Letras
Una isla que humea en mitad del mar, ríos naranjas entre casas bajas y una guagua verde en llamas: los volcanes de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Un volcán es, antes que nada, una noticia que llevaba siglos preparándose. Debajo de la tierra, a kilómetros de profundidad, la roca se funde despacio, se acumula, empuja. Durante generaciones nadie nota nada: se cultivan viñas en la ladera, se construyen casas, se celebran bodas en la plaza. Y un día la montaña tiembla, se abre una grieta y lo que estaba abajo sale de golpe, a mil grados, por el sitio más inesperado.
Por los videoclips de Mike Sain't Louis pasan varios volcanes, y casi nunca están para hacer bonito. Hay un cono negro que escupe fuego de noche, una isla que humea en mitad del mar, ríos naranjas que se meten entre los tejados de un pueblo, una guagua que arde en la carretera. Mike Sain't Louis se presenta como «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En su planeta, el volcán es la imagen más clara de algo que conoce bien: lo que se aguanta por dentro hasta que ya no cabe. Esta nota junta esas erupciones, y empieza por la canción que más tiempo les dedica.
Una canción sobre no poder mirar
«Como a mi chihuahua» pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la entrega central de su trilogía de discos. Es una canción breve, casi una confesión hablada, y arranca con un anuncio que se repite como un mantra: va a explicar, en primera persona y sin adornos, «por qué no veo las noticias».
Lo que sigue es una lista de motivos. Las injusticias le pesan muchísimo. Se siente desenchufado del «mundo real». Le desarma ver llorar a cualquiera. Y luego llega la frase más sincera de todas, la que hace sonreír por lo humana que es: las grandes catástrofes prefiere conocerlas con retraso, por una red social, cuando ya han pasado un par de meses.
Quien haya pasado por una temporada de mucha ansiedad entiende esa frase sin explicaciones. Hay épocas en que el telediario es insoportable, en que cada catástrofe del mundo se siente como propia, en que una imagen de alguien llorando en una pantalla puede estropear la tarde entera. Apagar la tele no es frivolidad: es una forma de protegerse cuando la piel está demasiado fina.
Y aquí está lo curioso. Para contar a alguien que no puede mirar las desgracias, el videoclip le pone delante la desgracia más grande que se puede filmar: un volcán en plena erupción.
La piel demasiado fina
Hay personas que lo sienten todo a todo volumen. Un portazo en el piso de arriba les acelera el pulso, una discusión ajena en el metro les deja mal cuerpo durante horas, una foto de un perro abandonado les arruina la mañana. No es exageración ni pose. Es una manera de estar en el mundo con menos capas de protección que la media, como si a uno le hubieran quitado la piel de fábrica y le hubieran dejado solo la de debajo.

«Como a mi chihuahua» habla desde ahí. Su protagonista no pide perdón por apartarse de la actualidad; lo cuenta casi con humor, como quien confiesa una manía. Pero detrás de la gracia hay una verdad incómoda: cuando la cabeza ya va cargada, cada tragedia nueva se suma a las anteriores, y no hay sitio donde ponerla. Elegir no mirar es, a veces, la única forma de seguir funcionando.
Y esa piel fina tiene también su lado bueno, que la canción no olvida. La misma persona a la que hunde ver llorar a un desconocido es la que se derrite con la risa de quien quiere. Lo que duele más también se disfruta más. Por eso el vídeo puede pasar en un segundo de la lava a cuatro perritos que olisquean una farola, y las dos cosas resultan igual de intensas.
El cono de la primera noche
El vídeo salió en mayo de 2025 (el día 21) y dura algo menos de cuatro minutos y medio. Empieza con el nombre de la canción, en trazo redondo y tonos de hielo, flotando sobre una cordillera negra de madrugada. Por las laderas bajan hilos de lava, y un rayo cae a la derecha del encuadre.

Unos segundos después aparece el volcán de verdad. Es un cono oscuro, perfecto, de los que se dibujan en las láminas del colegio, con un surtidor anaranjado en la cima que se deshace en humo negro contra un cielo de color ladrillo. A sus pies, la lava se extiende como una red de venas encendidas por todo el valle, ramificada, viva, más intensa en los bordes que en el centro. No hay nadie en ese plano. Solo la montaña y su sangre naranja.
Es una imagen antigua, casi de lámina escolar. Pero tiene una cualidad que la vuelve inquietante: la calma. El cono no estalla. Simplemente sigue echando fuego, con paciencia, como si llevara toda la vida haciéndolo y fuera a seguir así mucho después de que se acabe la canción.
Una guagua verde al pie de la montaña
El vídeo está lleno de palabras de las islas, y la canción también. En la última estrofa aparece una de las más canarias que existen: «guagua», el nombre que allí se da al autobús. La letra la usa para un reproche pequeño y tierno, el de alguien a quien le negaban hasta el beso rápido de la despedida diaria, justo antes de «coger la guagua» por la mañana.
El videoclip convierte ese verso en una de sus imágenes más fuertes. En una calle de edificios de varias plantas, junto a una acera vacía, hay una guagua verde y blanca envuelta en llamas. El fuego le sale por las ventanillas y se levanta en lenguas amarillas por encima del techo. Detrás, al fondo de la calle, se recorta el cono del volcán con su penacho encendido.
La escena vuelve varias veces a lo largo del montaje, y cada vez se entiende un poco mejor. La guagua es la rutina: el trayecto de cada mañana, el beso que no llegaba, la parada de siempre. El volcán, al fondo, es todo lo que esa rutina tapaba. Cuando por fin estalla, lo primero que arde es lo cotidiano.
La isla vista desde arriba
Hay un momento en que la cámara se eleva y el volcán deja de ser una montaña para convertirse en un mapa. Desde muy alto, se ve una isla verde en medio del océano, rajada por cauces anaranjados que nacen bajo un penacho de vapor blanquísimo. Los ríos se abren en abanico, se bifurcan, buscan la costa. Vista así, la erupción tiene algo de dibujo, de raíz de árbol pintada con rotulador fosforito.
Un poco después aparece otro plano aéreo, todavía más hermoso y más terrible. Una isla pequeña de roca negra, casi sin vegetación, flota en un mar azul oscuro. En el centro, un cráter escupe fuego naranja, y de él salen dos columnas de humo, una gris clara y otra negra, que se inclinan con el viento hacia el horizonte. La luz es de amanecer. El agua alrededor está tranquila.
A quien vivió por televisión la erupción de La Palma en 2021 le costará no pensar en aquellas semanas: los informativos abriendo cada noche con la colada, los mapas que crecían, las casas que desaparecían una a una. El vídeo no lo menciona, ni hace falta. Pero esa memoria colectiva le da peso a cada plano.
Ríos entre los tejados
Las imágenes más duras del clip son las de la lava cuando llega al pueblo. Se ve un caserío de casas bajas y blancas, al atardecer, con el cielo cubierto de humo rosado. Por las calles avanzan lenguas naranjas que se cruzan entre sí y rodean las viviendas como si fueran islas. No hay gente en la calle. Solo el resplandor y el humo.

En otro plano, más cerca, un río de roca fundida corre en línea recta entre dos casas de madera con tejado oscuro. Una de ellas ya tiene fuego en una esquina. El río es amarillo en el centro, casi blanco, y se oscurece en los bordes, donde la lava empieza a enfriarse y a formar una costra negra que cruje.
Y en un tercero, de noche, la lava cae por una ladera en cascadas encendidas, entre nubes de vapor, mientras al fondo se distinguen dos o tres casitas a punto de quedar sepultadas.
Son imágenes que cualquier persona sensible preferiría no ver. Y por eso funcionan con la letra. La canción dice que no ve las noticias porque le afecta demasiado el dolor ajeno; el vídeo le enseña al espectador el tipo exacto de noticia que se evita. Es como si dijera: esto es lo que no puedo mirar, y aun así te lo enseño, porque necesito que entiendas por qué.
La tele encendida en el salón
Hay una serie de planos que lo dejan clarísimo. Grupos de personas sentadas de espaldas a la cámara, en sofás de salón, miran una tele enorme en la que aparece el volcán en erupción. A veces son familias enteras, a veces parejas, a veces una habitación con lámparas de pie y paredes de madera. Nadie se mueve. El volcán ocupa la pantalla y la luz naranja se refleja en las paredes.
En la última parte del vídeo hay incluso un televisor antiguo, de los de culo gordo, colocado en el suelo de un salón de luz cálida, con tres o cuatro personas detrás en el sofá. Y una escena final en la que dos personas se abrazan muy fuerte delante de ese aparato.
Ahí se cierra el círculo. El volcán no solo está en la isla: está en todos los salones a la vez, metido en las casas por la pantalla. Es exactamente lo que la letra describe. La desgracia llega a domicilio, a la hora de cenar, y no hay forma de esquivarla salvo apagando la tele. Quien no puede soportarlo se queda con la única salida que tiene: enterarse tarde, por otro lado, cuando ya duela menos.
Cuatro chihuahuas y una playa negra
Entre volcán y volcán, el vídeo vuelve una y otra vez a otra cosa: un hombre muy elegante, con chaqueta y corbata, que sale a dar una vuelta con cuatro perritos diminutos. Lo hace por un jardín lleno de flores, por calles encaladas con buganvillas, por la explanada de una casona con palmeras, por el borde de un acantilado. Los perros tiran de las correas, se paran a oler, van cada uno a lo suyo.
El paseo más bonito es el de la orilla. La arena tiene el color del carbón, porque es roca volcánica molida por el mar, y al fondo se levantan unos roques puntiagudos que salen del agua como dientes. El hombre se agacha junto a los perros y posa con ellos frente al mar. Es la misma tierra que en otros planos está ardiendo, pero ya fría, ya convertida en sitio de paseo.
Esa alternancia es la clave del clip. Por un lado, la catástrofe; por otro, cuatro animales pequeños que pasean como si nada. Los chihuahuas no saben de noticias. Viven en el presente, se asustan con un ruido y se les olvida al minuto. Son, en cierto modo, el refugio al que se vuelve cuando el mundo quema.
A mil por hora
El estribillo explica de dónde viene el título. Quien habla deja de dar explicaciones y se dirige por fin a otra persona, sin rodeos, para preguntarle si a ella le pasa lo mismo. Y lo que le pasa es un corazón que se dispara «a mil por hora», igual que el de su perro.

Cualquiera que haya cogido en brazos a un chihuahua conoce esa sensación: el corazoncito que va tan deprisa que parece que se le va a salir del pecho. Son perros nerviosos, temblorosos, muy pegados a su gente. La comparación es divertida, pero también muy precisa. Así late el corazón de alguien que tiene ansiedad, y también el de alguien que está enamorado. Desde dentro, a veces cuesta distinguir una cosa de la otra.
La canción termina con una confesión «más personal», como ella misma la anuncia, y es probablemente la frase más dulce de todo el disco: la risa de la otra persona funciona como «el antídoto» de su soledad. Después de tanto fuego, eso es lo que queda. Nada de soluciones grandiosas: una carcajada cerca que baja las pulsaciones.
La lava que no se ve: «Ruido en mi mente»
No todos los volcanes del planeta están en una isla. En «Ruido en mi mente», del mismo disco, el volcán está dentro de la cabeza. La letra lo describe con imágenes que podrían ser geológicas: «Hay ecos que chocan dentro de mí», «Ruidos que nunca quieren salir», «el aire pesa como un ladrillo gris».
Es el momento previo a la erupción, el de la presión acumulada. Lo que hierve abajo y todavía no ha encontrado grieta. En su videoclip, entre túneles y remolinos de ropa, hay también un tramo final en el que la roca encendida baja hacia el mar, como si lo que estaba atrapado hubiera encontrado por fin el camino de salida. Y la canción cierra con un verso que cualquier vulcanólogo firmaría para describir una montaña que se cree dormida: «Construyo un muro para verme después», seguido de su consecuencia inevitable, «Pero siempre caigo aunque no lo desee».
Un muro contra el magma no dura. Eso lo sabe cualquiera que haya intentado contener lo que siente a base de no hablar de ello.
Una seta de fuego: «Otro bombardeo»
Hay un tercer volcán, más ruidoso, en «Otro bombardeo». El vídeo junta en tres minutos todas las catástrofes del cine: explosiones con forma de seta sobre una carretera, fuego, una criatura enorme en un paseo marítimo y, en medio de todo eso, lava que entra en el mar entre nubes de vapor.
La letra es de las más desnudas del catálogo. Empieza con un «Estoy tan triste» que se queda solo en su renglón, y luego pregunta: «¿Será verdad que soy una víctima / Y ya cansa mi historia lírica?». Es una pregunta terrible, la de quien teme que hasta su propio dolor aburra a los demás. Y termina con la imagen que da título a todo: no puede aguantar «Otro bombardeo» y, además, «aquí tampoco / Puedo escapar».
Si «Como a mi chihuahua» es el volcán visto de lejos, en la tele del salón, «Otro bombardeo» es el volcán visto desde dentro, cuando ya no hay sofá donde sentarse a mirarlo.
Lo que arde por dentro
Mike ha contado en público de dónde salen muchas de estas canciones. Durante cerca de veinte años convivió con dos parejas narcisistas, una detrás de otra. Cuando por fin entendió lo que estaba pasando y se atrevió a decirlo, ellas consiguieron poner a parte de su entorno de su lado, porque de puertas afuera daban una imagen impecable. Escribir canciones se convirtió en el sitio donde podía contar lo que había vivido. En el peor momento estuvo muy cerca de quitarse la vida. Hoy le acompañan profesionales de la salud mental, que le han diagnosticado un trastorno de estrés postraumático, una depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y un trastorno de la personalidad por evitación, y componer forma parte de su manera de seguir adelante.
Leídos con esa historia, los volcanes de sus vídeos cambian de sentido. Son años de presión que no se ve, de sonrisa en público y magma por dentro. Son la erupción del día en que ya no se puede callar más. Y son también lo que viene después: la tierra arrasada, el olor a azufre, el salón en el que alguien abraza fuerte a otra persona delante de una pantalla.
Si algo de esto te suena demasiado cercano, no lo cargues tú solo. Habla con alguien que te quiera bien, con tu médica o con un profesional. En España, el 024 es una línea de atención a la conducta suicida que responde gratis, sin juzgar y a cualquier hora del día; si la situación es urgente, llama al 112.
Montañas que duermen
No todos los volcanes de las islas están despiertos. Muchos llevan siglos callados, cubiertos de pinos y de retama, con senderos que suben hasta el cráter y miradores donde la gente se hace fotos. Desde lejos parecen montañas normales. Solo quien conoce su historia sabe que por dentro siguen calientes, y que los técnicos los vigilan con sensores que miden cada pequeño temblor.
Hay algo de eso en la forma en que el vídeo enseña a su protagonista. El hombre de los perritos camina tranquilo, sonríe, posa junto al mar con su chaqueta impecable. Nadie diría que dentro lleva nada. Y, sin embargo, la canción que acompaña esos paseos es la confesión de alguien que no soporta el telediario porque todo le afecta demasiado. La calma de fuera y el hervor de dentro conviven en el mismo cuerpo, igual que en esas montañas dormidas que de vez en cuando hacen temblar las tazas en los armarios.
Vivir así cansa. Hay que gastar mucha energía en que no se note. Y las canciones de Mike tienen mucho de sensor sísmico: registran los pequeños temblores que nadie más percibe, los apuntan, los convierten en estribillo antes de que se conviertan en otra cosa.
Tierra nueva
Hay algo que se olvida siempre cuando se habla de volcanes: después de la lava viene la tierra más fértil que existe. En Lanzarote, los campesinos aprendieron a cultivar viñas en hoyos cavados en la ceniza negra, protegidas del viento por muros de piedra en forma de media luna. En las islas, el picón, esa grava volcánica oscura y ligera, guarda la humedad de la noche y la devuelve a las raíces. Donde hubo fuego, con los años, crecen higueras, tuneras, vides.
El videoclip de «Como a mi chihuahua» tiene esa idea escondida en sus paseos. La playa negra donde el hombre se agacha con sus cuatro perros es lava antigua. Las calles blancas con buganvillas están levantadas sobre roca que un día corrió encendida. El jardín por el que pasea con los chihuahuas, lleno de flores y de palmeras, crece sobre una isla que nació de una erupción.
Es decir: el refugio también es volcánico. La calma de los paseos está hecha del mismo material que la catástrofe de los otros planos, solo que enfriado, trabajado, habitado.
El color del fuego en el planeta
Los volcanes encajan muy bien en la estética de Planeta Gayfolk, que vive de los contrastes de luz: rosas y naranjas sobre fondos oscuros, contraluces, cielos de atardecer que parecen pintados. La lava es, al fin y al cabo, la luz más intensa que puede dar la tierra, y en estos vídeos se combina con cielos de color salmón, humo rosado y mar azul eléctrico.
Pero la paleta tampoco lo explica todo. En el planeta, el fuego casi siempre significa algo que se transforma. Hay fénix, hay hogueras, hay antorchas. El volcán es el más antiguo y el más lento de todos esos fuegos: no lo enciende nadie, no lo apaga nadie, y cuando termina ha cambiado para siempre la forma del paisaje.
Dónde escucharlas y bajarlas
Todas las canciones de esta nota se escuchan enteras en sus fichas de la web, y el catálogo completo está en canciones. Se descargan gratis, sin registro, desde la tienda de gayfolkplanet.com y también desde la página de descargas de mikesaintlouis.com. «Como a mi chihuahua» está además en Spotify, y si escribes sobre música tienes fotos, textos y contacto en prensa.
Después de la erupción
Vuelvo a la primera imagen, la de la montaña que se prepara durante siglos sin que nadie lo note. El volcán de «Como a mi chihuahua» no avisa: sale en la tele a la hora de cenar, quema una guagua, baja entre las casas. Pero el vídeo no termina en el fuego. Termina en un salón, con dos personas abrazadas delante de una pantalla, y antes de eso, en una playa de arena negra donde cuatro perros pequeños olisquean la orilla.
Quizá eso es lo que la canción quería contar desde su primer renglón. Que apagar el telediario a veces es exceso de tacto y no indiferencia. Que hay corazones que se aceleran como el de un perro pequeño. Y que, cuando todo arde, lo que de verdad apaga el miedo no es mirar hacia otro lado, sino una risa cerca. Esa que la letra llama antídoto.
Preguntas frecuentes
¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis aparecen volcanes?
Sobre todo en «Como a mi chihuahua», donde un cono escupe fuego de noche, una isla humea en mitad del mar, la lava baja entre casas y una guagua verde arde al pie de la montaña. También hay lava entrando en el agua en «Otro bombardeo», y la idea de algo que hierve por dentro recorre «Ruido en mi mente».
¿De qué habla «Como a mi chihuahua»?
De alguien con la piel tan fina ante el sufrimiento de los demás que evita los informativos, y que de pronto se atreve a preguntar a otra persona si también nota el pulso desbocado, como el de un perrito nervioso. Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la pieza central de la trilogía.
¿Cuándo salió su videoclip?
Se estrenó en YouTube en mayo de 2025, el día 21, y dura 4:27. Mezcla paseos con perritos por calles encaladas y jardines con planos de una erupción que avanza hacia la costa.
¿Se pueden bajar gratis estas canciones?
Sí. Se escuchan enteras en sus fichas de gayfolkplanet.com, se descargan sin pagar desde la tienda de la web y también desde la página de descargas de mikesaintlouis.com. Además están en Spotify.
¿Qué hago si siento que estoy a punto de estallar?
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