Canción a canción
Un niño en la orilla, un salón de papel dorado y una carretera de noche: el videoclip de «Quién miente y jura» escena a escena
Por Mike Sain't Louis ·

El título de «Quién miente y jura» suena a refrán de abuela, de los que se dicen en la cocina con el delantal puesto. La letra lo desarrolla como una sentencia: quien jura en falso para salvar su amor lo está condenando, porque el engaño es «el peor traidor» y lo único que deja detrás es «un corazón llorando». Luego baja a lo concreto, a una persona que sabe que el otro le tiene cariño pero no está enamorado, y termina con una despedida que no admite discusión.
Para el videoclip no quise ilustrar la pareja. Quise enseñar lo que queda cuando sale a la luz la mentira. Por eso el protagonista no es ninguno de los dos amantes, sino un niño que aparece solo, una y otra vez, en una playa al atardecer. Y frente a él, como en otro planeta, un salón antiguo de papel dorado donde unos adultos muy elegantes sonríen mientras las paredes se les agrietan alrededor.
Aquí va todo en orden de aparición, con los minutos más o menos aproximados, para verlo con la nota al lado.
Una playa con sol (0:00)
Lo primero es un rótulo sobre una playa luminosa. A la izquierda, una montaña rojiza de tierra volcánica cae directamente sobre la arena; a la derecha, el mar azul con las olas rompiendo en blanco. Encima, en letras naranjas, mi nombre, y debajo, en amarillo y muy grande, las tres palabras del título apiladas una sobre otra.
Es una postal de verano. Cielo despejado, agua limpia, nadie en la orilla. Me gusta empezar con un sitio tan abierto porque lo que viene después es lo contrario: interiores cerrados, noche, sombras. La playa es el antes. El lugar donde todavía se puede respirar.
El hombre de las lentejuelas (0:09)
Sin transición, el vídeo se mete en una habitación. Un hombre con el pelo pelirrojo peinado hacia arriba, en un tupé enorme, sonríe a cámara con una chaqueta negra cubierta de lentejuelas y una camisa dorada. Detrás, un papel pintado de damasco en tonos ocres. A su derecha, un tubo de luz blanca vertical que corta la imagen como una rendija.
Su sonrisa es perfecta. Demasiado perfecta. Es la sonrisa de quien está en una fiesta y quiere que se note que lo está pasando bien. Aparecerá varias veces más a lo largo del vídeo, siempre igual de arreglado, siempre con ese brillo, y cada vez con algo un poco más raro alrededor.
Un niño en la orilla (0:15)
Y de vuelta a la playa, pero ya ha cambiado la luz. Es el atardecer, el cielo está azul oscuro y las luces de un pueblo brillan al fondo, en la costa. Un niño pequeño está sentado en la arena, de espaldas, cerca del agua. No hace nada. Mira el mar.
Este niño es el corazón del vídeo. Vuelve una y otra vez, en distintos momentos del atardecer y en distintas posturas, siempre solo. A veces juega, a veces se queda quieto, a veces se acerca al agua. Nadie le llama. Nadie viene a buscarle.
Lo pensé como la imagen exacta de la frase final del estribillo, la del corazón que se queda llorando. No quise que el niño llorara todo el rato, porque los niños no lloran así. Juegan, se distraen, se olvidan un momento y luego vuelven a acordarse. Esa alternancia es lo que más se parece al dolor de verdad.
El espejo y la lámpara (0:21)
En el salón dorado hay objetos que parecen salidos de la casa de una tía abuela. Un espejo ovalado con un marco negro de volutas talladas, colgado sobre el papel pintado, con la superficie empañada y una mancha blanca en el cristal, como si estuviera rajado o cubierto de vaho. Al lado, una lámpara de pie con pantalla blanca y base dorada.

Después aparece una mujer de pelo negro recogido en un peinado de los años cincuenta, con un vestido de lentejuelas oscuras y un collar plateado. Sonríe junto a la lámpara, con la misma seguridad que el hombre del tupé. Luego la vemos de espaldas, una sombra delante del papel pintado.
Me gusta pensar en esta pareja como la que da sentido al último verso, el de quien jura «por sus padres». Son figuras de autoridad, de esas por las que uno jura cuando quiere que le crean. Pero están en un decorado de cartón: lámparas, espejos, lentejuelas. Toda esa elegancia es una fachada.
La grieta (0:45)
El primer aviso llega en el minuto cuarenta y cinco segundos. Un hombre de camisa negra, con el pelo corto y la barba de pocos días, está de pie junto a una pared del salón. En primer plano, desenfocado, otro hombre de espaldas. Entre los dos, el papel pintado tiene un agujero pequeño, un desconchón blanco por donde asoma el yeso.
No es un efecto espectacular. Es una grieta de casa vieja, de las que salen cuando la humedad lleva años trabajando por dentro. Y ese es el sentido. La mentira no destroza la casa de un golpe. La va desconchando, poco a poco, mientras todo el mundo sigue sonriendo.
Más adelante, hacia los dos minutos y cuarto, la mujer de lentejuelas aparece delante de una pared ya casi blanca, con el papel arrancado y unas grietas que dibujan un mapa en el yeso. Ella sigue sonriendo, con los labios rojos. Es como si no se diera cuenta de que la casa se le está cayendo encima.
El niño del fondo rojo (0:51)
Hay un plano que corta la respiración. Un niño muy pequeño, de pelo castaño, con camiseta rosa, mira a cámara delante de un fondo rojo de terciopelo con puntitos de luz. Tiene el ceño fruncido y la boca un poco abierta, a punto de llorar. Unos segundos después, en otro plano, ya ha empezado: la cara se le arruga y los ojos se le llenan.
Es el mismo color rojo del final, el del sol. Lo elegí porque el rojo es el color de las alarmas y también el de los telones. Ese niño está en un escenario, delante de todos, llorando sin poder esconderse. Así se siente uno cuando le engañan delante de los demás: con todo el teatro mirando.
El tupé que se derrumba (1:03)
El hombre de las lentejuelas vuelve. Ahora el tupé está todavía más alto, como una ola de pelo, y él inclina la cabeza con una sonrisa cómplice. En la siguiente aparición, hacia el minuto cuarenta, ya no sonríe del todo. Tiene los ojos pintados de negro, el maquillaje corrido, y mira hacia abajo, como si buscara algo en el suelo.
La transformación es lenta, apenas se nota si no la buscas. Pero está. El personaje que llegó brillando empieza a desgastarse. Las lentejuelas siguen ahí, el peinado también, pero la cara ya no acompaña. Es lo que pasa con los que mienten mucho tiempo: el disfraz se mantiene, pero quien lo lleva se cansa.
Un niño que se queda mirando (1:15 y 1:30)
En la playa, el atardecer avanza. El niño está ahora sentado en una roca, con un brazo levantado hacia el horizonte, como si señalara algo o se protegiera los ojos del sol. Luego aparece en otra postura, recostado en la arena junto a la orilla, de perfil, con el mar dorado detrás.
Hay un plano especialmente bonito en el que se le ve de espaldas, con el pelo revuelto, frente a un mar plateado. La luz le dibuja el contorno. Parece una foto de álbum familiar, de esas que alguien hizo sin que el niño se diera cuenta.
Lo que me importa de estos planos es que el niño mira hacia fuera. No hacia la casa dorada, no hacia los adultos, sino al mar. Como si supiera que la salida está ahí, en el horizonte, aunque todavía sea demasiado pequeño para ir hasta ella.
La carretera de noche (1:57)
A los dos minutos aparece un plano que se repite varias veces y que funciona como respiración entre una escena y otra. Una carretera de noche, de dos carriles, con farolas naranjas y arbustos a un lado. Un coche se aleja con las luces rojas de freno encendidas. La cámara va detrás, a ras del asfalto, con las líneas blancas pasando por debajo.

No se sabe quién conduce. No se sabe adónde va. Lo único claro es que alguien se marcha. Puede ser quien mintió, o puede ser quien se ha cansado de escuchar mentiras. Me gusta que no esté claro, porque en las rupturas de verdad las dos cosas pasan a la vez: alguien se va y alguien se libera.
El niño que trepa (2:03)
Y entonces el niño de la playa hace algo distinto. Lo vemos de día, con camiseta azul, trepando por una roca enorme junto al mar. Al principio está agarrado con las dos manos, apoyando el pie en un saliente. Luego ya ha subido un poco más, con el paisaje de la costa detrás, verde y azul. En otro plano, ya arriba, se tumba boca abajo sobre la piedra y mira hacia abajo, satisfecho y agotado.
Hay un momento en que otro crío, rubio y con camiseta verde azulada, está apoyado con los brazos levantados contra la pared de roca, con cara de esfuerzo, apretando los ojos. Parece estar empujando la montaña o sujetándose para no caer.
Estas escenas son lo más parecido a una esperanza que tiene el vídeo. El niño que estaba sentado en la orilla mirando el mar ahora se pone de pie y sube. Lo hace solo, igual que todo lo demás. Pero sube. Y la letra acompaña ese giro en su última parte, cuando reconoce que tiene sus defectos, que no es perfecto, y aun así decide que necesita a alguien que le sepa valorar.
Un adulto en la arena (2:39)
En la segunda mitad aparece una figura nueva en la playa del atardecer. Un hombre adulto, con sudadera clara, está sentado en la arena con la cabeza entre las manos. A su lado, en el suelo, un montón de ropa y una toalla roja, como si alguien hubiera dejado allí sus cosas y se hubiera ido.
Cuando lo monté, pensé que ese hombre era el niño de antes, ya mayor. La misma playa, la misma hora, la misma soledad. Solo que ahora sabe lo que ha pasado y puede ponerle nombre. Se sienta exactamente donde se sentaba de pequeño. Hay heridas que te devuelven siempre al mismo trozo de arena.
Y unos planos después, el niño vuelve, sentado en la misma postura, mirando el mismo mar. Los dos se alternan en el montaje, como si se hicieran compañía sin saberlo.
La pared que se rompe (3:39)
Hacia el final, la casa dorada ya casi no existe. Un hombre de pelo rizado y barba, con cazadora negra, se acerca de perfil a una pared en la que el papel pintado se ha caído casi entero. Queda el yeso blanco, una grieta que lo cruza en diagonal y una luz cálida que entra por algún sitio que no se ve.
Él mira la pared muy de cerca, con los ojos bajos. No la toca. Es el gesto de quien entra en una casa después de un incendio y se queda mirando lo que queda. Ya no hay lentejuelas, ni lámparas, ni espejos. Solo la pared desnuda y una persona que por fin la ve como es.
Un sol rojo (4:09)
El penúltimo plano es una silueta sobre un sol rojo inmenso. Una figura se inclina sobre otra más pequeña, en lo alto de una colina, como quien abraza a un niño dormido o le arropa. El fondo es todo rojo y negro, sin detalles.

No quise que se viera quién era. Me gusta pensar que es el adulto de la playa cuidando por fin al niño que fue. Es lo único que la canción no dice en palabras y que el vídeo se atreve a enseñar: que después del engaño, alguien tiene que hacerse cargo del corazón que se quedó llorando. Y ese alguien suele ser uno mismo.
La misma playa, con tormenta (4:15)
El vídeo se cierra donde empezó, en la playa del rótulo. Pero ahora el cielo es negro, con unas nubes de tormenta enormes que avanzan sobre el mar y una lluvia fina que cae en diagonal. Las olas rompen con más fuerza. Las letras amarillas del título vuelven a aparecer encima, igual que al principio.
Es la misma postal, pero ya no es de verano. Es la playa de después. Y me parece un final justo, porque no promete nada. No dice que todo vaya a ir bien. Dice que el lugar sigue ahí, que el mar sigue ahí, y que la tormenta, como todas, acabará pasando.
Una rendija de luz blanca
Hay un detalle del salón que casi nadie comenta y que para mí es importante. En varios planos, junto al hombre del tupé y junto al de la camisa negra, aparece un tubo de luz blanca vertical, muy fino, que corta la imagen de arriba abajo. No ilumina nada. No forma parte de la decoración antigua. Está ahí como si alguien hubiera abierto una puerta en otra habitación y se colara una línea de luz.
Lo dejé en el montaje porque me pareció la forma más discreta de enseñar que hay un fuera. En el salón todo es ocre, dorado, cálido y viejo, pero esa línea es blanca y moderna, casi de hospital. Es la verdad entrando por una rendija, poco a poco, mientras los personajes siguen posando. Nadie la mira. Nadie se gira hacia ella. Pero cada vez que vuelve, la grieta de la pared está un poco más cerca.
Cómo lo fui montando
Este vídeo lo construí al revés de como suelo hacerlo. Normalmente empiezo por el estribillo y busco una imagen fuerte que lo sostenga. Aquí empecé por el final, por la silueta sobre el sol rojo, porque sabía que quería terminar con alguien cuidando de alguien. A partir de ahí fui hacia atrás: qué tenía que pasar para llegar a ese abrazo, qué tenía que romperse antes.
Así aparecieron las dos líneas. La de la casa, que tenía que ir de lo entero a lo roto, y la del niño, que tenía que ir de lo quieto a lo que sube. Las alterné sin ningún orden fijo, dejando que la música marcara cuándo cambiar. En las partes más lentas, la playa. En las más tensas, el salón. Y la carretera de noche como pausa entre una cosa y otra, igual que esos silencios que se hacen en el coche cuando nadie sabe qué decir.
Dos mundos que no se tocan
Si miras el vídeo entero, verás que el salón dorado y la playa nunca se mezclan. Los adultos de las lentejuelas no salen a la arena, y el niño nunca entra en la casa. Son dos mundos separados que el montaje alterna.
Lo hice así a propósito. El mundo de la mentira es un interior cerrado, con luz artificial, papel pintado y espejos que no devuelven la imagen limpia. El mundo del niño es abierto, con luz natural y un horizonte. La mentira necesita paredes para sostenerse. La verdad, aunque duela, necesita espacio.
Y cuando las paredes del salón se agrietan, no se derrumban sobre el niño. Se derrumban solas. Él sigue en su playa, trepando su roca, mirando su mar. Eso es lo que me habría gustado saber de pequeño: que las casas de mentira se caen, pero tú no tienes por qué caerte con ellas.
Por qué un refrán
Me han preguntado por qué titulé la canción con algo que suena a dicho popular. Creo que es porque los refranes son lo que nos queda cuando ya no hay palabras propias. Cuando te han engañado, al principio no sabes cómo contarlo. Te faltan frases. Y entonces te acuerdas de algo que decía tu abuela, o tu madre, o una vecina, y te das cuenta de que alguien ya lo había entendido mucho antes que tú.

«Quién miente y jura» es eso: una sabiduría vieja puesta en una canción de ahora. El vídeo lo acompaña con una estética también un poco antigua, de salón de los años cincuenta, de película de domingo por la tarde. Lo nuevo es el niño. El que está fuera, en la playa, viendo cómo los mayores se equivocan.
Detrás de esta canción
Mis letras nacen de lo que he vivido, y prefiero decirlo claro, con cuidado y sin dar nombres. Durante veinte años mi vida estuvo ligada a dos parejas narcisistas. Cuando al fin se supo lo que había detrás, una parte de la gente que me rodeaba se puso de su lado y yo me quedé fuera. Lo que me sostuvo fue escribir.
Durante una temporada no encontré ninguna salida, y si lo cuento ahora es porque he salido de ese lugar. Estoy en tratamiento con psiquiatra y psicólogo, conozco el nombre de lo que tengo, que es estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social y ansiedad, y poco a poco aprendo a hacer lo que hace la silueta del sol rojo: cuidar del niño que se quedó en la orilla.
Si en este momento te sientes sin salida, no esperes. El 024 es la línea de atención a la conducta suicida en España, gratuita y abierta día y noche, y también puedes llamar si te preocupa alguien cercano. En caso de peligro inmediato, el 112. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717, y para niños y adolescentes, la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Desde otros países, findahelpline.com te indica la línea más cercana.
Canciones que hablan con esta
«Quién miente y jura» forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK, y se publicó en vídeo el mismo día que «Spoiler», que cuenta la otra cara del mismo final, con humor de serie B. La palabra que más pesa en la letra, insignificante, tiene su propia canción en inglés, «So Insignificant». Si te quedas con el niño que llora, mira también «El castigo más duro». Y para el momento de rendirse ante lo evidente, «Me rindo».
Dónde verlo y bajarlo
El videoclip está entero en la página de vídeos. La canción se escucha y se descarga gratis, sin registro ni pago, en la tienda de Planeta Gayfolk, igual que el resto del catálogo, y la tienes también en Spotify. Todas las letras publicadas están en la sección de letras.
Un consejo para verlo: fíjate en las paredes del salón cada vez que vuelvas a él. Empiezan enteras y acaban en yeso. Es la historia completa contada por un papel pintado.
Sobre mí
Me llamo Mike Sain't Louis y soy «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical de Planeta Gayfolk. Las letras y la construcción de cada canción son mías, la música y la interpretación vocal están hechas con IA, y los videoclips los monto yo, escena por escena. Para entrevistas, fotos o cualquier dato, tienes la sección de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo salió el videoclip de «Quién miente y jura»?
Se publicó el 18 de febrero de 2025, el mismo día que el de «Spoiler». Dura cuatro minutos y diecisiete segundos.
¿Quién es el niño del videoclip?
Un personaje, no una persona real de mi vida. Representa al niño que todos llevamos dentro cuando alguien nos engaña: el que se queda solo en la orilla sin entender qué ha pasado.
¿Por qué se agrietan las paredes del salón?
Porque es una casa construida sobre una mentira. Mientras la pareja sonríe con sus lentejuelas, el papel pintado y el espejo se van rompiendo.
¿En qué disco está la canción?
En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Se puede descargar gratis?
Sí. Está en la tienda de gayfolkplanet.com, sin registro ni pago, y también en Spotify.