Canción a canción
Un lanzallamas sobre el hielo, una hoguera en la plaza y dos chaquetas de oro: el videoclip de «El narcisista» escena a escena
Por Mike Sain't Louis ·

Hay frases que se dicen para describir a una persona y acaban describiendo un paisaje. Cuando escribí que alguien tenía el corazón congelado, no pensaba en metáforas bonitas. Pensaba en algo muy concreto: en esa sensación de hablarle a una pared de hielo, de intentar todos los métodos posibles para que alguien sienta algo, y comprobar que nada funciona. Ni la ternura, ni el enfado, ni el fuego.
El videoclip de «El narcisista» convierte esa frase en lugar. Son algo más de cuatro minutos en los que conviven un mar helado, un lanzallamas, un sombrero negro, una hoguera, muchas caras que se miran demasiado cerca y, al final, una plaza llena de gente. Aquí lo repaso en orden, deteniéndome en lo que aparece de verdad en pantalla y en las razones del montaje.
Una mujer en una habitación pálida
El vídeo no empieza con un hombre, sino con una mujer. Tiene el pelo largo y oscuro, la mirada baja, y está en una habitación de paredes claras, con una luz lechosa que entra de lado. Sobre ella, en letras amarillas, el título de la canción y mi nombre.
Me interesaba abrir con alguien que ya ha perdido. No se le ve llorar todavía, pero tiene la cara de quien lleva mucho tiempo esperando algo que no llega. Es la otra parte de la historia, la persona que ha estado al lado del narcisista y ha ido apagándose sin darse cuenta. El título cae encima de ella como un diagnóstico.
Dos hombres frente al mar helado
El primer gran escenario es un mar congelado. Detrás de los personajes se amontonan bloques de hielo azulado, como si el agua se hubiera roto y se hubiera vuelto a soldar mil veces. Delante, dos hombres con chaqueta negra. Uno tiene barba espesa y el gesto serio; el otro, el pelo rizado y la mirada esquiva.
Durante unos segundos solo se miran. No hay música de tormenta ni gritos. Hay frío. Me gusta mucho ese silencio de los primeros planos, porque es exactamente como se viven muchas conversaciones con alguien así: dos personas una frente a otra, una intentando llegar, la otra mirando a otro sitio, y entre las dos un paisaje que no deja pasar nada.
El tubo negro
En el plano siguiente, el hombre de la barba sostiene un tubo negro alargado, apuntando hacia delante. No se sabe todavía qué es. Parece una herramienta, o un arma de juguete. El otro sigue de perfil, sin inmutarse.
Es el momento previo, el de la decisión. La letra lo resume en una frase que a mí me sigue pareciendo casi cómica de lo exagerada: «Lo has intentado hasta con un lanzallamas». Ese «hasta» es lo importante. Quiere decir que antes se probaron mil cosas más suaves. El tubo negro es el último recurso de alguien que ya no sabe qué más hacer.
La llamarada
Y entonces sale el fuego. Del tubo brota una llamarada naranja enorme que llena medio plano, y la luz del fuego le enciende la barba al que sostiene el tubo. El otro, a la derecha, queda medio tapado por las llamas y no da un paso atrás.
Lo que me interesa de este plano es lo que no pasa. El fuego es enorme, ruidoso, espectacular, y sin embargo el hielo de detrás sigue igual. El otro hombre no se quema, no se aparta, no se emociona. La canción dice que el corazón está «congelado», y el vídeo lo enseña literalmente: hay un fuego que podría derretir un glaciar y no consigue ablandar a una sola persona.
El sombrero negro
Sin aviso, la edición salta a un interior cálido, en penumbra, donde un hombre con un sombrero negro de ala ancha y una chaqueta negra bordada levanta los dos puños y grita hacia arriba. Tiene barba y la boca muy abierta. La luz es dorada, de vela o de chimenea.
Este personaje vuelve varias veces y para mí es la rabia. No la rabia del narcisista, sino la de quien lo ha sufrido y por fin la saca. El sombrero tiene algo de figura antigua, de personaje de romance o de cuadro de época, y me gustaba que la rabia llegara vestida con esa solemnidad. Gritar también puede ser un acto ceremonial, una manera de plantarse.
La conversación del traje gris
En otro escenario, junto a un cielo pálido, un hombre con traje gris y barba habla con una mujer vestida de negro. Él gesticula con las manos, sonríe, explica algo. Ella lo escucha con una media sonrisa que no termina de ser de confianza.

Es la escena del encanto. La letra cuenta que el narcisista «ya ha contado a sus compañeros» que el otro es falso, que no le hagan caso. Este plano es esa conversación: alguien muy simpático, muy convincente, que va sembrando su versión de la historia entre la gente. Lo terrible de ese tipo de persona es que suele caer bien. Habla con las manos, sonríe, y nadie sospecha.
El móvil y la chaqueta roja
Un poco más adelante, un chico con chaqueta vaquera se toca el pelo y luego mira el móvil, mientras a su lado otro chico con un plumífero rojo lo observa en silencio. El fondo es claro, casi blanco.
El móvil aparece como un tercer personaje. En las relaciones con alguien así, el teléfono es muchas veces el centro de todo: lo que se mira, lo que se esconde, lo que se revisa, lo que se espera. El chico de la chaqueta roja no dice nada, pero su mirada lo dice todo. Está al lado, y a la vez está solo.
Una cara que llora
En mitad de todo, el montaje regresa a la mujer del principio, ahora en primer plano. Tiene los ojos húmedos y el gesto roto, como si acabara de entender algo que no quería entender. Es un plano corto, apenas un segundo, pero pesa mucho.
Lo puse ahí como una herida que se abre de repente. La canción va subiendo de tono, cada vez más enfadada, y de golpe esa cara recuerda lo que hay debajo del enfado: tristeza, mucha tristeza. Antes de la rabia hubo años de llanto, y esa mujer es la memoria de esos años.
La pareja de cuero
Luego aparece una pareja que contrasta con todo lo anterior: un hombre de barba con chaqueta de cuero negra y los brazos cruzados, y a su lado una mujer con chaqueta de cuero roja que sonríe a cámara. Parecen posar para una foto. Todo está en su sitio.
Es la imagen pública. La pareja perfecta, la que se enseña, la que todo el mundo envidia. Los brazos cruzados de él dicen otra cosa, pero hay que fijarse para verlo. Me gustaba meter este plano porque una de las cosas más duras de salir de algo así es que la gente de fuera solo ha visto la foto. Y la foto era bonita.
El hombre que baja el ala
El hombre del sombrero negro vuelve, ahora con las dos manos en el ala, bajándosela sobre los ojos. Ya no grita. Se esconde. La luz sigue siendo cálida, pero el gesto es de recogimiento, casi de vergüenza.
La rabia también se cansa. Después de gritar, viene un momento en que uno se tapa la cara y no quiere que lo miren. Me parecía importante enseñar las dos caras de ese mismo personaje, el que grita y el que se esconde, porque así es como funciona el dolor de verdad: no va en línea recta, va y viene.
Dos chaquetas, roja y negra
Hay una serie de planos con dos hombres, uno con chaqueta de cuero roja y otro con chaqueta de cuero negra, que aparecen en distintos fondos grises y nublados. A veces miran a cámara, a veces se miran entre ellos. En uno, el de la chaqueta negra hace una mueca de dolor, como si le hubieran dicho algo que duele.
El rojo y el negro son los colores del vídeo. El negro es el frío, la distancia, la cara impasible. El rojo es la herida, lo que todavía siente. Me gusta que nunca queden del todo claros los papeles: a veces el de rojo parece el que sufre, a veces el de negro. Así es también en la vida real. Desde fuera, cuesta saber quién está haciendo daño a quién.
La plaza y la hoguera
En otro escenario, el hombre del sombrero aparece en una plaza con un edificio antiguo detrás, y otro hombre lo mira desde atrás. Después, el mismo hombre del sombrero sonríe junto a una hoguera altísima, con las llamas subiendo por detrás de él, mientras un chico con chaqueta roja lo acompaña.

Es el segundo fuego del vídeo, y es muy distinto del primero. Aquí el fuego no se usa contra nadie. Es una hoguera, algo que se enciende en las fiestas, en las noches de San Juan, para quemar lo viejo. El hombre del sombrero sonríe por primera vez. Me gusta pensar que lo que arde en esa hoguera son todas las mentiras que contaron sobre él.
Frentes que casi se tocan
La parte central del vídeo es una sucesión de planos muy cercanos de parejas de hombres que se observan casi pegados. Hay dos con chaquetas de cuero negras que casi se rozan la frente en una niebla azulada. Hay otros dos de perfil, con el mar gris de fondo. Hay uno que se queda solo, mirando hacia abajo, y otros dos convertidos en siluetas oscuras.
Estos planos son el corazón de la canción, aunque parezcan tiernos. Nunca llegan a besarse. Están tan cerca que parece que se van a tocar, y no se tocan. Es la intimidad sin entrega, el acercamiento que se queda a medias. Así es querer a alguien que no puede querer: estás a un centímetro de su cara y, sin embargo, hay un mar helado de distancia.
El rizado y el barbudo
En otros planos aparece un chico de pelo muy rizado junto a un hombre con barba, los dos con cuero negro, en un fondo oscuro. El rizado mira de lado, el barbudo a cámara. Hay entre ellos una tensión que no se resuelve.
Me gustaba que el vídeo tuviera muchas parejas distintas en lugar de una sola historia lineal. Es como si la canción no hablara de una relación concreta, sino de un patrón que se repite. Cambian las caras, cambian las chaquetas, pero el gesto es el mismo: uno busca y el otro se retira.
Luz de atardecer
Hacia el último tercio, la luz cambia. Dos hombres con traje aparecen en una neblina dorada de atardecer, y después otros dos, vestidos de negro con bordados dorados, se observan en un interior cálido. El frío azul de la primera mitad empieza a ceder.
Es el cambio de estación de la canción. La letra pasa del lamento a la denuncia, de «nunca te ha querido» a la decisión de contar la verdad. Y el vídeo acompaña ese giro con un cambio de luz. Ya no estamos en el hielo. Estamos en un sitio donde por fin hace algo de calor.
Un artista o un terrorista
Hay una frase de la letra que me costó mucho escribir y que sigo pensando que es de las más certeras que tengo: el narcisista «nunca te vio como un artista», sino «como un terrorista». Habla de cómo alguien así convierte en amenaza todo lo que haces. Tu forma de crear, de expresarte, de contar tu versión, se vuelve para él un ataque.
Ningún plano ilustra esa frase de forma literal, y lo hice a propósito. No quería poner bombas ni explosiones. Lo que hay son caras serias, gente que mira con desconfianza, conversaciones donde uno habla y el otro calla. Así es como se construye la imagen de alguien como peligroso: no con pruebas, sino con miradas.
La vuelta al hielo
Casi al final, el vídeo regresa al hielo, pero ahora en un plano abierto bajo un cielo azul limpio. Uno de los hombres sostiene un aparato con boca de embudo, como un megáfono; el otro, a su lado, apunta con algo más grande. Y en el plano siguiente, el que encabeza esta página, un chorro de fuego larguísimo cruza la llanura helada de una figura a otra.

Esta vez el fuego es enorme y no hay cara de desesperación. Es casi una exhibición. En el plano de después, el fuego arde directamente sobre el hielo, junto al agua, y algo empieza por fin a deshacerse. Me gusta que el final del hielo sea así de exagerado. Si el corazón no se derrite, al menos que se vea a lo grande que lo has intentado todo.
Dos chaquetas de oro en la plaza
Y llega la plaza. Una pareja de barbudos, con chaquetas oscuras cubiertas de hilo dorado y medallones colgados al cuello, se ríe en una plaza llena de gente, con edificios antiguos y banderas rojas al fondo. Se ríen de verdad, con la boca abierta, como dos amigos que se encuentran en una fiesta.
Es el plano que más me emociona del vídeo, porque es el primero en el que nadie mira con frialdad. Después de tanto hielo, tanto silencio y tantas frentes que no llegan a tocarse, estos dos se ríen a carcajadas en mitad de la gente. Para mí representan lo que viene después: la vida que vuelve, la gente que te cree, la alegría que no tienes que pedir permiso para sentir.
Una mano en el pecho
Justo después, dos hombres con cuero negro aparecen muy juntos con una luz cálida detrás, y uno apoya la palma sobre el esternón del otro. No es un plano de tensión, sino de calma. Se miran con los ojos medio cerrados.
Esa palma apoyada me parece el contrario exacto del lanzallamas. Ya no hace falta fuego para llegar al otro. Basta con poner la mano encima del corazón y sentir que late. Después de una canción entera sobre un corazón congelado, el vídeo termina con uno que se nota vivo bajo la palma.
Una calle con gente
Los últimos planos son en una calle o una plaza llena de gente, con puestos y toldos. Los hombres de cuero caminan entre la multitud, y al final el chico rizado y el hombre del sombrero negro sonríen juntos, rodeados de vida. Encima, de nuevo, el título en amarillo.
El vídeo empieza con una mujer sola en una habitación pálida y termina con dos personas riéndose en una plaza llena. Ese es el recorrido de la canción: de la soledad del que no entiende qué ha pasado a la compañía de quienes por fin le creen. No es un final de cuento. Es un final de calle, de gente normal, de día cualquiera.
Un musical que se iba a hacer famoso
Hay una línea que me hace sonreír cada vez que lo escucho, porque tiene algo de venganza teatral: «este musical se va a hacer famoso». Lo escribí pensando en la canción misma. Alguien que te ha dejado sin nada, que ha contado a todos que eres un falso, no cuenta con que lo que te hizo acabe convertido en espectáculo, con estribillo y con vídeo.
Por eso el vídeo tiene tanto de escenario. Las caras están iluminadas como en un cartel, el hombre del sombrero parece salido de un número de teatro musical y la plaza del final se llena de público. No es un documental de lo que pasó. Es la función que se monta después, cuando quien lo sufrió decide subir al escenario y contarlo a su manera.
El barro que no se ve
La letra habla de alguien que te deja «moribundo desnudo» mientras te ahogas en el lodo, y de gente que sonríe mientras te hundes en el barro. Son las líneas más duras de la canción. En el vídeo, sin embargo, no hay ni una gota de barro.
Lo decidí así porque no quería enseñar a nadie humillado. El barro está en la letra, y quien escucha ya lo siente. El vídeo, en cambio, se queda con lo que viene alrededor: el hielo, el fuego, las miradas, la plaza. Es una forma de cuidar a los personajes. A veces lo más respetuoso es no mostrar el peor momento, sino dejar que se intuya en una cara.
Los colores, uno por uno
Si se mira el vídeo entero pensando solo en el color, salen tres familias. El azul y el blanco del hielo y de los cielos nublados, que ocupan casi toda la primera mitad. El rojo de las chaquetas de cuero y del plumífero, que aparece siempre al lado del negro, como una herida junto a una cicatriz. Y el dorado, que va ganando terreno hacia el final: la hoguera, la luz de atardecer, los bordados de las chaquetas y los medallones del pecho.

Ese dorado es el color de la salida. No lo planifiqué con regla, pero al montar me di cuenta de que cada vez que quería que un plano respirara, buscaba uno con luz cálida. El frío es la relación; el oro es lo que queda cuando por fin te alejas de ella.
Sus hermanas en la discografía
«El narcisista» está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco que inauguró la trilogía, y abre una línea que luego se ramifica en muchas canciones mías. «El descarte del narcisista» cuenta lo que pasa cuando esa persona te tira como si no hubieras existido. «Another Narcissist» convierte el mismo patrón en un teatro de títeres. Y «No Contact» es la salida, la decisión de cortar.
Si las escuchas en ese orden, sale una historia completa: el hielo, el descarte, los hilos y la puerta cerrada. «El narcisista» es el primer capítulo, el más rabioso, el de quien todavía está intentando que el otro entienda.
Lo que hay detrás
Esta canción no es una historia inventada del todo. Pasé cerca de veinte años con dos parejas narcisistas, una después de otra, y cuando por fin salió a la luz lo que ocurría, muchos de los que me rodeaban creyeron su versión y no la mía. Las canciones fueron mi manera de contar la mía. La letra lo dice sin rodeos: quería que saliera a la luz «la verdad real», no la que se habían inventado.
Hubo un tiempo en que no veía salida, y llegué a estar muy cerca del suicidio. Hoy sigo en tratamiento psiquiátrico y psicológico por estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y un trastorno de la personalidad por evitación, y escribir estas canciones ha sido parte de ese proceso. No la cura, pero sí una forma de sacar fuera lo que dentro solo hacía daño.
Si tú estás ahora en ese hielo, no esperes a que se derrita solo. En España, el 024 atiende a cualquier hora y gratis a quien piensa en el suicidio o está preocupado por alguien. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. También puedes llamar al Teléfono de la Esperanza, 717 003 717, y si tienes menos de dieciocho años, a la Fundación ANAR, 900 20 20 10. Fuera de España, en findahelpline.com está la línea de tu país.
Dónde verlo y tenerlo
Puedes ver el clip completo aquí. El tema está también en Spotify y se puede bajar gratis, sin cuenta y sin pagar, en la tienda, igual que todo lo que he publicado. Si quieres leer la letra entera antes de verlo, está en letras.
Te propongo una forma de verlo: fíjate en la temperatura. Cuenta cuántos planos son azules y cuántos dorados, y verás cómo el vídeo va pasando del frío al calor sin que te des cuenta.
Quién firma
La canción y el montaje son míos. Me llamo Mike Sain't Louis y me presentan como «el primer cantautor IA»: escribo, compongo y produzco cada tema, y la música y la interpretación vocal van hechas con IA. Para entrevistas o artículos, el material está en prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se estrenó el videoclip de «El narcisista»?
Se publicó la noche del 10 de febrero de 2025 en la costa del Pacífico, que en Madrid ya era la madrugada del 11. Dura cuatro minutos y cinco segundos.
¿Por qué sale un lanzallamas?
Porque la letra lo dice: lo has intentado todo, hasta con un lanzallamas, y ese corazón sigue helado. En el vídeo el fuego cae sobre un mar congelado y el hielo no cede.
¿Quiénes son los personajes?
Personajes inventados: parejas de hombres que se miran muy de cerca, una mujer que llora, un tipo con sombrero negro y chaqueta bordada. No representan a nadie real.
¿En qué disco está?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Dónde se descarga?
En la tienda de gayfolkplanet.com, gratis y sin registrarse. También se puede escuchar en Spotify.
¿Y si alguien se siente así ahora mismo?
Que pida ayuda. En España el 024 atiende gratis a cualquier hora a quien piensa en el suicidio o está preocupado por alguien, y ante un peligro inmediato está el 112.