Humor
«Que me coma el chumino la jefa de servicio»: el testigo que no calla
Por Mike Sain't Louis ·

Pocas canciones mías tienen un título tan difícil de decir en voz alta en una reunión de trabajo. Y tiene su gracia, porque esta canción va precisamente de trabajo. De jerarquías, de presiones, de compañeras que desaparecen de un día para otro y de la decisión de no mirar hacia otro lado. Todo eso envuelto en un estribillo que es, básicamente, una pedorreta cantada.
Una canción de oficina
La letra arranca con una aclaración casi administrativa: se me olvidaba decir que, a la compañera a la que han echado, que cuente conmigo si hace falta declarar como testigo. Ese tono de nota al pie, de posdata en un correo, me encanta. No empieza con un grito. Empieza con un «por cierto». Como quien se acerca a la máquina de café y suelta lo importante en voz baja.
La canción menciona a varios personajes con nombre y apellido, un coordinador y una jefa de servicio. No los voy a repetir aquí. Primero porque no hace falta, y segundo porque lo que me interesa no son las personas sino los papeles. Cualquiera que haya trabajado en una estructura con mandos intermedios reconoce las figuras: el coordinador que transmite la presión hacia abajo, la jefa que firma, el despido que nadie explica bien. La canción los convierte en caricatura, les pone motes de patio y los manda a paseo. Es sátira y desahogo, no un acta.
El higo, el chumino y la tradición del insulto
El estribillo usa una fórmula muy española: que me coman el higo. Es un improperio viejo, de esos que sirven para decir «me da exactamente igual lo que pienses» con un toque de procacidad que lo hace más eficaz. Luego la canción sube la apuesta y pasa al chumino, y repite la frase tantas veces que pierde cualquier carga sexual y se convierte en mantra. Ahí no hay deseo ninguno. Hay desprecio cantado con alegría.
Me gusta esa tradición del insulto genital como desahogo. Está en las coplillas de carnaval, en los chistes de feria, en las conversaciones de bar. Es una forma de bajar del pedestal a quien te mira desde arriba. La autoridad se sostiene en parte con solemnidad, y nada destruye la solemnidad tan rápido como imaginar al jefe en una situación ridícula. La canción no pretende ser fina. Pretende reírse de quien se cree intocable.
La repetición, además, tiene algo de cántico de grada. Llega un punto en el que ya no estás escuchando una frase, estás escuchando un ritmo. Y ese ritmo dice lo mismo que diría una pancarta, pero con más gracia y menos ortografía.
Ir como testigo
Debajo del cachondeo, lo que de verdad cuenta la canción es serio. En la letra hay una compañera despedida, se habla de amenazas, y hay alguien que decide ponerse de su lado. «Que yo voy como testigo, así que menos amenazas». Esa frase podría ser el lema de mucha gente que ha visto una injusticia en el trabajo y ha tenido que decidir si callarse o no. Callarse suele ser más cómodo. Hablar cuesta.
Lo que me emociona un poco de esta canción tan bruta es que la solidaridad no viene adornada. No hay discurso sobre derechos laborales ni bandera. Hay un «creo que se llama» que delata que ni siquiera eran íntimas. No hace falta ser amiga de alguien para defenderla. Basta con haber visto lo que pasó.
Y luego está la advertencia: mucho cuidadito. Dicha así, en diminutivo, tiene algo de abuela que te mira por encima de las gafas. Es una amenaza amable, la única que se permite quien no tiene poder. Porque en esta historia el poder está todo del otro lado. Lo único que tiene la voz es su palabra y su disposición a contarlo.
Creo que la canción funciona como vacuna contra el miedo en el trabajo. No resuelve nada, no gana ningún juicio, pero recuerda que reírse de quien te aprieta es posible. Y que el estribillo más grosero del mundo puede esconder un acto de lealtad.
Si quieres comprobar hasta dónde llega la repetición, la tienes en la letra completa. La canción se descarga gratis en la sección de descargas, aunque quizá mejor no la pongas en el altavoz de la oficina.