Canción a canción
Un beso entre toreros, una lluvia de pintura roja y una sala de espera vacía: el videoclip de «Una obra de teatro» escena a escena
Por Mike Sain't Louis ·

Hay letras que empiezan con una pregunta que no tiene respuesta buena. «Una obra de teatro» arranca así: alguien se entera de golpe de que lo vivido durante años era un montaje, y lo pregunta en alto, con los signos de interrogación puestos, «Siete años en un escenario?». No es un grito. Es el tono apagado de quien todavía no se lo cree. Lo escribí así a propósito, sin exclamaciones, porque la incredulidad no levanta la cabeza. Se queda mirando al suelo.
Cuando preparé el videoclip, me pregunté qué aspecto tiene una relación que resulta ser una función. La respuesta me llegó en forma de traje: el traje de luces. Nadie se pone un traje de torero para estar en casa. Es un vestuario pensado para que lo vea una plaza llena, se borda durante meses y se lleva con una postura muy concreta, el pecho fuera, la barbilla alta. Es teatro con lentejuelas. Así que el vídeo está lleno de toreros, de parejas de toreros, que se miran, se tocan la cara, se arrodillan y se besan. Y alrededor, una plaza que mira.
Lo recorro aquí en orden, con los minutos aproximados, por si alguien quiere ponerlo al lado.
Dos toreros sobre un mosaico (0:05)
Lo primero es un plano cenital. Desde arriba se ve un suelo enorme de mosaico, con remolinos dorados, negros y crema, como el de un palacio antiguo. En el centro, dos toreros arrodillados uno frente al otro. Uno va de oro entero, con las medias rosas; el otro lleva un capote rojo que se extiende por el suelo como una mancha. Tienen las frentes juntas y las manos cogidas.
Me gusta que el vídeo empiece con una reverencia. Arrodillarse delante de alguien es un gesto de entrega, pero también de escenario: así se saluda al final de una obra. Los dos lo hacen a la vez, sin público a la vista, como si ensayaran el saludo antes de la función. El espectador no sabe todavía cuál de los dos está actuando.
El cartel en la plaza (0:10)
Después aparece el título. Dos hombres con barba, uno con un boa de plumas rosas al cuello y otro con chaqueta negra bordada en rojo, miran a cámara en mitad de una plaza de toros iluminada, con focos blancos en lo alto de las gradas. Encima, mi nombre en letras de neón, y abajo, en grande, «Una obra» y, en dorado, «de teatro».
Es el único momento en el que los personajes miran de frente al objetivo. Parecen el cartel de una compañía, los dos protagonistas posando para la foto promocional. Esa mirada directa me sirve para avisar: lo que viene es una representación, y estos dos son los actores. A partir de ahí casi nadie vuelve a mirar a cámara. Se miran entre ellos, o miran al vacío.
Una calle mojada con neón (0:15)
El siguiente salto nos lleva a un callejón nocturno con el suelo mojado y escaparates de neón rosa a un lado. Dos toreros se abrazan muy fuerte en el centro. Uno lleva chaquetilla con bordados de oro sobre rojo; el otro, una más oscura. Se agarran como quien se reencuentra después de mucho tiempo.
Esta escena vuelve un poco más adelante, casi igual, y me gusta esa repetición. En las relaciones largas hay abrazos que se repiten como un número ensayado: siempre el mismo gesto, el mismo sitio, el mismo apretón. Al principio parecen de verdad. Con los años, cuando descubres que todo era un papel, te preguntas cuántas veces fue un abrazo y cuántas fue una escena bien aprendida.
La pintura que salta (0:20)
Y entonces, la primera mancha. En la plaza iluminada, los dos hombres del cartel reciben de pronto un chorro de pintura roja que les salpica la cara, el pelo y la ropa. Las gotas vuelan alrededor, congeladas en el aire, como en esas fotografías de alta velocidad de un globo de agua estallando.

Quiero decirlo claro: no es sangre. Es pintura, y se nota. Tiene ese rojo chillón de bote, demasiado limpio. En los ensayos de teatro hay una palabra para eso, atrezo, y aquí el atrezo se desborda. El rojo representa el momento exacto en que te enteras. Algo te salta encima y te mancha, y ya no hay manera de volver a la ropa de antes.
En la letra, ese momento es «No puede ser cierto». En el vídeo, es una lluvia de pintura sobre dos hombres que no se mueven. Ninguno se limpia. Se quedan quietos, con la cara roja, mirando hacia delante, como actores que siguen en su sitio aunque el decorado se haya caído.
Dos chaquetas negras bajo las guirnaldas (0:25)
Hay un plano tranquilo justo después. En una calle con guirnaldas de bombillas, dos hombres con chaqueta negra bordada están muy cerca. Uno le pone la mano en la mejilla al otro, que cierra los ojos. Es el gesto más tierno de todo el vídeo, y llega justo después de la pintura.
Lo coloqué ahí por una razón. Cuando descubres un engaño grande, la memoria no te enseña primero lo malo. Te enseña lo bonito. Te pone delante, una y otra vez, la mano en la cara, la noche de las guirnaldas, el beso en la calle. Y lo difícil es que esos recuerdos siguen pareciendo verdaderos aunque ya sepas que no lo eran.
Frente al palacio (0:30)
Luego aparecen dos chicos jóvenes con chaqueta fucsia, uno con flor en el ojal, frente a un edificio monumental de cúpulas y torres, con gente caminando al fondo. Se miran de perfil, sonriendo. Es una plaza de ciudad grande, de esas en las que los turistas se hacen fotos.
Este par me parece el de la primera época. Más jóvenes, más limpios, con el traje sin una sola mancha. Están delante de un edificio enorme, como si el futuro fuera igual de grande. Ninguno de los dos sabe que va a haber obra, ni pintura, ni sala de espera. Y lo bonito del montaje es que no hay manera de avisarles.
Rosa contra oro (0:40)
En otra calle, un torero vestido de fucsia y otro de oro se encuentran frente a frente. El de rosa levanta la mano hacia la cara del otro, casi rozándole la mejilla. Detrás, balcones y paredes de piedra.
Me interesa el contraste de colores. El rosa es el color de Planeta Gayfolk, el del deseo y la fiesta. El oro es el del traje caro, el de la apariencia. En la letra, quien ha vivido engañado reconoce ahora las señales: «algo raro había», dice, pero lo dejaba pasar porque cada persona es un mundo. Rosa contra oro es eso: alguien que sentía de verdad delante de alguien que brillaba para la foto.
Un salpicón sobre blanco (0:50)
Vuelve la pintura, esta vez sobre un fondo blanco liso, como el ciclorama de un estudio. Dos hombres con chaquetilla de torero quedan en medio de una explosión de gotas rojas que les cruzan por delante. Uno de ellos lleva una especie de diadema de flores.
Sobre blanco, la pintura parece todavía más falsa, y eso me gusta. Es un plató, no una plaza. Cualquiera que haya trabajado en teatro sabe que detrás de una escena dramática hay alguien que limpia el suelo después. Esa sensación de cartón piedra está en toda la canción: la tragedia es real, pero el escenario donde ocurrió era inventado.
La cúpula al atardecer (1:10)
Una de mis partes favoritas viene aquí. Dos chicos, muy de cerca, se cogen la cara con las dos manos, frente con frente, con una cúpula enorme detrás iluminada por un sol bajo de color miel. La luz es tan fuerte que les quema los bordes del perfil. Uno sonríe con los ojos cerrados.
Es el tipo de imagen que uno guarda en el móvil durante años. Un atardecer, una ciudad bonita, dos caras juntas. La pongo justo en mitad de la canción, donde la letra se pregunta cómo va a explicar el tormento. Porque eso es lo que cuesta de verdad: explicar a los demás que esa foto tan bonita no era lo que parecía. Nadie te cree cuando enseñas un atardecer y dices que era una función.
Una sala de espera vacía (1:25)
Y de pronto, el silencio. Un hombre con chaqueta amarilla clara está sentado solo en una fila de sillas metálicas, en una sala de espera blanca y fría, de hospital o de consultorio. Se lleva la mano a la frente y mira hacia abajo. No hay nadie más. El fluorescente lo aplana todo.

Esta sala aparece varias veces en el vídeo, y es la única escena sin traje de luces. Lo pensé así: después de tanto escenario, alguien se queda fuera de la obra, en el lugar menos teatral que existe. Una sala de espera no tiene público ni decorado. Solo sillas atornilladas y un tiempo que no pasa.
La letra dice que el protagonista está atrapado, que lo van a señalar como «el loco» de la historia. Es de lo más cruel de estas relaciones: cuando por fin hablas, el relato ya está repartido, y te ha tocado el papel de quien exagera. La sala de espera es ese papel. Te sientas, esperas a que alguien te llame por tu nombre y te escuche, y mientras tanto nadie viene.
Un beso bajo los arcos (1:30)
Sin transición, volvemos a la luz. Dos hombres, uno con chaquetilla roja y oro y otro de oscuro, se dan un beso bajo unos arcos de piedra, con el sol de la tarde entrando por el fondo. Es un beso largo, enmarcado por las columnas como en un cuadro.
Los arcos me recuerdan a un claustro, o a los soportales de una plaza mayor. Son un marco dentro del marco, el proscenio de un teatro hecho de piedra. Y debajo, el beso perfecto. El montaje alterna este beso con la sala de espera varias veces, y en ese ir y venir está toda la canción: la escena bonita y la persona sola, una detrás de otra, sin que una explique a la otra.
El torero en la silla (1:40)
En una de esas vueltas a la sala de espera ya no está el chico de amarillo. Ahora hay un hombre con chaquetilla negra de torero, sentado en las mismas sillas de metal, con las piernas cruzadas y la mirada perdida.
Es el actor que ha salido del escenario sin quitarse el vestuario. Lo puse para que la frontera entre la obra y la vida se emborronara. ¿Quién es el que espera? ¿El engañado o el que engañaba? El vídeo no lo resuelve, y la letra tampoco del todo. Dice algo que me costó escribir: que siente «hasta pena» por la persona que lo hizo, y que aun así ya no puede ayudarla.
Toreros de turquesa (2:25)
Cerca de la mitad hay una pareja nueva: dos toreros con trajes turquesa y oro, uno frente a otro en una calle, con un toque de luz cálida detrás. Uno le sujeta la cara al otro con la mano. Son de otro color, pero el gesto es el mismo.
Esa es la idea de la serie de parejas. Los trajes cambian, las calles cambian, los colores cambian, pero el gesto se repite: la mano en la cara, la frente junta, la mirada a pocos centímetros. Es como ver varias funciones distintas de la misma obra, cada noche con un elenco diferente.
Sombreros negros en el ruedo (2:30)
Luego regresan los dos hombres del cartel, ahora con sombreros de ala ancha negros, en la plaza con las gradas rosas. Detrás asoman otra vez las gotas rojas. Hay un plano de los dos, ya sin sombrero, encarados en la arena con el público alrededor, como si fueran a enfrentarse.
El ruedo es el lugar donde se mira a alguien jugarse algo. Aquí no hay toro. El riesgo son ellos dos. Y el público, borroso en las gradas, es ese entorno que siempre está en las relaciones largas, la gente que mira, opina y se queda con una versión. En la canción, ese público decide que el protagonista es el que hay que vigilar.
Una petición bajo los arcos (2:45)
Uno de los planos que más me preguntan es este: bajo unos arcos de piedra en penumbra, un hombre vestido de fucsia se arrodilla delante de otro, también de fucsia, que le pone la mano en el hombro. Parece una petición de matrimonio.

Lo dejé sin anillo a la vista a propósito. Puede ser una pedida, una disculpa o una súplica. En una relación que era una obra, las tres cosas pueden haber sido el mismo gesto. La rodilla en el suelo enlaza con el mosaico del principio, cuando los dos toreros se arrodillaban juntos. Pero ahora solo uno está de rodillas, y el otro, de pie, decide.
Tres chaquetas rosas manchadas (3:05)
Hacia el final, tres hombres con chaqueta fucsia aparecen juntos, salpicados de pintura roja, en una plaza llena de gotas en el aire. En otro plano, los mismos tres posan juntos y limpios, con la pintura ya caída.
El tercero no lo había anunciado nadie. Lo meto aquí como esa figura que aparece cuando el montaje se viene abajo: alguien más estaba en el escenario. No quiero darle más vueltas, ni ponerle cara a nadie. Me basta con que el espectador sienta lo que sentí yo: que la obra tenía más reparto del que me habían contado.
Una pareja dorada sobre morado (3:20)
Antes del final, un abrazo luminoso. Dos toreros, uno en rosa y oro, se abrazan sobre un fondo morado intenso con siluetas de público y luces en lo alto. Luego, un beso de perfil sobre fondo fucsia liso, con los dos en chaquetillas doradas.
Son las imágenes más saturadas del vídeo, casi de videoclip pop de los noventa. Las puse justo antes del final para que sobrara color. A veces hay que pintar una despedida con todos los colores que tenías, para poder dejarlos ahí y salir sin ellos.
Ovnis sobre el campo rosa (3:35)
Y entonces, lo que nadie espera de una canción de despecho: platillos volantes. Dos toreros de rojo están de pie en un campo rosa bajo un cielo nublado, mientras varias naves metálicas con luces verdes flotan encima. En el siguiente plano, un grupo de gente vestida de negro mira al cielo desde un llano igual de rosa, con las naves bajando.
Me gusta mucho este giro. Cuando la letra llega a su conclusión, «esto está finiquitado», el vídeo se va literalmente a otro planeta. Es Planeta Gayfolk llegando a recoger lo que queda. Los ovnis no atacan, solo bajan. Es como si la obra terminara y alguien, desde fuera, viniera a cambiar el decorado entero.
Oro y plata en la calle (3:45)
El cierre es de noche, en una calle de piedra con faroles. Dos toreros, uno de oro bordado y otro de plata y blanco, están muy cerca. El de oro le toca la barbilla al de plata con dos dedos, como si le levantara la cara para que lo mire. En el último plano, el de oro ya lleva chaqueta oscura de calle y el de plata sigue vestido de luces.
Ese cambio de ropa es la última frase del vídeo. Uno se ha quitado el traje. El otro todavía no. La función ha terminado para uno de los dos, y el otro sigue en escena, quizá preparando la siguiente. La letra termina con una orden que me digo a mí mismo cada vez que la oigo: «al menos sálvate tú».
Por qué toreros
Me han preguntado si elegir toreros para una canción queer es una provocación. No lo veo así. El traje de luces es una de las prendas más teatrales que existen en España: lleva bordados a mano, se ajusta al cuerpo como un corsé, brilla bajo los focos y obliga a moverse de una manera muy estudiada. Hay en él algo de diva, de drag, de cabaret. Ponerlo en parejas de hombres que se besan es sacarle lo que ya tenía dentro.
Además, el torero vive de un público. Todo lo que hace en la plaza está pensado para que se vea desde la grada. Eso encajaba con la idea de una relación que se interpretaba hacia fuera: las fotos, los viajes, la imagen de pareja feliz delante de los demás. Durante años, alguien hacía de torero en tu vida, con la chaquetilla puesta para el público, y tú creías que era su ropa de diario.
La letra al lado del vídeo
Si se mira el vídeo con la letra en la cabeza, aparecen correspondencias. La pregunta inicial, la de los siete años en un escenario, es el cartel en la plaza, con los dos actores mirando a cámara. La incredulidad, «No puede ser cierto», es la pintura que salta sin que nadie se mueva. Las pocas lágrimas fingidas que el protagonista recuerda ahora, cuando entiende «Por eso él no lloraba», son los abrazos repetidos en la calle mojada, tan iguales entre sí que parecen ensayados. Su frase de tolerancia, «yo no juzgo», está en el chico de amarillo, que esperó sin quejarse hasta quedarse solo en la sala.

Y el final, la decisión de salvarse, son las naves que bajan sobre el campo rosa y el torero que por fin se pone ropa de calle. No hice el montaje con este mapa delante. Lo vi después, viéndolo una y otra vez.
Lo que esta función tiene de mío
Las canciones salen de mi vida, y esta más que ninguna, así que cuento con cuidado de dónde viene, sin poner nombre a nadie. Pasé cerca de veinte años viviendo con dos parejas narcisistas, una tras otra. Cuando todo salió a la luz, mucha gente de mi alrededor eligió creerles a ellos, y me quedé sin entorno. Las letras fueron mi manera de contar lo ocurrido desde mi butaca.
Hubo una temporada en la que no veía ninguna puerta. Lo cuento en pasado porque ya no estoy ahí. Voy a consulta de psiquiatría y de psicología, y lo que tengo ya tiene nombre: un trastorno por estrés postraumático, una depresión mayor de tipo grave, ansiedad y fobia social. Con calma voy aprendiendo a levantarme de la silla de esa sala de espera.
Si algo de esto te suena y te cuesta respirar, pide ayuda hoy mismo. En España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora, si piensas en hacerte daño o si te preocupa alguien. Si el peligro es inmediato, el número es el 112. Hay más sitios donde escuchan: la línea de la Esperanza (717 003 717) y, para menores, ANAR (900 20 20 10). Desde fuera de España, findahelpline.com muestra el número que te corresponde.
Otras obras del mismo disco
«Una obra de teatro» está dentro de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la parte central de mi trilogía GAYFOLK, y comparte barrio con otras canciones que miran la misma historia desde otra esquina. «Spoiler» trata el desamor como cine barato cuyo desenlace te sabes de memoria. «No Contact» es la decisión de cortar sin volver a mirar. Y en «Quién miente y jura» la mentira acaba convertida en refrán. Si te apetece algo más ligero con toreros dentro, está «Garrafón de China», con su resaca de traje de luces.
Dónde verlo y llevártelo
El videoclip entero lo tienes en vídeos. Para oír el tema o guardarlo en el móvil, pasa por la tienda: ahí toda mi música se descarga gratis, sin cuentas ni tarjetas. Si usas plataformas, la tienes en Spotify, y todas las letras completas están en letras.
Un consejo para la primera vez: fíjate en las rodillas. El vídeo empieza con dos personas arrodilladas juntas y, a mitad, solo una sigue en el suelo. Entre una imagen y la otra cabe la canción entera.
Quién está detrás
Firmo como Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA». Soy letrista, compositor y productor musical; música e interpretación vocal hechas con IA en cada tema, y los vídeos los edito yo, corte a corte. Para entrevistas, datos o fotos, todo está en prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo salió el videoclip de «Una obra de teatro»?
El miércoles 12 de marzo de 2025, a última hora de la noche en Madrid. Dura cuatro minutos justos.
¿Por qué salen toreros?
Porque el traje de luces es un vestuario de función: se ensaya, se luce delante de un público y se quita al acabar. Encajaba con una letra que se entera de que siete años de relación eran un papel.
¿Qué significa la pintura roja?
Es el golpe de la revelación. No hay heridas ni sangre real: es pintura que salta sobre la ropa, como el atrezo de un escenario cuando la obra se sale de madre.
¿En qué disco está la canción?
En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Se puede descargar gratis?
Sí, en la tienda de gayfolkplanet.com, sin registro ni pago. También está en Spotify.