Arte y mirada
Los niños de Planeta Gayfolk: una cama revuelta, un carrito de neón y un chihuahua que se duerme
Por Mike Sain't Louis ·

Un día, repasando fotogramas de mis videoclips para escribir este diario, me di cuenta de algo que no había planeado. Hay niños por todas partes. Aparecen al final de canciones que hablan de adultos rotos, se cuelan entre escenas de boxeo y atascos, juegan en camas deshechas, patalean bajo farolas, llevan regalos por calles nevadas. No los puse ahí por estrategia. Salieron solos, igual que salen las cosas que uno lleva dentro cuando escribe.
Esta nota es un paseo por esos niños. No es un análisis ni una teoría. Es más bien un álbum de fotos de familia de un planeta inventado, donde cada crío guarda un pedazo de lo que fui y de lo que todavía estoy aprendiendo a cuidar. Voy de un videoclip a otro, contando lo que se ve, y al final paso por el más pequeño de todos, que no es un niño sino un chihuahua.
Tres críos en una cama revuelta
Casi al final de «El castigo más duro», cuando el montaje ya ha pasado por platillos volantes, plazas de azulejo y una flamenca roja, entra una luz de mañana. Hay una cama deshecha con sábanas celestes y tres chavales muy pequeños revolcándose encima, muertos de risa, uno con un pantaloncito amarillo.
Cualquiera que haya tenido hermanos o primos reconoce esa imagen al instante. La cama de los padres convertida en un ring, en un barco pirata, en una isla. Lo que me interesa es dónde está colocada: en una canción que trata del silencio como arma, esa cama ruidosa es justo lo contrario. Allí todavía nadie sabe que el cariño se puede quitar de un día para otro.
Yo recuerdo tardes así, con la persiana a medias y alguien gritando desde el pasillo que dejáramos de saltar. Nadie tenía miedo de nadie. Esa risa sin cálculo es la que el videoclip guarda antes de enseñar la otra cara.
El que llora mirando a cámara
Porque la otra cara llega enseguida. El último plano de ese mismo clip es un crío moreno con camiseta color salmón, delante de un fondo granate salpicado de chispitas, como el telón de una función de fin de curso. Empieza muy quieto, con la expresión de quien no sabe qué ha hecho mal, y poco a poco se le arruga la cara hasta que llora. La cámara no se va.
Decidí no cortar ese llanto. Cuando una persona adulta te castiga dejándote de hablar, no solo sufre quien eres hoy. Se despierta también aquel crío que un día se quedó sin explicación. Lloran a la vez, uno metido dentro del otro, igual que esas muñecas de madera que se guardan unas en otras.
Me gusta que detrás haya chispitas. En Planeta Gayfolk hasta las lágrimas tienen escenografía, y no para taparlas, sino para que nadie piense que llorar es algo que hay que hacer a escondidas.
Patadas al aire bajo una farola
En «Y sigo temblando siempre», un videoclip casi entero en blanco y negro, aparece varias veces un niño solo sobre una explanada de césped, de noche. Una farola alumbra un círculo de hierba. Él lleva camiseta clara y pantalón oscuro, y da patadas al aire, corre de un lado a otro, se para y vuelve a empezar. No hay balón. No hay nadie más.
Ese niño me conmueve de una forma que me cuesta explicar. Puede que esté jugando a un partido imaginario. Puede que esté pataleando de rabia. Desde lejos no se distingue, y creo que esa es la gracia. A veces el juego y el berrinche se parecen tanto que ni el propio niño sabe cuál de los dos está haciendo.
Así me sentí durante mucho tiempo: dando patadas a algo que no estaba, en un círculo de luz muy pequeño, mientras alrededor todo era noche. El césped de ese clip es el sitio donde la rabia todavía no tiene palabras y solo sabe moverse.
Un niño sobre fondo turquesa
«No Contact» es una canción de pista, de purpurina y de portazo al pasado. Su videoclip está lleno de reinas, diablas con tartas y espejos rotos. Y, de pronto, un niño. Camiseta negra con un dibujo de colores, pelo corto, un fondo turquesa liso, sin nada más. Baila, o se balancea, con los brazos sueltos, mirando hacia abajo.

Ese fondo vacío es lo que más me gusta. En un clip tan cargado, el niño tiene el único espacio limpio. Es como si el montaje dijera: aquí no hay drama, aquí no hay narcisistas, aquí solo hay un crío moviéndose porque sí. La canción grita que ya no hay contacto con quien te hizo daño. El niño de turquesa es lo que queda cuando cortas ese contacto: el gusto por bailar sin que nadie te mire.
El niño subido a una cinta
En el mismo videoclip hay otro niño, y este es casi una escultura. Está de pie, muy tieso, encima de una cinta de casete gigante, con camiseta azul y vaqueros, y sostiene un palo largo en la mano, como un pastor o un abanderado. El fondo vuelve a ser turquesa, ahora más claro.
Las cintas de casete son la memoria de mi generación. Grabábamos canciones de la radio, las rebobinábamos con un boli, nos las prestábamos con el título escrito a mano. Ese niño de pie sobre una cinta es el que sostiene la memoria entera. El palo puede servir para apoyarse o para defenderse. Yo lo leo como las dos cosas: un niño que protege lo que guardó cuando nadie más lo hacía.
En la letra de esa canción hay un verso que habla de cambiar cada lágrima por el beat. Me gusta pensar que esas lágrimas están grabadas en la cinta y que el niño, ahí arriba, ha decidido darle la vuelta a la cara B.
Carritos entre luces de neón
«No me despiertes al niño» tiene uno de los videoclips más luminosos de todo el planeta, y es el que he elegido para la portada de esta nota. Mujeres rubias, peinadas como estrellas de cine antiguo, con vestidos de tonos pastel, empujan carritos de bebé por calles nocturnas llenas de neón: rayos rosas, triángulos azules, escaparates encendidos, rascacielos de luces. En casi todos los planos el carrito va delante, protegido, y la ciudad entera parece una feria eléctrica.
El niño, aquí, casi no se ve. Es un bulto entre mantas, dentro de la capota. Y precisamente por eso es el centro. Todo el decorado existe para no despertarlo. Hay algo muy tierno en esa idea: una ciudad que brilla tanto y que, sin embargo, va de puntillas para que alguien muy pequeño pueda seguir durmiendo.
Muchas veces he deseado eso para el niño que fui: que el mundo hiciera menos ruido a su alrededor. Que alguien empujara el carrito con cuidado por las calles difíciles. Este videoclip es esa fantasía hecha de neón.
Adultos dentro de una cuna
Hay un videoclip donde la infancia aparece al revés, y me parece imprescindible en este paseo. En «Nana para adultos» no salen niños. Salen adultos metidos en cunas enormes de barrotes blancos: dos chicos con pijamas de raso, uno tumbado y otro de pie que le arropa; dos mujeres rubias con batas de satén, una medio dormida y la otra acariciándole el hombro; parejas en pijama de lunares bajo tubos de neón verde, relojes dorados en la pared, estrellas pintadas en el techo y lámparas con forma de cunita flotando en el aire.
Es una imagen muy divertida y muy seria a la vez. Todos necesitamos que alguien nos arrope, aunque midamos uno ochenta y tengamos barba. Las cunas de ese clip confiesan sin rodeos lo que casi nadie se atreve a reconocer: que de mayores seguimos queriendo una nana. Que hay noches en que el cuerpo adulto no basta y lo que pide es un barrote al que agarrarse y alguien al lado que no se vaya.
Lo pongo aquí porque completa el dibujo. Los niños de los otros videoclips son el pasado; los adultos en cuna de este son el presente. El mismo deseo de cuidado, visto desde las dos orillas.
Un regalo en la nieve
«Holy Stillness» es una canción en inglés con forma de nana, y su videoclip, en blanco y negro, transcurre en una Nochebuena nevada de otra época. Soldados que vuelven a casa en tren, parejas que se abrazan en el porche, una cafetería vacía con una gramola y copos de papel colgados del techo. Y dos niños que me parecen el corazón del clip.

Uno aparece de perfil, con abrigo, mirando una casita al fondo de un campo nevado, con una chimenea de fábrica humeando detrás. El otro lleva gorra y abrigo de paño y sostiene con las dos manos una caja de regalo, de pie en una calle nocturna con escaparates. Ninguno sonríe. Los dos esperan.
Ese niño del regalo es, para mí, el que sigue creyendo que si trae algo bonito lo van a querer. El que llega con su caja a una casa donde no sabe si le abrirán. La canción le contesta con su estribillo de descanso: le dice al pequeño que puede dormir ya sin miedo. No le pide que traiga nada. Le basta con que esté.
Hay también una cafetería vacía en ese clip, con una gramola en el centro, suelo de cuadros blancos y negros y copos de papel colgando del techo. No hay nadie dentro. Me imagino que es el sitio donde ese niño del regalo esperaba de pequeño a que vinieran a buscarle, sentado en uno de esos sofás de escay, con los pies colgando. La canción no lo dice. El videoclip tampoco. Pero las dos cosas juntas me lo cuentan.
Una nana en otro idioma
Escribí «Holy Stillness» en inglés y todavía no sé del todo por qué. Quizá porque en castellano las nanas que conocía hablaban de cocos que se llevan a los niños que no duermen, y yo quería una sin amenazas. La letra habla de una noche en la que el aire es cálido y las estrellas se inclinan hacia abajo, de manos que tiemblan y corazones que van despacio, y termina con una idea que me sostiene mucho: «Nothing is rushed».
Nada tiene prisa. Para un niño que creció con prisa por agradar, por adivinar el humor de los mayores, por no molestar, esa frase es una manta. Y para el adulto que soy, también. La canción pertenece a «El día de la liberación», el disco que cierra la trilogía, y no creo que sea casualidad. Liberarse también es dejar que el niño duerma.
Limón, el más pequeño de la casa
Y luego está Limón. Limón no sale en esos videoclips porque no es un actor: es uno de mis chihuahuas. Pero tiene su propia canción, «Limón», en el primer disco, y es probablemente la nana más pura que he escrito. Le digo que ya es hora de dormir, que es chiquitín, que su dueño está aquí y que le va a proteger.
Lo curioso de esa nana es que funciona al revés. Se la susurro a él, pero el que se calma soy yo. Cuando una persona ha vivido mucho tiempo con miedo, cuidar de un ser tan pequeño se convierte en una forma de cuidarse a uno mismo sin darse cuenta. Limón no pide explicaciones, no castiga con silencios, no cambia de versión. Está. Duerme. Confía.
Muchas veces, cuando escribo sobre el niño que fui, en realidad estoy mirando a Limón dormido en el sofá. Es más fácil ser tierno con él que conmigo. Pero lo uno lleva a lo otro.
En mis chihuahuas he aprendido cosas que ningún adulto me enseñó de pequeño. Que un ser muy frágil puede ocupar todo el sitio que necesita sin pedir perdón. Que la confianza se gana con rutinas pequeñas: la comida a su hora, la manta en el mismo rincón, la mano que acaricia sin pedir nada a cambio. Que el miedo se va cuando alguien está, no cuando alguien explica. Por eso Limón tiene un lugar en este álbum aunque no sea un niño. Es el pequeño que me ha enseñado a cuidar a los pequeños.
Los objetos que llevan
Si me fijo en lo que tienen en las manos o alrededor, los niños de mis videoclips llevan siempre algo muy concreto. Una cama con sábanas celestes. Un círculo de césped bajo una farola. Una camiseta negra con dibujos. Una cinta de casete del tamaño de una tarima y un palo largo. Una manta dentro de un carrito. Una caja de regalo envuelta. Ninguno de esos objetos es caro ni espectacular. Son las cosas pequeñas que de crío lo son todo.

Creo que por eso funcionan. Cuando éramos niños, la seguridad no venía de grandes discursos, sino de objetos: la manta que olía a casa, el juguete que te llevabas a la cama, el regalo que preparabas para alguien con la esperanza de que te quisiera un poco más. Los videoclips devuelven esos objetos a sus dueños. Le dan al niño algo que sostener.
Los niños no hablan
Otra cosa en común: ninguno de estos niños dice nada. No hay diálogos, no hay frases, ni siquiera se les ve mover los labios como si contaran algo. Ríen, lloran, patalean, bailan, esperan. Todo lo dicen con el cuerpo.
Eso me parece muy fiel a lo que pasa con la infancia herida. Lo que te ocurrió de pequeño no suele tener palabras; tiene sensaciones. Un nudo en el estómago, unas ganas enormes de correr, unas lágrimas que salen sin saber por qué. Las canciones ponen las palabras que faltan, y los niños de los videoclips ponen lo otro: el gesto que estaba antes de las palabras.
Por qué vuelven los niños
Si junto todas estas escenas, aparece un dibujo bastante claro. Los niños de Planeta Gayfolk llegan casi siempre al final o en los márgenes. No son protagonistas de ninguna historia. Son el lugar al que vuelve la canción cuando ya ha dicho todo lo que tenía que decir sobre los adultos.
Creo que eso pasa porque las heridas que cuento en mis canciones no empezaron en las relaciones que las provocaron. Esas relaciones encontraron un terreno ya preparado. Un niño que aprendió pronto a callarse, a no molestar, a disculparse por existir, es el adulto perfecto para alguien que quiere controlar. Lo digo sin culpa: no es responsabilidad de aquel niño. Pero sí explica por qué, cuando todo se rompe, la cámara acaba buscándolo.
Los videoclips no lo explican con palabras. Lo enseñan. Una cama revuelta, un llanto sin consuelo, un círculo de luz en el césped, una cinta, un carrito, un regalo. Son seis maneras de decir lo mismo: que dentro de cada persona dañada hay un crío esperando que alguien le diga que ya puede descansar.
Lo que le diría a cada uno
Al niño de la cama revuelta le diría que siga saltando, que el colchón aguanta y que esa risa suya no molesta a nadie que merezca la pena.
Al de la camiseta salmón le diría que no ha hecho nada malo. Que el silencio de los mayores no es una nota que le pongan a él, sino un problema de quien lo usa. Que puede llorar todo lo que necesite y que alguien se va a quedar a su lado hasta que termine.
Al del césped le diría que patalear también es una forma de defenderse, y que un día ese círculo de luz será mucho más grande. Que no hace falta tener balón para jugar ni motivo para enfadarse.
Al de fondo turquesa, que baile. Que nadie le está mirando y que eso es un regalo, no un abandono.
Al que está subido en la cinta, que no suelte el palo todavía, pero que no se olvide de bajar de vez en cuando a escuchar lo que ha guardado.
Al bebé del carrito, que duerma. Que la ciudad de neón ha prometido ir de puntillas.
Al chaval del regalo en la nieve, que no tiene que traer nada para que le abran la puerta. Que la caja puede quedársela él.
Y a Limón no le diría nada, porque ya duerme, y eso es lo que más me enseña.
El niño que fui
Mis canciones salen de mi vida, y en esta parte quiero hablar de ella con cuidado y sin señalar a nadie. Durante veinte años compartí mi vida con dos parejas narcisistas. Cuando se descubrió quiénes eran, me dejaron solo frente a una parte de mi gente, que se puso de su lado. Escribir fue lo único que me permitió contar lo que de verdad había pasado.

Llegué a un punto en que no veía salida, y si hoy lo nombro es porque ya estoy en otro lado. Sigo un tratamiento con psiquiatra y psicólogo, sé cómo se llama lo que tengo, que es estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social y ansiedad, y he aprendido a hablarle al niño que fui con la ternura que no recibió. Estos videoclips son parte de esa conversación. Cada niño que aparece en ellos es una frase que le digo.
Si tú también estás pasando por algo que no te deja respirar, busca ayuda hoy mismo. El 024 es el teléfono de atención a la conducta suicida en España: no cuesta nada y contesta a cualquier hora, también si llamas por otra persona. Si hay peligro inmediato, el 112. Puedes hablar además con el Teléfono de la Esperanza en el 717 003 717, y si quien lo necesita es un niño o un adolescente, la Fundación ANAR escucha en el 900 20 20 10. Si vives fuera, en findahelpline.com tienes las líneas de cada país.
Una guardería en el planeta
A veces imagino que en Planeta Gayfolk hay una guardería. Está en una casa con porche nevado, como la de «Holy Stillness», pero por dentro tiene las paredes turquesa de «No Contact» y una cama enorme con sábanas azules donde caben todos. En la puerta aparcan carritos de neón. En el jardín hay una farola que alumbra un círculo de césped para quien necesite patalear un rato. Y en el sofá duerme un chihuahua que no se despierta por nada.
Nadie castiga allí con el silencio. Nadie tiene prisa. Si alguien llora, se le deja llorar con purpurina de fondo y luego se le da la mano. Es una tontería, ya lo sé. Pero cada vez que monto un videoclip y aparece un niño, siento que estoy poniendo un ladrillo más de esa casa.
Para escucharlas juntas
Si te apetece recorrer este paseo con música, te propongo un orden: empieza por «Limón», sigue con «No me despiertes al niño», pasa por «No Contact» y «Y sigo temblando siempre», deja «El castigo más duro» para la noche y termina con «Holy Stillness». Es un recorrido que va del juego al llanto y del llanto al descanso.
Todas se pueden escuchar y descargar gratis en la tienda de Planeta Gayfolk, y cada una tiene su ficha con la letra cuando está publicada. Si prefieres plataformas, «Holy Stillness» está en Spotify. El videoclip de la nana nevada está en la página de vídeos, y el resto de letras, en la sección de letras.
Quién escribe esto
Soy Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical. Escribo las letras y construyo cada canción, y la música y la interpretación vocal están hechas con IA. Esta nota la he escrito con Limón dormido al lado, que es la mejor compañía para hablar de niños. Si buscas datos o fotos para un artículo, están en la sección de prensa.
Preguntas frecuentes
¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis aparecen niños?
Entre otros, en «El castigo más duro», «Y sigo temblando siempre», «No Contact», «No me despiertes al niño» y «Holy Stillness». En cada uno el niño cumple un papel distinto.
¿Por qué hay tantos niños en sus videoclips?
Porque muchas de sus canciones tratan heridas adultas que despiertan otras más antiguas. El niño es la manera de enseñar ese origen sin explicarlo.
¿Quién es Limón?
Uno de sus chihuahuas, protagonista de la canción «Limón», una nana al revés del primer disco de la trilogía.
¿Qué es «Holy Stillness»?
Una canción en inglés con forma de nana, del disco «El día de la liberación». Su videoclip, en blanco y negro, transcurre en una Nochebuena nevada.
¿Dónde se pueden descargar estas canciones?
Gratis, en la tienda de gayfolkplanet.com y en la ficha de cada canción.