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«TOXINA COREANA»: la amiga embotada era yo

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Portada de «TOXINA COREANA», de Mike Sain't Louis

Toda pandilla tiene una amiga sincera. Esa que, en vez de decirte qué guapa estás, te suelta que tienes ojeras, que tienes mala cara, que el tiempo se te empieza a notar. Lo hace con cariño, dice ella. Y tú sonríes como puedes, con la cara que te queda.

«TOXINA COREANA» es una canción sobre esa amistad, sobre el bótox y sobre una confesión final que le da la vuelta a todo. Es de las más ligeras del proyecto, pero no por eso menos afilada.

El diálogo de las tías

La estructura es un intercambio. La amiga del alma y la amiga sincera van soltando sus comentarios sobre la cara de la protagonista: mala cara, ojeras, el paso del tiempo, cara de cabreo. Y la protagonista responde siempre con la misma frase, muy de barrio y muy gráfica, que viene a ser un no me toques las narices pero con otra parte del cuerpo. Prefiero no copiarla aquí; la gracia está en oírla repetida.

Me encanta ese registro porque es pura oralidad castiza. Las tías, las amigas, las vecinas: esa conversación española donde se dicen barbaridades con total naturalidad y nadie se ofende de verdad. Es el humor de las sobremesas largas y de los pasillos de peluquería.

Las respuestas van subiendo de nivel. Primero llegan las excusas: no ha dormido nada, no le ha dado tiempo a pasar por casa. Después llega el contraataque. La protagonista le recuerda a la sincera que la tiene guardada en el móvil como la embotada, y que lleva tres mil euros inyectados en la cara. Si tú me sacas las ojeras, yo te saco la factura.

Bótox con apellido

El estribillo hace algo que me divierte mucho: convierte la toxina botulínica en una especie de denominación de origen. Amiga mía, amiga embotada. Toxina tipo A o toxina coreana. Como quien pregunta si el jamón es ibérico o de cebo.

La referencia coreana tiene su lógica. La cosmética coreana se ha convertido en un fenómeno enorme, con sus rutinas de muchos pasos y sus productos milagro, y ese prestigio se ha extendido a todo lo que tenga que ver con la piel. La canción se ríe de esa obsesión por quitarse años de encima, pero sin moralina. No hay sermón sobre la belleza natural. Hay una ceja que se ha quedado levantada, que es lo más gracioso y lo más delator que le puede pasar a alguien que jura no haberse hecho nada.

La amiga soy yo

Todo el humor de la canción prepara el golpe final. Llega un momento en que la voz decide confesar, dejar de desmentir, decir la verdad. Y la verdad es esta: «la amiga soy yo».

Ese giro cambia todo lo anterior. La embotada de la que hablaba, la de la ceja levantada y los tres mil euros, no era la otra. Era ella. Todo ese contraataque era una forma de señalar fuera lo que tenía en su propia cara. Ha pasado la canción esquivando lo evidente con frases cada vez más malhumoradas, y al final se rinde con una sonrisa, eso sí, algo tirante.

Me hace mucha gracia porque es un mecanismo muy humano. Lo que más nos molesta de los demás suele ser lo que no queremos ver en el espejo. Y la canción lo cuenta sin psicología de manual, con una ceja rebelde como prueba del delito.

Sin culpa ni sermón

Me gusta que la canción no juzgue a nadie. Ni a quien se pincha, ni a quien comenta, ni a quien se avergüenza. Cada cual hace con su cara lo que quiere y con su dinero lo mismo. Lo único que se critica, si acaso, es la mentira: negar lo que salta a la vista. Y hasta eso queda perdonado en cuanto llega la confesión.

Lo leo como una pequeña lección de humor sobre uno mismo. La única defensa real contra la amiga sincera es adelantarse a ella. Si te ríes tú primero de tu ceja, a ella le quedan pocos chistes.

Es una canción para cantar con amigas, con las sinceras y con las otras, en ese momento de la noche en que ya nadie disimula las ojeras.

Si queréis contar cuántas veces repite la protagonista su frase favorita, la letra de «TOXINA COREANA» está publicada entera, y la canción se descarga gratis desde la sección de descargas.

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