Arte y mirada
Los instrumentos de Planeta Gayfolk: una rumba entre humo verde, un acordeón en la hierba y cinco guitarras bajo un naranjo
Por Mike Sain't Louis ·

En mis videoclips casi nadie toca de verdad. No hay ensayos filmados, ni músicos sudando en un estudio, ni primeros planos de dedos sobre las cuerdas sincronizados con cada nota. Y sin embargo los instrumentos están por todas partes. Aparecen en patios, en playas, en prados, en celdas. Se cuelgan del hombro, se apoyan en las rodillas, se quedan tirados en el suelo.
Me di cuenta de lo mucho que se repiten al repasar los vídeos uno detrás de otro. Una guitarra bajo unos arcos llenos de humo. Unas palmas alrededor de una mesa. Un acordeón rojo en un campo de hierba seca. Dos acordeones en la orilla. Cinco guitarras debajo de un naranjo. Una guitarra en el suelo de una cárcel. Esta nota los junta y les pregunta qué hacen ahí, empezando por la canción que más ruido de cuerdas tiene.
Una rumba entre humo verde
La canción ancla de esta nota es «Verde», una rumba de plaza que está en «El día de la liberación». La letra arranca con un guiño a Lorca, el famoso «verde que te quiero verde», y lo lleva a un terreno mucho más festivo y más pícaro: habla, con humor, de una planta que en mi tierra da para muchas discusiones, y la convierte en excusa para juntarse a bailar.
Hay un verso que lo resume todo y que es el origen de esta nota: «Guitarras y cajones, la noche se enciende». No dice que suene una guitarra; dice que la noche se enciende cuando suenan. El instrumento no es un acompañamiento. Es el interruptor de la fiesta.
El guitarrista de los arcos
El videoclip de «Verde» empieza con ese interruptor. Bajo una arcada de piedra, con columnas antiguas y capiteles tallados, un hombre con camisa blanca abierta está sentado en una silla de madera tocando una guitarra española. A su alrededor sube un humo verde espeso que casi tapa las columnas. Sobre la imagen, en letras naranjas, el título.
Me gusta mucho que el vídeo empiece así, con un músico solo antes de que llegue nadie. Es la imagen de la rumba que todavía no ha empezado: un hombre que afina, que prueba, que toca para sí mismo en una plaza vacía. Dentro de un rato habrá gente bailando por todas partes. Pero primero hay una guitarra y un humo que empieza a extenderse.
Siluetas con guitarra
Más adelante, el humo verde se vuelve tan intenso que ya no se ve el fondo. En uno de esos planos, una figura con camiseta oscura y el pelo recogido toca una guitarra de pie, recortada contra una luz verde total. En otro, una mujer con un vestido azul verdoso y el pelo recogido en un moño toca también la guitarra, con la luz detrás.
Son casi siluetas, y por eso me gustan. No importa quién toca. Importa el gesto: el brazo sobre la caja, la mano en el mástil, la cabeza un poco inclinada. Es la postura de la guitarra de toda la vida, la de las fiestas de patio y las noches de verano, reducida a su forma más simple. El verde lo llena todo y la guitarra queda como una sombra que suena.
Palmas alrededor de una mesa
En «Verde» hay otro instrumento que no se suele contar como tal: las palmas. En un patio de noche, alrededor de una mesa de madera, varias mujeres con faldas rojas y blusas azules y varios hombres con chaleco bailan y dan palmas. En otro plano, en una mesa larga con platos y cuencos, un hombre con traje oscuro y varias mujeres alrededor levantan las manos para acompañar el ritmo.
La letra lo dice al principio: «Entre risas y palmas». Las palmas son el instrumento de quien no tiene instrumento, el que todo el mundo lleva encima. Basta con que alguien empiece a marcar el compás para que la mesa entera se sume. Es el sonido más democrático que conozco, y en una rumba es imprescindible. Sin palmas, la guitarra está sola.
La bailarina de la falda azul
Hay una imagen de «Verde» que junta guitarra y baile en un solo plano. Bajo unos arcos de piedra blanca, una mujer con un vestido largo azul verdoso baila con un brazo tendido hacia delante mientras, a su lado, un chico con camisa negra toca la guitarra sentado. El humo verde les sube por detrás como una cortina.

Me parece la pareja perfecta de la rumba: uno toca, la otra baila, y ninguno de los dos manda sobre el otro. La guitarra le da el ritmo a ella, y ella le da a la guitarra una razón para seguir. Así funcionan muchas fiestas de mi tierra, sin escenario ni público separado, con la música y el baile mezclados en el mismo trozo de suelo.
El cajón que no se ve
El verso de «Verde» nombra dos instrumentos, guitarras y cajones, y aquí tengo que ser honesto: en el vídeo se ven muchas guitarras y ningún cajón. Lo he repasado plano a plano y no aparece esa caja de madera sobre la que se sienta el percusionista para golpearla con las manos.
Me gusta que falte. El cajón está en la letra y en el ritmo, pero no en la imagen, y eso obliga a imaginarlo. Cuando las mujeres dan palmas alrededor de la mesa de madera, a mí me parece que la mesa misma hace de cajón, que en cualquier momento alguien va a empezar a golpearla. Es la percusión de las casas: la que se hace con lo que hay a mano, con la mesa, con las palmas, con los pies en el suelo.
La luna de la bailarina
Hacia el final de «Verde» hay dos planos que me parecen de los más bonitos del vídeo. Una mujer con un vestido largo verde azulado gira delante de una luna llena enorme, blanca, que ocupa medio cielo, mientras el humo verde se enrosca a su alrededor. En otro, otra bailarina extiende los brazos hacia arriba frente a esa misma luna.
La letra tiene un verso para ese momento: la luna sonríe, cómplice. Y el vídeo la pone ahí, gigante, como una espectadora más de la fiesta. Ya no hay guitarras en el plano, pero la música sigue sonando, y la bailarina parece estar tocándole algo a la luna con el cuerpo. Es la rumba llevada al cielo, la fiesta de la plaza que se escapa por encima de los tejados.
Faldas que giran en la plaza
El resto del vídeo es una fiesta en plazas y callejones. Grupos de mujeres con faldas de colores bailan en filas por calles empedradas, rodeadas de gente que mira desde los lados. Dos bailarinas con faldas amarillas giran tan deprisa en mitad de una plaza llena que las faldas se vuelven discos. Una mujer baila sola delante de una luna enorme, con el vestido abierto en abanico.
Aquí ya no se ven instrumentos, pero se oyen en el cuerpo de quien baila. Las faldas que giran son la forma visual del rasgueo, ese movimiento circular de la mano sobre las cuerdas que en la rumba nunca para. Me gusta pensar que, si se quitara la música, se podría adivinar el ritmo solo mirando cómo se mueven las faldas.
«Rumba y risas»
La letra de «Verde» repite varias veces una frase que me gusta mucho por su sencillez: «Rumba y risas bajo el cielo sin fin». No hay nada más. Ni drama, ni historia de amor, ni herida. Es la canción de una noche de plaza en la que todo el mundo está contento.
En mi discografía hay pocas canciones así de ligeras, y esta es una de las que más quiero. Quien mire mi catálogo por encima puede pensar que solo hay temas sobre abuso, sobre narcisistas, sobre lo que duele. No es así: también los hay de pura fiesta, y me hacen tanta falta como los otros. «Verde» es la prueba de que en Planeta Gayfolk también se sale a la calle a dar palmas.
Un acordeón rojo en la hierba
El segundo instrumento de esta nota es el acordeón, y su mejor aparición está en «Sunset Boulevard». En un prado de hierba seca, bajo un cielo gris y bajo, una mujer de pelo largo y jersey de cuello alto color crema toca un acordeón rojo y blanco. A su lado, otra mujer de pelo largo con un vestido oscuro estampado y collares lleva en la mano una trompeta dorada.

La escena vuelve varias veces a lo largo del vídeo, y siempre en ese mismo prado vacío. Me gusta muchísimo el contraste. El resto de «Sunset Boulevard» es puro glamur: palmeras, coches antiguos, divas que caminan entre fotógrafos y llamaradas. Y en medio de todo eso, dos músicas en un campo gris, sin público, tocando para el viento.
La trompeta que no suena
La trompeta de «Sunset Boulevard» es uno de mis detalles favoritos. La mujer del vestido estampado la lleva colgando de la mano, a la altura de la cadera, y en ningún plano llega a llevársela a la boca. Está ahí, preparada, pero no suena.
Es un instrumento en espera. Me hace pensar en todas las cosas que uno lleva encima sin usarlas todavía, porque no ha llegado su momento. La acordeonista toca y la de la trompeta escucha, y entre las dos hay una paciencia que me emociona. En una canción sobre un bulevar lleno de luces y de prisas, esa trompeta callada es la calma.
El acordeón en la orilla
El acordeón vuelve en «Que te mola el cruising», pero de una forma muy distinta. Allí son dos hombres con el torso casi al aire, uno en bañador y otro con chaleco abierto, los que lo tocan, frente a frente, en una playa de arena clara con el mar azul detrás. Se ríen mientras tocan, como dos amigos que se han traído la música de la verbena hasta el agua.
La canción es una de las más cotillas que tengo, la de alguien que cuenta lo que ha visto con un «Vaya, vaya, chiquitín» que lo dice todo. Y el acordeón, en la playa, tiene el mismo tono pícaro. Es un instrumento de fiesta de pueblo trasladado a un lugar donde nadie lo espera. Esa descolocación me hace reír, y creo que la canción también se ríe de sí misma gracias a él.
Dos acordeones, dos tonos
Si se comparan los acordeones de «Sunset Boulevard» y de «Que te mola el cruising», sale un retrato curioso de lo que puede ser un mismo instrumento. En el prado gris, el acordeón es melancólico, casi de película del norte de Europa, tocado por una mujer seria que mira al horizonte. En la playa soleada, es una broma, tocado por dos hombres que se ríen.
El acordeón tiene esas dos caras desde siempre. Es el instrumento de los bailes populares y también el de las canciones de despedida, el de las fiestas de agosto y el de los puertos en invierno. Me gusta usarlo en los dos sentidos, porque así es también mi música: a veces se ríe, a veces se despide, y a menudo hace las dos cosas en la misma canción.
Cinco guitarras bajo un naranjo
El plano que elegí para la cabecera de esta nota sale de «Can't Wait». En un patio de tierra, bajo las ramas de un naranjo cargado de fruta, con farolillos de papel colgados entre las hojas, cinco hombres sentados en sillas tocan guitarras españolas. Hay naranjas caídas por el suelo, alrededor de sus pies. La luz es cálida, de final de tarde.
Es una imagen que parece salida de un patio andaluz o de una noche de verano en cualquier pueblo del sur. Cinco guitarras a la vez, en círculo, mirándose entre ellos. No hay público. No hace falta. Me encanta la idea de que en un vídeo tan lleno de cosas extrañas, con ángeles, astronautas, sirenas y coches de colores, haya un momento tan sencillo: cinco amigos con guitarras debajo de un árbol.
Las naranjas en el suelo
Me fijo mucho en las naranjas caídas de ese plano de «Can't Wait». Están por todas partes, entre las sillas, junto a los pies de los guitarristas, como si nadie se hubiera molestado en recogerlas. Es un detalle que no planeé como símbolo, pero que ahora me parece muy significativo.

Las naranjas caídas son el tiempo que pasa mientras se toca. Nadie se levanta a recogerlas porque la música es más importante. Es esa clase de tarde en la que las cosas se quedan como están, el árbol suelta su fruta y los músicos siguen a lo suyo. Una tarde sin prisas, con los farolillos esperando a que anochezca para encenderse.
Frente a frente o lado a lado
Hay una diferencia en cómo se colocan los músicos de estos vídeos que me parece muy elocuente. Los acordeonistas de «Que te mola el cruising» tocan frente a frente, mirándose a la cara y riéndose. Las dos mujeres de «Sunset Boulevard», en cambio, están lado a lado, mirando cada una hacia un punto distinto del horizonte. Y los cinco guitarristas de «Can't Wait» forman un círculo en el que todos se ven.
Esas posiciones cuentan relaciones. Frente a frente es el diálogo, la complicidad, el juego: tú tocas, yo te contesto. Lado a lado es la compañía silenciosa, dos personas que están juntas sin necesidad de mirarse. El círculo es la comunidad, el grupo de amigos que se pasan la música como se pasan la conversación. Tres maneras de tocar con otros, y tres maneras de estar con otros.
Lo que no suena en mi planeta
Si me fijo en lo que no aparece, también aprendo algo. En estos vídeos no hay baterías, ni pianos, ni violines, ni sintetizadores con teclados de luces. Y es curioso, porque mi música está llena de bases electrónicas, de beats y de producción de pista de baile. Lo que suena en la canción y lo que se ve en el vídeo van por caminos diferentes.
Creo que es porque los instrumentos de los vídeos no están ahí para explicar el sonido, sino para traer un mundo. La guitarra española trae el patio y la plaza. El acordeón trae la verbena y el puerto. Las palmas traen la mesa familiar. Son instrumentos con memoria, que cualquiera reconoce aunque no sepa tocarlos, y por eso funcionan tan bien en una imagen de unos segundos.
Los farolillos del patio
Vuelvo un momento al naranjo de «Can't Wait», porque hay un detalle que no quiero olvidar. Entre las ramas cuelgan farolillos de papel blanco, redondos, de los que se ponen en las fiestas de verano. Todavía no están encendidos del todo; la luz que hay es la del final de la tarde, dorada, que entra de lado.
Esos farolillos son una promesa. Dicen que dentro de un rato será de noche, que se encenderán, que la música seguirá. Es el momento de antes de la fiesta grande, cuando todavía son solo cinco amigos tocando debajo de un árbol. Me gusta mucho ese tiempo de espera, y creo que «Can't Wait», con ese título que habla de no poder esperar, lo celebra justo al revés: con una tarde en la que nadie tiene ninguna prisa.
Una guitarra entre barrotes
No todos los instrumentos de mis vídeos están de fiesta. En «Tu mendigo», la guitarra es lo único que le queda a un preso. El protagonista, un guitarrista con chaleco negro bordado, aparece en celdas de cárcel en blanco y negro o bañadas de luz roja, a veces tocando, a veces con la guitarra tirada en el suelo a su lado.
Es la otra cara de la música. En «Verde» la guitarra enciende la noche; en «Tu mendigo» la guitarra acompaña la soledad. Pero en las dos hace lo mismo: está con quien la toca. En la celda, cuando no queda nada, la guitarra sigue ahí, apoyada en las rodillas o en el suelo, como un amigo que no se va. Me gusta pensar que ese preso sobrevive porque todavía puede tocar.
El instrumento como personaje
Cuando pienso en todos estos vídeos juntos, me doy cuenta de que los instrumentos funcionan casi como personajes. La guitarra de «Verde» es la anfitriona de la fiesta. El acordeón de «Sunset Boulevard» es la nostalgia. Los acordeones de «Que te mola el cruising» son los cómplices del cotilleo. Las cinco guitarras de «Can't Wait» son la amistad. Y la guitarra de «Tu mendigo» es el refugio de quien no tiene otro.

Ninguno de esos instrumentos suena exactamente como se ve. La música de mis canciones la produzco yo, y no es una grabación de esas guitarras o de esos acordeones concretos. Pero los vídeos no están para documentar cómo se hizo la canción, sino para contar qué tipo de emoción tiene. Y para eso, a veces basta con enseñar un instrumento en el lugar adecuado.
Palmas, cuerdas y fuelles
Si se ordenan los instrumentos de mis vídeos por familias, salen tres. Las palmas, que son el cuerpo convertido en ritmo, y que aparecen sobre todo en «Verde». Las cuerdas, con todas esas guitarras españolas de caja clara que se ven en «Verde», «Can't Wait» y «Tu mendigo». Y los fuelles, los acordeones que se abren y se cierran en «Sunset Boulevard» y en «Que te mola el cruising», con la trompeta como invitada.
No es casualidad que las tres familias sean de música de calle. No salen pianos de cola ni violines de orquesta. Salen los instrumentos que se pueden llevar a una plaza, a una playa o a un patio, los que se tocan en las fiestas populares. Mi planeta es, en buena parte, una verbena, y sus instrumentos son los de la verbena.
Los lugares donde suenan
Lo que más me divierte de estos instrumentos es dónde los pongo. La guitarra de «Verde» suena bajo unos arcos de piedra, como en una plaza mayor. El acordeón de «Sunset Boulevard», en un prado vacío bajo un cielo gris. Los de «Que te mola el cruising», en la orilla del mar. Las guitarras de «Can't Wait», bajo un naranjo. La de «Tu mendigo», en una celda.
Cada lugar le cambia el sentido al instrumento. Una guitarra en una plaza es fiesta; en una celda es resistencia. Un acordeón en un baile es verbena; en un prado vacío es una despedida. Me gusta jugar con eso, porque así no hace falta explicar nada: basta con elegir dónde suena la música para que el espectador entienda qué está sintiendo cada personaje.
Para escucharlos
El vídeo de «Verde» se ve entero en su página, y el de «Sunset Boulevard», con su acordeón en la hierba, aquí. «Verde» suena también en Spotify. Todas las canciones de esta nota, como el resto de mi catálogo, se descargan gratis y sin cuenta en la tienda, y las letras completas están en letras.
Un orden para verlos: empieza por «Verde» y su plaza, sigue con las guitarras bajo el naranjo de «Can't Wait», pasa por la playa de «Que te mola el cruising», detente en el prado gris de «Sunset Boulevard» y termina con la guitarra presa de «Tu mendigo». Irás de la fiesta a la soledad, y en todas partes habrá algo que suena.
Quién pone los instrumentos
Los coloco yo, Mike Sain't Louis, al que se conoce como «el primer cantautor IA». Escribo las letras y compongo y produzco cada canción; la música y la interpretación vocal las saco hechas con IA, y cada clip lo monto plano a plano. Quien quiera escribir sobre ello tiene fotos y datos en prensa.
Preguntas frecuentes
¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis salen instrumentos?
En muchos. Esta nota se fija en «Verde», con guitarras y palmas entre humo verde, «Sunset Boulevard», con un acordeón y una trompeta en un prado, «Que te mola el cruising», con dos acordeonistas en la playa, «Can't Wait», con cinco guitarristas bajo un naranjo, y «Tu mendigo», con un guitarrista preso.
¿Qué tipo de canción es «Verde»?
Una rumba de plaza, con guitarras, palmas y un guiño al «verde que te quiero verde» de Lorca. La letra habla con humor de una planta que da mucho que discutir y la convierte en excusa para una fiesta.
¿Los instrumentos del vídeo son los de la grabación?
No. Las canciones están producidas por mí, con la música y la interpretación vocal hechas con IA. Los instrumentos de los vídeos son imágenes: sirven para contar qué tipo de fiesta o de tristeza tiene cada canción.
¿Por qué tantos acordeones?
Porque el acordeón es el instrumento de la verbena, del baile de pueblo y de la calle, y me gusta sacarlo de su sitio: ponerlo en una playa o en un prado vacío.
¿Se pueden descargar estas canciones?
Sí, todas, gratis y sin registrarse, en la tienda de gayfolkplanet.com.