Arte y mirada
Una corona con barro, una queen que sale del lodo y un rey sin reino: las coronas de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

En Planeta Gayfolk nadie hereda una corona. No hay dinastías, ni coronaciones en catedrales, ni cetros guardados en una vitrina con alarma. Las coronas de este planeta llegan de otra manera: aparecen sobre una cabeza llena de barro, se sacan del lodo con las dos manos, se llevan en un reino tan pequeño que solo lo ve quien lo habita o se estrenan a las tres de la mañana en una pista de baile, con el maquillaje corrido y los tacones en la mano.
Este texto no pretende explicar ninguna canción. Lo que sigue es una ronda por esas coronas, saltando de letra en letra y de clip en clip, para ver qué le hace cada una a la cabeza que la sostiene. Todas salen del catálogo de quien se presenta como «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Ninguna de estas canciones trata de la realeza. Y, sin embargo, en todas hay alguien que decide, en algún momento, ponerse algo dorado en la cabeza aunque el mundo alrededor siga oliendo a tierra mojada.
La corona que nadie limpia
La primera corona del paseo es la más difícil de mirar. Sale en el videoclip de «El impostor» y la lleva una mujer de pelo largo y castaño, en mitad de un campo embarrado. Es una corona alta, dorada, de puntas rematadas con piedras rojas, de las que uno asocia con los cuentos. Lo que no sale en los cuentos es la cara de debajo: está salpicada de barro hasta las pestañas, con gotas secas en la frente y en las mejillas, como si alguien le hubiera arrojado un cubo de tierra a la cara.
La cámara la busca una y otra vez. Detrás de ella, desenfocados, hay soldados que corren, hombres con armaduras viejas que se empujan en un lodazal, castillos grises al fondo, una bruma de día nublado. Ella no corre. Mira a un lado, abre la boca como si fuera a decir algo, la cierra. El barro no se le cae y la corona tampoco.
Es una imagen extraña porque no encaja con ninguna de las dos historias que solemos contar. No es la reina impecable de los retratos oficiales, ni la reina destronada que ha perdido la corona en la batalla. Es otra cosa: alguien que ha pasado por el barro y sigue llevando la corona puesta. No se la ha quitado para limpiarse. No ha esperado a estar presentable para volver a ponérsela.
En el resto del clip hay más coronas, casi todas sucias. Hombres con coronas pequeñas, ladeadas, metidos hasta las rodillas en el fango, que gritan y se agarran unos a otros. Una multitud que cruza un campo encharcado. Y, en otra parte del vídeo, una ciudad de noche donde dos hombres con chaqueta de cuero discuten frente a una plaza, hasta que el fuego aparece entre sus manos. La canción, que habla de descubrir que alguien te ha mentido durante años, deja que las coronas se ensucien porque sabe que la dignidad, después de una mentira así, no vuelve limpia.
El oro falso del impostor
En el mismo videoclip de «El impostor» hay otro tipo de brillo que conviene mirar de cerca, porque es el contrario de la corona embarrada. Un hombre con sombrero de ala ancha y chaqueta negra bordada en oro, llena de arabescos dorados que le cubren el pecho, aparece en una plaza de noche, con farolas encendidas y gente desenfocada detrás. Se pasea, gesticula, habla con otro hombre que se lleva la mano a la cabeza. Todo en él es ornamento. No tiene ni una mancha.
Puesto al lado de la mujer del campo, el contraste es casi una tesis. Ella lleva una corona de verdad sobre una cara sucia. Él lleva oro por todas partes y, sin embargo, nada en él parece auténtico. Es el brillo de quien necesita que lo miren, el traje de gala de quien vive de la fachada. La canción habla precisamente de eso: de alguien que se hacía fotos con efectos mientras el otro lloraba, de una reputación cuidada con esmero mientras por dentro no había nada que sostenerla.
En Planeta Gayfolk, por tanto, hay dos clases de oro. Uno es el del impostor, impecable, que no ha pisado nunca el barro porque siempre ha dejado que lo pisaran otros. El otro es el de quien ha atravesado el fango y conserva algo dorado encima a pesar de todo. Desde lejos se parecen. De cerca, uno brilla porque está limpio y el otro porque ha resistido. Aprender a distinguirlos es una parte importante de cualquier recuperación: dejar de admirar el oro que deslumbra y empezar a valorar el que aguanta.
Hacia el final del clip, el fuego aparece entre los dos hombres de la plaza, llamaradas que suben desde sus manos como si la mentira, por fin, se incendiara. No sabemos quién quema a quién. Pero el montaje no se queda en la hoguera: vuelve una y otra vez al barro, a las coronas ladeadas y a la mujer del campo, que sigue allí.
Una queen saliendo del lodo
Si la corona de «El impostor» es la de quien sigue en el barro, la de «Flash» es la de quien empieza a salir. El verso lo dice con todas sus letras:

Soy una queen saliendo del lodo
Es una de esas frases que funcionan como un lema, y en la canción vuelve varias veces, siempre después de un «Hoy vengo a darlo todo» que suena a decisión tomada esa misma tarde. No hay corona dorada en el texto, pero no hace falta. La palabra queen ya la trae puesta. Y lo importante no es la palabra, sino el gerundio: saliendo. No dice que ya haya salido. Dice que está en ello.
El videoclip lo convierte en imagen desde el primer plano. Un hombre con traje y corbata emerge de un estanque oscuro, de noche, bajo una red de bombillas colgadas entre los árboles. El agua le llega por la cintura y luego por el pecho. Hay niebla sobre la superficie, y las bombillas tiemblan reflejadas. Avanza despacio, con la ropa empapada, mirando a cámara. En otro momento camina por una carretera de tierra entre coches americanos antiguos, y entonces se ve bien el traje: manchado de barro, con salpicaduras marrones en las solapas y en los pantalones, como el de alguien que ha cruzado un campo a pie. Más tarde los ojos se le encienden de azul eléctrico, o de rosa y turquesa, como si dentro tuviera un letrero de neón, y al final aparece de pie en un desierto naranja, delante de un sol enorme partido en franjas, con los coches detrás.
Ese traje sucio es la corona de «Flash». Nadie se lo ha lavado antes de salir de casa. Se lo ha puesto así, con el barro, para ir a la disco. Y hay una lección escondida en eso: la queen que sale del lodo no espera a estar seca. Sale chorreando, con la ropa pegada, y aun así se arregla el nudo de la corbata.
Hoy vengo a darlo todo
La segunda imagen del verso es una ampolla flash, ese pequeño vial que se usa para que la piel luzca tersa durante unas horas. Un truco de belleza de efecto rápido. Puesto al lado de la queen del lodo, el contraste tiene gracia: la piel aún tiene marcas del barro, pero esta noche brilla. No es mentira. Es la decisión de salir aunque por dentro todavía cueste.
El rey de un reino que nadie ve
La tercera corona es de otro tipo. No brilla, no tiene piedras y no sale en ningún plano. Está en la letra de «Antisocial», en uno de los versos más tranquilos de toda la trilogía:
soy el rey de un reino que nadie más siente.
Antes de llegar ahí, la canción ha levantado las murallas. Ha dicho que el silencio es un castillo, que quien habla es una armadura sin llave, que evita los saludos por la calle y las miradas. Y entonces, cuando parece que todo es encierro, aparece la corona. El que se aísla no se describe como un preso, sino como un rey.
Es una corona hecha de soledad elegida. El reino es pequeño, cabe en un piso con animales y con los pocos amigos de siempre, pero tiene sus leyes, y la primera es que nadie entra sin permiso. Para alguien que ha vivido rodeado de personas que entraban en su vida como en su casa, que rebuscaban en los cajones y cambiaban los muebles de sitio, esa corona invisible tiene un valor enorme. Significa poder cerrar la puerta.
El videoclip no la dibuja, pero la rodea de cosas que flotan: zapatos que vuelan por un pasillo rosa, globos de colores, piruletas gigantes en una plaza, un tornado que levanta ropa al cielo mientras un chico con chaleco bordado abre los brazos. Es un reino absurdo y alegre, de juguetería, donde el rey no lleva manto sino camiseta negra. Esa es la corona de quien ha aprendido a estar solo sin sentirse castigado.
La reina de la pista
En «Mi salvador» la corona cambia de dueño. Ya no la lleva quien narra, sino la persona con la que baila. Es una canción de noche de verano, mezcla de inglés y español, que transcurre entre una piscina con flotadores, un chiringuito y una azotea con el suelo encendido. Hacia el final, entre llamadas a no parar, llega esta línea:
Reina on the dance floor, it’s true,
Es la corona más ligera de todas. Dura lo que dura la canción. No pesa, no se mancha, no exige nada. Se la pone alguien porque baila bien, porque se ríe, porque esa noche ilumina la pista. Y quien la mira no siente envidia, sino alivio, como si la alegría ajena también le tocara un poco.
Tiene algo importante esta corona prestada. En un universo donde tantas canciones hablan de personas que se apropiaron de la luz de otro, aquí alguien reconoce la luz ajena sin quererla para sí. Corona al otro y se queda bailando a su lado. Es la otra cara del mismo aprendizaje: después de salir del lodo, uno aprende que también puede celebrar a los demás sin perderse.
La queen que deja arder el gas
«Gaslighting» trae la corona más combativa del planeta. La canción habla de esa forma de manipulación que consiste en convencerte de que no viste lo que viste, de que lo soñaste, de que exageras. Y la respuesta llega en un verso que es casi un grito de estadio:
Que arda tu gas, yo soy la queen
Aquí la corona no se encuentra ni se presta. Se proclama. Quien la lleva acaba de recuperar algo muy concreto: la confianza en su propia memoria. Sabe lo que vio y lo que sintió, y eso basta. El gas que el otro usaba para nublarle el juicio se convierte en combustible, y la queen se queda de pie mientras arde.
Un poco más adelante, la letra lo remata con otra imagen de luz:
El neón me cubre, soy inmortal
Es exagerado, claro. Nadie es inmortal, y menos a las cinco de la mañana. Pero la exageración es la manera camp de decir una verdad seria: después de años sintiéndose pequeño, uno necesita sentirse enorme durante un rato. La corona de neón es eso. Una armadura de luz para los días en que todavía cuesta creerse lo que uno sabe.
El trono de terciopelo
Hay un sitio del universo de Mike donde la corona tiene asiento. En la galería de gayfolkplanet.com está el cartel del trono rosa: Mike Sain't Louis sentado en un trono de terciopelo púrpura, con un traje rosa que brilla, en una pose de teatro camp. No lleva corona. No la necesita. El trono hace el trabajo.

Ese cartel se puede leer como la última estación de este paseo. Después de la corona embarrada, del traje sucio, del reino invisible, de la reina prestada y de la queen que se proclama, llega alguien que simplemente se sienta. Sin pedir permiso, sin justificar el traje, sin explicar por qué ocupa ese sitio. Es la escena más sencilla de todas y probablemente la que más cuesta conseguir.
Lo que pesa una corona
Hay una idea antigua según la cual las coronas pesan. Que quien manda duerme mal, que el oro aprieta las sienes. En Planeta Gayfolk la idea se da la vuelta. Lo que pesa no es la corona, sino todo lo que hubo antes: los años de dudar de uno mismo, de pedir perdón por existir, de esperar la aprobación de alguien que nunca la iba a dar. Ponerse la corona es, en ese contexto, quitarse un peso.

Mike ha contado en público que pasó dos décadas atrapado en sendas relaciones con hombres narcisistas, y que cuando esas personas quedaron al descubierto convencieron a parte de su entorno de que el problema era él. Tampoco ha escondido el diagnóstico que arrastra desde entonces (ansiedad, fobia social, una depresión mayor y un trastorno de estrés postraumático) ni que a día de hoy acude a consulta de psiquiatría y de psicología. Ninguna de estas canciones pone nombres, y no hace falta. Pero, si se ordenan las coronas de este paseo, se ve un recorrido de recuperación: primero la corona sucia que nadie limpia, luego la que sale del barro, después el reino pequeño donde por fin se está a salvo, más tarde la capacidad de coronar a otros y, al final, la voluntad de proclamarse.
El camino tiene curvas. Algunas noches la corona vuelve a caer al barro. Algunas semanas el reino invisible se siente más como una celda que como un castillo. La recuperación tiene esos retrocesos, y las canciones también los tienen: «Antisocial» convive en el mismo disco con temas mucho más oscuros, y la queen de «Gaslighting» necesita repetir su verso varias veces para creérselo. Lo que cambia es que cada vez se sabe dónde está la corona y cómo volver a ponérsela.
Cuando la corona no basta
Algunas de estas canciones nacen de una época muy dura, y quien las escucha puede reconocerse en ese barro. Si te sientes así, si llevas tiempo dudando de lo que recuerdas, si alguien te ha hecho sentir que no vales nada o si has llegado a pensar que no puedes más, no tienes que pasarlo a solas. Contárselo a una persona de confianza, o a quien se dedica a esto, alivia más de lo que parece. En nuestro país el 024 es la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, confidencial y atiende las veinticuatro horas. En una emergencia, el 112. Pedir ayuda no te quita ninguna corona; a veces es la única manera de poder volver a llevarla.
Cómo se fabrica una corona en este planeta
Si uno intenta hacer el inventario de materiales, sale una lista rara. La corona de «El impostor» es de metal dorado y piedras rojas, pero lo que la define es el barro. La de «Flash» es una palabra inglesa y un traje empapado. La de «Antisocial» es de silencio. La de «Mi salvador», de sudor y luces de discoteca. La de «Gaslighting», de neón y gas ardiendo. Y la del cartel ni siquiera existe: la sustituye un sillón de terciopelo.
Esa mezcla de materiales nobles y humildes es muy de Planeta Gayfolk. La estética del planeta juega constantemente a juntar lo solemne y lo cutre, lo épico y lo doméstico: un campo de batalla con aire de culebrón, una discoteca donde se habla de ampollas de belleza, un rey que prefiere a sus animales antes que a la gente. Las coronas no escapan a esa regla. Son reales y de mentira a la vez, igual que un disfraz que de repente dice la verdad sobre quien lo lleva.
También hay una cuestión de idioma. En las letras de Mike conviven la reina castiza y la queen de la pista, el rey solitario y la diva. Cada palabra trae su mundo. Reina suena a copla, a verbena, a cuento infantil. Queen suena a club, a drag, a orgullo. Rey suena a castillo y a soledad. El planeta no elige entre ellas; las usa todas según lo que pide cada canción, y en ese juego de idiomas también hay una forma de coronarse: hablar como uno quiera.
Las coronas que faltan
Hay coronas que no salen en ninguna canción y que, sin embargo, flotan alrededor de todas. La corona de la verbena del pueblo, la de cartón de los cumpleaños infantiles, la de la reina de las fiestas que nunca fue para un chico. La de los carnavales en que uno podía, por una noche, vestirse de lo que quisiera sin que nadie preguntara. Muchas personas queer crecieron mirando esas coronas desde lejos, sabiendo que no estaban pensadas para ellas.
Por eso tiene sentido que Planeta Gayfolk esté lleno de coronas improvisadas. Son una manera de recuperar lo que no se pudo tener a tiempo. Si nadie te coronó en la fiesta del pueblo, te coronas tú en la discoteca. Si nadie te dejó ser la reina del baile, te subes al trono de terciopelo para una foto. No es una revancha amarga. Es una reparación con purpurina.
Un orden para escucharlas
Si alguien quiere recorrer estas coronas con los oídos, puede hacerlo como si fuera una pequeña procesión. Empezar con «El impostor», con la luz baja, mirando a la mujer de la cara manchada en su videoclip. Seguir con «Flash», que sube el ritmo y saca el traje del agua. Después, «Antisocial», para bajar las persianas y quedarse un rato en el reino propio. Luego, «Mi salvador», que abre la puerta otra vez hacia la pista y hacia los demás. Y cerrar con «Gaslighting», con el volumen alto, cuando ya se puede gritar la última línea sin temblar.

Las tres primeras forman parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el volumen que abre la trilogía, que es donde más barro hay y donde más falta hacían las coronas. Las otras dos llegan después, con otro ánimo. Entre unas y otras, el planeta ha aprendido a reírse un poco de su propia solemnidad.
Para tenerlas en casa
Todas las canciones de este paseo se pueden escuchar y bajar gratis desde la tienda de gayfolkplanet.com, sin crear cuenta ni dejar ningún dato. Cada una tiene además su ficha en la web, con la letra completa. Quien prefiera las plataformas las encontrará también allí; «Flash», por ejemplo, está en Spotify. Y quien quiera escribir sobre el proyecto tiene fotos, textos y datos de contacto en la sección de prensa.
La última corona
Si hubiera que quedarse con una sola imagen de este recorrido, no sería la del trono ni la de la pista. Sería la del principio: la mujer de la corona dorada en mitad del campo, con la cara llena de barro, que no se la quita. No sabemos si ha ganado o ha perdido la batalla. No sabemos si alguien vendrá a limpiarle la cara. Lo único que sabemos es que la corona sigue en su sitio.
Esa es, quizá, la corona más verdadera del planeta. No la que se luce cuando todo va bien, sino la que se mantiene cuando todo va mal. La que no depende de estar limpio, ni presentable, ni aplaudido. La que uno se deja puesta mientras atraviesa el lodo, porque ha entendido que su valor no se lo da nadie más. Este catálogo está lleno de gente así: con barro hasta las cejas y algo dorado encima. Solo hay que pulsar reproducir y dejarlas desfilar.
Preguntas frecuentes
¿De qué canciones habla este texto?
Sobre todo de cinco: «El impostor», «Flash» y «Antisocial», del primer disco de la trilogía, y «Mi salvador» y «Gaslighting», que llevan la palabra reina o queen en la letra. También aparece el cartel del trono rosa de la galería.
¿Es un análisis de las letras?
No exactamente. Es un paseo lírico por una imagen que se repite en el universo de Mike Sain't Louis, la corona, con algunos versos citados tal y como están publicados y la descripción de lo que se ve en un par de videoclips.
¿La corona de «El impostor» es de alguien real?
No. Es un personaje del videoclip, una mujer con corona y la cara manchada de barro en un campo de batalla. El texto la lee como imagen, sin identificarla con ninguna persona.
¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones?
Todas están gratis en gayfolkplanet.com: se escuchan en la ficha de cada una y se descargan desde la tienda, sin registro. También están en Spotify y en el resto de plataformas.
¿Y si estoy pasando por algo parecido a lo que cuentan?
Hablarlo ayuda, con alguien de confianza o con un profesional. En España el 024 atiende gratis, de día y de noche, a cualquier persona que lo esté pasando mal, y en una emergencia está el 112.