Planeta Gayfolk

Canción a canción

Un panda en la feria y una terraza en blanco y negro: el videoclip de «Y sigo temblando siempre»

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Fotograma en blanco y negro de «Y sigo temblando siempre»: un panda gigante agachado sobre el césped de una feria, entre torres de atracciones y montañas, con una figura pequeña detrás

Hay canciones que piden colores fuertes y otras que piden quitárselos todos. «Y sigo temblando siempre» es de las segundas. Su videoclip salió el miércoles 19 de febrero de 2025, ocupa algo más de tres minutos y se mueve casi siempre en una escala de grises. Solo al final, durante unos segundos, una terraza recupera el azul de sus azulejos y el ámbar de dos vasos de cerveza.

En esta nota recorro ese videoclip escena a escena. Antes de escribir he repasado el clip fotograma a fotograma, con una captura cada tres segundos, para no contar nada que no salga: quién aparece, dónde está, qué hace y en qué momento. De la letra citaré solo trozos pequeños, tal cual están publicados, porque lo que me interesa aquí es cómo la imagen acompaña a una canción que habla de quedarse temblando después de que alguien te rompa por dentro.

La canción forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo de los tres discos de GAYFOLK, el que hace de bisagra entre el descubrimiento del planeta y la liberación. Es prima hermana de «Me rindo»: comparten versos, comparten herida y comparten esa mezcla tan mía de llanto y humor televisivo. Pero el videoclip de esta es otra cosa. Más quieto, más gris, más raro.

Una terraza de verano con el título encima

El clip arranca en una terraza de bar, de noche o al caer la tarde. Mesas cuadradas de madera clara, sillas de mimbre oscuro, una sombrilla blanca cerrada y, al fondo, un murete cubierto de azulejos. En una mesa hay una pareja: una mujer joven con camiseta de tirantes negra y el pelo recogido en un moño, y a su lado un hombre corpulento, sin camiseta, con gorra y tatuajes en el pecho y en los brazos. Delante, dos jarras de cerveza y un cenicero. Sobre esa imagen aparecen mi nombre y el título, en letras naranjas.

Es una estampa muy de verano en la costa, muy cotidiana, casi de serie de televisión. Y no es casualidad, porque la letra se pregunta si todo lo vivido eran tomas falsas de una serie de vecinos o de un programa de juicios de la tele. La terraza es ese decorado: el sitio donde parecía que todo era normal.

Una reina con la cara manchada

Casi enseguida, un corte brusco: una mujer de pelo largo y oscuro con una corona puntiaguda en la cabeza, en un paisaje gris de niebla y matorrales. Tiene la cara cubierta de manchas relucientes, como barro seco o purpurina pegada con lágrimas. Grita o jadea mirando a un lado. El plano vuelve más adelante, cada vez más cerca, con el pelo revuelto por el viento.

Esa reina es para mí la figura de quien lo dio todo y se ha quedado en medio del campo con la corona puesta y la cara hecha un cuadro. Sigue siendo reina, pero ya no tiene palacio. Me gusta que no se quite la corona. Aunque la hayan arrastrado por el barro, la lleva.

Discursos ante un micrófono

Después aparecen dos mujeres que hablan en público. Una, de pelo rizado y chaqueta clara, se dirige a una multitud con un planeta enorme de fondo. La otra, de media melena y chaqueta de cuadros, está delante de una pared curva de mosaico y levanta los puños con gesto de indignación, como en un juicio televisado.

Son planos de oratoria, de gente explicando, acusando, defendiendo. Encajan con la parte de la letra que mira a la tele y se pregunta si todo era un guion. Cuando alguien te ha mentido durante años, la cabeza se llena de opiniones ajenas sobre tu caso, y tú solo quieres que alguien dicte sentencia de una vez. El videoclip pone esas tribunas en blanco y negro, sin sonido propio, como si fueran recuerdos de un programa que viste hace mucho.

El paseo vacío y el número 444

Luego, la noche. Un paseo junto al mar o junto a un parque, con farolas, sombrillas plegadas y terrazas vacías bajo toldos. En primer plano, un pequeño cartel con el número 444 pegado a una columna. No hay nadie. La cámara avanza despacio por ese pasillo de mesas sin clientes.

Cuatro fotogramas en blanco y negro del videoclip de «Y sigo temblando siempre»: un paseo nocturno de terrazas vacías con un cartel con el número 444, dos hombres boxeando en una carretera de montaña, un atasco de coches y taxis antiguos y un niño que da patadas al aire en un césped iluminado por una farola

Ese plano vuelve varias veces y es el contrapunto de la terraza con la pareja. Primero ves la mesa ocupada, después el paseo desierto. Es la forma más sencilla de contar una ausencia: el mismo tipo de sitio, con la gente y sin la gente. El 444 no tiene más explicación en el clip; es un número de portal o de mesa que se queda flotando, como esos detalles absurdos que recuerdas para siempre de las noches malas.

La terraza que se va apagando

La pareja de la terraza reaparece una y otra vez a lo largo del videoclip, y cada vez la luz es más baja. En los primeros planos se ve todo: la sonrisa de ella al beber, la postura relajada de él. Más adelante el contraste aumenta y las caras se oscurecen. En algunos planos los dos están casi en sombra, solo se distinguen las siluetas y los vasos.

No hay discusión, no hay drama, no hay ningún gesto exagerado. Solo una luz que se apaga mientras dos personas siguen sentadas. Es exactamente lo que yo sentí cuando entendí que lo que había vivido no era lo que creía. Las escenas felices no desaparecen de golpe; se van oscureciendo en la memoria hasta que no sabes si fueron verdad. La letra lo dice con una enumeración que duele mucho, la de los viajes al pueblo, los paseos con los perros y las navidades, y una frase de consuelo entre comillas: «ven aquí, no llores».

Una mujer que mira hacia arriba

En el centro del clip aparece una mujer de pelo largo ondulado y blusa estampada, delante de una puerta oscura. Al principio mira de frente, seria. Luego levanta la cabeza hacia arriba, hacia una luz que le cae en la cara, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta. Es el plano con el que termina también el videoclip, con el título superpuesto.

Ese gesto de mirar hacia arriba me parece la mejor traducción del estribillo. No es rezar exactamente, ni es esperanza. Es la cara de quien se ha rendido y aun así sigue esperando que algo caiga del cielo. Temblar es eso: estar quieto por fuera y no poder parar por dentro. La mujer no se mueve del sitio, pero todo su cuerpo está pendiente de esa luz.

Un panda perdido en la feria

Y entonces llega la escena más inesperada del videoclip, la que he elegido para la portada: un panda enorme, agachado sobre el césped de una feria, entre torres de atracciones con banderines y un paisaje de montañas detrás. A su lado, una figura humana se inclina hacia el suelo, como si buscara algo o intentara hablar con él. Aparece dos veces, en dos momentos distintos del clip.

Ese panda es puro Planeta Gayfolk. En medio de un videoclip triste y gris, aparece un animal gigante, tierno y fuera de sitio. Es la ternura que no sabe dónde meterse. Es también la sensación de estar en una feria, rodeado de cosas que deberían divertirte, y sentirte como un oso en un lugar que no es el tuyo. Me hace gracia y me da pena a la vez, que es justo el tono de esta canción: una tragedia que de repente se ríe de sí misma, como cuando la letra pide un eterno Kit Kat.

El hombre que se atraganta

Otro personaje que aparece solo un momento: un hombre mayor de pelo canoso, con camiseta blanca, sentado en una cocina. Come arroz blanco de un plato con las manos y, en el plano siguiente, se lleva las dos manos a la garganta con la cara contraída, como si se hubiera atragantado.

Collage con cuatro fotogramas del videoclip de «Y sigo temblando siempre» (una mujer que mira hacia arriba, un hombre que come arroz con las manos, un chico con gafas de aviador y la terraza en color con dos jarras de cerveza sobre la mesa) y una foto real de Mike Sain't Louis

Es una imagen fuerte y muy física. La leo como el momento en que algo que parecía alimento se te queda atravesado. Durante años te tragas explicaciones, excusas, versiones de los hechos, y un día ya no pasan. Se quedan en la garganta. En mis letras eso aparece mucho, el cuerpo que reacciona antes que la cabeza. En esta canción el temblor es eso mismo: el cuerpo diciendo lo que la boca todavía no puede.

Un niño que da patadas al aire

En varios planos nocturnos aparece un niño pequeño sobre una explanada de césped iluminada por una farola. Lleva camiseta clara y pantalón oscuro, y da patadas al aire o corre de un lado a otro, solo, mientras al fondo se ven sombrillas cerradas y árboles. No hay balón, no hay otros niños.

Ese niño es una de las imágenes que más me tocan del clip. Está jugando o está pataleando, no se sabe. Las dos cosas a la vez, probablemente. Es la rabia infantil que no tiene a quién dirigirse. Muchas veces, cuando una relación adulta se rompe con mentiras, lo que se despierta es un niño que no entiende nada y patea el aire. La letra lo dice muy claro cuando confiesa que sigo sin entender nada y que no siente que la culpa sea toda suya.

Atasco, volante y carretera

Hay un bloque de planos de tráfico: una calle llena de coches y taxis antiguos, uno detrás de otro, con matrículas visibles, en un atasco. Y en paralelo, una mujer joven al volante, de perfil, con el pelo recogido y la mirada fija hacia delante, conduciendo por una ciudad con edificios señoriales al fondo. La vemos en varios momentos, siempre agarrada al volante con las dos manos.

Es la vida que sigue. El mundo no se para porque a ti se te haya roto algo. Los coches siguen pitando, la gente sigue yendo a trabajar, y tú tienes que agarrar el volante y seguir. Esa conductora tiene una concentración casi feroz. No sonríe. No llora. Conduce. A veces sobrevivir es solo eso: mantener las manos en el volante hasta llegar a casa.

Dos boxeadores en una carretera de montaña

Más adelante, dos hombres boxean en una carretera de curvas con un valle detrás. Uno lleva camiseta negra, el otro va sin camiseta, los dos con guantes oscuros. Se lanzan golpes, se cubren, se miran. En el último plano de la serie están en el suelo, enredados, uno encima del otro, ya sin saber si siguen peleando o si se están sujetando.

Esta escena tiene algo en común con muchas de mis canciones: la pelea que se parece a un abrazo y el abrazo que se parece a una pelea. La letra empieza con alguien que te comprende y te abraza en el instante exacto en que te abres, y termina con alguien pisado en el suelo. El combate en la carretera es ese recorrido comprimido en unos segundos. El paisaje de fondo es precioso y los dos están a golpes.

El chico de las gafas de aviador

Hacia el final aparece un hombre joven de pelo engominado hacia arriba y gafas de aviador, con chaqueta oscura, mirando a cámara con una media sonrisa. Detrás de él pasa otro hombre vestido de blanco. El plano se repite tres o cuatro veces, cada vez un poco más cerca.

Es el personaje más seguro de sí mismo de todo el videoclip. Las gafas le tapan los ojos y la sonrisa no termina de ser amable. En el clip no hace nada más que mirar, y eso basta para que dé algo de inquietud. Lo veo como al que se cree listo, ese que la letra describe y que en el fondo es un circo. No hace falta que hable: con la pose ya está todo dicho.

El final en color

Y llega el último giro. Durante unos segundos, la terraza del principio aparece en color. Los azulejos del murete son azules y blancos, las sillas marrones, el suelo rojizo, y sobre la mesa siguen las dos jarras de cerveza a medio beber y el cenicero. Pero la pareja ya no está. En su lugar, un hombre de pie se mueve por el borde del encuadre, ajeno a la mesa. Después, el clip vuelve al blanco y negro para cerrar con la mujer que mira hacia arriba y el título.

Collage con un detalle de la carátula de «Y sigo temblando siempre» y las carátulas de «Me rindo», «El canario que miente» y «Tu mendigo», con el verso «y me rindo, y sigo temblando siempre.»

Ese final me parece lo más bonito del videoclip. El color vuelve, pero vuelve a un sitio del que la pareja se ha ido. Quedan los restos: dos vasos, un cenicero, una sombrilla. Es la imagen exacta de lo que pasa cuando por fin te alejas de una relación que te estaba apagando. El mundo recupera los colores, pero lo primero que ves con ellos es la mesa vacía. Y aun así es color. Es un principio.

Lo que hace el montaje con el temblor

Si se mira entero, el videoclip tiene una lógica clara. Hay un decorado fijo, la terraza, que va de la luz a la sombra y de la sombra al color. Hay una cara fija, la mujer que mira hacia arriba, que abre y cierra la historia. Y alrededor, como réplicas de un terremoto, aparecen escenas sueltas que no tienen relación entre sí: la reina, el panda, el atasco, el atragantamiento, el combate, el niño.

Esas escenas sueltas son el temblor. Cuando te pasa algo así, la cabeza no funciona en línea recta. Saltan imágenes de cualquier sitio, algunas absurdas, otras crueles, otras tiernas. El montaje lo imita. Por eso no busca una historia con principio y final, sino un estado: el de alguien que se ha rendido y no deja de temblar.

El blanco y negro también tiene su sentido. Quita el color a todo lo que pasa, desde lo divertido hasta lo terrible, y lo pone al mismo nivel. Así es como se vive el después: todo tiene el mismo gris.

Lo que el clip deja fuera

Tan importante como lo que aparece es lo que no aparece. En todo el videoclip no hay una sola escena de pareja discutiendo, ni un teléfono con mensajes, ni una maleta en la puerta. Nadie se va de casa delante de la cámara. Tampoco hay lágrimas en primer plano: la reina jadea, la mujer mira al cielo, el hombre se atraganta, pero nadie llora de forma explícita.

Lo decidí así porque la letra ya lleva el llanto dentro y no hacía falta subrayarlo. El clip prefiere enseñar las consecuencias en el cuerpo y en los sitios: una mesa que se queda vacía, un paseo sin nadie, un niño que patalea solo. Es una manera de respetar el dolor sin convertirlo en espectáculo. Quien lo ha vivido reconoce enseguida esas imágenes laterales, porque así es como se recuerda: no la escena grande, sino lo que había alrededor.

Las letras naranjas

Un detalle pequeño que conviene mirar: el título. Aparece dos veces, al principio sobre la terraza y al final sobre la mujer que mira hacia arriba, y en las dos ocasiones va en letras naranjas, gruesas, en mayúsculas, con mi nombre arriba y el nombre de la canción abajo. Es el único color que tiene el clip hasta que llegan los azulejos del final.

Me gusta pensar en ese naranja como en una señal de aviso. Como las luces de una carretera de noche o el chaleco de alguien que trabaja en una obra. En un mundo en grises, lo único que tiene color es el nombre de lo que te pasa. Primero lo nombras; luego, poco a poco, vuelven los demás colores.

El ritmo de los cortes

Otra cosa que se nota al verlo entero es la velocidad del montaje. Los planos de la terraza duran bastante, la cámara se queda quieta y te deja mirar a la pareja. En cambio, la reina, el panda, el hombre del arroz o los boxeadores entran y salen muy rápido, a veces en un par de segundos. Esa diferencia marca dos tiempos: el tiempo lento del recuerdo, que se repite y se apaga, y el tiempo rápido de los sobresaltos, que te asaltan sin avisar.

Ficha de «Y sigo temblando siempre» con su carátula: disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

El estribillo funciona igual. Se repite tres veces seguidas, casi sin cambios, como quien se balancea para calmarse. Mientras tanto, el clip sigue soltando imágenes sueltas. El efecto es raro y muy fiel a lo que se siente: una frase que te repites para no caerte y un montón de escenas que no piden permiso para aparecer.

De dónde viene todo esto

Lo que cuenta esta canción sale de mi vida, y aquí lo resumo sin poner nombre a nadie. Dos relaciones con personas narcisistas me ocuparon dos décadas enteras. Cuando por fin se vio quiénes eran, se las arreglaron para que parte de mi entorno me diera la espalda. Me quedé solo con mi versión, y la única forma que encontré de sacarla fue escribir canciones. Esta la terminé con los ojos empañados, que es algo que la propia letra reconoce sin vergüenza.

Llegué a estar en un punto muy oscuro, uno en el que seguir adelante me parecía imposible. Lo escribo ahora porque he salido de ahí con ayuda: me tratan psiquiatras y psicólogos, tengo nombres para lo que me pasaba, entre ellos un trastorno de estrés postraumático, una depresión mayor grave y ansiedad, y la escritura me sigue acompañando. Elegir que este clip se quedara en gris y que solo al final volviera un poco de color fue mi forma de decir que el gris no es para siempre.

Si algo de esto te toca de cerca, no lo cargues solo. Marca el 024 desde cualquier teléfono de España: es gratuito, confidencial y atiende día y noche a quien piensa en quitarse la vida o a quien está preocupado por alguien. Para urgencias está el 112. También puedes llamar al Teléfono de la Esperanza (717 003 717), y si eres menor o te preocupa uno, a la Fundación ANAR (900 20 20 10). Fuera de España, la web findahelpline.com te dice qué número marcar en tu país.

Canciones que tiemblan con esta

En el catálogo hay otras canciones que se dan la mano con esta. «Me rindo» es su hermana directa. «El canario que miente» retrata al personaje que se cree listo. «Tu mendigo» habla de unas manos que tiemblan y de llorar sin que nadie te vea. Y «El castigo más duro» completa el cuadro con el silencio usado como arma.

En el diario hay además una lectura de la letra de esta canción como si fuera un sismógrafo. Esta nota la acompaña desde la pantalla.

Para verla y quedártela

Tienes el clip entero en la página de vídeos de Planeta Gayfolk. Un consejo: velo dos veces. La primera, dejándote llevar por los saltos. La segunda, mirando solo la terraza, para ver cómo se apaga la luz sobre la pareja y qué se quedan esperando los vasos cuando por fin llega el color.

Si quieres llevártela, la descarga es gratis en la tienda del planeta, donde también está su letra. Si eres de plataformas, la encuentras en Spotify. Y si te apetece leer más, todas mis letras publicadas están reunidas en el apartado de letras.

Sobre mí

Me llamo Mike Sain't Louis y me presento como «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical. La música y la interpretación vocal de mis temas están hechas con IA; las letras y las historias son mías. Esta en concreto guarda el temblor de los meses en que empecé a entender lo que había vivido. Si eres periodista o simplemente te pica la curiosidad, en el apartado de prensa tienes fotos y datos.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo se publicó el videoclip de «Y sigo temblando siempre»?

El miércoles 19 de febrero de 2025. Dura tres minutos y ocho segundos.

¿Por qué está en blanco y negro?

Porque cuenta los días de después, cuando todo pierde el color. Solo los últimos segundos recuperan el color, en la misma terraza del principio.

¿Qué relación tiene con «Me rindo»?

Comparten versos y una misma herida. «Y sigo temblando siempre» lleva ese material a otro sitio, con un estribillo que se queda en el temblor.

¿En qué disco está?

En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK.

¿Dónde se puede descargar?

Gratis en la tienda de gayfolkplanet.com y en la ficha de la canción. También está en Spotify y en las demás plataformas.

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