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«SÍ, SOY UNA PUTA»: devolver el insulto con estilo

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Portada de «SÍ, SOY UNA PUTA», de Mike Sain't Louis

Un insulto es una piedra que viene con instrucciones: agáchate, avergüénzate, cállate. A la gente LGTBI nos han tirado piedras de esas con una puntería admirable. Maricón, bollera, puta. Y una de las cosas más bonitas que ha hecho nuestra cultura es coger esas piedras, darles la vuelta y ponérselas de broche.

«SÍ, SOY UNA PUTA» va de eso. La presenté con unas pocas líneas que lo dicen sin adornos: es una declaración sin rodeos, no busca simpatía ni disculpas, y es mi forma de devolver lo que otros repiten sin pensar. Con estilo y con mala leche fina.

La afirmación desarma

Fijaos en el sí del título. No es una pregunta ni una defensa. Es una afirmación tranquila, casi aburrida, como quien confirma la hora. Ese sí es lo que desactiva el insulto. Cuando alguien te llama algo para hacerte daño, espera que lo niegues, que te pongas nervioso, que te justifiques. Si en vez de eso asientes y sonríes, la piedra se le queda en la mano.

Es un mecanismo viejísimo. Lo ha vivido la palabra queer en inglés, que pasó de insulto a nombre de una teoría y de un movimiento. Lo hacen cada día muchas personas del colectivo cuando se llaman entre ellas con las mismas palabras con las que otros las querían humillar. No es masoquismo ni falta de amor propio. Es lo contrario: es decidir quién manda en tu propio nombre.

Puta como vigilancia moral

La palabra puta tiene una carga muy concreta. Se usa para castigar el deseo, sobre todo el de las mujeres y el de los hombres que no encajan en lo que se espera de un hombre. Funciona como una norma no escrita: si disfrutas demasiado, si eliges demasiado, si no pides perdón por tu cuerpo, te cae la etiqueta.

Cuando la canción la reivindica, no habla de una biografía concreta ni pretende dar lecciones sobre nada. Habla de esa vigilancia moral sobre el deseo y de la decisión de dejar de obedecerla. Sí, deseo. Sí, disfruto. Sí, me lo paso bien. ¿Y qué?

Me parece importante decirlo con tono adulto y sin pudor, porque el sexo forma parte de la vida y, por tanto, de las canciones. Fingir lo contrario sería otra forma de pedir permiso, y esta canción no lo pide. Tampoco lo necesita.

GayFolk en estado puro

En aquella presentación también escribí que esta canción es GayFolk en estado puro. Lo mantengo. Si tuviera que explicar a alguien qué es este proyecto con una sola canción, probablemente elegiría esta o alguna de sus primas más descaradas. Hay humor, hay provocación, hay una herida debajo y hay mucho estilo encima. Es la mezcla de copla y descaro que define el planeta.

La provocación aquí no es gratuita. Sirve para algo. Pone sobre la mesa una palabra que se dice muchísimo, a escondidas, en voz baja o con rabia, y la canta a pleno pulmón para que pierda el veneno. Es lo que el cabaret y la revista han hecho siempre con el escándalo: convertirlo en espectáculo hasta que deja de dar miedo. Y es lo que el camp hace con la vergüenza, vestirla de lentejuelas y sacarla a saludar.

Hay otra cosa que me gusta del gesto. Al decirlo yo primero, le quito al otro la exclusiva. El insulto deja de ser un secreto que alguien puede sacarte en cualquier momento y pasa a ser un título que llevo con la cabeza alta.

El que quiera entender

La presentación terminaba con ese dicho tan de barrio que deja la puerta abierta solo a quien quiera entender, y al resto que le den aire. Me gusta como cierre porque no explica nada más de la cuenta. No voy a convencer a quien se ofenda solo con leer el título. Tampoco lo pretendo.

A quien sí lo pille, a quien alguna vez le hayan tirado esa palabra o cualquier otra, le dedico la canción. Que la cante en el coche, en la ducha o delante de quien haga falta.

En la página de «SÍ, SOY UNA PUTA» está el texto con el que la presenté, y la canción está disponible para descargar gratis en la sección de descargas.

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