Letras
Una galleta de estrella en un vaso de leche, un algodón de azúcar sobre las colinas y un eterno Kit Kat: los dulces de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay una ciencia muy antigua que nadie estudia en la universidad: la de los dulces de consuelo. Todo el mundo la conoce. Sabe que después de un examen suspendido apetece chocolate, que una tarde de lluvia pide galletas mojadas en leche, que una mala noticia se digiere un poco mejor con algo dulce entre los dedos. No arregla nada, claro. Pero acompaña. Durante un minuto, el azúcar ocupa el sitio de la pena.
En Planeta Gayfolk también hay dulces. Los ha ido colocando Mike Sain't Louis, a quien conviene presentar como «el primer cantautor IA», es decir, letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En sus vídeos y en sus letras aparecen una galleta con forma de estrella que se hunde en un vaso de leche, una nube rosa y azul que parece algodón de feria, helados de verano y, sobre todo, una chocolatina que alguien pide para siempre. Este paseo goloso empieza por la canción donde está esa chocolatina: «Me rindo».
Un eterno Kit Kat
«Me rindo» es una canción triste. Habla de abrir el corazón de verdad, de quedarse desarmado ante alguien que parece comprenderte, y de lo que queda cuando todo eso se rompe. Pero en mitad del desastre aparece un verso que siempre me hace sonreír: «necesito un eterno Kit Kat,». Así, con nombre de marca, con la concreción de quien está tirado en el sofá con la mantita y sabe exactamente lo que le falta.

Me parece uno de los gestos más honestos del catálogo. Cuando algo sale mal, uno no siempre pide grandes cosas. No pide justicia, ni explicaciones, ni que el mundo cambie. Pide una chocolatina. Una barrita de oblea y chocolate que se parte en cuatro con un crujido, y que en este caso, además, no se termine nunca. Un consuelo infinito en formato de quiosco.
Y justo después llega el estribillo: «y me rindo, y sigo temblando siempre.». El contraste es enorme. Del capricho goloso se pasa sin transición a la rendición, al temblor, a la sensación de no poder más. Esa yuxtaposición dice mucho sobre cómo funcionan los días malos: el humor y el derrumbe conviven, se alternan en la misma frase, y a veces lo único que separa uno del otro es un envoltorio rojo.
La ciencia del capricho
¿Por qué buscamos lo dulce cuando estamos mal? Hay explicaciones biológicas que se repiten mucho: el azúcar da energía rápida, el chocolate tiene sustancias que el cerebro agradece, comer algo rico libera un pequeño chute de bienestar. Todo eso es cierto en parte. Pero creo que la razón más poderosa es otra, y tiene que ver con la memoria.
Los dulces son, casi siempre, recuerdos de cuidado. La merienda que alguien preparaba al volver del colegio. La tarta de un cumpleaños. El bombón que una abuela sacaba del bolso. El chocolate caliente de una tarde de invierno. Cuando de mayores buscamos azúcar en un mal momento, en realidad estamos buscando esa sensación de que alguien nos cuidaba, de que el mundo era un lugar donde había meriendas.
Por eso el verso de «Me rindo» funciona tan bien. Pedir un Kit Kat eterno es pedir que alguien te cuide para siempre, que el consuelo no se acabe al terminar la última barrita. Es una petición infantil y adulta a la vez, ligera en la forma y profunda en el fondo.
Ya me has ganado
Antes del Kit Kat, la canción cuenta cómo se llega hasta ahí. Empieza en un momento de máxima vulnerabilidad: alguien abre el corazón de verdad, se desmonta en cuarenta piezas para que la otra persona lo vea entero. Y en ese instante exacto, cuando se siente comprendido y abrazado, cae rendido: «ya me has ganado, ya me has enamorado,».
Es un verso precioso porque describe el enamoramiento como una derrota dulce. Ganar a alguien, en este sentido, no es vencerle; es conquistarle a fuerza de escucharle. Y quien ha vivido algo así sabe que ese momento tiene algo de azúcar: una euforia que se siente en el estómago, un mareo agradable, la sensación de haber encontrado por fin algo que sabía bien.
El problema, claro, es que el azúcar se acaba. Y cuando la canción gira hacia la herida, el consuelo que pide es precisamente otro dulce. Como si quisiera recuperar con chocolate el sabor que se ha perdido.
La galleta de estrella
El vídeo de «Lai» es uno de los más suaves del universo de Mike. La canción apenas tiene palabras: una nana hecha de sílabas que se repiten, «Lara-li, loora-li, Lai...», y unas pocas palabras sueltas en inglés que hablan de sueño, de brillo, de silencio. Sus imágenes recorren campos de lavanda, una bicicleta, globos dorados, casas de cristal. Y en un momento aparece una galleta.

Es una galleta dorada con forma de estrella, de esas de mantequilla con agujeritos en la superficie. Primero flota sobre un fondo claro, color crema, rodeada de destellos: estrellitas blancas, puntos de luz rosa, pequeños brillos que caen como confeti. Parece un dulce recién salido del horno de un hada. Y luego, en el plano siguiente, la galleta está dentro de un vaso de leche.
Ese vaso es una de las imágenes más tiernas del catálogo. La galleta flota en la superficie blanca, rodeada de burbujas de color violeta que suben y bailan alrededor, como si la leche estuviera celebrando algo. No hay nadie en el plano. Solo el vaso, la estrella dorada, las burbujas. Y sin embargo todo el mundo sabe quién está fuera de cuadro: alguien a punto de merendar.
Mojar la galleta
Mojar galletas en leche es un ritual con reglas propias. Hay quien las hunde enteras y las saca rápido, antes de que se deshagan. Hay quien las deja empaparse hasta que se doblan. Hay quien usa una cuchara para rescatar los trozos que se caen al fondo. Y hay un momento de tensión cuando la galleta, demasiado blanda, se parte y se pierde en el vaso. Cualquiera lo ha vivido.
La galleta de «Lai» flota, no se hunde. Está en ese punto perfecto en que todavía conserva su forma pero ya ha empezado a absorber la leche. Es un equilibrio delicado, que dura muy poco. Unos segundos más y la estrella se desharía.
Me gusta leerla como una imagen de la calma que la canción busca. «Lai» es una nana, y las nanas existen para ese momento intermedio entre la vigilia y el sueño, cuando todavía no te has dormido pero ya te estás ablandando. La galleta en la leche es exactamente eso: algo que se rinde despacio, sin dramatismo, al calor de lo que la rodea.
Burbujas violetas
Las burbujas merecen un párrafo aparte. En la leche de verdad no hay burbujas violetas, por supuesto. Son un añadido de fantasía, una forma de decir que este vaso pertenece a otro mundo. Y su color no es casual: el violeta, el lila, el malva aparecen una y otra vez en «Lai», desde los campos de lavanda hasta los cielos del atardecer.
Algunas burbujas son grandes y relucientes como canicas; otras, pequeñas como perlas. Suben desde el fondo, rodean la galleta, se escapan por el borde del vaso. Tienen algo de pompas de jabón y algo de caramelos. Si alguien las probara, uno imagina que sabrían a uva o a violeta de las de antes, esos caramelitos que se vendían en Madrid y que tenían un sabor a flor tan raro como inolvidable.
El quiosco de la esquina
El Kit Kat de la canción tiene un lugar natural: el quiosco. Ese pequeño templo de barrio donde se compraban chucherías a peso, periódicos, cromos y tabaco, y donde el quiosquero sabía de memoria lo que pedía cada cliente. Muchos de esos quioscos han ido cerrando, pero el gesto sigue vivo en las máquinas expendedoras de las estaciones, en las cajas de los supermercados, en la gasolinera a medianoche.
Las chocolatinas son el dulce del impulso. No se planifican. Uno pasa por delante, ve el envoltorio, siente el pequeño tirón y la compra casi sin pensar. Por eso son tan buenas para los momentos de bajón: no exigen preparación, no hay que encender el horno ni esperar. Están ahí, a mano, listas para abrirse con un ruido de papel que ya es en sí mismo un consuelo.
Lo curioso del verso de «Me rindo» es que convierte ese dulce de impulso en algo eterno. Lo más pasajero del mundo, una barrita que dura tres bocados, transformado en un deseo sin final. Es una exageración, por supuesto, y tiene gracia. Pero también dice algo verdadero sobre la pena: que a veces uno quisiera que el alivio no se acabara nunca, aunque sepa perfectamente que se va a acabar.
Recetas para un mal día
Si hubiera un recetario de Planeta Gayfolk para los días torcidos, quizá tendría estas entradas. Primero, una galleta de mantequilla con forma de estrella, mojada en leche templada justo el tiempo necesario para que se ablande sin romperse. Segundo, un algodón de azúcar rosa y azul, comido al aire libre, mirando colinas verdes, sin prisa. Tercero, una chocolatina partida en dos, una mitad para ti y otra para quien esté a tu lado.
Y luego, fuera del recetario, las cosas que ningún dulce sustituye: dormir lo suficiente, salir a que dé el sol, llamar a alguien que te quiera, pedir ayuda cuando el temblor no se pasa. Los dulces son un buen acompañamiento, pero no pueden ser el plato principal. Quien lleva semanas buscando en el azúcar lo que no encuentra en ninguna otra parte quizá necesite otra clase de cuidado.
Lo bonito de las canciones de Mike es que no fingen lo contrario. No venden la chocolatina como solución. La ponen ahí, en mitad de una letra dolorosa, con humor y sin vergüenza, y dejan que el oyente entienda solo lo que significa: que incluso en el peor momento hay espacio para un pequeño placer, y que ese placer no borra el dolor, pero lo vuelve un poco más soportable.
La estrella que se ablanda
Hay una última cosa que me gusta de la galleta de «Lai». Su forma. De todas las figuras posibles, los moldes de galletas eligen muchas veces la estrella, quizá porque es la más fácil de reconocer, quizá porque tiene algo de deseo, de cielo nocturno, de noche de Reyes. Una estrella que se come es una estrella que se puede tener en la mano.
En un universo como el de Mike, lleno de planetas, galaxias y constelaciones, esa galleta es la estrella más cercana. No hay que viajar años luz para alcanzarla. Basta con estirar el brazo hacia el vaso de leche. Y cuando se ablanda y se deshace, no se pierde: se convierte en parte de la merienda, en sabor, en calor, en un momento de calma antes de dormir.
Algodón de azúcar sobre las colinas
En el vídeo de «Ya no te quiero» hay un objeto que parece salido de una feria. Sobre un paisaje de colinas verdes, bajo un cielo azul con el sol brillando a un lado, flota una esfera rosa. Y encima de esa esfera, como si alguien la hubiera coronado, crece una masa esponjosa de color rosa y azul, enredada, mullida, exactamente igual que el algodón de azúcar que se compra en los puestos de las verbenas.

En otros planos, esa masa se deshace hacia arriba en una explosión de hebras azules y blancas, como una nube de vapor dulce. Y en otro, una bola de algodón completamente rosa flota sola en el cielo, sin esfera debajo, como un globo que alguien hubiera soltado. Es imposible no pensar en el palito, en los dedos pegajosos, en ese azúcar hilado que se deshace en la lengua antes de que te dé tiempo a masticarlo.
El dulce que desaparece
El algodón de azúcar tiene una propiedad extraña: es casi aire. Una nube enorme de algodón contiene muy poco azúcar de verdad, unas pocas cucharadas estiradas en hebras finísimas. Por eso desaparece tan rápido en la boca. Por eso, también, es tan difícil guardarlo: con la humedad se apelmaza, se encoge, se convierte en una bolita dura y triste.
Me parece significativo que este dulce aparezca precisamente en una canción titulada «Ya no te quiero». El algodón de azúcar es la golosina de lo efímero. Es enorme, vistoso, rosa, y al mismo tiempo no dura nada. Muchos amores son así: ocupan muchísimo espacio, llenan la vista, y luego, cuando se les da un bocado, resulta que había más aire que sustancia.
El vídeo de «Ya no te quiero» tiene además bosques rosas, cohetes y mundos con vetas fucsias. Pero esa bola de algodón sobre las colinas es su imagen más golosa, y quizá la más melancólica.
Helados en el paseo
No todos los dulces del planeta están ligados a la tristeza. En el vídeo de «Me gusta el verano» hay paseos marítimos, patines y helados, todo lo que una tarde de agosto puede tener de feliz. Ahí el azúcar no consuela de nada: simplemente acompaña la alegría, como un cucurucho que gotea por la muñeca mientras se camina junto al mar.
Es bueno recordar que los dulces también son eso. No solo el remedio de los días torcidos, sino la fiesta de los días buenos. El helado de verano, la tarta de cumpleaños, el roscón compartido. Comer algo dulce con otras personas es una de las formas más antiguas de celebrar que estamos vivos.
Cuando el dulce no alcanza
Pero vuelvo a «Me rindo», porque su Kit Kat lleva detrás algo serio. La canción no habla de un enfado pasajero. Habla de temblar, de estar llorando mientras se escribe, de sentirse pisado. El dulce que se pide es un consuelo pequeño frente a un dolor grande, y la letra sabe que no alcanza.
Mike sabe bien lo que es eso. Pasó cerca de veinte años atrapado en dos relaciones seguidas con hombres narcisistas, y cuando consiguió contarlo, descubrió que ellos se habían adelantado a convencer a parte de su entorno de su propia versión. Aquello le llevó al borde del suicidio. Hoy cuenta con la ayuda de varios profesionales de la salud mental, que le han diagnosticado estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y un trastorno de la personalidad evitativo. Las canciones son, para él, algo más duradero que cualquier chocolatina: una manera de ordenar el caos.
Si te reconoces en esa escena del sofá y el dulce que no basta, no te quedes solo con el envoltorio. Habla con alguien. Cuéntaselo a una amiga, a tu hermano, a tu médica de cabecera. Si alguna vez te ronda la idea de quitarte la vida, en España puedes llamar al 024: es gratuito, confidencial y te atienden a cualquier hora, también de madrugada. Si la situación es de peligro inmediato, el 112.
La merienda como refugio
Hay algo que todos estos dulces del planeta tienen en común: son meriendas. Ninguno es un postre de restaurante elegante ni una tarta de boda. Son cosas sencillas, de casa o de feria: una galleta, un vaso de leche, un algodón de azúcar, una chocolatina, un helado. Golosinas que se comen con las manos, sin ceremonia, muchas veces a solas.

La merienda es una comida rara. No es obligatoria, como el almuerzo o la cena. Es un capricho a media tarde, un paréntesis entre obligaciones. En muchas casas era el momento más tranquilo del día: se volvía a casa, se dejaba la mochila, se sacaba el pan con chocolate o las galletas, y durante un rato no pasaba nada. Ese «no pasa nada» es un tesoro que se valora mucho más con los años.
Quizá por eso estos dulces aparecen en el universo de Mike como pequeños refugios. En medio de canciones sobre rupturas, cansancios y desengaños, una galleta de estrella o una nube de algodón son lugares donde descansar un momento. Islas de azúcar en un mar más bien amargo.
Rosa caramelo
La paleta de Planeta Gayfolk tiene mucho de pastelería. Rosas de chicle, fucsias de fresa ácida, violetas de caramelo de flor, cremas de mantequilla, azules de algodón de feria. A veces, al mirar sus portadas y sus escenarios, uno tiene la sensación de estar dentro de una caja de bombones o de un escaparate de confitería.
No creo que sea casual. Esos colores dulces sirven de contrapeso a letras que muchas veces son duras. Es la vieja estrategia de la cucharada de azúcar que ayuda a tragar la medicina: un tema sobre el maltrato o la depresión envuelto en rosa caramelo se escucha de otra manera, entra con más suavidad, se queda más tiempo.
Sabores de infancia
Casi todos tenemos un dulce que nos devuelve a una edad concreta. Las palmeras de chocolate de la panadería del barrio. Los regalices rojos que se compraban sueltos. Las galletas de mantequilla de la lata azul que luego servía para guardar los hilos de coser. Los chicles de fresa que venían con un cromo. Esos sabores son máquinas del tiempo más eficaces que cualquier fotografía.
La galleta de «Lai» tiene algo de eso. Su forma de estrella, sus agujeritos, su color dorado remiten a esas galletas de cumpleaños o de Navidad que se hacían con moldes. Y el vaso de leche es la merienda por excelencia. Mirar ese plano es, para mucha gente, volver por unos segundos a una cocina con hule en la mesa y la radio puesta.
Lo que se queda en la boca
Los dulces tienen otra particularidad: dejan sabor. Después de comer chocolate, durante un rato, la boca recuerda. Después del algodón de azúcar, quedan los labios pegajosos. Después de la galleta mojada, un rastro de mantequilla. Ese regusto es lo último que se va.
Las canciones también funcionan así. Uno puede terminar de oír «Me rindo» y seguir con el estribillo en la cabeza durante horas, ese «y me rindo» repetido que se queda pegado como el caramelo a los dientes. O tararear sin querer el «Lara-li» de «Lai» mientras friega los platos. El regusto de una melodía es su forma de seguir acompañándonos cuando ya ha terminado.
Para escucharlas y descargarlas
«Me rindo» forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Todas las canciones mencionadas aquí se pueden oír completas en sus fichas, y el resto del universo musical está reunido en la sección de canciones. Para llevárselas sin pagar nada están la tienda de gayfolkplanet.com y la página de descargas de mikesaintlouis.com. «Me rindo» también se escucha en Spotify, y el vídeo de «Lai» está entero en su página. Medios y periodistas tienen los datos en prensa.
Una barrita más
Vuelvo al sofá, a la manta, al envoltorio rojo. A esa persona que, después de que todo saliera mal, pide un Kit Kat eterno. Me gustaría sentarme a su lado y partir la barrita en dos. No para arreglar nada, porque el chocolate no arregla nada, sino para que no la coma sola.
Porque al final ese es el secreto de los dulces de consuelo: saben mejor compartidos. La galleta de estrella en la leche, el algodón rosa sobre las colinas, el helado del paseo marítimo. Todos tienen fuera de cuadro a alguien que los ofrece o a alguien con quien comerlos. Y quizá esa compañía, más que el azúcar, sea lo que de verdad hace que el temblor, poco a poco, se calme.
Preguntas frecuentes
¿Qué dulces aparecen en los vídeos de Mike Sain't Louis?
En «Lai» hay una galleta con forma de estrella que flota primero entre destellos y luego dentro de un vaso de leche con burbujas violetas. En «Ya no te quiero» aparece una esfera rosa coronada por una masa esponjosa rosa y azul que recuerda al algodón de azúcar. Y en la letra de «Me rindo» se pide una chocolatina eterna.
¿Qué significa el verso del Kit Kat en «Me rindo»?
Es un momento de humor en mitad de una canción triste: cuando algo ya ha salido mal, el narrador pide un consuelo pequeño y cotidiano, una chocolatina que no se acabe nunca. Justo después llega el estribillo, que habla de rendirse y de seguir temblando.
¿Cuándo se publicó el vídeo de «Me rindo»?
El 14 de marzo de 2025. Dura algo más de tres minutos y la canción forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».
¿Dónde puedo escuchar o bajar estas canciones?
Cada una tiene su ficha en gayfolkplanet.com para oírla completa. Se descargan gratis desde la tienda de la web y desde mikesaintlouis.com/descargas, y están en Spotify.
¿Qué hago si busco consuelo en la comida porque estoy mal?
Es muy humano, pero si la tristeza no se va, merece la pena hablarlo con alguien de confianza o con un profesional. Si aparecen pensamientos de suicidio, en España el 024 responde gratis y a cualquier hora; ante un peligro inmediato, el 112.