Salud mental
«Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»: un refugio con forma de planeta para lo que dolía
Por Mike Sain't Louis ·

«Hay días en los que uno desearía poder escapar a otro planeta»
Una nave oscura, con las alas abiertas como una tijera, se acerca a un planeta enorme. No es azul. Es rosa, crema y melocotón, con bandas que se mueven despacio, como si alguien hubiera removido un batido de fresa con una cuchara de nubes. Al fondo, estrellas. Ningún cartel de bienvenida. Ninguna aduana. Ese fotograma del videoclip de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» es la portada de esta nota, y también la mejor manera de empezar a contarla.
Porque la canción no nace de una fantasía de ciencia ficción. Nace de un cansancio. Mike Sain't Louis lo dejó escrito en la presentación del vídeo con una frase que cualquiera que haya tenido una mala racha entiende sin traducción:
Hay días en los que uno desearía poder escapar a otro planeta… uno donde no hiciera falta explicarse, defenderse ni fingir.
Explicarse. Defenderse. Fingir. Son tres verbos de trabajo. Tres turnos dobles que una persona hace sin cobrar, todos los días, cuando su cabeza va por un sitio y el mundo le pide que vaya por otro. Y la nave del vídeo no huye de una guerra galáctica ni de un meteorito. Huye de eso: del esfuerzo agotador de parecer bien.
Esta nota no es una reseña. Es un cuaderno de bitácora sobre cómo un planeta inventado sirvió para sacar fuera lo que dolía. Lo que aquí se cuenta sale de lo que Mike ha decidido compartir en público sobre su salud mental y de sus propias letras. Nada más. Lo demás, como en todo buen planeta, se queda en órbita.
Un planeta sin aduana
Hay personas para las que entrar en una habitación llena de gente es como pasar un control de seguridad. Hay que vaciar los bolsillos, quitarse el cinturón, levantar los brazos. Cada mirada es un escáner. Cada silencio, una sospecha. Mike ha contado que a los 41 años le diagnosticaron, entre otras cosas, fobia social y trastorno de la personalidad por evitación. Con ese dato delante, la frase del vídeo cambia de color. «No hiciera falta explicarse» ya no suena a capricho. Suena a alivio.
La fobia social no es timidez con mala prensa. Es un miedo intenso y persistente a ser observado, juzgado o humillado, tan fuerte que la persona empieza a organizar su vida alrededor de evitarlo. Se cancelan planes. Se ensayan conversaciones en la ducha. Se sale de una fiesta con la sensación de haber suspendido un examen que nadie más sabía que se estaba haciendo. La evitación, cuando se vuelve un rasgo profundo, añade otra capa: la convicción de no estar a la altura, de que el rechazo llegará antes o después, de que lo más seguro es no asomar la cabeza.
Imagina vivir así y que un día alguien te diga que existe un sitio donde nadie te va a pedir el pasaporte. Eso es Gayfolk en esta canción. Un planeta sin aduana.
No es casual que en el universo de Mike la palabra «planeta» funcione como una casa. En Antisocial la soledad aparece como un lugar habitado, no como un castigo. En Entre cuatro paredes la habitación es una cápsula cerrada desde dentro. «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» es la ventanilla de esa cápsula. El cristal por el que se ve otro mundo posible.
La nave no aterriza en el fotograma. Se acerca. Y a veces eso basta: saber que el planeta está ahí.
Tres turnos dobles que se pueden dejar
Merece la pena detenerse en cada uno de los tres verbos, porque cada uno es un cansancio distinto.

Explicarse. Es el turno de mañana. Explicar por qué no vienes a la cena, por qué te has ido pronto, por qué hoy no tienes ganas. Explicar tu pluma, tu forma de vestir, tu manera de hablar de los hombres. Explicar que estás bien cuando no lo estás, o que estás mal sin saber decir exactamente qué te pasa. Quien vive con ansiedad social se pasa el día redactando notas al pie para una vida que nadie le ha pedido anotar.
Defenderse. Es el turno de tarde. Llega cuando la explicación no basta. Cuando hay que responder a la broma de siempre, a la pregunta con trampa, al comentario de la sobremesa. Para alguien que fue acosado de pequeño, defenderse no es una opción entre otras: es un reflejo. El cuerpo se pone en guardia antes de que la cabeza decida nada. Y esa guardia constante, aunque no se vea, gasta lo mismo que una jornada en la obra.
Fingir. Es el turno de noche, el más largo. Fingir que todo va bien en la foto, en el trabajo, en el grupo de amigos. Sonreír en el momento justo. Contestar «nada, aquí, liado» cuando alguien pregunta qué tal. La depresión tiene mucho de interpretación sin aplausos. Y el personaje que se interpreta es siempre el mismo: alguien que no está deprimido.
Tres turnos seguidos, sin descanso, siete días a la semana. No es raro que alguien quiera coger una nave. Lo raro sería no quererlo.
Lo que propone el planeta de Mike no es dejar de trabajar para siempre. Es un permiso: en este sitio, al menos aquí, puedes fichar la salida.
La leyenda del mapa llegó a los 41
Los mapas antiguos tenían una cartela en una esquina. La leyenda. Ahí se explicaba qué significaba cada símbolo: esto es un río, esto un pantano, aquí hay monstruos. Sin leyenda, un mapa es un dibujo bonito que no sirve para orientarse.
Mike ha contado que a los 41 años recibió su leyenda. Depresión mayor grave. Fobia social. Trastorno de estrés postraumático. Trastorno de la personalidad por evitación. Ansiedad. Cinco símbolos de golpe. Leído así, en lista, parece una tormenta. Pero hay otra forma de mirarlo, y es la que sugiere su propio universo: el territorio ya estaba ahí. El planeta ya se había dibujado. Lo que llegó a los 41 fue la cartela que explicaba por qué ciertos caminos se cerraban siempre, por qué ciertas montañas parecían imposibles, por qué el mar a veces se levantaba sin viento.
Hay una paradoja en esto que conviene decir en letra pequeña. Un diagnóstico no te cambia el paisaje. Te cambia la manera de caminarlo. Antes, perderse era un fracaso personal. Después, perderse tiene una explicación, y una explicación ya es media brújula.
En el diario del planeta hay una nota sobre la depresión más allá de la tristeza que lo resume bien: la depresión no es estar triste, es que el mundo pierda el volumen. La tristeza es una emoción. La depresión es un clima. Y para un clima hace falta algo más que un paraguas.
En la trilogía de Mike, la primera estación se llama Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk. Descubierto. Participio pasado. Algo que estaba ahí y que, de repente, alguien ve. Es difícil no leer ese título como una pequeña confesión: el planeta no se inventó de la nada. Se encontró.
Que la tristeza tuviera banda sonora
La segunda frase de la presentación del vídeo es la más bonita, y también la más exacta:

Un planeta donde las emociones fueran arte, donde la tristeza tuviera banda sonora y donde los raros no tuviéramos que pedir perdón por serlo.
Que la tristeza tuviera banda sonora. Parece una frase de pegatina y no lo es. Quien ha pasado una depresión sabe que uno de sus rasgos más crueles es el silencio. No un silencio tranquilo de biblioteca, sino uno espeso, de algodón mojado, en el que las cosas pasan sin hacer ruido. Las llamadas que no se devuelven. Los mensajes que se quedan en visto, pero al revés: eres tú quien no contesta. Los días que se parecen tanto entre sí que la semana parece un pasillo de espejos.
Ponerle banda sonora a eso es una forma de devolverle el contorno. De decir: esto existe, esto tiene ritmo, esto tiene principio y final. Una canción dura tres minutos. Una tristeza sin forma puede durar una estación entera. Encerrarla en tres minutos no la cura, pero la vuelve manejable. Se puede poner, se puede quitar, se puede escuchar de lejos.
En el universo de Mike esa idea tiene nombre propio y exclamación: «¡La música me está salvando!». En esa canción hay una lista exagerada, muy de su estilo, de todo lo que supuestamente no le salvó:
Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos,
Es una hipérbole. Una de esas burradas que Mike suelta para reírse de la situación antes de que la situación se ría de él. La vida real ha resultado más generosa que la letra: Mike ha contado que hoy una buena psicóloga le está ayudando a avanzar, y que quiere darle las gracias. Pero la hipérbole dice algo verdadero sobre cómo se siente uno en el fondo del pozo. Que nada funciona. Que todo el mundo habla un idioma que tú ya no entiendes. Y que, en ese momento, lo único que todavía te habla en tu idioma es una canción.
Hay una nota del diario sobre la música como terapia que pone esto en su sitio, con datos y sin romanticismo. La música no sustituye a un tratamiento. Pero acompaña, ordena, da permiso. Y en el caso de alguien que escribe letras, hace algo más: convierte lo que pesa en algo que se puede mirar desde fuera. Una letra es un objeto. Se puede releer. Se puede corregir. Se le puede cambiar el título. Con un dolor que solo vive dentro de la cabeza no se puede hacer nada de eso.
Los raros no tenemos que pedir perdón
La tercera parte de la frase es la que más pesa: «donde los raros no tuviéramos que pedir perdón por serlo». Fíjate en el verbo y en la persona. No dice «los raros no tuvieran». Dice «no tuviéramos». Primera persona del plural. Mike se mete dentro del grupo. No habla de los raros: habla como uno de ellos.
Mike ha contado que sufrió acoso escolar de niño. No hace falta más detalle para entender qué significa pedir perdón por ser raro. Un niño acosado aprende muy pronto una gramática de supervivencia: hablar menos, moverse menos, ocupar menos sitio. Aprende que sus gestos son un riesgo, que su forma de reír puede ser un problema, que hay que medir la pluma como quien mide la sal. Y esa gramática no se olvida al terminar el colegio. Se queda grabada como una costumbre del cuerpo.
Gayfolk, en esta canción, es el lugar donde esa gramática se puede dejar en la puerta, como unos zapatos mojados. Un planeta donde lo raro es la norma y nadie tiene que justificarse. No es un paraíso ingenuo. Es un acto de defensa. Si el mundo de fuera te pidió perdón por existir, tú construyes un mundo donde esa palabra no se usa.
Hay quien diría que inventarse un planeta es escapismo. Puede ser. Pero también es lo que han hecho siempre las personas queer cuando el mundo no tenía sitio para ellas: inventarse bares, revistas, jergas, fiestas, géneros musicales. Mike se inventó un género entero, el gayfolk, y luego un planeta que lleva su nombre. Hay escapismo que es huida. Y hay escapismo que es obra.
La diferencia está en lo que vuelve contigo cuando regresas.
Venganza poética, con rima y sin nombres
En la presentación del vídeo hay una línea corta, casi un telegrama, que define el proyecto entero:

Mi universo musical. Mi refugio. Mi venganza poética y mi salvación emocional.
Refugio, ya lo hemos visto. Salvación, lo veremos. Pero «venganza poética» merece parada propia, porque explica media discografía.
Mike ha contado que, desde que se enamoró por primera vez a los 22 años, vivió dos relaciones fallidas, y que con el tiempo entendió que las dos personas eran narcisistas. Ese dato atraviesa el planeta de punta a punta. Hay canciones que son cartas de recomendación para la siguiente víctima, canciones que son esquelas de broma, canciones que son ruedas de prensa. Y hay una que funciona como fiesta nacional: El día de la liberación, la tercera estación de la trilogía, con su grito de plaza:
Gritemos con fuerza ¡somos libres!
La venganza poética no es una venganza de verdad. Nadie sale herido. Los nombres que aparecen en las letras son personajes inventados y no hay una sola dirección ni un solo dato que permita señalar a nadie. Lo que hace la venganza poética es otra cosa, más útil: le quita a la otra persona el papel de narrador. Durante años, en una relación así, es el otro quien cuenta la historia. Quien decide qué pasó, quién exagera, quién tiene la culpa. Escribir una canción es recuperar el micrófono. Contar tu versión con rima, con chiste, con estribillo.
Y hay algo muy de Mike en elegir el humor para eso. Una venganza seria sería otra forma de seguir atado. Una venganza con purpurina, con Benidorm de fondo y con un bote de patatas de tubo como cena del villano, es una forma de decir que ya no le das tanta importancia. Que el monstruo ha pasado de película de terror a sainete de escalera.
La risa no borra la herida. Pero cambia quién la cuenta.
Salvación emocional, en minúsculas
«Mi salvación emocional.» Así, en el texto de Mike. Conviene leerla con cuidado, en minúsculas, sin trompetas.
Salvación no significa cura. Mike no ha dicho en ningún sitio que las canciones le hayan quitado la depresión, ni la ansiedad, ni la fobia social. Lo que ha contado es que hoy le ayuda una buena psicóloga y que hablar en público de lo que vivió es una decisión que tomó para que sirva a otras personas. Las canciones, en ese cuadro, son otra cosa: un sitio donde poner lo que sentía cuando todavía no sabía cómo decirlo.
Hay una diferencia enorme entre sentir algo y poder decirlo. En medio hay un río sin puente. Mucha gente se queda en la orilla años, a veces toda la vida, porque no encuentra las palabras o porque las palabras que encuentra le dan vergüenza. Las letras de Mike son tablones. Algunos están torcidos, otros tienen clavos de humor negro, otros dicen tacos. Pero sirven para cruzar.
Y cuando uno cruza, ve el río desde la otra orilla. Eso es lo que hace un buen tratamiento, por cierto: no secar el río, sino construir puentes estables. La terapia es ingeniería. La canción, en el mejor de los casos, es el primer tablón que uno tira por pura desesperación, para ver si aguanta.
Aguantó. No del todo, no para siempre, pero aguantó lo suficiente para seguir.
En la sala de prensa del planeta la trilogía se presenta como una narrativa en tres actos. Leída desde la salud mental, esa estructura tiene otra lectura posible. Primer acto: descubrir que el planeta existe, es decir, que lo que te pasa tiene forma. Segundo acto: desear viajar allí, es decir, desear un lugar donde no duela. Tercer acto: el día de la liberación, que no es un día concreto del calendario sino una práctica. Liberarse se conjuga en presente continuo.
Un planeta que no queda lejos
Hay una trampa en los refugios, y es justo decirla. Un refugio puede convertirse en un búnker. Para alguien con tendencia a evitar, cualquier lugar seguro tiene el riesgo de volverse el único lugar. Las cuatro paredes empiezan protegiendo y acaban encerrando.

Lo interesante del planeta de Mike es que no se queda dentro. Está publicado. Tiene videoclips, letras abiertas, un diario, una página de prensa. Es un refugio con las ventanas abiertas. Mike lo construyó para él, pero lo dejó a la vista. Y eso convierte el refugio en otra cosa: en un faro. Alguien que pasa de noche, en su propia nave, puede ver la luz y pensar que no es la única persona que ha deseado escapar a otro planeta.
En la página del segundo disco la idea queda clara: el deseo de viajar no es un final, es una dirección. Nadie llega del todo a Gayfolk. Se va llegando.
Hay días buenos y días malos en ese trayecto. Hay días en los que el planeta se ve tan cerca que parece que se podría tocar con la mano, y días en los que vuelve a ser un punto rosa en el fondo del cristal. Lo importante, como en cualquier recuperación, no es la distancia de hoy. Es que la nave siga orientada.
Cómo construir tu propio planeta (sin dejar de pedir ayuda)
Si estás leyendo esto desde tu propia cápsula, quizás te preguntes si sirve de algo inventarse un lugar. Aquí van algunas ideas sacadas del universo de Mike, sin manual y sin promesas:
- Ponle nombre a tu sitio. Gayfolk empezó siendo una palabra. Un nombre propio convierte una sensación difusa en un lugar al que se puede volver. Puede ser una libreta, una lista de reproducción, una carpeta de dibujos. Lo que importa es que tenga nombre.
- Deja que la tristeza tenga banda sonora. Escribir, grabar una nota de audio, hacer una lista de canciones para un día gris. No para regodearse, sino para darle contorno. Lo que tiene contorno se puede cerrar.
- Cambia de narrador. Si alguien te contó tu propia historia durante años, escribe tu versión. Aunque nadie la lea. Aunque sea en clave de humor. Recuperar el micrófono es un acto pequeño con efectos grandes.
- Abre una ventana. Un refugio sano tiene puertas. Si notas que tu planeta se está convirtiendo en un búnker, que cada vez sales menos y hablas con menos gente, es buen momento para pedir ayuda profesional.
- Busca a alguien que sepa de puentes. Una psicóloga o un psicólogo con experiencia en diversidad sexual y de género puede ayudarte a construir lo que una canción solo empieza. En el diario hay una nota con preguntas frecuentes sobre la terapia por si no sabes por dónde empezar.
Nada de esto sustituye a un tratamiento. Todo esto puede acompañarlo.
Si hoy estás en la nave
Si estás pasando por algo parecido, no tienes que esperar a tener un diagnóstico ni a que la cosa sea «lo bastante grave». Puedes pedir cita en tu centro de salud y contarlo tal cual: que no te apetece nada, que te cuesta salir, que la cabeza no para.
Si en algún momento te ves en peligro o sientes que no puedes más, en España tienes el 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita, confidencial y abierta las 24 horas, y el 112 para emergencias. También puedes llamar al Teléfono de la Esperanza, 717 003 717. Si eres menor o te preocupa alguien menor, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10. Si no estás en España, en findahelpline.com encontrarás la línea de tu país.
Pedir ayuda no es dejar de ser raro. Es otra forma de viajar.
Y si quieres escuchar la canción que da nombre a este cuaderno de bitácora, está en Spotify y en la ficha del single, con su descarga gratuita. La nave sigue ahí, delante del planeta rosa. Ni ha aterrizado ni se ha ido. Está, que ya es mucho.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»?
Del deseo de escapar a un planeta donde no haga falta explicarse, defenderse ni fingir. Mike Sain't Louis lo presenta como su refugio, su venganza poética y su salvación emocional, y da nombre al segundo disco de la trilogía del Planeta Gayfolk.
¿Qué tiene que ver Gayfolk con la salud mental de Mike?
Mike ha contado en público que a los 41 años le diagnosticaron depresión mayor grave, fobia social, estrés postraumático, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. Sus canciones le sirvieron para poner fuera lo que sentía, y hoy una buena psicóloga le ayuda a avanzar.
¿Inventarse un refugio es escapismo?
Puede serlo si se convierte en un búnker. Un refugio sano tiene ventanas: sirve para descansar y ordenar lo que se siente, pero no sustituye a la ayuda profesional ni al contacto con otras personas.
¿Dónde pedir ayuda si me siento así?
En tu centro de salud. Si te ves en peligro, en España tienes el 024 (24 horas, gratuito) y el 112. También el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, y la Fundación ANAR para menores, 900 20 20 10. Fuera de España, en findahelpline.com.