y sigo temblando siempre», rodado casi sin color, se le cuela de pronto un panda gigante. Está agachado sobre el césped de una feria, entre torres de atracciones con banderines y montañas al fondo. Es enorme, más alto que las casetas. Tiene la cabeza un poco ladeada, como si se preguntara qué hace ahí.
Nadie le hace caso. La feria sigue a su alrededor, con sus torres y su cielo gris, y él se queda quieto, con sus manchas negras sobre el blanco, que en un vídeo sin color son las únicas manchas que tiene sentido mirar.
Ese panda me representa mucho. En los peores años me sentía exactamente así: grande, torpe, fuera de lugar, sentado en mitad de una fiesta a la que no sabía muy bien por qué había ido. No hacía daño a nadie. Solo estaba ahí, un poco perdido, esperando a que alguien se acercara a preguntar si estaba bien.
Un flamenco de plástico
En la piscina de «Mi salvador» hay un animal que no respira: un flamenco hinchable rosa, enorme, con el cuello curvado, flotando entre otros juguetes de plástico. Al lado hay una piña gigante, amarilla con hojas verdes, y un dinosaurio azul de goma con la boca abierta. Todo eso convive con trajes de gala y fuegos artificiales.

Me hace gracia que uno de mis animales más reconocibles sea de plástico. El flamenco hinchable es el bicho del verano, el de las fotos en la piscina, el que se desinfla en septiembre y se guarda en el trastero. No tiene nada de salvaje. Pero en un videoclip sobre alguien que espera ser salvado, me parece perfecto: un animal que flota, que no se hunde, que se puede abrazar en el agua cuando no sabes nadar.
Medusas sobre la multitud
En «La noche no es para mí», el festival nocturno tiene un cielo habitado. Sobre la multitud que baila flotan medusas gigantes de color rosa, iluminadas desde dentro, con los tentáculos colgando como guirnaldas. Más tarde, unos rayos verdes de láser las atraviesan y ellas siguen ahí, tranquilas, sin inmutarse.
Las medusas son de los animales más antiguos del planeta y no tienen cerebro. Flotan donde las lleva la corriente. Y en un videoclip sobre la noche, sobre salir, beber, buscar a alguien y volver a casa sin nadie, me pareció que eran el animal exacto. La gente de abajo busca y busca. Las medusas de arriba no buscan nada. Solo brillan.
A veces envidio a esas medusas. Lo digo con cariño. Envidio que puedan estar en mitad de una fiesta sin necesitar nada de ella. Que floten sobre todo el ruido con su luz rosa y no se pregunten si están haciendo lo correcto.
Un dinosaurio que se derrite
El animal más raro del zoo está en «I Want to Be a TikTok Star». Casi al final del videoclip, sin ningún aviso, aparece un dinosaurio rojo de los que caminan sobre dos patas, con la boca abierta y la cola estirada, plantado sobre un agua de color magenta. Si te fijas bien, sus patas se están derritiendo: chorros de un rojo muy vivo caen de su cuerpo y se mezclan con el charco.
En una canción que repite y repite que quiere ser una estrella de TikTok, el dinosaurio es una broma y es también otra cosa. Es lo enorme que se deshace. Lo que fue el rey del mundo y ahora se licúa en un charco de colores. Me hace pensar en la fama, en lo rápido que una cosa pasa de ser lo más visto a ser un fósil.
Y a la vez lo quiero mucho, a ese dinosaurio. Porque derretirse no es lo mismo que desaparecer. El rojo se mezcla con el magenta y forma otro color. Hay cosas que se deshacen para volver a empezar en otra forma.
Chihuahuas que pasean y duermen
En «Como a mi chihuahua» hay un señor de traje marrón que pasea a cuatro chihuahuas por un camino de jardín, entre plataneras y flores rojas, con la tranquilidad de quien sale a por el pan. Uno canela, uno blanco y negro, uno marrón y otro más claro. Van delante, tirando un poco de la correa, mientras en otro plano un volcán escupe lava hacia el mar.
Y luego, en un cambio de tono total, aparecen dos chihuahuas tumbados en una cama, uno encima del otro, enroscados entre sábanas y una manta, con los ojos medio cerrados. Esa imagen es de una ternura que no se puede fingir.
Los chihuahuas son el animal de mi casa, el que más sale en mis canciones. Están en el título de esta, están en «Limón», la nana del disco de inicio de la trilogía. Son pequeños y tiemblan mucho, y quizá por eso me entiendo tan bien con ellos. Pero también son valientes de una forma ridícula: le ladran a todo, aunque todo sea más grande. Me gusta pensar que me han contagiado un poco de eso.
Caballos bajo la luna
Hay caballos en dos videoclips muy distintos. En «Al fuego», un jinete en un caballo negro cruza un desierto de arena clara, con montañas al fondo y una luna llena enorme encima; en otro plano el caballo parece trotar sobre un mar violeta, entre rayos. En «Spoiler», los caballos aparecen en silueta, negros contra un cielo rosa, con platillos volantes encima, y al final dos jinetes se dan la mano desde la montura.

Los caballos son el animal de irse. En las películas del oeste, el protagonista se marcha a caballo hacia el horizonte cuando la historia ha terminado. En mis vídeos se van de noche, bajo la luna, sin prisa. No huyen. Simplemente cambian de paisaje. Y eso, después de lo que pasé, me parece una de las cosas más difíciles de aprender: que marcharse no es rendirse, sino elegir otro camino con la cabeza alta.
Los animales con cuernos
Al principio de «Canguros» hay un plano que casi nadie recuerda. Un hombre con el torso descubierto y unos pantalones rojos con dibujos blancos salta en un paisaje de tierra rojiza, y a su alrededor corren animales con cuernos, ciervos o gacelas, no se sabe bien, en todas direcciones. Él salta en medio, como si fuera uno más de la manada.
Esa imagen la puse antes de que aparecieran los canguros, como un aviso: el vídeo va a ir de saltar con otros. El hombre no domina a los animales ni huye de ellos. Corre con ellos. Es el único momento del zoo en que un humano forma parte de la manada en lugar de mirarla desde fuera.
El monstruo del paseo marítimo
No puedo cerrar el zoo sin la criatura más grande de todas, la de «Otro bombardeo». Es una bestia gigantesca con cabeza de reptil que asoma del mar entre humo naranja mientras una multitud corre por la playa, con edificios blancos al fondo. Escupe fuego. Es el monstruo de las películas de sábado por la tarde, el que destroza ciudades de cartón.
Lo meto aquí porque también es un animal, aunque dé miedo. Y porque en Planeta Gayfolk hasta los monstruos tienen su sitio. No todo lo que sale del mar es una sirena. A veces sale algo enorme que lo arrasa todo. Lo que he aprendido es que esos monstruos, por grandes que sean, acaban volviendo al agua. La playa se queda llena de humo, pero la playa sigue ahí.
Los pájaros que no se ven
Hay una ausencia curiosa en este zoo: casi no hay pájaros de verdad. Hay un fénix de fuego, que es más llama que ave, y hay ángeles con alas negras o doradas en varios vídeos, pero gorriones, palomas o gaviotas, casi ninguno. Me di cuenta al hacer este repaso y me hizo pensar.
Creo que es porque en Planeta Gayfolk volar no es algo natural, es algo que se conquista. Las alas aparecen en las personas cuando por fin se levantan, no en los animales que nacen con ellas. Los animales del zoo saltan, flotan, nadan, trotan o se derriten, pero no vuelan como si nada. El vuelo, en mis vídeos, está reservado para quien ha pasado por algo y sale de ello.
Quizá algún día haga un videoclip lleno de gaviotas sobre una playa, sin más motivo que verlas planear. Será la señal de que ya no necesito ganarme el cielo.
Los ojos de los animales
Si te fijas en las caras de los animales del zoo, ninguno mira con maldad. El panda tiene una expresión de desconcierto. Los canguros de las nubes miran hacia arriba con curiosidad, como niños en un planetario. Los chihuahuas de la cama tienen los ojos entornados de sueño. Los caballos ni siquiera muestran la cara, son siluetas. Hasta el dinosaurio rojo, con la boca abierta, parece más sorprendido que feroz.

Eso lo elegí sin pensarlo mucho, pero ahora lo entiendo. En los años malos, las miradas humanas me daban miedo. Cada cara podía ser un juicio. Los animales, en cambio, miran sin pedir explicaciones. Ponerlos en mis vídeos era poner a mi alrededor ojos que no me iban a hacer daño. Una especie de público amable, de los que no aplauden ni abuchean, solo están.
Por qué aparecen
Si miro el zoo entero, veo un patrón. Los animales llegan casi siempre cuando el videoclip se está poniendo demasiado serio. El panda aparece en un vídeo gris y triste. Las medusas flotan sobre una noche de soledad. El dinosaurio irrumpe en una canción sobre la obsesión por ser visto. Los chihuahuas pasean mientras el volcán ruge. Los canguros saltan en una despedida.
Creo que los animales son mi manera de no tomarme del todo en serio el dolor. No para quitarle importancia, sino para recordar que el mundo es más grande que lo que me pasa. Mientras yo lloro en una terraza, en algún sitio hay un panda sentado en una feria. Mientras alguien me miente, en la luna hay canguros saltando. Esa idea, que suena a tontería, me ha salvado muchas noches.
Los animales tampoco juzgan. No te preguntan qué hiciste mal ni de qué lado estás. Un chihuahua no sabe si eres la víctima o el culpable de una historia. Solo sabe si le das de comer y si te tumbas a su lado. Después de años de sentirme juzgado por todos, esa forma de estar me pareció un refugio.
Un animal para cada día
Con el tiempo he empezado a usar este zoo como un termómetro. Hay días de canguro, en los que me levanto con ganas de saltar hacia algo nuevo aunque no sepa si hay suelo al otro lado. Hay días de panda, en los que solo puedo sentarme en mitad de todo y esperar a que pase la feria. Hay días de medusa, en los que floto sin rumbo y me dejo llevar por la corriente sin pelearme con ella.
Hay días de flamenco de plástico, en los que lo único que consigo es no hundirme, y eso ya está bien. Hay días de dinosaurio, en los que siento que algo enorme se me deshace por dentro y no sé todavía qué forma va a tomar. Hay días de chihuahua, de temblar y ladrar a la vez. Y hay días, cada vez más, de caballo bajo la luna: tranquilos, con la cabeza alta, avanzando hacia otro paisaje.
Ponerle un animal a cada día me ayuda a no juzgarme. Un panda no tiene la culpa de ser lento. Una medusa no tiene que pedir perdón por flotar. Si yo también soy un poco de cada uno, ningún día está mal del todo. Solo es el día de otro animal.
Lo que me enseñó el canguro
Vuelvo al principio, a la canción que da nombre a este paseo. Hay un detalle de los canguros que descubrí tarde y que me parece precioso: no pueden andar hacia atrás. Su cuerpo, con esa cola tan grande y esas patas tan fuertes, está hecho para avanzar.
No sé si cuando escribí «Canguros» lo sabía. Creo que no. Pero ahora, cuando la oigo, pienso en eso. En una despedida que no puede dar marcha atrás. En alguien que se va saltando, entre galaxias, porque su cuerpo ya no sabe volver al sitio donde le hicieron daño. Y en lo bonito que es que el vídeo termine con canguros entre nubes, mirando hacia arriba, hacia un hombre que flota con los brazos abiertos.
El zoo y la recuperación
Esta nota, como mis canciones, sale de mi propia historia, y la resumo con tacto y sin señalar a nadie: durante dos décadas compartí la vida con dos parejas narcisistas, una tras otra. Cuando por fin se vio quiénes eran, parte de la gente que tenía cerca decidió quedarse con ellos, y yo me encontré solo, con mis perros y mis canciones. Escribir fue la forma de poner en orden lo que había pasado.

Hubo un tiempo en el que no veía por dónde seguir. Lo cuento ya desde fuera de ese tiempo. Hoy me tratan un psiquiatra y un psicólogo, y lo que arrastro tiene diagnóstico: fobia social, ansiedad, estrés postraumático y una depresión mayor grave. En esa recuperación, los animales que duermen a mi lado han tenido un papel que no sé explicar del todo. Me sacaban de la cama cuando nada más lo conseguía.
Si ahora mismo te pesa todo y no ves cómo seguir, pide ayuda hoy. Desde cualquier teléfono de España puedes marcar el 024, que no cuesta nada, no cierra nunca y atiende la conducta suicida, tanto si llamas por ti como si lo haces por alguien que te preocupa. Para una urgencia inmediata, 112. Otra opción es el Teléfono de la Esperanza (717 003 717), y quienes todavía no son mayores de edad tienen a la Fundación ANAR al otro lado del 900 20 20 10. Si estás en otro país, findahelpline.com recoge los números de cada lugar.
Un zoo sin jaulas
Si Planeta Gayfolk tuviera un zoo, no tendría jaulas. Sería una explanada enorme entre el mar y el desierto, con nubes bajas donde saltan los canguros, una feria donde descansa el panda, un cielo de festival con medusas, una piscina con un flamenco de plástico, un charco magenta para el dinosaurio que se derrite, un camino de plataneras para los chihuahuas y una llanura con luna para los caballos. El monstruo tendría su trozo de mar, lejos de la playa.
Nadie pagaría entrada. Se iría a mirar, sin más, y a recordar que no todo en la vida es tan grave como parece cuando estás dentro. Ese zoo ya existe, en realidad. Está repartido por mis videoclips, plano a plano.
Cómo recorrerlo
Si quieres visitar el zoo con música, empieza por «Canguros», que es la entrada con más saltos, y sigue por «La noche no es para mí» para ver las medusas. Después, «Y sigo temblando siempre», con su panda en blanco y negro, «Mi salvador», con la piscina de juguetes, «I Want to Be a TikTok Star» para el dinosaurio y «Como a mi chihuahua» para cerrar con los perros. Si te quedas con ganas, «Limón» es la nana del más pequeño de mi casa.
Cada canción del zoo, y del resto del catálogo, te la puedes bajar gratis y sin crear cuenta en la tienda de la web. «Canguros» está también en Spotify, y su videoclip completo, con las sirenas de la luna, está en su ficha de vídeo. Si te apetece leer mientras miras, las letras están en su sección.
Quién escribe
Firma Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical que vive en Madrid rodeado de perros pequeños. Las letras y la forma de cada tema salen de mí, con la música y la interpretación vocal hechas con IA. He acabado de escribir con dos chihuahuas roncando encima de los pies, que son los únicos críticos cuya opinión me importa de verdad. Para entrevistas o fotos, tienes todo en la sección de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Qué animales aparecen en los videoclips de Mike Sain't Louis?
Canguros en «Canguros», un panda en «Y sigo temblando siempre», medusas en «La noche no es para mí», un dinosaurio en «I Want to Be a TikTok Star», chihuahuas en «Como a mi chihuahua», un flamenco hinchable en «Mi salvador» y caballos en «Al fuego» y «Spoiler», entre otros.
¿De qué trata «Canguros»?
Es una canción de despedida que mezcla rumores del mar, sirenas y una promesa de reencuentro. El estribillo asegura que en la luna hay canguros saltando entre galaxias.
¿Cuándo se publicó el videoclip de «Canguros»?
El 19 de marzo de 2025, por la noche en hora de Madrid. Dura tres minutos y veintiún segundos.
¿Por qué tantos animales?
Porque los animales aparecen donde no deberían y rompen la seriedad de cada escena. En Planeta Gayfolk son los que recuerdan que el mundo es más raro y más tierno de lo que parece.
¿Dónde se descargan estas canciones?
Gratis, sin registro, en la tienda de gayfolkplanet.com.