Copla y raíces
«¿ME HAGO UN FOLCLÓRICA ENGAÑADA?»: elegir el papel de la despechada
Por Mike Sain't Louis ·

La pregunta del título va en serio, aunque suene a broma. Cuando te engañan, tienes que decidir qué papel interpretas. Puedes ser la persona digna que no dice nada, la que se va sin hacer ruido. Puedes ser la víctima que llora en silencio. O puedes hacer lo que siempre han hecho las grandes de la copla: subirte a un escenario imaginario, mirar a cámara y contarlo todo con la voz quebrada y la ceja levantada.
«¿ME HAGO UN FOLCLÓRICA ENGAÑADA?» es esa duda convertida en canción. Y la respuesta, viendo cómo sigue la letra, está bastante clara.
Oír, ver y callar
La canción empieza con un refrán que el narrador oía de pequeño: los niños tienen que oír, ver y callar. Es una frase que muchos hemos escuchado en casa, y que a los niños que éramos un poco distintos nos caló especialmente hondo. Callar era una forma de protegerse. Callar lo que sentías, lo que te gustaba, a quién mirabas.
Lo que hace la canción es darle la vuelta a ese refrán. Ahora el que tiene que callar no es el niño, sino el adulto que ha mentido. Y el narrador, que de pequeño aprendió a quedarse callado, decide que ya no. Que va a hablar, y además va a hablar con todo lujo de detalles. Hay algo muy liberador en eso, en usar la voz que te pidieron guardar para ponerle los puntos sobre las íes a quien te ha hecho daño.
La folclórica como superheroína
Para mí la folclórica es uno de los grandes personajes de la cultura popular española. Una mujer que convierte el sufrimiento en espectáculo, que llora en el escenario con el rímel perfecto, que canta su desgracia y sale reforzada. Las copleras clásicas hacían eso con letras ajenas, y la generación de las revistas y los platós lo hizo con su propia vida. La gente se burla a veces de ese exceso, pero yo lo admiro muchísimo. Es una forma de no dejar que el dolor te haga pequeña.
Muchos hombres gais hemos crecido mirando a esas mujeres como modelos de resistencia. No es casualidad. Nos enseñaron que se puede estar destrozado y seguir teniendo estilo. Que el drama no es debilidad sino una manera de ocupar espacio. Esta canción es un homenaje a ese linaje, solo que el engaño ya no lo sufre una cantante en una revista, sino un narrador gay que descubre las mentiras de su pareja.
La letra se pregunta si debe hacerse la folclórica «engañada, apenada, humillada», con esa cascada de adjetivos que suena exactamente a titular de prensa del corazón. Y lo mejor es que lo pregunta sabiendo que ya lo está haciendo.
Teatro, nombres y humor
No es una canción cantada al uso. Es casi un monólogo, con ritmo de conversación entre amigas, comentarios en voz baja y exclamaciones de patio. Hay detalles muy concretos sobre los preparativos de alguien antes de ir a una playa de ambiente, hay depilaciones exhaustivas, hay un contraste cómico con la higiene que ese mismo alguien no tenía en casa. Todo contado con el tono de quien se lo cuenta a sus amigas en una terraza, entre el escándalo y la carcajada.
La canción juega también con los nombres. Hay un momento en el que el narrador dice que no va a mencionar a nadie, y justo después hace un juego de nombres que parece una revelación y es, sobre todo, una broma sobre la propia indiscreción. No voy a repetirlos aquí. Lo que me interesa es el gesto: esa amenaza constante de contarlo todo que forma parte del humor de la canción, la folclórica que insinúa en un programa y luego dice que ella no ha dicho nada. Es ficción, es teatro, es exageración de despechado. Si alguien busca un expediente, se ha equivocado de sitio.
Hay también cariño, aunque no lo parezca. Un verso confiesa que hace un mes el narrador todavía lloraba por esa persona, que le obligaron a olvidar un te quiero de la noche a la mañana. Detrás de todo el cachondeo hay una herida de verdad. La folclórica engañada no se ríe porque no le duela; se ríe porque le duele demasiado como para hacerlo de otra manera.
Y luego, claro, la mejor venganza: una nueva canción. El narrador le agradece al infiel la inspiración, con toda la ironía del mundo. Es la versión camp de convertir la basura en arte.
La música, hecha con herramientas de IA, acompaña este monólogo con un aire de verbena y de cabaret de barrio. La letra es mía, con su mala leche y sus exageraciones.
Si queréis el monólogo completo, está en la letra de «¿ME HAGO UN FOLCLÓRICA ENGAÑADA?». Para tenerla siempre a mano, se descarga gratis desde la sección de descargas.