Arte y mirada
Los toreros de Planeta Gayfolk: una resaca con traje de luces, un torero con alas y un capote frente al enmascarado
Por Mike Sain't Louis ·

Si alguien hiciera recuento de lo que más se repite en mis videoclips, después del rosa y de los planetas saldrían los toreros. Hay toreros que se despiertan con resaca, toreros con alas, toreros que se besan, toreros que se plantan delante de un enmascarado. Lo curioso es que casi nunca hay toro. En Planeta Gayfolk, el traje de luces viaja solo, sin plaza y sin animal, y aparece en dormitorios, playas, pasillos inundados y calles de noche.
Esta nota junta a esos toreros y les pregunta qué hacen ahí. La respuesta no es una sola. A veces el traje es una armadura, a veces un disfraz, a veces una fiesta. Casi siempre, las tres cosas a la vez.
Dos toreros con resaca
El punto de partida es «Garrafón de China». La canción cuenta una mañana de esas que todos hemos tenido: te levantas, la cabeza te va a estallar y hay alguien a tu lado a quien no reconoces. La letra lo resume con una frase que me sigue haciendo gracia: «Y ahora tengo a un extraño en mi cocina».
El vídeo pone esa resaca en un dormitorio de paredes rosas y cuadros pop, con luz de neón morada. Y los que se despiertan no son dos chicos en pijama, sino dos toreros con el traje completo, chaquetillas de oro bordado, uno en azul marino y otro en rojo. Se miran de reojo, desconcertados, como si cada uno intentara recordar cómo ha acabado ahí el otro.
Me pareció la mejor forma de contar una resaca. El traje de luces es lo más elegante que uno puede ponerse, y verlo arrugado en una habitación a la mañana siguiente tiene algo de derrota cómica. Es como encontrarse un vestido de novia tirado en la bañera. La fiesta fue tan grande que nadie se quitó el disfraz.
El de esmoquin y la figura de la corona
En una de las primeras escenas, en ese mismo dormitorio, aparece un tercero: un hombre con esmoquin negro y pajarita, de pie junto a la cama. Al otro lado, de espaldas, una figura con una corona alta y puntiaguda y un traje rojo con bordados, que parece salida de una procesión o de un carnaval antiguo.
Ninguno de los dos se explica. Están ahí como los restos de la noche, personajes que se colaron en la fiesta y ya no se fueron. A mí me hacen pensar en las bodas a las que se va de etiqueta y en las que, de madrugada, nadie sabe quién es quién. El esmoquin, la corona y el traje de luces se mezclan como en un baile de disfraces que ha durado demasiado.
Fuegos artificiales sobre una camiseta de tirantes
Entre los planos del dormitorio, el montaje mete otro hombre, solo, con camiseta de tirantes blanca y un palo de madera apoyado en el hombro, delante de un cielo negro lleno de fuegos artificiales dorados. Mira a cámara con cara de cansancio.
Es la noche anterior, la que nadie recuerda bien. Los fuegos artificiales son la fiesta en su punto más alto, cuando todo parece buena idea. Y el chico de tirantes, con ese gesto agotado, es el resto que deja la fiesta cuando se apaga. En una canción sobre el alcohol malo, el contraste entre el estallido de colores y la cara de después es todo el chiste.
Un sillón naranja y un terciopelo granate
Más adelante, los toreros cambian de sitio. Uno, con un traje turquesa y oro, se repantinga en un sillón naranja con las piernas abiertas y la corbata floja. El otro, con un traje de terciopelo granate, está tirado sobre una alfombra de pelo blanco, apoyado en un cojín. En otro plano, los dos se derrumban en un sofá amarillo con lunares rojos, uno con la cabeza en el hombro del otro.
Son las posturas de la resaca. El cuerpo ya no sostiene la pose del traje, que exige la espalda recta, el pecho fuera, la barbilla alta. Aquí los toreros están despatarrados, rendidos, con el brillo del oro manchado de sueño. Y eso me gusta porque desmonta la imagen heroica. Un torero, al final, también es alguien que llega a casa reventado y se tira en el sillón.
Ajustarse el cuello
El plano que puse en la cabecera de este texto es pequeño y tierno. Uno de los toreros, con chaquetilla roja y oro, le pone la mano en el cuello al otro, muy cerca, como si le colocara la camisa o la corbata antes de salir. Se miran a pocos centímetros.

Es el gesto de vestirse para alguien, o de vestir a alguien. En el mundo taurino, el traje se pone con ayuda, porque es tan ajustado que uno solo no puede. En el vídeo esa ayuda se convierte en una caricia. Y en una canción sobre despertarse junto a un extraño, ese gesto dice algo bonito: que a veces el desconocido de la mañana acaba siendo quien te ajusta el cuello.
Una caseta azul en la playa
«Garrafón de China» tiene también su momento absurdo, y me encanta. En mitad de una playa de noche, con el mar morado y el cielo rosa, hay una caseta de baño portátil encendida por dentro con luz azul, con la puerta abierta y el retrete a la vista. Sola, en la arena, como un monumento.
No hay torero en ese plano, pero lo pongo aquí porque es el reverso del traje de luces. Si el torero es lo más ceremonioso que existe, el váter de obra en la playa es lo menos. Y la resaca, al fin y al cabo, es eso: pasar en pocas horas de la ceremonia al retrete. El vídeo enseña las dos cosas con la misma luz, sin juzgar a ninguna.
Un coche sobre un planeta rosa
Hacia el final, un coche todoterreno oscuro avanza por una carretera iluminada que cruza un paisaje rosa chicle, con colinas y un planeta enorme asomando por un lado. Es la vuelta a casa, el trayecto de después de la fiesta, pero en Planeta Gayfolk.
No sabemos quién conduce. Quizá alguno de los toreros, quizá el chico de los fuegos. Me gusta dejarlo así. La resaca es también ese viaje de regreso en el que vas mirando por la ventanilla sin entender del todo lo que ha pasado. En este caso, lo que se ve por la ventanilla es otro planeta.
El torero con alas
Si los toreros de «Garrafón de China» son cómicos, los de «No te vuelvo a mirar más» son lo contrario. Aquí hay un solo torero, muy serio, con chaquetilla negra bordada en oro y unas alas enormes a la espalda. Las alas cambian de color a lo largo del vídeo: negras, rojas, doradas, blancas.
Lo vemos de pie en una orilla gris, con el mar detrás y las plumas abiertas. Lo vemos avanzar por una pasarela de madera delante de una multitud, con un tocado de plumas rojas en la cabeza. Lo vemos de espaldas en un pasillo de cemento inundado, en un campo embarrado lleno de sillones vacíos y entre llamas en un salón antiguo.
Este torero no viene de ninguna fiesta. Viene de una pelea. La canción es una declaración de salida, la de alguien que ha aguantado desprecio y decide no volver a mirar atrás. Dice cosas muy duras sobre quien se inventó «un papel de víctima», y también cosas de una firmeza que me costó encontrar: «no te vuelvo a mirar más».
En ese contexto, el traje de luces es armadura. Es la ropa que te pones para salir al ruedo cuando sabes que te van a mirar y que te van a juzgar. Y las alas son la salida. El torero no se enfrenta a nadie; se va volando. Me gusta pensar que en Planeta Gayfolk los toreros no matan, sino que se marchan.
Un capote frente al enmascarado
En «Ni un pimiento» hay otro torero, en un papel muy distinto. Casi todo el vídeo lo ocupa un tipo con careta blanca que pisotea pimientos en callejones, almacenes y pasillos de supermercado, mientras los pimientos arden a su alrededor. Es un villano de película de miedo, torpe y ridículo.

Y en un momento, frente a él, aparece un torero. Un joven de traje rosa y oro, con la cara muy tranquila, que se planta delante del enmascarado encapuchado y le aguanta la mirada. En otro plano le apunta con algo en la mano, sereno, como quien sabe que ha ganado.
Aquí el torero es el héroe, pero un héroe de cómic. La letra le dice al oyente que llorar por el pasado no merece ni un pimiento, que «Mejor ríe alto», que es «un guerrero listo» para lo que venga. El torero es ese guerrero. No lleva espada ni hay sangre. Lleva su traje, su postura y su calma, y con eso basta para que el enmascarado, de repente, parezca muy poca cosa.
Toreros que se besan
En «Una obra de teatro» los toreros llegan en parejas. Dos se arrodillan juntos sobre un suelo de mosaico. Dos se abrazan en una calle mojada con neón. Dos se besan bajo unos arcos de piedra al atardecer. Dos, uno de oro y otro de plata, se tocan la cara en una calle con faroles. Y en un momento, una lluvia de pintura roja les cae encima en mitad de una plaza.
Es el vídeo donde el traje de luces se vuelve más claramente vestuario. La canción habla de una relación que resultó ser una función, siete años de escenario, y los toreros son los actores de esa obra. Se besan como en una escena muy ensayada. Y el traje, que se borda para que lo vea el público, es justo lo que mejor representa una vida que se interpretaba hacia fuera.
El paseíllo delante de la multitud
Hay una imagen de «No te vuelvo a mirar más» que merece parada propia. El torero de las alas avanza por una pasarela de madera estrecha, como un muelle, entre dos filas de gente que lo mira desde abajo. Lleva en la cabeza un penacho de plumas rojas que se abre como un abanico, y camina despacio, sin mirar a nadie.
En las corridas, el paseíllo es el desfile del principio, cuando los toreros cruzan el ruedo delante del público antes de empezar. Es puro espectáculo: no ha pasado nada todavía, pero ya se está actuando. En mi vídeo, ese paseíllo no lleva a ninguna plaza. La pasarela termina en el vacío. Es el desfile de alguien que se va, y que decide irse con la cabeza alta, delante de todos los que le juzgaron.
Me gusta mucho que la gente de la pasarela sea una masa borrosa. No hace falta verles la cara. Son ese entorno que siempre opina, que se quedó con una versión de la historia, que mira y comenta. El torero pasa entre ellos sin pararse. No les explica nada. Las alas hablan por él.
Un pasillo inundado y una sala llena
Otra de las escenas de ese mismo vídeo ocurre en un pasillo largo de cemento, con el suelo cubierto de agua y una luz blanca al fondo. El torero, ahora con una chaquetilla gris plata, camina de espaldas hacia esa luz mientras caen plumas moradas y azules a su alrededor. El agua le llega a los tobillos y no se detiene.
Justo antes, el montaje enseña lo contrario: una sala circular de madera, con gradas llenas de gente sentada, como un hemiciclo o un aula magna. En el centro, un chico con chaqueta morada cubierta de plumas de colores mira de frente con los puños por delante, como quien se prepara para hablar delante de un tribunal.
Me gusta mucho ese contraste. La sala llena es el juicio, el momento de explicarse delante de todos los que ya han decidido una versión. El pasillo inundado es la salida, vacía y silenciosa, por la que uno se marcha sin dar más explicaciones. Es lo que queda cuando terminas con alguien que te tenía actuando para él: primero un público que te mira, después un camino mojado que solo recorres tú, todavía con el traje puesto, aprendiendo a quitártelo.
Los colores de los trajes
Si se ponen seguidos todos los toreros de mis vídeos, salen casi todos los colores. En «Garrafón de China» hay azul marino con oro, rojo con oro, turquesa con oro y un granate de terciopelo que no es de torero pero lo parece. En «No te vuelvo a mirar más», negro con oro y gris plata, una chaqueta morada de plumas y las alas en negro, rojo, dorado y blanco. En «Ni un pimiento», rosa con oro. En «Una obra de teatro», fucsia, rojo, turquesa, oro entero y, al final, uno de plata y blanco.

Los colores no son casuales. El negro y oro es serio, casi de luto; lo uso para el torero que se marcha. El rosa y el fucsia son de Planeta Gayfolk, de la fiesta y del deseo. El turquesa es la resaca, un color de piscina y de mañana. Y el blanco y plata del final de «Una obra de teatro» es el más limpio de todos, el traje de alguien que ya ha terminado su papel y puede, por fin, irse a casa.
Las gradas rosas
Cuando en mis vídeos aparece una plaza de toros, nunca tiene la arena amarilla ni el burladero rojo de las fotos de siempre. En «Una obra de teatro», la plaza está de noche, con focos blancos en lo alto y unas gradas que se tiñen de rosa intenso, como si el público llevara camisetas fucsia. En el centro no hay toro. Hay dos hombres de barba, uno con un boa de plumas al cuello, que miran a cámara mientras les salpica pintura roja.
Me gusta pensar en esa plaza como en un escenario de concierto. Las gradas no esperan una muerte, esperan una canción. Y los que bajan al ruedo no llevan espada, llevan plumas, bordados y ganas de que los miren. Es mi forma de quedarme con lo que me gusta de ese mundo, la luz, el traje, la tensión del público, y dejar fuera todo lo demás. En Planeta Gayfolk, la única sangre que corre es pintura de bote, y al terminar la función se limpia con agua.
Toreros sin toro
Hay quien me pregunta si poner toreros en mis vídeos es una forma de defender las corridas. No lo es. En mis videoclips casi no hay toros, y cuando la plaza aparece, está llena de otras cosas: pintura, público, luces, ovnis. Lo que me interesa no es la lidia, sino el traje y lo que el traje dice.
Un traje de luces sin toro es una prenda liberada de su función. Ya no sirve para matar ni para arriesgar la vida delante de un animal. Sirve para otras cosas: para presumir, para disfrazarse, para protegerse, para besarse. Es como cuando una prenda militar acaba en una pasarela de moda o en una fiesta drag. Cambia de mano y cambia de sentido.
Y en el mundo queer, ese cambio de sentido tiene mucha historia. Las prendas más masculinas y más ceremoniosas, el uniforme, el traje de etiqueta, el cuero, siempre han acabado reinterpretadas, exageradas, convertidas en juego. El traje de luces, con sus medias rosas, su chaquetilla ceñida y su bordado de pedrería, ya llevaba el camp dentro antes de que nadie lo dijera. Yo solo lo saqué de la plaza.
El traje por piezas
Me gusta mirar el traje despacio, porque cada pieza cuenta algo en mis vídeos. La chaquetilla, corta y rígida, llena de bordados de oro y plata, es la que más brilla y la que más aparece: en los planos cercanos de «Garrafón de China», casi se oye el roce de la pedrería. La taleguilla, el pantalón ajustado hasta la rodilla, obliga a moverse de una manera muy concreta, y por eso los toreros despatarrados en el sofá resultan tan cómicos.

Las medias rosas son mi detalle favorito. En el traje tradicional son rosas desde siempre, y en Planeta Gayfolk ese rosa encaja como si lo hubiéramos inventado nosotros. En el mosaico de «Una obra de teatro», el torero de oro lleva medias rosas, y es lo primero que se ve desde arriba. Y luego está el capote, que en estos vídeos casi nunca se usa para torear: se queda en el suelo, extendido como una mancha roja, o colgado del brazo como un abrigo de gala.
Armadura, disfraz y fiesta
Si tuviera que resumir lo que significan los toreros en mis vídeos, diría que son tres cosas que se turnan. En «No te vuelvo a mirar más» son armadura: el traje protege a quien sale a enfrentarse a algo que duele. En «Una obra de teatro» son disfraz: el traje es el vestuario de una función que alguien representaba. En «Garrafón de China» son fiesta: el traje es lo que te pusiste para salir y ya no te quitaste.
Y en «Ni un pimiento» son las tres a la vez: el torero llega disfrazado, protegido y con ganas de pasárselo bien a costa del villano. Creo que por eso vuelvo a ellos una y otra vez. Pocas prendas aguantan tantos papeles sin perder el brillo.
Lo que me pongo yo
No me he vestido nunca de torero, pero conozco bien la sensación de llevar un traje que pesa. Viví unas dos décadas al lado de dos parejas narcisistas, la segunda después de la primera, y aprendí a salir cada día con una especie de armadura puesta, sonriendo hacia fuera mientras por dentro me iba vaciando. Cuando todo se supo, buena parte de mi gente se fue con ellos y me quedé solo.
Pasé una época sin encontrar ninguna salida. Ahora estoy en otro punto. Sigo en tratamiento psiquiátrico y psicológico, con un diagnóstico claro (estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad y fobia social), y escribo y monto vídeos para quitarme el traje poco a poco. Mis toreros con alas son, en parte, eso: alguien que deja de pelear y se marcha volando.
Si tú también cargas con algo que no puedes más, busca ayuda ahora. En España el 024 atiende gratis y de día o de noche a quien piensa en el suicidio o a quien está preocupado por alguien. Ante un peligro inmediato, llama al 112. Hay otras puertas abiertas: la Esperanza responde al 717 003 717, y quien tenga menos de dieciocho años puede marcar el número de ANAR, 900 20 20 10. Si estás en otro país, busca tu línea en findahelpline.com.
Para ver y escuchar a los toreros
Las cuatro canciones de esta nota viven en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», y ese disco, visto así, es casi una plaza de toros pintada de rosa. Si quieres empezar por la resaca, «Garrafón de China» suena en Spotify y su vídeo completo se ve aquí.
Las cuatro, igual que todo lo que he publicado, se bajan gratis desde la tienda, sin crear cuenta ni pagar. Y si te interesa leer las letras completas antes de ver los vídeos, están en letras.
Una propuesta para verlos: empieza por «Garrafón de China», sigue con «Ni un pimiento», luego «Una obra de teatro» y termina con «No te vuelvo a mirar más». Irás de la risa a la valentía, y verás cómo el mismo traje cambia de papel en cada vídeo.
Detrás de los trajes
Detrás de estos toreros estoy yo, Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA». Hago de letrista, de compositor y de productor musical; la música y la interpretación vocal de mis temas están hechas con IA, y el montaje de cada clip es mío. Quien prepare un artículo encontrará fotos y datos en prensa.
Preguntas frecuentes
¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis salen toreros?
En varios. Entre ellos, «Garrafón de China», «No te vuelvo a mirar más», «Ni un pimiento» y «Una obra de teatro».
¿Hay toros en esos vídeos?
Casi nunca. En Planeta Gayfolk el traje de luces se lleva sin toro: en un dormitorio, en una playa, en un pasillo inundado o en una calle de noche.
¿Por qué tantos toreros?
Porque el traje de luces es una de las prendas más teatrales que existen en España. Tiene algo de armadura, algo de disfraz y algo de fiesta, y eso encaja con las historias de mis canciones.
¿De qué va «Garrafón de China»?
De una resaca: alguien se despierta con un desconocido en la cama y culpa al alcohol malo de la noche anterior. Es una de mis canciones más cómicas.
¿Se pueden descargar estas canciones?
Sí, todas se bajan gratis en la tienda de gayfolkplanet.com, sin registro ni pago.