Planeta Gayfolk

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Una esfera rosa bajo un equilibrista, un mundo de vetas fucsias y platillos sobre un estadio: los planetas de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Ya no te quiero»: la curva de un planeta de superficie rosa y fucsia, con remolinos que parecen mármol líquido, y un sol que asoma por detrás de su horizonte en el espacio negro

La palabra planeta viene del griego y quiere decir errante, vagabundo. Los astrónomos antiguos se dieron cuenta de que la mayoría de las luces del cielo nocturno se movían juntas, como si estuvieran pintadas en una cúpula que giraba despacio. Pero unas pocas no. Unas pocas se desplazaban por su cuenta, adelantaban a las demás, a veces incluso parecían dar marcha atrás durante unas semanas. A esas luces rebeldes, que no seguían el orden del resto, las llamaron vagabundas.

Me hace gracia pensar que el universo de Mike Sain't Louis se llame precisamente así, Planeta Gayfolk. Un sitio que no sigue el orden general, que va por su cuenta, que a veces parece retroceder para luego avanzar. Mike, que se presenta como «el primer cantautor IA», es letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), y en sus vídeos los planetas aparecen una y otra vez: rosas, enormes, vistos desde muy cerca o desde muy lejos. Esta nota se detiene en ellos, y empieza por «Punto muerto», la canción que más se siente perdida en el espacio.

Uno entre millones

«Punto muerto» arranca mirando hacia arriba. «Entre tantas constelaciones, galaxias y estrellas», dice el primer verso, y ya con eso dibuja la escala del problema. El cielo está lleno. Hay miles de millones de luces. ¿Cómo va a destacar una sola?

Mike Sain't Louis con gorra azul y camiseta negra con letras rojas, ante un escenario con un foco rosa y un planeta con anillos, junto al verso «Entre tantas constelaciones, galaxias y estrellas» de «Punto muerto»

La pregunta llega en el verso siguiente, y es una de las más bonitas del disco por un detalle gramatical. El narrador se pregunta cómo va a ser él «la que de un brillo especial». La, en femenino. Y dos versos después vuelve sobre la misma idea en masculino: cómo va a ser «el que solo suelte la verdad». Ese baile entre la y el, entre femenino y masculino, sin dar explicaciones, es muy de Planeta Gayfolk. El yo de la canción no se ata a un solo género gramatical. Cambia según el verso, como un planeta que cambia de posición en el cielo según la noche.

La segunda estrofa repite la estructura pero baja del cielo a la tierra. Ya no son constelaciones, sino personas: «Entre tantos falsos amores, amigos, parejas». Ahí está el verdadero universo del que habla la canción. Un mundo de relaciones en las que uno ya no sabe en quién confiar, donde la verdad propia parece una luz pequeña perdida entre muchas luces falsas.

Un estribillo que se para

Y entonces la canción hace algo muy raro. El estribillo se rompe. Cada palabra ocupa su propia línea: «Y es que estoy / En / Un / Punto / Muerto». Leído así, en la letra publicada, parece un telegrama, o una respiración entrecortada. Escuchado, se convierte en una frase que avanza a trompicones, que se detiene en cada sílaba como un coche al que se le cala el motor.

Es exactamente lo que describe. Un punto muerto es el momento en que la marcha no engrana y el vehículo no avanza ni retrocede. En mecánica es un estado neutro; en la vida, una sensación angustiosa de bloqueo. Y la canción lo convierte en forma: el estribillo no fluye porque quien lo dice tampoco puede fluir.

Lo que viene después es lo más duro de toda la letra: la sospecha de que uno solo estorba. El narrador confiesa que a veces piensa «Que solo / Molesto». Que hace perder el tiempo a todo el mundo con su «Lamento». Es un pensamiento que conoce cualquiera que haya pasado por una depresión: la convicción, falsa pero muy convincente, de que los demás estarían mejor sin uno.

Figuras de espaldas frente a las galaxias

El vídeo de «Punto muerto», estrenado el 22 de mayo de 2025, es breve y casi inmóvil, y su paisaje es el espacio profundo. En varios planos, una figura vestida de oscuro aparece de espaldas, enmarcada entre muros de piedra antigua, mirando una galaxia violeta que estalla en luz delante de ella. En otro, la misma figura queda pequeña frente a dos espirales enormes, una azul y otra dorada, que giran en mitad de la negrura.

Fotograma del videoclip de «Punto muerto»: una figura de abrigo oscuro, de espaldas, entre dos muros de piedra antigua frente a una galaxia violeta que estalla en luz, junto a tres miniaturas con otra figura ante galaxias, alguien que cruza el vacío sobre una esfera rosa y una silueta ante dos espirales

Son imágenes que traducen el primer verso de la canción sin necesidad de palabras. Un ser humano, de espaldas, sin rostro, ante la inmensidad. No sabemos qué piensa. Solo vemos su silueta recortada contra miles de millones de estrellas, y entendemos al instante esa pregunta de cómo destacar entre tantas luces.

Lo interesante es que la figura no huye. Se queda mirando. No da la espalda a las galaxias, sino a nosotros. Hay algo de valentía en ese gesto: aceptar la propia pequeñez y, aun así, sostener la mirada al universo.

La esfera rosa

Y luego está el planeta. En la parte central del vídeo aparece una esfera rosada, de superficie suave y algo moteada, que ocupa la mitad inferior de la imagen como un horizonte curvo. Sobre ella, muy arriba, una figura diminuta avanza por el vacío sobre una línea finísima, en equilibrio, con un resplandor blanco detrás que parece una estrella cercana.

La imagen funciona como un comentario perfecto del título. Quien camina por ahí no está ni en el planeta ni lejos de él. Está suspendido, en tránsito, sin poder detenerse del todo ni llegar a ningún sitio. Un punto muerto en el sentido más literal: entre dos lugares, sin tocar ninguno.

El rosa del planeta es, además, el color del universo Gayfolk. Es como si la figura caminara por encima de su propio mundo sin atreverse todavía a aterrizar en él. Lo ve, lo tiene debajo, sabe que está ahí. Pero sigue arriba, en la cuerda, sin bajar.

Un mundo que gira en la oscuridad

El segundo planeta de esta nota es mucho más grande y mucho más extraño. Está en el videoclip de «Ya no te quiero», del 11 de noviembre de 2024, uno de los primeros vídeos del catálogo. En varios planos aparece una esfera enorme flotando en el espacio negro, con la superficie cubierta de remolinos rosas, fucsias y violetas que se enroscan como si fueran mármol fundido o nubes de una tormenta perpetua.

En algunos planos se ve el planeta entero, iluminado de lado, con la mitad en sombra. En otros, la cámara se acerca tanto que solo queda la curva de su horizonte, y por detrás asoma un sol que tiñe de naranja el borde de la atmósfera. Es un amanecer visto desde el espacio, sobre un mundo que no existe y que, sin embargo, parece tener su propio clima, sus propias estaciones, su propia vida.

Me fascina que este planeta aparezca en una canción titulada «Ya no te quiero». Es como si, después de una despedida, alguien descubriera que hay mundos enteros esperando ahí fuera. Mundos de colores imposibles que siguen girando aunque nadie los mire, igual que la vida sigue después de dejar de querer a alguien.

Platillos sobre un estadio

El tercer planeta es casi una luna, y aparece en mitad de una invasión. En el videoclip de «Spoiler», que llegó a YouTube el 18 de febrero de 2025, hay un tramo que parece sacado de una película de ciencia ficción de los años cincuenta. Sobre un recinto de gradas iluminadas, un astro rosa gigantesco ocupa el cielo, rodeado de cientos de pequeñas formas oscuras que flotan a su alrededor como confeti, mientras platillos volantes con luces verdes sobrevuelan la escena.

Fotograma del videoclip de «Spoiler»: un astro rosa gigantesco sobre un estadio de gradas iluminadas, rodeado de formas oscuras que flotan y platillos volantes con luces verdes, junto a tres miniaturas con siluetas bajo naves y rayos de luz

En otros planos del mismo vídeo, las naves se acercan entre nubes rosas, lanzan haces de luz y siembran el desconcierto entre siluetas que corren por un campo nocturno. Hay jinetes recortados a contraluz bajo un rayo verde, figuras pequeñas que levantan los brazos, máquinas voladoras que planean sobre colinas oscuras.

Es el planeta como espectáculo, como escenario de cine de sábado por la tarde. Y tiene muchísimo humor. Frente a la gravedad melancólica de «Punto muerto», «Spoiler» convierte el espacio en una fiesta de serie B, con extraterrestres, vaqueros y un cielo que parece un decorado de cartón piedra pintado de rosa.

Marcha atrás en el cielo

Los antiguos que bautizaron a los planetas como vagabundos se encontraron con un misterio que tardaron siglos en resolver. Algunos de ellos, como Marte, avanzaban noche tras noche por el cielo en una dirección y, de pronto, se detenían, daban la vuelta y retrocedían durante varias semanas, dibujando un pequeño lazo antes de seguir su camino. Parecía que el planeta se arrepintiera, que dudara, que volviera sobre sus pasos.

Hoy sabemos que ese retroceso es una ilusión. Marte nunca da marcha atrás. Lo que ocurre es que la Tierra, que gira más deprisa en una órbita más interior, le adelanta, y desde aquí parece que el otro retrocede. Es como cuando vas en un tren y el de la vía de al lado, que va más despacio, parece moverse hacia atrás.

Me parece una imagen muy útil para quien está saliendo de un mal momento. Hay semanas en las que todo parece retroceder: vuelven la tristeza, el insomnio, las ganas de no salir de casa. Uno piensa que ha perdido todo lo avanzado. Pero muchas veces es un lazo, no una vuelta atrás. Un tramo de la órbita en el que, visto desde fuera, parece que no avanzas. Y luego, sin que sepas muy bien cómo, el camino sigue hacia delante. El punto muerto de la canción también puede ser eso: no un final, sino el momento quieto en mitad del lazo.

Mundos que no titilan

Hay una forma sencilla de distinguir un planeta de una estrella a simple vista: las estrellas parpadean y los planetas no. Las estrellas están tan lejos que su luz llega como un punto finísimo, y cualquier turbulencia del aire la hace temblar. Los planetas, más cercanos, se ven como pequeños discos, y su luz atraviesa la atmósfera con más firmeza. Por eso brillan quietos, sin ese titileo nervioso.

Me parece una imagen preciosa para leer «Punto muerto». El narrador se pregunta cómo va a destacar entre tantas estrellas. Quizá la respuesta es que no necesita parpadear más fuerte que las demás. Quizá basta con brillar quieto, con una luz propia que no tiembla, aunque sea más pequeña. Los planetas no siempre son las luces más intensas del cielo, pero son las que se reconocen enseguida, precisamente porque no titilan.

Cinco mil mundos

Hace apenas tres décadas, no sabíamos con certeza si existían planetas alrededor de otras estrellas. Era una sospecha razonable, pero nadie había encontrado ninguno. Desde mediados de los noventa, la cifra no ha dejado de crecer, y hoy los astrónomos tienen confirmados más de cinco mil planetas fuera del sistema solar. Hay mundos gigantes de gas más grandes que Júpiter, rocas ardientes pegadas a su estrella, planetas helados en órbitas lejanísimas, y algunos que podrían tener agua líquida.

La lección es humilde y esperanzadora a la vez. Durante siglos pensamos que nuestro sistema era especial, quizá único. Luego resultó que el universo está lleno de mundos, cada uno distinto. No hace falta ser el único para tener valor. Cada uno de esos cinco mil planetas es irrepetible a su manera.

Eso le diría yo al narrador de «Punto muerto», que se siente uno más entre tantas luces. Ser uno entre millones no te hace prescindible. Te hace parte de algo enorme, en lo que cada pieza tiene su propia órbita, su propio color, su propio clima.

Ni demasiado cerca ni demasiado lejos

Los astrónomos que buscan vida en otros mundos hablan de una franja muy concreta alrededor de cada estrella, a la que llaman zona habitable. Si un planeta gira demasiado cerca de su sol, el agua se evapora y la superficie se convierte en un horno. Si gira demasiado lejos, todo se congela. Solo en una banda intermedia, ni muy cerca ni muy lejos, el agua puede mantenerse líquida y la vida tiene alguna oportunidad.

Mike Sain't Louis con camiseta de tirantes de camuflaje y tatuajes, en un callejón nocturno de piedra con un espejo dorado, junto al verso «Como voy a ser yo el que solo suelte la verdad»

Las relaciones humanas tienen también su zona habitable. Hay vínculos que queman porque están demasiado pegados, sin aire, sin espacio propio, como un planeta que roza su estrella. Y hay otros que se enfrían porque la distancia es tan grande que ya no llega el calor. Lo sano suele estar en medio: cerca para sentir, lejos para respirar.

La segunda estrofa de «Punto muerto» habla de amores, amistades y parejas falsas. Muchas veces, esas relaciones fallidas son precisamente las que no supieron encontrar esa franja. Personas que se acercaron tanto que no dejaron espacio, o que se mantuvieron tan lejos que nunca dieron calor de verdad. Reconocerlo ayuda a buscar, la próxima vez, una órbita distinta.

Lo que sostiene la gravedad

Un planeta no está quieto porque sí. Lo sostiene la gravedad de su estrella, una fuerza invisible que lo mantiene en su órbita año tras año, impidiendo que salga disparado hacia el vacío. Y a su vez, el planeta sostiene a sus lunas, que giran a su alrededor atadas por esa misma fuerza. Todo en el espacio está conectado por hilos que no se ven.

En el vídeo de «Canguros» hay un plano que lo muestra muy bien: la Tierra azul colgada sobre el horizonte gris de la luna, vista desde el suelo de cráteres por donde saltan los canguros. Las dos esferas, una grande y otra pequeña, unidas por algo que no se percibe pero que no se rompe.

A las personas nos pasa algo parecido. Nos sostienen fuerzas invisibles: un amigo que llama cada domingo, una hermana que pregunta, un profesional que nos espera cada quince días. Cuando uno está en un punto muerto, parece que no le sujeta nada. Pero casi siempre hay alguna gravedad cerca, aunque cueste notarla.

Pensar que solo molestas

Vuelvo a ese verso tan duro, el del narrador que cree que solo molesta. Conviene decirlo con todas las letras: ese pensamiento es un síntoma, no una verdad. La depresión tiene la costumbre de susurrar que eres una carga, que los demás se cansarán de ti, que les haces perder el tiempo. Y lo susurra con tanta insistencia que acaba pareciendo un hecho.

Mike ha convivido con ese susurro durante mucho tiempo. Lo ha contado varias veces: pasó unos veinte años en dos relaciones sucesivas con hombres narcisistas, y cuando decidió denunciar lo que vivía, ellos consiguieron que parte de su entorno le diera la espalda. Llegó a estar a punto de quitarse la vida. Ahora le atiende un equipo de profesionales de la salud mental, que le ha diagnosticado estrés postraumático, una depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y trastorno evitativo de la personalidad. Escribir y producir canciones forma parte de lo que le mantiene en pie.

Si tú también oyes ese susurro, no le hagas caso a solas. Díselo a alguien que te quiera, a tu médico, a una psicóloga. En España, el 024 está pensado para cualquier persona con pensamientos suicidas o preocupada por alguien: no se paga, no queda registrado tu nombre y siempre hay alguien al otro lado de la línea. Si la situación es de vida o muerte en este momento, llama al 112.

Un planeta que se descubre

Hay un último planeta del que hablar, y es el que da nombre a todo. El primer disco de la trilogía se titula «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». La palabra importante es descubierto. No inventado, no construido: descubierto. Como si ese mundo hubiera estado siempre ahí, girando en algún rincón del cielo, esperando a que alguien apuntara el telescopio en la dirección correcta.

Me parece una idea muy bonita para un universo LGTBI. Los espacios donde uno puede ser quien es no se fabrican de la nada. Existen desde siempre, en la gente, en los afectos, en los rincones donde nos encontramos. Lo que hace falta es encontrarlos. Y cuando por fin se descubren, uno tiene la sensación de que llevaban toda la vida esperándole.

Nombres de dioses, colores de casa

Los planetas del sistema solar llevan nombres de dioses antiguos: el mensajero, la diosa del amor, el dios de la guerra, el rey del Olimpo, el señor del tiempo. Fueron bautizados por gente que miraba el cielo buscando historias, y que veía en cada luz errante un carácter. El planeta rojizo tenía que ser guerrero; el más luminoso del atardecer, amoroso; el más lento, viejo y sabio.

Los planetas de Planeta Gayfolk no tienen nombres oficiales, pero tienen colores que hablan igual de claro. El rosa pálido de «Punto muerto» es el color de una piel tímida, de alguien que todavía no se atreve a aterrizar. El fucsia arremolinado de «Ya no te quiero» es el color de una emoción que se mueve por dentro sin parar. El magenta de «Spoiler» es el de la fiesta, el de la noche de cine con palomitas. Cada uno es un carácter, como aquellos dioses. Y cada uno cuenta, sin decir palabra, un estado de ánimo distinto del mismo universo.

Rosas en el espacio

En la estética del planeta, el rosa lo inunda todo, y los planetas no son una excepción. La esfera de «Punto muerto» es rosa pálido; el mundo de «Ya no te quiero», fucsia y violeta; el astro de «Spoiler», magenta intenso. Contra el negro del espacio, esos rosas parecen todavía más vivos, como un neón encendido en una calle oscura.

Es una decisión estética con mucho sentido. En el imaginario de la ciencia ficción clásica, el espacio era frío: azules, grises, metales. Planeta Gayfolk lo pinta de rosa, el color que durante décadas se asoció a lo blando, a lo cursi, a lo que no merecía respeto. Llevarlo al cosmos es reclamarlo, darle tamaño de planeta.

Escucharlas y llevártelas

«Punto muerto» y «Spoiler» pertenecen a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», y «Ya no te quiero» al primer disco. Todas se escuchan enteras en sus fichas, y hay muchas más en canciones. Las tres se descargan gratis desde la tienda de gayfolkplanet.com o desde mikesaintlouis.com/descargas. «Punto muerto» está también en Spotify, y su vídeo se ve completo en su página, igual que el de «Ya no te quiero». Hay más información para periodistas en prensa.

Bajar de la cuerda

Me imagino la continuación del vídeo de «Punto muerto». La figura que camina sobre la línea finísima llega por fin al final del trayecto, se detiene, mira hacia abajo. Debajo está la esfera rosa, suave, esperando. Y en lugar de seguir en equilibrio, en tránsito, sin tocar nada, decide saltar.

No es una caída. Es un aterrizaje. Los pies tocan la superficie rosada, levantan un poco de polvo que reluce, y la figura se queda de pie sobre su propio planeta. Arriba siguen las constelaciones, las galaxias, las estrellas, todas esas luces entre las que antes no sabía cómo destacar. Pero ya no importa. Ya no necesita ser la luz más fuerte del cielo. Le basta con estar en su mundo, quieto, como un planeta que no titila.

Preguntas frecuentes

¿En qué vídeos de Mike Sain't Louis aparecen planetas?

En «Punto muerto», donde una figura diminuta avanza por el vacío sobre una esfera rosa y otras se quedan de espaldas frente a galaxias espirales. En «Ya no te quiero», con un mundo de vetas fucsias que gira en la oscuridad y amanece por detrás. Y en «Spoiler», donde un astro rosa enorme preside un estadio mientras llegan platillos volantes.

¿Qué dice «Punto muerto»?

Habla de sentirse pequeño entre muchísimas constelaciones, galaxias y estrellas, y entre muchos amores y amistades falsas, y de no saber cómo destacar ni cómo hacer que te crean. El estribillo se rompe palabra a palabra para describir un estado de bloqueo. Es del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».

¿Cuándo salió el vídeo de «Punto muerto»?

El 22 de mayo de 2025. Es uno de los más cortos del catálogo: dos minutos y treinta y seis segundos.

¿Dónde las escucho gratis?

En sus fichas de gayfolkplanet.com suenan enteras; para bajarlas sin pagar están la tienda de la web y mikesaintlouis.com/descargas. También se encuentran en Spotify.

¿Y si siento que solo molesto?

Ese pensamiento es frecuente en la depresión y no dice la verdad sobre ti. Cuéntaselo a alguien de confianza o a un profesional. En España, el 024 atiende gratis y a cualquier hora a quien piensa en el suicidio; si hay peligro inmediato, el 112.

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