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Peldaños blancos hacia el mar, una escalinata de palacio y un chico sentado a media subida: las escaleras de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «La ley de la exageración»: un chico con camiseta clara sentado y encogido en una escalera de caracol de piedra, bajo varias antorchas encendidas en la pared

Una escalera es una promesa en piezas. Nadie la sube de un salto. Se sube de uno en uno, y en cada peldaño hay un instante en que el pie está en el aire y el cuerpo confía en que el siguiente escalón estará donde tiene que estar. También se baja así, con más prisa o con más miedo, según el día. Y a veces, a mitad de camino, uno se sienta.

Mike Sain't Louis se describe como «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical, y deja claro que la música e interpretación vocal hechas con IA forman parte del proceso. En sus clips hay escaleras por todas partes. No siempre se ven a la primera, porque suelen estar al fondo o en un lateral, pero ahí están: de piedra blanca junto al mar, de mármol en un palacio, de caracol en un castillo, de hierro en un callejón. Voy a pisarlas por orden, arrancando por las de la canción que bautiza el tercer disco del planeta. No para explicar lo que significan, sino para ver quién las pisa y hacia dónde va.

Los peldaños blancos (El día de la liberación, primeros segundos)

El videoclip de «El día de la liberación» arranca con un salto en la orilla, un rótulo con el título y la etiqueta «Versión feliz». Y enseguida, a los seis segundos, aparece la escalera. Es una escalera de piedra clara, encalada, con un murete a cada lado, que baja en pendiente hacia un mar de un azul casi irreal, con islas y montañas al fondo. En los escalones, el protagonista: traje azul eléctrico, camisa oscura abierta sobre el pecho, una mano en el bolsillo y una media sonrisa.

Fotogramas del videoclip de «El día de la liberación»: un hombre con traje azul en una escalera de piedra blanca que baja hacia el mar, junto a la escalinata de un palacio con una falda roja de volantes, el mismo traje en la playa con los brazos abiertos y una falda azul en un campo de flores

No baja corriendo. No sube con esfuerzo. Está parado en mitad de la bajada, como quien se detiene a mirar el paisaje antes de seguir. Y lo que tiene delante es el Mediterráneo.

Esta escalera me parece la más luminosa de todo el planeta. Es la escalera de las vacaciones, la de los pueblos de costa donde las calles se convierten en peldaños para llegar a la playa. Y encaja de lleno con la letra, que celebra un día concreto con una frase que no admite dudas: «Hoy es el día», el de la liberación. La canción celebra que alguien se ha quitado de encima a un manipulador, y la celebración tiene más guasa que rencor: él está «feliz en Benidorm», el otro desesperado buscando a quién chupar la energía. La escalera blanca es el camino hacia esa playa.

Bajar hacia el agua

Hay algo muy concreto en bajar una escalera hacia el mar. Cada escalón acerca el olor a sal, el ruido de las olas, la luz que rebota en el agua. Es un descenso que no da miedo, porque se sabe lo que hay abajo.

En el mismo vídeo, unos segundos después, el protagonista ya ha llegado. Está en la arena, con los brazos abiertos de par en par, el traje azul y los edificios altos de la costa a la espalda. La escalera ha cumplido su función: le ha dejado en la orilla.

Esos edificios del fondo, por cierto, no tienen nada de postal exótica. Son bloques de apartamentos de los de toda la vida, con terrazas y toldos, los de las vacaciones de clase media en la costa. Es un paraíso muy reconocible, nada de islas privadas ni yates. Y eso le da a la escena una cercanía especial: la liberación que celebra la canción no está en un lugar inalcanzable, sino a unas horas de coche, al final de una escalera encalada que podría estar en cualquier pueblo del litoral. Cualquiera puede bajarla.

Me gusta que el clip no enseñe la bajada entera. Hay un plano arriba, en los peldaños, y luego otro abajo, en la playa. El resto lo pone quien mira. Como en cualquier proceso largo, lo que se recuerda es el principio y el final, no cada escalón. Pero los escalones estaban.

La escalinata del palacio (El día de la liberación, hacia el minuto 2:50)

Muy avanzado el vídeo, la escalera cambia de época y de tono. Ahora estamos en un palacio barroco, con balaustradas de piedra a ambos lados, ángeles esculpidos en las esquinas y un gran ventanal de luz blanca al fondo. Es una escalinata ancha, de esas que se construyeron para que alguien bajara despacio mientras todos miraban.

Y alguien baja. El protagonista lleva una camisa negra con bordados blancos, abierta hasta el esternón, y una falda roja inmensa, de volantes superpuestos, que ocupa los peldaños inferiores como una cascada de terciopelo. Se queda quieto en mitad de la escalinata, con los brazos a los lados, mirando a cámara. Después baja, gira al pie de la escalera y la falda se abre en círculo.

Es la escalera de las reinas. La de las grandes entradas, la de los bailes de gala, la de las películas de época donde la protagonista aparece arriba y todo el salón se calla. Ponerle a ese chico una falda roja y colocarlo ahí es una declaración: este espacio también es suyo. La letra lo dice con otras palabras, «Gritemos con fuerza», y luego el grito, «¡somos libres!». La falda roja en la escalinata es ese grito en imagen.

Una letra construida como una escalera

Hay algo en la forma de la canción que también recuerda a una escalera. Cada estrofa empieza igual, con las mismas dos líneas: «Hoy es el día», y debajo, «De la liberación». Es un primer peldaño fijo, el mismo cada vez, sobre el que se apoya lo que viene después. Luego la letra sube por caminos distintos: unas veces hacia la victoria sobre el manipulador, otras hacia las heridas que ya no sangran, otras hacia el grito colectivo y la playa.

Mike Sain't Louis con gorra estampada, la mano en la cabeza y camiseta blanca de tirantes que deja ver un tatuaje en el pecho, junto a un brocal de piedra que refleja un planeta magenta, con los versos «Hoy es el día» y «De la liberación»

Y casi al final, hay un rellano. Tres líneas cortas que rompen el patrón: «De mito a vómito», luego «¡Y tú solito!» y, para rematar, «¡Que bonito!». Es el único momento en que la canción se detiene a mirar hacia abajo, hacia quien se queda atrás, con una rima burlona que suena a patio de colegio. Después, vuelve a subir con el estribillo, como quien recupera el aliento en el descansillo y sigue.

Me gusta pensar en ese rellano como en el escalón donde se sienta el chico del castillo. Pero aquí no hay abatimiento: hay una carcajada. Es la misma pausa, vista desde el otro lado del proceso.

Subir para ser visto, bajar para estar

Las dos escaleras de «El día de la liberación» se parecen en algo: en ambas, el protagonista se detiene a mitad. No llega arriba del todo ni abajo del todo en el mismo plano. Se para. Y en ese parón, mira a cámara.

Hay una diferencia entre subir una escalera para que te vean y bajarla para estar con los demás. La escalinata del palacio es de las primeras: se sube, o se aparece en lo alto, para ser contemplado. Los peldaños hacia el mar son de las segundas: se bajan para llegar a la arena, donde está todo el mundo. El clip mezcla las dos sin complejos, y las dos le sientan bien. Un día de liberación también es eso: poder ser visto sin miedo y poder mezclarse sin esconderse.

Las faldas sobre los peldaños

En «El día de la liberación», el protagonista cambia de falda casi en cada escena: la lleva granate en un trigal, turquesa en un prado con objetos voladores, azul cobalto entre campos de lavanda. Pero en la escalinata del palacio la falda es roja, y es la más grande de todas, con tantas capas de volante que tapa media escalera.

No creo que sea casual. Una escalera es el sitio donde mejor luce una prenda larga, porque la tela cae de escalón en escalón y dibuja una cascada. Las grandes divas lo sabían, y los decoradores de los palacios también: las escalinatas se diseñaban para que quien bajara llevara la ropa más espectacular de la noche. El clip coge esa tradición y se la pone a un chico con el pecho al aire y bordados en la camisa. Es un gesto de reapropiación muy de Planeta Gayfolk, ese universo donde los hombres se ponen faldas de volantes y bajan escalinatas como si llevaran toda la vida haciéndolo.

Nadie sube acompañado

Hay un detalle que me llama la atención al repasar todas estas escaleras: en ninguna hay dos personas. El chico del traje azul baja solo hacia el mar. El de la falda roja se planta solo en la escalinata. El de la escalera de caracol se sienta solo. El del trono abre los brazos solo, con los guardias detrás pero sin nadie a su lado. Y el hombre de la careta está solo en el callejón.

En los vídeos, esa soledad tiene sentido: son momentos de afirmación, de alguien que se planta y se muestra. Pero en la vida real, las escaleras más empinadas se suben mejor con alguien que te dé la mano o que, al menos, te espere arriba. Por eso quiero dejarlo claro antes de seguir: lo que funciona como imagen en un videoclip no tiene por qué ser el modelo a seguir. Hay tramos que conviene hacer acompañado.

La escalera de caracol (La ley de la exageración)

Dejo atrás el sol y me meto entre muros de piedra. En el vídeo de «La ley de la exageración», muy al principio, hay un plano breve que cuesta olvidar. Una escalera de caracol de piedra, estrecha, con el muro curvo lleno de antorchas encendidas. A media subida, sentado en los peldaños, un chico de camiseta clara y pantalón oscuro se abraza las rodillas. Mira hacia abajo. Su sombra se proyecta enorme en la pared.

Es la única escalera del planeta donde alguien se rinde un momento. No baja, no sube. Se sienta. Y el vídeo le deja ahí apenas un par de segundos antes de pasar a otra cosa: parejas que miran a cámara, caballeros con armadura, un banquete, láseres de colores.

Esa imagen me toca mucho porque es honesta. Todos los procesos de salir de algo tienen un momento así: el de quedarse a mitad de la escalera sin fuerzas para seguir y sin querer volver abajo. La canción, que pasa factura por veinte años perdidos, sabe de lo que habla. Pero el vídeo no se queda en ese escalón. Sigue. Y la siguiente vez que vemos gente en ese castillo, ya está de pie.

Me fijo también en la luz de ese plano. Las antorchas proyectan la sombra del chico sobre la pared curva, mucho más grande que él, como si la escalera estuviera ocupada por dos: el cuerpo pequeño que se encoge y la sombra enorme que parece vigilarle. Es una imagen de cuento antiguo, de torre de castillo donde alguien espera a que lo rescaten. Pero en este castillo nadie viene a rescatar a nadie desde fuera. El rescate, si llega, sube desde dentro, peldaño a peldaño.

Los escalones del trono

En el mismo castillo hay otra escalera, mucho más corta y mucho más teatral. Hacia los dos minutos y medio, un hombre con casaca granate y botas altas abre los brazos en lo alto de unos escalones de piedra, delante de un trono gótico. A los lados, guardias enmascarados con lanzas, braseros con fuego y focos azules colgando del techo.

Son tres o cuatro peldaños nada más, pero bastan. Quien está arriba manda, o al menos lo parece. Y el gesto de los brazos abiertos tiene algo de proclamación, de «aquí estoy». Si el chico de la escalera de caracol era el momento más bajo del vídeo, este es el más alto. Entre uno y otro, el clip ha subido la escalera entera.

Lo curioso es que, en el vídeo, ese momento de trono no dura mucho. El montaje enseguida vuelve a los pasillos, al patio, al banquete. Nadie se queda arriba demasiado tiempo. Y quizá eso también sea una lección del castillo: subir no consiste en quedarse en lo alto para siempre, sino en haber podido llegar, aunque sea un rato, y luego bajar a bailar con los demás.

Las escaleras de incendios (Ni un pimiento)

Cambio completamente de paisaje. El videoclip de «Ni un pimiento» empieza en un callejón urbano de noche, estrecho, con fachadas de ladrillo a ambos lados y una luz azulada. En las paredes se ven escaleras de incendios de hierro, esas estructuras en zigzag que cuelgan de los edificios en las películas de ciudad. En el centro del callejón, un hombre con careta blanca de portero, chaqueta de trabajo y vaqueros. A sus pies, un montón de pimientos verdes desparramados por el suelo.

Las escaleras de incendios son un tipo muy especial de escalera. No están pensadas para el día a día, sino para cuando algo arde. Son la salida de emergencia, el plan B, la ruta por la que se escapa cuando la puerta principal ya no sirve.

En un vídeo que juega con el miedo y con el humor a partes iguales, esas escaleras de hierro al fondo son casi un chiste visual: el decorado entero está preparado para huir. Y tiene sentido en una canción cuyo título es una forma muy castiza de decir «nada de nada». Cuando no queda ni un pimiento, toca salir por la escalera de atrás.

Las salidas de emergencia de verdad

Las escaleras de incendios me llevan a algo que no es metáfora. Durante dos décadas, Mike compartió su vida con dos parejas narcisistas; cuando todo se destapó, las dos se las arreglaron para que una parte de quienes le rodeaban le diera la espalda. Él mismo ha dicho que en lo más hondo de aquello rozó el suicidio. Hoy está en manos de profesionales de la salud mental, con un diagnóstico que incluye estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y un trastorno de la personalidad por evitación, y habla de ello para que el abuso narcisista deje de ser invisible, contándolo siempre desde la salida.

Componer fue una de sus escaleras. Cada tema terminado era un escalón más: dar su propia versión de los hechos aunque pareciera que no la escuchaba nadie, encontrar palabras para lo vivido, incluso sacarle punta con humor.

Pero hay escaleras que no se suben a pulso. Si te notas parado a mitad de la de caracol, sin aire para el siguiente peldaño, díselo a una amiga, a un familiar, a tu médico o a quien te inspire confianza. En España, marcar el 024 no cuesta nada: es anónimo y hay alguien al otro lado de día y de noche. Si la situación es de vida o muerte, el número es el 112. Esa es la escalera de incendios de verdad, y está para usarla.

Peldaño a peldaño

Si junto todas estas escaleras, aparece una especie de recorrido. Empieza en la de caracol del castillo, con alguien sentado y encogido. Pasa por los escalones del trono, donde otro abre los brazos. Atraviesa el callejón de las escaleras de emergencia, donde todo está preparado para escapar. Llega a la escalinata del palacio, donde un chico con falda roja se planta a mitad de bajada y mira a todo el mundo. Y termina en los peldaños blancos que bajan al mar, donde alguien con traje azul sonríe con la mano en el bolsillo antes de llegar a la playa.

Collage con la carátula de «El día de la liberación» y las de «Madrid to Benidorm», «Ni un pimiento» y «La ley de la exageración», junto a los versos «Gritemos con fuerza» y «¡somos libres!»

No es un orden que los vídeos propongan. Es uno que se me ocurre al verlos juntos. Pero me parece que dice algo verdadero sobre cómo se sale de un pozo: no de golpe, sino escalón a escalón, con paradas, con ratos sentado, con días de trono y días de callejón.

La escalera y la playa

Hay una conexión que me gusta especialmente. La escalera blanca de «El día de la liberación» desemboca en una playa con una hilera de edificios altos que recuerda mucho a Benidorm, la ciudad que nombra la letra. Y Benidorm es también el destino de «Madrid to Benidorm», otra canción del planeta, la de la carretera y los brazos abiertos frente al mar.

En Planeta Gayfolk, Benidorm funciona como un lugar al que se llega después de algo. Después de una relación que hizo daño, después de muchos kilómetros de carretera, después de muchos años. Y para llegar a la playa, en esa costa, hay que bajar escaleras. Muchas. Las de los paseos, las de los hoteles, las de las calles que caen hacia el agua.

Cómo se ven las escaleras en el planeta

Visualmente, las escaleras son una de las piezas más repetidas del decorado de Mike, aunque casi nunca sean protagonistas. Encajan con su gusto por los escenarios teatrales, por los palacios, por los castillos de cartón piedra y por las calles de costa encaladas. En el apartado dedicado a la estética de Planeta Gayfolk se describe de esa mezcla de lo épico y lo cotidiano. La escalera es el ejemplo perfecto: puede ser la de un palacio barroco o la de un callejón con contenedores, y en los dos casos sirve para lo mismo, para cambiar de nivel.

Ficha de «El día de la liberación», del disco del mismo nombre, con su carátula: un hombre con traje azul abre los brazos en una playa con rascacielos bajo un cielo rosa

El tercer disco, «El día de la liberación», es el que cierra la trilogía, y tiene mucho de último tramo de escalera: el disco de cuando ya se ve el final y se puede respirar. La canción que le da título es su resumen más alegre.

Subirlas con música

Para escuchar cualquiera de estas canciones basta con entrar en su ficha de la web, y para quedársela en el móvil está la tienda, que no cobra nada ni pide registrarse. La del día de la liberación también suena en Spotify y en las demás plataformas, y el clip completo se ve en su ficha de vídeo. El listado entero de títulos vive en canciones, y periodistas y blogs tienen imágenes y un formulario de contacto en prensa.

El último escalón

Vuelvo a la primera imagen. Un chico con traje azul, parado en mitad de una escalera blanca que baja al mar. Mano en el bolsillo. Media sonrisa. No tiene prisa.

Me parece la mejor forma de terminar un recorrido por las escaleras del planeta, porque resume lo que todas ellas enseñan. Que se puede parar a mitad. Que se puede mirar el paisaje antes de seguir. Que, al final de algunos escalones, hay una playa. Y que el día de la liberación no es el día en que uno llega abajo, sino el día en que se da cuenta de que ya está bajando.

Preguntas frecuentes

¿Qué escaleras aparecen en los videoclips de Mike Sain't Louis?

Entre otras, los peldaños de piedra blanca que bajan al mar y la escalinata de palacio de «El día de la liberación», la escalera de caracol y los escalones del trono de «La ley de la exageración» y las escaleras de incendios del callejón de «Ni un pimiento».

¿Cuándo salió el videoclip de «El día de la liberación»?

Se publicó el 30 de octubre de 2025. La canción da nombre al tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk y celebra el día en que alguien se libera de un manipulador.

¿Por qué un texto sobre escaleras?

Porque en esos vídeos las escaleras no son simple decorado: hay quien baja hacia el mar, quien posa en lo alto, quien se sienta a mitad de camino. Juntas cuentan algo sobre subir y bajar, que es de lo que hablan muchas de sus canciones.

¿Dónde se escuchan y se descargan estas canciones?

Todas tienen su ficha en gayfolkplanet.com y se descargan gratis, sin registro, desde la tienda. También están en Spotify y en las demás plataformas.

¿Y si estoy en un mal momento?

No hace falta subir la escalera en soledad. Habla con alguien de confianza o con un profesional. En España, el 024 atiende gratis y a todas horas; ante una emergencia, el 112.

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