Videoclips
Un remolino de ropa, un túnel de cajas de farmacia y un río de lava hacia el mar: el videoclip de «Ruido en mi mente» escena a escena
Por Mike Sain't Louis ·

Hay canciones que se entienden mejor con los ojos cerrados y canciones que piden mirar. «Ruido en mi mente» es de las segundas. Su letra retrata un pensamiento que da vueltas sin freno, y su videoclip intenta enseñar cómo se ve eso desde dentro: escenarios que saltan de uno a otro sin explicación, gente que corre, lugares que se tiñen de un color raro, objetos que giran. Es un vídeo agotador a propósito.
Está incluida en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segunda entrega de la trilogía. Su autor, Mike Sain't Louis, escribe las letras, compone y produce, y le gusta llamarse «el primer cantautor IA», porque trabaja con música e interpretación vocal hechas con IA desde su estudio casero. El clip llegó a YouTube en la primavera de 2025, un lunes de finales de marzo, y no llega a los tres minutos. Lo que sigue es un paseo por ese vídeo en el orden exacto del montaje, con una pausa en cada cambio de escenario.
La columna blanca y la ropa que gira
El videoclip arranca con una imagen que parece un cartel de cine fantástico. Sobre una superficie blanca y arremolinada, como pintura que se escurre por un desagüe, se levanta una columna hecha de piezas blancas apiladas, parecidas a platos o a tazas de porcelana encajadas unas en otras. Alrededor de esa columna vuelan prendas de ropa: una chaqueta azul, una camisa morada, una tela dorada, una prenda roja que asoma por abajo. Todo flota sobre un fondo negro salpicado de estrellas.

Encima, en letras verdes muy gruesas, el título. Debajo, más pequeño, el nombre de Mike.
Es una imagen muy precisa para una canción sobre pensamientos que no se van. La ropa gira como en una lavadora sin tambor, sin principio ni final. La columna no se mueve. El suelo parece un remolino que lo traga todo. Es la mente vista como un electrodoméstico que se ha quedado atascado en el centrifugado.
Una fiesta en la niebla
Del cartel se pasa de golpe a una fiesta. Pero no una fiesta alegre: todo está cubierto por una niebla gris, como si alguien hubiera abierto una máquina de humo en un salón sin ventanas. Hay gente con copas en la mano, de pie, hablando en grupos pequeños. Una mujer de pelo largo y oscuro, de espaldas a la cámara, habla con un chico que la escucha serio. Al fondo, otras siluetas se difuminan.
En un plano, el chico se cubre los ojos con la palma. No ha pasado nada visible. Nadie le ha gritado. Simplemente, en mitad de la conversación, se ha desbordado. Es una de las sensaciones más reconocibles para quien convive con la ansiedad: estar en un sitio lleno de gente, con una copa entre los dedos, y sentir que el ruido de fuera no es nada comparado con el de dentro.
La letra empieza justo así: hay unos «ecos que chocan» en su interior, y ruidos que «nunca quieren salir». La niebla de la fiesta es una manera de pintar esos ecos.
El hombre de la chaqueta bordada
Entre escena y escena aparece una figura que vuelve varias veces y que funciona como hilo conductor. Un hombre con barba, chaqueta bordada en dorado y rojo, con las manos en la cara, delante de un fondo psicodélico de remolinos rosas, azules, amarillos y verdes, como el interior de una canica o una gota de aceite sobre agua.
Cada vez que vuelve, su gesto es un poco distinto. Primero se cubre la boca. Luego se lleva las dos manos a las sienes, como quien intenta sujetar algo que se le escapa. Más adelante cruza las manos sobre el pecho. El fondo de colores se mueve detrás de él sin descanso, y su cara está siempre en tensión.
Ese personaje es el centro del vídeo, aunque no aparezca en los escenarios. Es la cabeza de la canción. Los demás lugares son lo que pasa por ella.
Mirada fija a cámara
Hay un plano breve, casi una pausa, que rompe el ritmo. Un hombre con jersey granate, delante de una pared de color azul muy pálido, mira directamente al objetivo sin decir nada. No llora, no se mueve. Solo mira.
En un vídeo tan cargado, ese silencio pesa. Encaja con el momento en que la letra habla de un «reloj parado» al que todavía le sale un «tic» a gritos: una imagen que es casi una contradicción, un objeto que no avanza pero no deja de hacer ruido. El hombre del jersey es ese reloj. Quieto por fuera, con todo el mecanismo en marcha por dentro.
La plaza de los papeles
Después, una plaza grande y gris, con edificios de fachadas claras al fondo. Está llena de gente que camina en todas direcciones, muchos con papeles o carpetas en las manos. En medio, un chico con chaqueta acolchada oscura se queda parado y se lleva la mano al pecho. Los demás pasan a su lado sin mirarlo.

Es una escena que se reconoce enseguida. La sensación de que el mundo sigue funcionando a toda velocidad mientras uno se ha quedado clavado en el sitio. Los papeles que llevan los demás parecen trámites, citas, obligaciones: la vida normal que continúa. El de la chaqueta acolchada, en cambio, está en otra parte.
La letra lo dice con una imagen muy física: el aire que pesa «como un ladrillo gris». En esa plaza, el aire es exactamente de ese color.
La playa que se vuelve verde
El siguiente salto lleva a una playa ancha, con edificios altos de color verde agua en primera línea. Al principio parece un día normal de arena. Pero enseguida una multitud aparece corriendo por la orilla, en la misma dirección, como si huyera de algo que la cámara no enseña.
Y entonces la imagen cambia de color. Una niebla verde, espesa, empieza a cubrir la arena desde el fondo y se traga a la gente. En los últimos planos de esta secuencia, todo es verde: la luz, el aire, las figuras que todavía se distinguen gritando.
No hay explicación. No se sabe de qué huyen. Y esa falta de explicación es justamente lo que da miedo. Así funcionan muchas crisis de angustia: se siente la necesidad urgente de escapar sin saber de qué.
La farmacia
Uno de los escenarios más reconocibles del vídeo es una farmacia. Una farmacia grande, de techos altos y estanterías blancas hasta arriba, llenas de cajas de medicamentos ordenadas por colores. Una dependienta vestida de negro, con el pelo recogido, ordena papeles en el mostrador; en otro plano, recoge una caja y la entrega.
Es una escena tranquila, casi aséptica, en mitad de tanto caos. Y tiene mucho sentido dentro de una canción sobre una mente que sufre. La farmacia es el lugar al que se va cuando uno ya ha pedido ayuda: la receta, el tratamiento, la caja con el prospecto. No es un lugar dramático. Es un lugar de rutina. Pero para quien convive con un trastorno, ese mostrador forma parte de la vida diaria.
El vídeo no juzga ni la ensalza: simplemente la incluye. Como si dijera que, entre la fiesta gris y la playa verde, también está esto: las cajas, el orden, la persona que te atiende detrás del mostrador.
El túnel de envases
Justo después llega la imagen más extraña de todo el vídeo. Un túnel en espiral, visto desde dentro, formado por cientos de objetos blancos y de colores que giran hacia un centro negro: cajas, papeles, envases, prospectos, piezas que parecen tapones o vasitos. Algunos tienen letras impresas, otros dibujos de colores.
Es como si la farmacia se hubiera convertido de repente en un remolino. Las cajas que estaban ordenadas en las estanterías ahora giran sin control, formando un pasadizo que no lleva a ninguna parte visible. Es la imagen que mejor resume el estribillo: «Corro en círculos», dice la letra, y aquí es la cámara la que corre en círculos, por un túnel hecho de lo que se supone que tenía que poner orden.
La letra también habla de «un laberinto» y de una salida que «se ríe distinto». Este túnel es ese laberinto en su forma más pura: no tiene paredes rectas ni esquinas, solo una espiral que se cierra.
La lava que entra en el mar
Del túnel se sale volando, literalmente. La cámara se encuentra de repente en el aire, sobre una costa verde y montañosa, y abajo, entre campos oscuros, baja un río de lava naranja que llega hasta el mar. Donde la lava toca el agua se levanta una columna de vapor blanco que el viento tumba hacia un lado.
Es el plano más grande del vídeo, el único en el que no hay personas a la vista. Y es una imagen muy potente para hablar de lo que pasa dentro de alguien: algo que hierve por debajo durante mucho tiempo y que, cuando sale, lo arrasa todo hasta encontrar agua.
También es una imagen de transformación. La lava, cuando se enfría, se convierte en tierra nueva. La costa que hay debajo de ese vapor no será la misma dentro de un año. El vídeo no se detiene en eso, pero está ahí.
El hombre de las mangas rojas
Vuelve la figura central, pero con otra ropa. Ahora lleva una prenda negra con mangas abullonadas de color rojo intenso, como un traje de fiesta antiguo o de escenario, y está delante de un mandala de colores vivos que gira a su espalda. Tiene las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos cerrados.
El cambio de vestuario es interesante. En la primera aparición se tapaba la cara; ahora se sujeta el pecho. Es como si la crisis hubiera bajado de la cabeza al cuerpo. Quien haya tenido ataques de ansiedad sabe que pasa exactamente eso: empieza en los pensamientos y acaba en el corazón acelerado, en la presión en el pecho, en la sensación de que falta el aire.
El mirador
El siguiente escenario es un mirador de piedra sobre una ciudad costera, con terrazas, tejados y una bahía al fondo. La luz es de tarde, dorada. Pero la gente que hay en el mirador no está mirando el paisaje: se mueve deprisa, de un lado a otro, algunos casi corriendo, empujándose.
Más adelante aparece otro mirador, este sobre una ciudad de rascacielos envuelta en bruma, con siluetas que caminan a contraluz junto a la barandilla. Las dos escenas comparten algo: alguien ha subido a un sitio alto para ver las cosas con perspectiva, y aun así no consigue parar.
La boda
La secuencia más dura del vídeo es una boda. Un salón blanco con una lámpara de araña en el techo, invitados elegantes, mujeres con vestidos de colores, hombres con pajarita. En el centro, un hombre con esmoquin verde oscuro abre la boca en un grito o en un llanto, con los ojos cerrados. A su lado, otro invitado de esmoquin negro esconde el rostro entre las palmas.
Hay planos posteriores en los que ese segundo hombre apoya la frente contra una pared blanca, se cubre los ojos y llora, mientras una invitada con vestido oscuro lo observa desde el fondo. Nadie se le acerca.
Una boda es el lugar donde se supone que todo el mundo es feliz. Por eso es tan eficaz como escenario para el derrumbe. No hace falta saber qué ha pasado: basta con ver a alguien llorando contra la pared en el día en que tendría que estar sonriendo. La letra lo describe con una imagen igual de cotidiana y de cruel: un pasado que toma asiento en el borde del colchón, como un invitado que no se va.
La playa abarrotada
Casi al final, el vídeo vuelve a la playa, pero ahora a pleno sol y llena de turistas. Una multitud enorme camina hacia la cámara por la arena, con rascacielos blancos detrás y una montaña al fondo. Hay gente en bañador, con sombrilla, con toalla. Es una imagen de vacaciones de verano en la costa mediterránea.
Y, sin embargo, el montaje la convierte en otra cosa. Esa marea de gente que avanza sin parar, todos en la misma dirección, se parece mucho a los pensamientos intrusivos: uno tras otro, sin hueco, sin pausa. Después la playa vuelve a ponerse verde, con palmeras, y las figuras que se ven a lo lejos parecen agachadas, o corriendo de nuevo.
El final: un mandala de arcoíris
El vídeo termina como empezó, con el título en letras verdes. Pero ahora, detrás, no hay una columna blanca ni ropa volando: hay un mandala enorme de arcoíris, con anillos de todos los colores, y en el centro el hombre de la chaqueta bordada, quieto, con una expresión cansada pero tranquila.
Es un final que no resuelve nada, y a la vez lo cambia todo. El ruido no se ha ido. Los colores siguen girando. Pero el hombre ya no se tapa la cara. Está en el centro del remolino, mirando hacia delante. La canción también termina sin victoria: la última estrofa habla de construir un muro y de caer aunque uno no quiera. Pero el gesto final del vídeo deja una puerta abierta.
El color como termómetro
Si se quita el sonido y se mira solo el color, el vídeo cuenta su propia historia. Empieza en blanco y negro casi puros: la columna de porcelana, el suelo arremolinado, el cielo oscuro con estrellas. Pasa luego al gris de la fiesta con niebla y de la plaza, un gris de día nublado en el que nadie destaca. Y de repente estalla el verde de la playa, un verde químico, poco natural, que se come la arena y a las personas.

La farmacia devuelve el blanco, pero un blanco clínico, de fluorescente, con estanterías que reflejan la luz. El túnel mezcla ese blanco con manchas de colores impresos. La lava trae el naranja más intenso de todo el montaje, contra el azul oscuro del mar. La boda vuelve al blanco con toques de color en los vestidos de las invitadas. Y el final es un arcoíris completo.
Es como si la temperatura emocional subiera y bajara con la paleta. El gris es el cansancio. El verde es el pánico. El blanco de farmacia es la pausa. El naranja es el estallido. Y el arcoíris final, después de todo eso, es lo que queda cuando el ruido no se ha ido pero ya no da tanto miedo mirarlo.
Una canción que no deja huecos
Musicalmente, «Ruido en mi mente» va en la misma dirección que sus imágenes. Las estrofas son cortas, de cuatro versos, con rimas que caen muy seguidas, y el estribillo arranca repitiendo la palabra del título tres veces, como un golpe contra la puerta. No hay silencios largos ni respiros instrumentales que alivien. Todo empuja hacia delante.
Esa construcción se nota también en el montaje: los cortes llegan con el ritmo, a veces a mitad de un gesto, a veces cuando un personaje está a punto de decir algo. El espectador no tiene tiempo de acomodarse en ningún escenario antes de que lo saquen de él. Es incómodo, y está hecho para serlo.
Lo que hace el montaje
Visto de principio a fin, el vídeo tiene una lógica clara aunque parezca caótico. Alterna escenarios exteriores, enormes y llenos de gente (la plaza, la playa, los miradores), con espacios interiores cerrados (la fiesta, la farmacia, la boda). Y entre unos y otros, como un estribillo visual, vuelve siempre la figura de la chaqueta bordada delante de sus colores.
Esa alternancia reproduce muy bien cómo funciona un día malo. Se pasa del mundo exterior, que abruma, a los espacios íntimos, que tampoco dan tregua, y en medio está siempre la propia cabeza, con su fondo de colores en movimiento. El montaje no deja respirar porque la canción tampoco lo hace: casi no tiene pausas, y el estribillo repite la palabra ruido tres veces seguidas.
Lo que no se ve
Igual de interesante es lo que el vídeo prefiere no subrayar. El reloj del tercer verso, la luna burlona, la cama o los espejos rotos de la letra no se convierten en los grandes protagonistas de las escenas, aunque todos esos elementos aparecen escritos. El vídeo no ilustra la canción palabra por palabra: busca equivalentes. En lugar del reloj, un hombre quieto que mira a cámara. En lugar del laberinto, un túnel de envases. En lugar de los fantasmas que gritan, una playa que se llena de niebla verde.
Esa decisión hace que letra y vídeo se complementen en vez de repetirse. Quien solo escuche la canción imaginará sus propias imágenes; quien vea el vídeo encontrará otras nuevas. Y quien haga las dos cosas tendrá dos versiones del mismo ruido.
Las canciones vecinas
«Ruido en mi mente» no está sola en el catálogo. Tiene hermanas que miran el mismo lugar desde otros ángulos. La del abismo en la cabeza, del tercer disco, habla también de un laberinto y de una noche que no deja dormir. «Entre cuatro paredes» se queda dentro de casa, con unas paredes que parecen hablar. Y la del espejo de enfrente pone a alguien frente a su propio reflejo de madrugada.

Juntas forman una pequeña serie sobre la salud mental dentro de la trilogía. Ninguna ofrece respuestas fáciles. Lo que hacen es nombrar las cosas, ponerles imagen, para que quien las escuche sepa que no es el único con ese ruido dentro.
De dónde viene ese ruido
Mike conoce este ruido de primera mano. Perdió dos décadas de su vida al lado de dos novios narcisistas, primero uno y luego otro. Cuando les quitó la máscara, ellos, tan simpáticos de cara a la galería, consiguieron que mucha de la gente que le rodeaba se pusiera de su parte, y a él solo le quedaron las canciones para dar su versión. En aquella etapa tan negra rozó el suicidio. Salió adelante con ayuda, y hoy lleva a cuestas varios diagnósticos que trata con profesionales: TEPT, una depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y un trastorno evitativo de la personalidad. Lo cuenta para que otras personas que viven un abuso parecido se sientan acompañadas.
Con esa historia detrás, la farmacia, la boda rota y el túnel de envases dejan de parecer caprichos visuales. No es un ejercicio de estilo: es una forma de enseñar lo que se siente cuando dentro no hay manera de hacer silencio.
Si te ves reflejado, no te lo quedes dentro. Busca a una persona que te quiera bien, a tu médico de cabecera, a un psicólogo. Quien vive en España puede marcar el 024, gratuito, confidencial y despierto las veinticuatro horas, y el 112 si hay un peligro inmediato.
Escucharla y descargarla
La canción suena entera en la ficha que tiene en gayfolkplanet.com, y la tienda del planeta la regala en descarga: ni cuenta ni tarjeta. También está en Spotify. Para recorrer el resto de la discografía está el listado de canciones, y quien quiera escribir sobre ella encontrará material y contacto en prensa.
Bajar el volumen
Lo más honesto del vídeo es que no promete silencio. No termina con el hombre durmiendo tranquilo, ni con la playa vacía, ni con la boda celebrándose. Termina con alguien en mitad de su remolino de colores, todavía dentro, pero con la cara descubierta.
Quizá eso es lo que se puede pedir en los días de mucho ruido: no que se acabe de golpe, sino poder mirarlo de frente. Bajar el volumen un poco. Encontrar a alguien con quien compartir el centrifugado. Y esperar, como la lava que entra en el mar, a que lo que hierve se enfríe y se convierta en suelo.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo salió el videoclip de «Ruido en mi mente»?
Se publicó el 24 de marzo de 2025 y dura dos minutos y cincuenta segundos. La canción forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.
¿Qué se ve en el vídeo?
Una sucesión de escenarios que cambian sin aviso: una columna blanca rodeada de ropa que gira, una fiesta envuelta en niebla, una plaza llena de gente con papeles, una playa que se tiñe de verde, una farmacia, un túnel de envases, una colada de lava que llega al mar, un mirador sobre una ciudad y una boda en la que el novio se rompe.
¿De qué habla la canción?
De una cabeza que no se calla: ecos, un reloj parado, un pasado que se sienta en la cama, un laberinto con una salida que se burla. El estribillo repite la palabra ruido tres veces seguidas.
¿Dónde se escucha y se descarga gratis?
En su ficha de gayfolkplanet.com se escucha entera, y desde la tienda de la web se descarga gratis, sin registrarse. También está en Spotify y en las demás plataformas.
¿Y si yo también tengo ese ruido dentro?
No hace falta aguantarlo en silencio. Contarlo a alguien de confianza o a un profesional ayuda. En España, el 024 atiende gratis y a todas horas; en una emergencia, el 112.