Traducir un clásico anglosajón al español
Traducir una canción anglosajona al castellano no es traducir. Las sílabas son otras. Los acentos caen en otros lugares. Las metáforas viajan mal. Los juegos de palabras se pierden. Aceptar todo eso desde el primer minuto es la única manera de que la operación tenga alguna posibilidad.
El método que funciona empieza por la traducción literal. Se hace una versión palabra por palabra, sin métrica, solo para entender qué está diciendo el original. Después esa versión se olvida deliberadamente. Se escribe desde cero una letra nueva en castellano que diga aproximadamente lo mismo pero suene natural en la lengua propia. Cuando la nueva letra ya funciona por sí sola, se coteja con la literal para asegurarse de que no se ha perdido nada esencial.
El resultado no es una versión, en el sentido convencional. Es una canción hermana. La original en inglés y la traducida en castellano dicen lo mismo con dos voces distintas, y ambas son verdaderas dentro de su propio idioma. Ninguna es superior. Son dos formas de una misma idea.
Traducir un clásico también ilumina el original de una manera que la simple escucha repetida no consigue. Obliga a preguntarse qué dice exactamente cada verso, qué se puede sacrificar y qué es intocable. Ese ejercicio revela decisiones invisibles del autor original que solo aparecen cuando se intenta rehacerlas.
Existe además un valor cultural en traducir bien. El pop en castellano ha vivido demasiadas décadas mirando al inglés como estándar y traduciéndolo mal, por vago o por desdén. Traducirlo bien es también decir que la lengua propia puede sostener lo mismo que la ajena si se la trabaja con cuidado.
En este planeta las traducciones aparecen puntualmente, sin sistemática. Cada una es una excusa para meterse dentro del original y salir con algo nuevo. No hay más pretensión que esa.