Canción a canción
Un acordeón en la orilla, una espalda al sol y dos siluetas de neón: el videoclip de «Que te mola el cruising» escena a escena
Por Mike Sain't Louis ·

Todos conocemos a alguien que llega al bar con una noticia caliente y la suelta antes de quitarse la chaqueta. «Que te mola el cruising» es esa persona convertida en canción. Empieza con un «Vaya, vaya, chiquitín» que ya lo dice todo, y sigue con un repaso, entre risas, a lo que se ha visto por ahí: que si te han pillado en la playa, que si eres un poco mirón, que si no tienes problemas en pasar a la acción. Es chisme puro, del bueno, del que no hace daño.
Para el videoclip no quise un decorado de discoteca ni una calle de ambiente. Quise lo contrario: luz de mediodía, rocas volcánicas, mar abierto, arena. El cruising de la canción es de costa, de dunas y de rincones con vegetación, y el vídeo tenía que oler a sal y a crema solar. Lo que pasa es que, además, lo llené de acordeones. Porque si la letra es una copla de verbena, alguien tenía que tocarla.
Lo cuento aquí en orden, con los minutos aproximados, para quien quiera verlo con la nota al lado.
El cartel con dos acordeones (0:00)
El vídeo se abre con dos hombres sonrientes en la orilla, cada uno con un acordeón colgado del pecho. Uno lleva camisa vaquera; el otro, camiseta de tirantes oscura. Detrás, el mar azul y un cabo de tierra al fondo. Encima, mi nombre en neón rosa y el título en letras gordas de color crema, con borde verde, como un cartel de fiestas patronales.
Esa portada ya marca el tono. Nada de misterio ni de oscuridad. Dos tipos simpáticos en la playa, a punto de tocar una pieza, como en una verbena que se ha bajado al mar. Si alguien esperaba algo sórdido por el título, la primera imagen le desarma. Aquí se viene a reír.
Un paisaje de lava cubierto de verde (0:05)
Lo siguiente es un paisaje que parece de otro planeta. Una extensión enorme de roca volcánica, ondulada, cubierta de un musgo verde y amarillento, con el sol cayendo en diagonal. No hay nadie. Solo formas de lava enfriada hace mucho, como olas que se quedaron quietas.
Me gusta empezar con un sitio vacío. El cruising, antes de las aplicaciones, era sobre todo geografía: saber dónde. Había que conocer el sendero, la roca, la duna. El vídeo empieza enseñando el terreno, como quien te dibuja un mapa en una servilleta. Y lo hace con un paisaje que podría ser de Planeta Gayfolk, porque esa tierra verde y ondulada no parece de este mundo.
Una espalda sobre tierra roja (0:10)
Aparece el primer cuerpo, y no le vemos la cara. Es una espalda morena, ancha, de alguien que se lleva la mano a la nuca, con la tierra roja de un volcán detrás. Brilla un poco por el sudor o por la crema. La cámara se queda ahí, sin subir.
Esta espalda vuelve varias veces en el vídeo, y siempre igual: de espaldas, con la mano en la cabeza, como quien se seca o se estira al sol. Es el objeto de la mirada. La canción habla de alguien que mira y de alguien a quien miran, y aquí el espectador se convierte en el mirón. Lo pensé como un pequeño chiste: mientras escuchas una letra que le reprocha a otro que mire, tú no puedes dejar de mirar esa espalda.
Rocas, sol y una chancla verde (0:15)
Viene una serie de planos de suelo. Rocas cubiertas de líquenes verdes con un destello de sol. Luego, el pie de alguien con una chancla verde que pisa con cuidado entre piedras grises. Después, las olas que rompen contra unas rocas negras en una cala.
Son planos de camino. Alguien está bajando hacia el agua, despacio, buscando dónde poner el pie. Quien haya ido alguna vez a una cala de rocas sabe que esa bajada es una pequeña aventura: tobillos que se tuercen, piedras que resbalan, la chancla que se sale. Es también la parte del cruising que nadie cuenta, la de llegar al sitio. Antes del tonteo, hay una caminata.
Alguien entre las hojas (0:30)
De pronto, un cambio de luz. Estamos entre árboles, con hojas grandes en primer plano que tapan media pantalla. Detrás, desenfocadas, se intuyen dos figuras muy juntas, con la piel al sol. No se ve más. Las hojas tapan justo lo que habría que ver.

Este plano es el corazón del vídeo y también su mayor travesura. La letra le dice a alguien «eres mirón», y el plano está grabado exactamente desde el punto de vista de un mirón: escondido detrás de una planta, a distancia, viendo sin ver. No enseña nada explícito. Lo que enseña es la postura de quien espía. Y eso, en una canción de chisme, es lo más divertido: el que cuenta la historia también estaba mirando.
Pies en el agua clara (0:40)
Después, un plano cenital de un pie que se mete en un agua transparente, sobre un fondo de piedras redondas. Luego, otros pies bajo la superficie, con la luz temblando encima. El agua es tan clara que parece cristal.
Es un respiro. Tras la escena de las hojas, el vídeo se va a lo más inocente que hay en una playa: meter los pies en el agua fría. Me gustaba ese vaivén entre lo pícaro y lo tierno. El cruising de la canción no es amenazante ni triste. Es parte de un día de playa, como el bocadillo o la toalla. Por eso en el montaje convive con planos que podría haber grabado cualquiera de vacaciones.
La cala y el bañista (1:00)
Siguen varios planos del mar. Olas que rompen sobre rocas negras, una piedra grande en mitad del agua, la espuma blanca. Y, a lo lejos, un hombre de pie dentro del mar, con el agua por la cintura, solo, mirando al horizonte. En otro plano, alguien levanta un brazo desde el agua, como saludando o celebrando.
El bañista de lejos es una figura que me encanta. Está ahí, en mitad del mar, sin hacer nada. Puede estar esperando a alguien o simplemente disfrutando del frío. La letra juega con eso: «No te hagas el missing», le dice a quien se hace el despistado. El hombre del agua es ese despistado perfecto, el que parece no enterarse de nada mientras todo el mundo lo observa desde la orilla.
Olas de neón en la noche (1:25)
Sin aviso, se hace de noche. Una playa a oscuras, con luces de ciudad al fondo, y una línea ondulada de neón rosa y blanco que recorre la arena como una ola dibujada. Encima de esa línea, dos hombres bailan, uno con camiseta blanca y otro sin ella, cogidos de la mano y girando.
Es el único momento de baile del vídeo, y lo puse de noche para que la fiesta cambiara de piel. Por el día, todo era mirar a escondidas. Por la noche, dos personas bailan a la vista de todos, con su propia ola de luz debajo. Me gusta pensar que la canción va de eso: de pasar de lo que se cuchichea a lo que se celebra. Hay un estribillo que acusa, pero también hay una pista de baile esperando.
El acordeonista de la playa (1:40)
Luego llega el primer solista. Un hombre con barba y camiseta de tirantes oscura toca el acordeón de pie en la orilla, con una montaña de perfil rocoso al fondo y el mar en calma. Mueve el fuelle con ganas, mira a cámara y sonríe. Junto a sus pies, la caja del instrumento abierta sobre una toalla.

El acordeón en la playa es un disparate y por eso me gusta. Es un instrumento de bailes de salón, de fiestas de pueblo, de músicos callejeros en las plazas. Llevarlo a la arena es como plantar un baile de verbena en un sitio donde la gente va a tumbarse. Y encaja con el espíritu de la letra, que tiene algo de copla de feria, de esas que cuentan los chismes del pueblo con música alegre para que no piquen tanto.
La montaña roja (2:00)
Hay un plano precioso de una playa de arena dorada con una montaña rojiza detrás, de laderas redondeadas, y el agua azul entrando en una curva suave. Ni un alma. Inmediatamente después, la espalda morena regresa, con la mano en la nuca, como si fuera la misma montaña en versión humana.
Esa rima entre la ladera y la espalda fue un hallazgo del montaje. No lo planeé, me lo encontré al poner los planos seguidos. Las curvas de la tierra volcánica y las del cuerpo se parecen. Y es una forma de decir, sin palabras, lo mismo que dice la letra cuando menciona sin rodeos lo que pasa cuando alguien se baja «el bañador»: que el deseo forma parte del paisaje tanto como las rocas.
Dos planos en blanco y negro (2:20)
En mitad de tanto color hay dos planos que se salen de la paleta. En el primero, en blanco y negro, se ve desde arriba un pie que asoma sobre un agua llena de reflejos y piedras, con una sombra oscura que entra por un lado. En el segundo, todavía más raro, la pantalla se llena de una superficie clara y curva, como un trozo de piel muy de cerca, con una mancha negra de bordes recortados en la esquina, que parece un tatuaje o un estampado visto con lupa.
Son casi abstractos, y los puse por eso. Cuando alguien te cuenta un chisme, en tu cabeza no aparece una película completa, sino fogonazos: un detalle, un trozo de algo, una imagen que no sabes muy bien de dónde sale. Estos dos planos son esos fogonazos. Duran un suspiro y dejan una sensación de haber visto algo que no deberías. Luego el color vuelve como si no hubiera pasado nada.
Lo que el vídeo se calla
Hay una decisión que tomé desde el principio y que me gusta explicar: en este videoclip nadie hace nada explícito. Todo está insinuado. Las hojas tapan, las espaldas no se dan la vuelta, las siluetas de neón están demasiado lejos y los pies son solo pies. Si alguien buscaba otra cosa, se queda con las ganas, y eso también es parte de la broma.
La canción funciona igual. Habla de cruising, de perreo, de alguien que no tiene problema en pasar a la acción, pero no describe una sola escena concreta. Lo deja todo en el terreno del rumor. Y el rumor siempre es más jugoso que los hechos, porque cada cual rellena los huecos con su propia imaginación. El vídeo te deja exactamente en esa posición: la de quien escucha el chisme y se monta la película solo.
La pareja que se abraza en la oscuridad (2:45)
La pareja del neón vuelve, ahora más lenta. Ya no bailan girando, sino que se abrazan de pie, uno con la cabeza apoyada en el hombro del otro, mientras la línea de luz ondula detrás. El cielo es negro y el agua, morada.
Si el primer baile era alegre, este es íntimo. El chisme se ha quedado en la orilla, lejos. Aquí no mira nadie, o eso parece. Me gusta que el vídeo deje sitio a ese momento, porque la canción, por mucho que se ría, tiene ternura. Quien cuenta el cotilleo no está enfadado. Está, en el fondo, un poco celoso de lo bien que se lo está pasando el otro.
Un muelle morado y un mar rosa (3:20)
Antes del final, el color se desata. Un paseo de tablas que entra en el mar, todo teñido de morado. Una cortina violeta que se mueve. Y una playa entera de agua rosa chicle, con la orilla blanca y un cielo azul oscuro, como si alguien hubiera echado colorante en el océano.

El mar rosa es la firma de Planeta Gayfolk. En casi todos mis vídeos hay un momento en el que la realidad se tiñe de rosa, y aquí ocurre justo cuando la canción repite el estribillo por última vez. Es el instante en que la playa normal, la de las rocas y la chancla, se convierte en otra cosa. La misma costa, pero vista con mis gafas.
Dos acordeones frente a frente (3:35)
El final es una fiesta. Dos acordeonistas, uno con camiseta clara y otro con tirantes, tocan frente a frente en la orilla, riéndose, como si se retaran en una competición de pueblo. Detrás rompen las olas. En algunos planos se acerca un tercero, sin camiseta, con bañador de flores, que se ríe con ellos y le acerca algo rojo en la mano a uno de los músicos, como quien ofrece un helado o un vaso.
Me encanta terminar con risa. Después de toda la canción reprochando a alguien que le mola el cruising, el vídeo acaba con tres hombres en la playa pasándoselo bomba, sin juicio ninguno. Esa es la moraleja, si es que la hay: el cotilleo es divertido, pero lo mejor es cuando el cotilleado y el cotilla acaban bailando la misma pieza.
Una costa que parece otro planeta
Si alguien se pregunta dónde está esa playa de la montaña roja y la lava verde, prefiero no ponerle nombre, porque en el vídeo no es un lugar del mapa, sino un trozo de Planeta Gayfolk. Lo que sí puedo decir es por qué elegí ese tipo de paisaje. La tierra volcánica tiene algo de recién nacida: es negra, roja, ocre, a veces verde, y no se parece a la costa de postal con palmeras. Es una tierra que todavía se está haciendo.
Me pareció el sitio justo para una canción que se ríe de los prejuicios. En un paisaje así no hay bancos de paseo marítimo ni sombrillas alineadas, no hay normas de comportamiento escritas. Hay rocas, mar y gente que se busca. Y el vídeo lo enseña con la misma curiosidad con la que un astronauta pisaría un planeta nuevo: mirando el suelo, las texturas, las sombras, antes de mirar a las personas.
El acordeón como cotilla
Si me apuran, el verdadero protagonista del vídeo es el acordeón. Es un instrumento que respira: el fuelle se abre y se cierra como un pulmón, y suena siempre un poco a fiesta, aunque toque algo triste. En mi cabeza, el acordeón es la amiga cotilla de la canción. Abre el fuelle para tomar aire, suelta la noticia y lo cierra con una risa.
Por eso al final hay dos, frente a frente. Es la conversación de dos cotillas que se cuentan lo mismo, cada uno a su manera, y que acaban riéndose de sus propias exageraciones. Cuando uno toca una frase, el otro responde. Así funcionan los chismes en cualquier barrio: alguien lo cuenta, otro lo adorna, y al final nadie recuerda cómo empezó.
Por qué una canción sobre cruising
Me han preguntado alguna vez si no me daba apuro escribir una canción con este título. La respuesta es no. El cruising forma parte de la historia queer igual que los bares o las manifestaciones. Hubo décadas en las que los hombres que se gustaban no tenían otro sitio donde encontrarse que un parque de noche, un sendero de costa o unos baños públicos, y lo hacían con miedo a la policía o al vecino. Que hoy se pueda hacer una canción de broma sobre eso es, en sí mismo, una pequeña victoria.

Además, el chisme de la letra no es moralista. No dice que esté mal. Lo que dice, con mucha guasa, es «te han visto kissing», como quien tiene una información jugosa y la estira lo que puede. El tono es el de una amiga que te pilla y te lo saca en la cena delante de todos, pero con cariño. Hay un poco de envidia, mucho de cachondeo y nada de condena.
El idioma de la letra
La letra está escrita en ese castellano lleno de palabras inglesas que se habla en cualquier terraza de Madrid o de Benidorm: «fliping», «cute», «clean», «kissing», «missing». No lo hice para parecer moderno, sino porque es así como habla mucha gente cuando cotillea. Las palabras en inglés ponen distancia y a la vez picardía. «Tan cute, tan clean» suena a revista de moda, y el contraste con lo que viene después es parte del chiste.
En medio aparecen palabras muy nuestras, como «el cancaneo» y «el tonteo», que vienen de toda la vida. Y una expresión que siempre me hace reír al oírla, cuando la letra habla de lo rápido que se da la vuelta alguien para que empiece a funcionar «la zona de atrás». Es una de esas frases que dicen todo sin decir nada concreto, como en las coplas antiguas, que lo insinuaban todo con una metáfora.
Lo que el vídeo hace con la letra
Si se mira el montaje con la canción en la cabeza, salen correspondencias que no son de diccionario, pero que están ahí. El arranque, con su sorpresa fingida, es el cartel de los acordeones: alguien que llega a contar algo con una sonrisa enorme. Las acusaciones de mirón son el plano entre las hojas. La facilidad para pasar a la acción es la espalda al sol, que vuelve y vuelve. El que se hace el despistado es el bañista solitario dentro del mar.
Y el estribillo final, el que repite que te han visto, es el mar rosa y la fiesta de acordeones. Ahí ya no hay secreto que guardar. Todo el mundo lo sabe y a nadie le importa. Que es, en el fondo, como deberían terminar todos los chismes.
Más canciones de cotilleo en el mismo planeta
«Que te mola el cruising» está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el arranque de mi trilogía GAYFOLK, y no es la única canción con alma de patio de vecinos. «La vecina cotilla» mira la vida de los demás desde la ventana. «Garrafón de China» amanece con un desconocido en la cocina y una resaca de traje de luces. Y «Ese chulito» va del cuerpo que se confunde con el corazón.
Para verlo y llevártela
El vídeo entero está en la sección de vídeos. La canción, como toda mi música, se escucha y se baja gratis en la tienda, sin dar ningún dato. Si prefieres plataformas, está en Spotify, y la letra completa la tienes en letras.
Un truco para disfrutarlo más: míralo dos veces. La primera, fíjate en los acordeones. La segunda, en la espalda que vuelve y vuelve. Verás que el vídeo cuenta dos historias a la vez, una de fiesta y otra de miradas, y que al final se juntan en la misma orilla.
La firma
Soy Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA». Escribo las letras, compongo y produzco; la música y la interpretación vocal salen hechas con IA, y el montaje de los vídeos lo hago yo, toma por toma. Si escribes sobre música y necesitas información o material, pásate por prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se estrenó el videoclip de «Que te mola el cruising»?
En la madrugada del domingo 29 de diciembre de 2024, pasada la medianoche en Madrid. Dura cuatro minutos y once segundos.
¿Por qué hay acordeones?
Porque la canción tiene alma de verbena y de copla de chisme, y el acordeón es el instrumento de la fiesta de pueblo. En la playa queda todavía más fuera de sitio, y eso me divertía.
¿Es un vídeo explícito?
No. Insinúa más de lo que enseña: espaldas, pies, hojas que tapan, siluetas de noche. La gracia está en el cotilleo, no en mostrar.
¿En qué disco está?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Dónde se descarga?
Gratis y sin registro en la tienda de gayfolkplanet.com. También se puede escuchar en Spotify.